A veces parece tener vida, como si una gran franja de terreno vibrara al compás de la gente que le habita, disímiles, heterogénea, dispar… Cambiante. Sí, porque no somos siempre los mismos a excepción de unos pocos que permanecemos constantes a su amor, incondicionales.
Mi barrio, le decía a mis amigos, lo observo muchas veces desde el solárium de mi casa en horas de la noche cuando la brisa suave y fresca del verano invita a permanecer allí. Contemplo esa brillante cenefa de arena que le serpentea, bordada al mar, su eterno compañero; miro los tejados rojos encrespados de antenas satelitales, de chimeneas que jamás he visto funcionar. A veces, hasta desnudo, luego de tomar una refrescante ducha en el mismo solárium, protegido entre las sombras de la noche, para luego tirarme sobre la tumbona a contar las estrellas, recordando aquellos días de mi niñez cuando íbamos mi padre y yo a la orilla del mar a contar las olas del mar, deslumbrarme con el dibujo de una estrella al caer y ver desaparecer su fulgor entre la bruma del horizonte.
Mi barrio, a veces cálido, repleto de gente que camina mostrando sus cuerpos cubiertos por las finas tiras de tela que justo, tapan lo que llamaríamos impúdico, pero que todos desearíamos poder contemplar mientras el contonear de los pasos al alejarse muestra la figura grácil del objeto de nuestra atención. Manadas de críos alborotando el aire y los pajaritos piando entre las ramas de los árboles del parque que ahora, en este verano, reverdece de alegría más que de color. Autos ocupando nuestros cotidianos puestos de aparcamiento. Chiriguintos rebosados de espetos y calamaritos fritos… De calor saciado por las frías cervezas, y en la mar, los veleros surcando pausadamente, mostrando la plenitud de sus velas, hombres volando en sus cometas, surfin y buceo. Noches de cine al aire libre. Así es mi barrio, ese que contemplo algunas cálidas y oscuras noches desde mi solárium. A veces desnudo, otras con un simple y usado short, pero siempre, tirado sobre la tumbona recordando que ando lejos de mis primeros pasos.
Cuando el verano se marcha y la calma de septiembre regresa anunciando la próxima llegada del otoño, se va convirtiendo, de apoco, en un ir y venir de personas de la tercera edad; esos que luego de muchos años de cumplir con sus deberes han tomado el resto de su tiempo para intentar realizar aquellos sueños por los que han vivido siempre y sus caras deambulan por el paseo marítimo, apoderándose de sus años, de sus huesos viejos, pero llenos de deseos. Y el mar ya frío y rompiente sobre la arena, deja ver ese borde a plenitud, borradas las huellas de los bañistas, bolas de playas y los huecos que los niños día tras día fueron abriendo para edificar su castillo de arena. Cuando por fin el invierno ha dejado sin hojas los árboles del parque y en más de una ocasión me veo recogiéndolas de mi jardín, levanto la cabeza hacia el vacío solárium y con un guiño de ojos le digo que me espere, que el próximo verano allí estaré.
Mis amigos ven, únicamente, ese pedazo de tiempo de algarabía y trasnochadores muchachones alzando la voz en los bancos del parque. No ven la soledad del invierno, las pieles traslúcidas de esos turistas noruegos, suecos, finlandeses o alemanes que comienzan a invadirnos. Desbordados sus cuerpos de celulitis, de caderas anchas, de espaldas encorvadas por el tiempo y el cansancio. Rojos como gambas al fuego irrumpen en los supermercados haciendo sus compras de veraneo. Mis amigos tampoco ven la oscuridad que inunda el aire, el espacio abierto de mi barrio cuando el invierno nos hace quedarnos tranquilos en un rincón de la casa, tomando una calientita taza de té y un chorrito de orujo, preparando mentalmente las fiestas navideñas, esas que muchos detestan, pero todos acuden a su encuentro y mis amigos desaparecen entre su gente. Una noche fría nos reunimos en el Centro y charlamos, bajo el influjo de buenas copas de vino y el inseparable tapeo, pegaditos a esos calentadores externos que nos dan placidez.
Mi solitario y frío barrio pasa en calma la Noche Vieja, con la mayoría de las casas vacías y los parking susurrando bajito el aburrimiento. Lluvia perniciosa que arropa mi barrio y el bramar del mar llega tras los cerrados cristales, anunciando el gélido viento que externo golpea sin cesar. El jardín languidece y una y otra vez arropo sus plantas, alimento sus raíces para que en primavera su renacimiento invada los ojos de quienes retornan como cada verano a tostar sus blancas pieles. Una mañana el sol nos anuncia la primavera y las temperaturas de apoco retornan a la normalidad, paseándose entre la lluvia que ha deslumbrado al paisaje con ese verde que nos hace recordar que vivimos en un lugar privilegiado. Los camiones y equipos vuelven a reestructurar la playa, árboles y flores nuevas llegan con los primeros soplos de ese aire casi cálido durante el día, pero frío en la noche y alguna que otra vez subo al solárium, observando las macetas, remendando lo dañado por la ventisca del invierno y así, una y otra vez, mi barrio se mueve, cambia, respira, invitando a la charla con los amigos en el porche, con un vaso de buen vino y la barbacoa que en cada vivienda va esparciendo su olor de carne a la brasa y salchichas para los perritos calientes.
La risa de apoco llega y con ella el verano, comenzando una vez más la avalancha que por unos meses hace de mi barrio toda una atracción y yo, regreso al solárium, a veces desnudo en las noches de calor a refrescar mi cuerpo tirado sobre la tumbona que nos acompaña siempre mientras contemplamos el tránsito de la luna hasta ocultarse tras la montaña que una vez moría en el mar, pero que el barrio le tomó parte de su propiedad.

