El cielo cambió de tonalidad al comenzar el anochecer, a lo lejos es sol como gran disco dorado intentaba no claudicar, pero la noche, inexorable, le atrapaba en su inmensidad. Repentinamente, de entre la noche, bajo nuestros pies, unas titilantes lucecitas mostraban el paisaje nocturnal de una ciudad casi a oscuras. Una luz se movía por aquí otra por allá, así se iba conformando La Habana. Movimientos rápidos dejaban atrás imágenes que se extraviaban en la oscuridad y en unos pocos instantes el avión se zarandeaba al pisar el gastado y manchado hormigón de la pista de aterrizaje del Aeropuerto Internacional José Martí.
El pasillo nos llevaba hasta un amplio salón custodiado por el personal del aeropuerto, pero inmediatamente nos percatamos que todos llevaban bozales para protegerse de algún contagio… ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué toda esa protección? Impresionados contemplábamos a todos aquellos trabajadores y sin más una pregunta alguien lanzó siendo su respuesta: Nos protegemos de la Gripe A, ustedes nos la traen del extranjero. Asombro total, éramos los portadores de una enfermedad que no poseíamos, que nadie allí transportaba clandestinamente, pero que la protectora revolución nos había culpado. ¿Le ocurre algo? Vi a una de aquellas mujeres con bozal acercarse a mí al percatarse de mi fija mirada Nada, sólo me sorprende verles así por algo que afuera no es aún una pandemia como lo quieren hacer ver. Su mirada fue fría, seca, terriblemente acusadora, pero el silencio quedó colgado entre nuestras distancias y la vi alejarse sin más.
Cansado como estábamos, todos esperamos pacientemente la entrega de las valijas que apenas si iban saliendo por aquella estera repleta de ansiedades y deseos de marcharse de una vez del agobiante calor de aquella estación. Poco a poco, a cuenta gotas, fueron dejándose ver los bultos y un intento fallido de robo nos puso en alerta. Al llegar ante el personal de inmigración una nueva oleada de miradas tuvimos que soportar, preguntas que no tenían respuestas o al menos a ellos no les interesaban, pero las hacían ¿por qué es usted ciudadano norteamericano y español a la vez? Mi sonrisa al parecer le dio la respuesta que hubiera deseado exponer y el sello de entrada al boleto que fungía de visa concluyó aquella inesperada entrevista para lanzarnos a un amplio salón donde el chico del rent-a-car nos esperaba con nuestro nombre dibujado en un cartón que mostraba sobre el resto de las personas allí reunidas. Luego de efectuar el correspondiente pago me informaba que el coche me sería entregado en el propio hotel Melía Las Américas de Varadero al día siguiente. Un taxi nos esperaba y todos subimos raudos y cansados para que nos llevaran al deseado hotel de 5 estrellas cubanas. 130 km fueron recorridos en nada menos que 3 horas, llegando al hotel sobre las 3:20 de la madrugada, rendidos por las 9:20 horas de vuelo Madrid-Habana y las casi 3 horas perdidas en el aeropuerto ¿por qué razón sucedió aquella demora?… lo desconocemos, paro así pasó.
La habitación sencilla pero vistosa, en penumbras, bajo el influjo del cálido y húmedo clima caribeño, la cama amplia y preparada a recibir nuestros agobiados y cansados cuerpos, pero la ducha fue el preámbulo, la escala requerida para aflojar la tensión y caer rendido sobre el cómodo colchón y la suave almohada; mas el sueño voló tras el agua al correr por el tragante y vueltas di hasta que sin más decidí bajar a la cafetería y tomarme un deseado y sabroso café cubano: Caliente, Amargo, Fuerte y Espeso, que me trajo los perdidos sabores de mi Islita añorada, el aroma extraviado entre los años de lejanía, entre el peculiar sonido del hielo al caer en el vaso de ron y la coca-cola para saborear aquel famoso trago nombrado Cuba Libre escuchando el croar del coquí que invade todo Puerto Rico.
El día me atrapó sobre las diez de la mañana cuando un sonido me trajo a la realidad y comprobar que estaba en Varadero, la mejor playa del mundo y sin más corrí las cortinas deseando observar el mar, las blancas arenas y las sombrillas hechas de hojas de palma, pero una franja de tupido follaje de cocoteros nos impedía ver lo añorado, sólo un esplendoroso cielo tachonado de blancas y coposas nubes conformaban la postal que tras el cristal de la habitación teníamos. Cuando llegamos ante el imponente mar cubano saltó a nuestros ojos la explosión de colores; los diversos azules que conformaban la playa, la arena blanca y finísima, el sabor salado de la brisa del mar que nos rozaba la piel suavemente y aquel olor a coco y a ron que llenaba nuestros sentidos. Montones de nubes se abrían ante el inmenso cielo que nos rodeaba, su azul único y brillante lograba desdoblar la atmósfera que nos circunda, casi apreciar las capas que nos protegen cuando una persona nos invitó a sentarnos en aquellas tumbonas. La tibieza del agua al entrar en contacto con ella nos hizo recordar lo frío de las aguas de las playas de Málaga y sonreímos tomándonos de la mano para continuar caminado hacia lo más profundo, viendo los peces que se agrupaban a nuestro alrededor como si nos conocieran de siempre, unos delfines a lo lejos nos saludaron con sus alegres saltos y el sol aún suave por la hora comenzaba a hacernos sudar.
Varadero, un oasis dentro de un conjunto de realidades que absolutamente nada tiene que ver con el vivir diario de ese cubano que atento y sonrientemente nos está complaciendo en cada minuto de nuestra estadía allí. Esto lo comprobamos al segundo día, cuando dejándolo todo atrás, al cruzar la barrera de la ilusión llama toll que divide la Cuba turística con la de los cubanos de allí, vimos las precarias condiciones en que viven aquellos que sin más intentan ofrecernos una vacaciones inolvidables, tragándose sus penas y sus necesidades, esperando pacientemente una propina que le resuelva la compra de algunos productos para su casa. Matanzas se abrió tras el cristal del Hyundai rentado, abandonada la ciudad a su suerte, derrumbándose cada día un poco más de su historia, desapareciendo cada mes algo de su herencia, mientras que su gente deambula sin saber realmente que existen. Gritando, tomando, esperando que algún día algo suceda y la chispa de la vida retorne a sus ojos. Las Cuevas de Bellamar, oscuras y abandonadas, con un guía que está para la mísera propina que unos pocos extranjeros le puedan dejar, que para mostrar a conciencia y contar lo que veremos al bajar aquella sombría, húmeda y escarpada escalera que nos lleva hasta las mismas entrañas de la caverna. Extrayendo un trozo de cuarzo para regalárnoslo sin mirar que junto a ese trozo se va una parte de la cueva. Tan sólo por 3 CUC que apenas sí le resolverá su gran necesidad: La libertad.
¿Qué es revolución? Pudimos leer en un cartel azul, rojo y blanco a la entrada de la caverna; es cambiar todo lo que debe ser cambiado, es igualdad y libertad plena… es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestro propio esfuerzo y sin poderlo evitar expresar casi a gritos ¡Coño, es todo lo contrario a lo que hace!
En la noche, el sabor del mojito y la risa aromatizada por el humo de los habanos y los cigarrillos, dejaba ver aquella otra cara de la sociedad, las chicas de las esquinas, las que esperaban su presa extranjera para poder pasar unos días de esparcimiento cobrando su trabajo mientras subían la tensión de esos abuelos babosos que corren sin poder tras el perfume de las mariposas cubanas nombradas jineteras. Esas chicas de 17 u 20 años de caras maquilladas para esconder la tristeza por la función que deben realizar. Algunas vendidas por su propia madre a un señor que porta finanzas robustas de un salario medio. Allí también estaban esos otros familiares de las chicas que casualmente paseaban por el hotel, esperando el desliz de la victima para entre los dos, jinetera y consorte esquilar al yuma de turno con la complacencia de las autoridades del hotel que buscando cumplir sus planes económicos dejan a un lado la honradez. Así es Cuba hoy, ausente de moralidad propiciado por las condicionales de una vida edificada para morir cada día sin llegar a agonizar totalmente.
La Habana llegó otra mañana de septiembre, cálida invitándote a bañarte en las cristalinas aguas de las Playas del Este, preñadas de ausencia de servicios a los que van allí a solazar sus pieles. No tienes CUC, no puedes descansar bajo un cocotero ni tomarte una fría cerveza. No eres extranjero no puedes aspirar a nada que no sea observar como quien sí puede disfruta de su tierra y su belleza. Hoteles de lujos contrastan con el derrumbe de la ciudad, autos de gran gama deslumbran los antiquísimos coche norteamericanos de los 30, 40, 50 y comienzo de los 60´s. Reliquias que vagabundean las destruidas calles llevando y trayendo lo que el transporte público no hace por su ausencia total. El aire acondicionado del Hotel Nacional y sus fastuosas suites, su monumental y lujoso lobby remembranzas de una Cuba que no supo cómo conducir su destino y cayó en manos del ostracismo. No estás en La Habana del Morro y la zona vieja de la Plaza de la Catedral, tampoco en La Bodeguita del Medio cuando al Nacional penetras tras el amable bottone que lleva tu equipaje y Señor y no Compañero escuchas al ser llamado amablemente. Pero tras las paredes limpias y cuidadas del hotel existe otra vida ajena, de casas destruidas, de falta de higiene y doble moralidad.
Esto es lo que palpamos al salir de la burbuja turística de hoteles y servicios construidos para los turistas que no ven quizás lo que tras todo eso está presente. Pero lo que no ha podido destruir sus dirigentes es la risa del cubano, su interés por conocer la evolución del mundo, tampoco sus ansias de libertad aún con sus alas atadas, la necesidad de hablar y conectarse con quien va a verles como fauna en extinción. Los colores que la ciudad proyecta cada día, su sabor a ron, tabaco y café; sus hermosas mujeres y la altivez de los hombres. Nadie podrá jamás desteñir esos colores que cada amanecer y anochecer se esparcen por el cielo, cubren las destruidas fachadas de sus edificios. Tampoco se disolverá la alegría que cada día muestran a la vida, dándole gracias por estar vivos y por qué no, también por ser mañana participe de esa historia que convulsionará el curso de la vida de esa hermosa y antillana isla caribeña.
Nuevamente el retumbar del avión esta vez alejándonos del pasado, elevándose a los cielos del hoy, de este presente ausente para todos aquellos cubanos que dejamos atrás, del familiar del amigo que le llevamos una carta, de la medicina que regalamos a quien le hizo falta o de aquellos bolígrafos que nos pidieron como los mendigos de otros lugares nos han pedido alguna vez unas monedas para comprar algo de comer. Fueron unas vacaciones a un gran y extenso parque temático que nos muestra como se vivió hace más de 50 años dejados de la mano de Dios que mirando hacia otra parte ha permitido el martirio de más de 11 millones de personas, de familias destrozadas y vidas perdidas al intentar alcanzar la libertad que mucho tenemos y no sabemos qué hacer con ella.
Se ha lanzado una cruzada fuerte contra quienes fuman, tal pareciera que de un plumazo desearían desaparecer ese hábito introducido en el mundo civilizado por los indios del Caribe, cuando se tropezó con lo que hoy es llamada América. Buscan que las industria del tabaco desaparezca porque lleva al humano a atentar contra su propia vida, tanto la de él como las de quienes están en su cercanía.
Partiendo de aquel día en que en una caverna nos percatamos que éramos diferentes, quizás surgió el uso común de una hembra. Arrastre mantenido de nuestra parte animal o la forma más difundida para mantener la especie. 
