Andaluz y en Ibiza. Algo más que común.

Hace un rato estaba buscando información sobre Ibiza y me he encontrado por sorpresa con este periódico digital. Viendo la información que ofrecía sobre Ibiza, y teniendo en cuenta que los andaluces en Ibiza somos multitud, he pensado contaros una pequeña historia de mi llegada a la isla.

Fue hace catorce años. Y pico. El siglo pasado para ser más exactos. Dejaba atrás Andalucía sabiendo que ya nunca la vería con los mismos ojos. Y llevaba razón. En la distancia las cosas no son como parecen. E Ibiza, estando muy cerca, estaba tremendamente distante. Llegaba como casi todos. Con poco dinero y alguna esperanza de trabajo. La empresa en la que me encontraba acababa de desaparecer tras un tremendo desfalco. Pues con una mano delante y otra atrás, y sin conocer demasiada gente en la isla, llegué a la ciudad portuaria de Sant Antoni. Ciudad es una forma de definirla, porque a mí me pareció un pueblo de lo más pequeñito que se podía encontrar.  El primer problema lo encontré en el estanco. “Cientobuitenta”. Con las narices un poco hinchadas ya de entrada le dije: “I’m sorry. I don´t understand”. La respuesta fue contundente “one hundred eighty”. “Perdona, pero el inglés es otro idioma que tampoco entiendo”. “Ciento ochenta”. “Uy pues no llevo suficiente, hasta luego”.  Fue la última vez que entré en ese estanco. La verdad es que tampoco entendí lo que me decía hasta que lo soltó en castellano. Pero ya sabía de sobra la dependienta que yo  hablaba castellano. Pero por cuestiones que no vienen al caso la chusma andaluza tiene que aprender catalán aunque acabes de pisar su tierra. Aunque vengas de vacaciones vaya.

Al cabo de un buen rato me encontré una peña bética. Un lugar de reunión muy común para los andaluces de la zona. Y vaya si había. Granadinos, sevillanos, jienenses, almerienses, gaditanos. Resulta que con la explosión del turismo, Ibiza se había llenado de cadenas hoteleras necesitadas de mano de obra. Y los ibicencos ya no daban para más, así que había llegado gente de muchísimos pueblos de toda Andalucía. Tanta que incluso habían montado su feria andaluza y sus romerías. En los bares se escuchaba flamenqueo y hasta nos reuniamos para ver los partidos. Daba igual quien jugase mientras fuese andaluz. La rivalidad más acusada quedaba convertida en nada cuando hablábamos de nuestras ciudades y lo que echábamos de menos a nuestras familias.

La vida para mí ya nunca fue igual. De estar en casa con papá y mamá a tener que buscarme la vida por mí mismo, sabiendo que sólo tendría la oportunidad de volver a verlos cuando los visitase. Pero las rencillas, los rencores, los pequeños o grandes derbis ya nunca volví a verlos con los mismos ojos. No entendía ni entiendo porque siendo vecinos y residentes en la comunidad andaluza, hemos de desear mal a cualquiera de nuestras ciudades hermanas.

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