Llevamos todo el verano bombardeando sobre el desastre que supone veranear en los pagos de “el del chirimoyo altivo”. sombrillas confiscadas, multas paraquimétricas y mierdas flotando sobre la orilla aparte, el otro día nos dimos un paseo por La Herradura, playa que parece municipio o anejo que parece pueblo.
El antiguo destino de vacaciones de Zapatero -y aún de Montilla, sin Moriles- recibe día sí, día también el zarpazo almuñequero, el zapatillazo esquivo que no se merece, vamos, un ninguneo apátrida y rácano desde los despachos del primer edil, mencionado anteriormente (es que si decimos el nombre, pasa como con cierta folclórica, por lo visto da mala rarra) Lo último, los restos del precioso espigón que antaño servía como mirador -al estilo del Balcón de Europa, de la vecina Nerja- donde las parejas pelaban la pava y algunos se fumaban los petardos que el padre no les dejaba fumar en su cuarto. El mar fue deteriorando los pilares y, en lugar de arreglarlo, fomento, en un momento -está a punto de caer un romancillo- lo terminó quitando. Pero hay más definciencias, todavía peores que las de Almuñécar.
¡Para qué vamos a restaurar!
Recuerda: Almuñécar: ¡Ven-al-Bidé!
Y la procesión, como las cajas negras, la llevamos por dentro.

