Natalie Portman se ha ganado a pulso el título de buena chica. Al fin y al cabo, llevaba 16 de sus 29 años de vida trabajando cuidadosamente la imagen de jovencita recta y formal. Todo, como ella misma ha confesado, para tratar de compensar el efecto lolita que desencadenó su primer filme, la cinta francesa El profesional (Léon) (Luc Besson, 1994), en la que daba vida a una sensual cría de 12 años. «No quería que se me viera como un objeto sexual, así que tomé la dirección opuesta. No soy para nada una mojigata respecto al sexo, es que simplemente no deseaba acabar convertida en un fondo de pantalla o en una web porno», ha asegurado en alguna ocasión para justificar su famosa negativa a aparecer desnuda en el cine.
Pero ahora, la actriz israelo-estadounidense (nació en Jerusalén en 1981, estudió en un colegio judío, habla hebreo y perdió a sus abuelos paternos en el campo de concentración de Auschwitz) ha decidido desembarazarse de un plumazo de su imagen de mosquita muerta. En Cisne negro, el inquietante thriller psicológico dirigido por Darren Aronofsky que inauguró entre fuertes aplausos la pasada edición del Festival de Cine de Venecia y que se estrenará en España el próximo 18 de febrero, Natalie Portman no sólo interpreta a una bailarina de ballet obsesionada con alcanzar la perfección y que, debajo de su imagen aparentemente timorata, esconde un fondo oscuro y tenebroso. Ni siquiera se trata únicamente de que en esa cinta la inolvidable princesa Amidala de la saga de La Guerra de las Galaxias protagonice su primer desnudo en un largometraje… Es que, además, lo hace en medio de una tórrida escena de sexo lésbico. «Aronofsky me dijo que sería como tener sexo conmigo misma, y me pareció un desafío.»
Quitarse de encima la imagen de chica que nunca ha roto un plato ha supuesto para la actriz una dura experiencia, porque para dar vida a Nina, la bailarina de Cisne negro, Portman ha vivido un calvario: ha pasado hambre, se ha sometido a cinco horas diarias de entrenamiento extenuante, ha tenido que renunciar a salir con los amigos, a fumar, a beber, se ha aislado durante meses del mundanal ruido y ha llevado una vida «monacal», como ella misma la define. «Ha sido realmente doloroso», admite. Y, encima, para hacer ese papel ha aceptado cobrar solo el 30% de su caché…
YO DONA. La película cuenta la historia de una bailarina con doble personalidad: por un lado es ‘cisne blanco’, ingenua, virginal, que hace todo lo que los demás esperan de ella y, por el otro, ‘cisne negro’, alguien sin escrúpulos, con un carácter férreo y dispuesta a todo a fin de lograr sus objetivos. ¿Con cuál de los dos se identifica más?
NATALIE PORTMAN. La verdad es que no me gustaría ser amiga de ninguna de ellas. Pero le confieso que interpretar a los dos cisnes ha sido un gran desafío: dar vida al negro ha sido divertido, pero encarnar al blanco fue más complicado.
¿Por qué le ha resultado más difícil el cisne blanco?
Porque es un personaje muy reprimido y rígido, y me ha costado encontrar en mi propia personalidad algo que me acercara a eso. No tiene una identidad propia, es más el producto de las expectativas que los demás vuelcan en ella. Y resulta mucho más difícil interpretar una figura así que una con una fuerte personalidad, aunque sea absolutamente malvada.
¿Ve al personaje del cisne blanco como una víctima?
No, para nada. Lo veo como alguien que pasa de ser objeto a ser sujeto, que se libera de la pesada carga que supone tratar de complacer a todos.
La película incluye una escena de sexo lésbico entre usted y la actriz Mila Kunis. ¿Le resultó difícil rodarla?
Esa escena es muy importante para el personaje, porque por primera vez se da placer a sí misma en lugar de preocuparse por complacer a los demás. Por primera vez se deja llevar, se entrega… Fue una escena difícil, sí, y que para mí supuso un desafío, pero como los supusieron todas las demás.
Perdone que insista, pero usted es famosa por haber declarado que no le gusta desnudarse en sus películas y, de hecho, a excepción de en el corto de Wes Anderson ‘Hotel Chevalier’, este es el primer filme donde lo hace, y encima interpretando una escena de sexo lésbico. ¿No le preocupó rodarla?, ¿no estaba nerviosa pensando en si se le iba a ver más de lo que quería mostrar?
Estaba bastante tranquila, porque conozco bien al director de la película, Darren Aronofsky, y sé que es una persona muy sensible. Supongo que el hecho de haber estado casado con una maravillosa actriz como Rachel Weisz hace que sea especialmente receptivo a estas cuestiones. Simplemente, confié en él, y no me ha defraudado en absoluto. A mí, efectivamente, no me gustan los desnudos gratuitos, pero en este caso me parecía que era necesario para explorar la mente del personaje. Además, esa imagen lésbica encierra algo que yo nunca antes había visto en el cine: alguien que, básicamente, está haciendo el amor consigo mismo, y que refleja muy bien el ego de esa chica sin identidad propia.
¿No le da miedo que esa escena lésbica pueda cambiar su imagen de chica buena?
Ni me lo he planteado. Hago papeles que me resulten estimulantes y punto. Y en mi vida privada, trato de ser buena persona.
¿El mundo del cine es tan terriblemente competitivo como el de la danza?
No, creo que no. Supongo que porque la vida [profesional] de una bailarina es muchísimo más breve que la de una actriz. Entre los actores también hay mucha competitividad, pero no se da una dependencia tan grande del físico como la que tienen los bailarines, que a los 40 años empiezan a ver que no les funcionan las caderas, hasta el punto de que algunos se ponen prótesis y apenas pueden caminar. Bailar, además, es un arte en el que se valora la uniformidad, el que un grupo se mueva al unísono y levanten todos la pierna al mismo tiempo y con el mismo ángulo. Sin embargo, en el mundo de la interpretación son los aspectos propios y distintivos los que te hacen destacar.
¿Cómo cree que reaccionará el mundo de la danza ante este filme? Se lo pregunto porque, después de verla, tengo la sensación de que muchos padres se lo pensarán dos veces antes de apuntar a sus hijas a clases de ballet, ¿no le parece?
Creo que la gente de la danza se reconocerá en muchas cosas, porque yo, que conozco ese mundo, sé que la película lo retrata de manera muy fiel. Y sí, también creo que hará que muchos padres se planteen si deben o no apuntar a sus hijas a clases, pero no me parece mal. Visto desde fuera, el ballet parece muy bonito, pero tiene una lado turbio y oscuro. Aunque, por supuesto, resulta muy emocionante toda esa gente que, a pesar de todo, de lo doloroso que es, decide consagrarse al baile en cuerpo y alma, en nombre de la belleza del arte. No se van a hacer famosos, no se van a hacer ricos, bailan porque aman la danza.
Antes de dedicarse al cine, usted hacía ballet, ¿no?
Sí, para mí era algo demasiado extremo, en el que o lo das todo o no llegas nunca a nada. Y precisamente por eso lo dejé.
‘Cisne negro’ cuenta la historia de una bailarina obsesionada con lograr la perfección artística. ¿Cree que esa búsqueda puede ser peligrosa?
Depende. En el mundo del ballet o de la música clásica, el virtuosismo, la técnica, la perfección es algo más objetivo. Sin embargo, en la interpretación nos dedicamos a dar vida a personas, y las personas no sólo somos un lío, sino absolutamente imperfectas… Pero empujarte a hacer las cosas lo mejor que puedas me parece una de las maravillas del espíritu humano.
Y esa búsqueda obsesiva ¿se puede aplicar también a muchas mujeres de hoy en día respecto a la belleza física?
Sí, sin duda alguna. Todos los artistas perseguimos la belleza perfecta, algo que, por otra parte, resulta imposible de aprehender. Y en la sociedad esa búsqueda de la belleza es muchas veces superficial, que se entiende únicamente en el sentido físico. Sin embargo, para los artistas es algo que siempre intentamos alcanzar y que se compone de momentos.
¿Existen paralelismos entre una bailarina aterrada ante la posibilidad de que su cuerpo deje de funcionar con precisión y el miedo a envejecer que sienten muchas mujeres?
Efectivamente, creo que el mundo del ballet puede representar también lo que muchas mujeres sienten llegadas a una determinada edad: que ha pasado su momento y que una chica más joven se dispone a ocupar su puesto. Muchas de las mujeres que se sienten destronadas por el paso del tiempo ni siquiera son conscientes de formar parte de ese sistema de pensamiento. Esa es la diferencia entre ser cisne blanco o cisne negro: el primero suscribe el sistema de pensamiento sin planteárselo siquiera y el segundo da un paso adelante y proclama que ese sistema no le importa lo más mínimo, que tiene sus propios criterios y que, aunque al resto del mundo le parezcan horribles, son los suyos.
¿Cómo se ha preparado para el papel?
Ha sido duro, muy duro, tanto desde el punto de vista físico como psíquico. Pero la disciplina extrema a la que me he sometido me ha ayudado mucho a preparar el lado emocional del personaje.
Y esa dureza, ¿le ha hecho ver su cuerpo, concebir su físico de un modo diferente?
Sí, completamente. Para empezar, mi relación con la comida cambió a raíz de la película. No me interesaban los alimentos en base a su sabor, sino a la energía que me proporcionaban, porque bailar exige un enorme esfuerzo físico. Y el hecho de tener que perder peso para interpretar este papel también me ha hecho plantearme algunas cosas sobre la delgadez extrema. Hay personas que son así de delgadas por naturaleza, por supuesto, pero en otras es una especie de enfermedad. Antes, cuando veía a alguien muy delgado, me parecía que molaba. Ahora me provoca una gran tristeza, porque sé cuanto ha tenido que sufrir esa persona para llegar a ese punto de delgadez, lo muy disciplinada que ha debido de ser, de lo mucho que se ha tenido que privar…
¿Cuántos kilos tuvo que perder para hacer este papel?
Unos siete kilos.
¿Y sería capaz de lo contrario, es decir, de engordar 10 kilos por exigencias del guión?
Honestamente, no lo sé.
Supongo que no se lo han propuesto nunca…
No, por ahora no. Pero reconozco que no hay muchas personas, y me incluyo entre ellas, que quieran ser más gordas de lo que en realidad son.
Hablando de peso y de comida, ¿le gusta cocinar?
Sí, me encanta. Y no se me da mal, la verdad…
«Esa imagen LÉSBICA encierra algo que yo no había visto en el cine: alguien que, básicamente, está HACIENDO EL AMOR consigo misma.»
«Antes, cuando veía a alguien MUY DELGADO, me parecía que molaba. Ahora me provoca una GRAN TRISTEZA, porque sé cuánto ha tenido que sufrir.»