Si bien es cierto que para algunas fechas me encuentro un poco nostálgico del sentir andaluz, para otras este sentimiento cambia por completo. Y eso me pasa cuando llega la semana santa a Ibiza. No es que no me gusten los palios e imágenes recorriendo la parte antigua de las ciudades entre velas y cirios. Considero que es una imagen popular que pertenece a la tradición. La orfebrería es llevada a un punto artístico de valor incalculable. Pero quizás sea ese mismo derroche el que a ratos me tira para atrás. Conste que no tengo absolutamente nada en contra del “capillismo”. Cada uno es muy libre de expresar sus sentimientos y emociones de la forma que le venga en gana. Lo que me termina molestando es el negocio extraño que se produce detrás. No conozco una empresa que mueva más dinero negro en toda la tierra. Pero supongo que al final nos tenemos que quedar con el sentir de la gente. De mucha, muchísima gente.
Pero yo desde que llegué a Ibiza me convertí en un obseso de la tranquilidad. ¿Tranquilidad en Ibiza? Pues sí, mucha, muchísima tranquilidad. Aquí la semana santa tiene otro sentir. Tan sólo salen hermandades la noche dónde lo hace toda España. Lo más curioso es la transformación que ha sufrido en estos últimos años. De los pasos con rueda que se llevaban al principio a los pasos con costaleros que recorren el casco viejo hay un trecho importante. Aquí se deja notar una cultura que ha estado enviando inmigrantes durante los últimos cincuenta años, la andaluza. Nada más por eso, voy a ver la procesión cada año. El resto de días son de una fiesta absoluta. Pero no la que ustedes están pensando. Fiesta, para los que vivimos aquí, es algo tan simple como salir al campo a ver como crecen millones de flores. O visitar a los flamencos que ya empiezan a llegar. O algo mucho más sencillo. Irnos a la playa y tomar el sol mientras los niños juegan en la arena.

