A veces, como en ese juego en el que hay que buscar las diferencias entre dos imágenes o dibujos, es difícil encontrar las similitudes entre un tiempo y otro, como dos paisajes perdidos. Esos parecidos razonables que esconde nuestra pequeña historia y que pueden explicar tantas cosas, si una vez hallados somos capaces de hacerles caso. Las palabras se enredan en horizontal con las emociones verticales en un crucigrama de piel sobre el que cosemos letras y tachones hasta embarrar la nieve. Palabras cruzadas con envoltorios en forma de miradas, enredadas con otras que parecen manos, con sueños igual que olores acentuados y venas como renglones de arena. Cada mañana es un jeroglífico que cada noche dejamos sin descifrar, sobre la mesita de noche junto al cuaderno de sudokus.

