La saliva del aire

El tiempo ha roído las estrellas de nuestro hotel hasta dejar romas sus puntas. Los vastos salones y vestíbulos, de una enormidad desalmada, contrastan con las habitaciones, diseñadas con tacaña exactitud, sin sorpresas, sin novedad en el frente. Tienen lo justo, teniendo en cuenta lo necesario en otro tiempo, porque la moqueta desvaída vivió su adolescencia hace muchos años. Salimos cuanto antes a disolvernos en la ciudad. No hablo en un sentido figurado, porque en Montjuic nos recibe un calor empalagoso. Llegamos en metro hasta la Plaza de España y, tras atravesar por sus riberas sombreadas la Feria de Barcelona, subimos las amplias escalinatas que nos conducen al Museo Nacional de Arte de Cataluña. Se trata de un edificio robusto, inmenso y tranquilo, como un enorme fuego sin término que vibrara en lo alto de la montaña. Un andamio gris oculta la fachada principal, pero dudo que le quite ni un gramo de grandeza. Desde allí la perspectiva de la ciudad es incomparable, el Tibidabo y la Sagrada Familia se asoman entre la bruma caliente. Cuando llegamos hasta el pabellón de Mies van der Rohe, un edificio que mantiene su actualidad desde 1929, tenemos la piel empapada, como si en lugar de acariciarnos el aire nos hubiera lamido, impregnando nuestro sudor con su vaporosa saliva. Cuando se viaja hay que sentir que todo cambia, que nuestro mundo es solo una esquina de un mundo que nos supera. Y sentir también que somos capaces de vivir en cualquier esquina, que nuestra piel es cada día más sabia. Y Dámaso, como si ya fuera inmune al calor y al cansancio, corre de nuevo escaleras arriba.

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