La levedad de los accidentes geográficos

Ahora que la crónica de los días se escribe con el subjuntivo del verbo ser. Justo en el momento en que la sensibilidad es un papel simple y afilado, las implicaciones del relieve se hacen más efímeras, van perdiendo importancia. La acuarela de los atlas ha ido diluyendo la profundidad de los océanos y la enormidad de los desiertos, la elevación sin oxigeno de las cumbres imposibles y las sombras sin rostro de las selvas y de las ciudades. Ahora que resulta que todas las especies anhelan llegar a la misma casilla, las personas y los delfines, los pelícanos y los insectos. Y el tiempo se mezcla con el aire y la sangre en las arterias de los calendarios. Es un buen momento para demostrar que casi nada tiene la relevancia de las montañas o de los ríos. Ni siquiera algunos mares. Que no hay mejor pijama para el alma que la cercanía de otros cabellos sobre la almohada. Ahora que sé que incordiar es una manera de tener miedo y obedecer un camino hacia la tranquilidad. Justo en este momento en que la orografía del terreno acaricia mis manos, comprendo que tengo que prepararme para escribir un poco más.

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