2005: Libros para un año.

No iba a ser éste el tema de mi post de hoy pero he advertido que desde que regresé a escribir en este libro electrónico aún no había hecho ninguna referencia a los libros. Sí películas sí música pero no libros. Quizás acabar la novela me ha dejado exhausta y necesitaba tener otras referencias, otros modos de acercarme apasionadamente a la cultura sin notar que la literatura era invivible y necesaria, inaplazable. En todo caso me ha parecido interesante entregaros mi primera lista del año, la de aquellos libros leídos durante el 2005 -que no publicados en él- que más fuertemente me han impresionado. Mis libros preferidos, vamos. Los más fieles -¿existe la fidelidad a estas alturas de milenio?- recordaréis que hace unos meses hice una lista que incluía 2004 y la mitad del 2005. Ahora completo esa lista del año pasado y pido excusas por repetirme, pero me gusta aclarar ideas al empezar un nuevo año, nuevo tiempo, y además es domingo y se hace de noche.

2005

ENERO
Ayer y mañana – José Luis López Bretones – Visor – Poesía.








FEBRERO
Splassshf – Quim Monzó – Círculo de Lectores – Relatos.



Reconstrucción – Antonio Orejudo – Tusquets – Novela.


















La noche del oráculo – Paul Auster – Anagrama – Novela.


















 

 

MARZO

El contrario de uno – Erri de Luca – Siruela – Relatos.














 

ABRIL
Pastoral americana – Philip Roth – Alfaguara – Novela.
El Príncipe – Maquiavelo – Orbis – Ensayo.

MAYO
El hundimiento – Joachim Fest – Círculo de Lectores – Historia.

SEPTIEMBRE
2666 – Roberto Bolaño – Círculo de Lectores – Novela.



















 

 

OCTUBRE
Pájaros de América – Lorrie Moore – Salamandra – Relatos.

Sábado – Ian Mcewan – Circulo de Lectores – Novela.










NOVIEMBRE
Luis Buñuel – John Baxter – Paidós – Cine.


DICIEMBRE
El equilibrista – Andrés Neuman – El Acantilado – Aforismos.














Consejos a un escritor – Anton Chejov – Fuentetaja Editorial – Epistolario.







Destacados en rojo tenéis aquellos libros que han sido publicados en el 2005 o los últimos años del 2004. Por lo tanto no ha sido mala la cosecha de este año cuando me ha podido dar la oportunidad de leer libros como”Sábado”, “Reconstrucción”, “2666″, o “Ayer y mañana”, un magnífico libro de poesía de un autor almeriense, menospreciado por la crítica -es decir, tenido en mucho menos de lo que merece- seguramente por no pertenecer a camarillas poéticas de a un lado u otro de Córdoba, y es un decir. Simplemente buena poesía y profunda, sin bikinis ni humoradas.

Quisiera a lo largo de estas semanas iros comentando o recordando esos catorce libros que ahora he destacado pero como el año es largo y las ganas de escribir muchas, pero de mucho, no me atrevo a prometeros nada ante notario, y ni siquiera ante juramento.
Como arengaba la añorada madre de Almodóvar a un circunspecto Peter Coyote en aquella escena deliciosa de “Kika”: “Hay que leer más…”.

Le regalo un año Mozart

 



Ahí está siempre, luminoso y complejo, debatiéndose sin melancolía por empatantanarnos el alma con la belleza de su música. Cuando oímos a Mozart tenemos la sensación de que sus melodías cumplen el absoluto de la obra necesaria, aquella que de no existir empobrecería este mundo de maldición y crimen, de guerra y trueno, pero también de absoluta belleza. Belleza en la naturaleza que desaparece sin remedio y en el ser humano que se agota, belleza en el legado cultural que cualquier día se esfumará bajo la ola sin espuma de una explosión nuclear o cualquier otro tipo de catástrofe, sin dejar rastros de toda esta belleza que sin embargo permanece, está, es desde hace dos siglos y medio una de las cumbres de nuestra cultura, como el ingenio de Leonardo o el poder creador de Miguel Angel, o las miradas de los personajes de Velázquez, o la obra de Cervantes o Chejov, o la frenética espiritualidad barroca de Bach. Nadie negará a estas alturas que la influencia de Mozart ha sido más influyente para nuestra cultura que la obra de cien dictadores o nombres propios a los que con ligereza podemos considerar más determinantes de nuestro mundo real. ¿Por qué Mozart o Bach no son más influyentes o importantes que Napoleón, por ejemplo? Napoleón inauguró un mundo, construyó con su invención de la idea de código el equivalente a la Via Apia romana, napoleonizó la modernidad que todavía no era, pero la música de Mozart, a lo largo de estos casi doscientos cincuenta años desde su nacimiento, ha infectado con su dichoso poder la genética de generaciones sucesivas de seres humanos hasta mozartizarnos. Cuando escuchamos “La flauta mágica” sentimos tanta alegría porque “La flauta mágica” es la plasmación abstracta y perfecta de lo que es la alegría, y si nos emocionamos con la barca de Caronte que es el “Réquiem”, mostrándonos cierta esperanza al atravesar el mar de la muerte, es porque nuestra idea de lo que puede esperarnos tras la muerte y nuestra melancolía al imaginar lo que debe ser alejarnos al desaparecer para siempre de la belleza pasada de nuestra vida finita están contenidas en el “Réquiem”. La música de Mozart es divina porque es absolutamente humana y crea conceptos y maneras de mirar alrededor que antes no estuvieron allí.
Sé que me conduzco por mi estilo apasionado, por mi culto exagerado a la pasión, y pido disculpas, pero no puedo evitar evocar sensaciones de mi vida unidas a sus conciertos para clarinete, a sus marchas llenas de alegría, a su Papageno y Papagena recordándome la ingenuidad sin mancha de la infancia. Bach me llega más hondo, Debussy me hace soñar más que él, durante una época fui obsesivamente mahleriano, porque durante la juventud primera Mahler te da ánimos para ser fuerte y formarte ante los peligros y decepciones primeras. Frente a Mozart, Bach es quizás más espiritual y complejo, y su belleza es tan superlativa que asusta, sólo nos queda postrarnos ante su música y adorarla con una actitud que tiene que ver mucho con una religión pagana. Mozart, sin embargo, es el músico de la alegría, y nos habla de tú a tú, mostrándonos que es un genio pero también un hombre que podría tararearnos una canción al oído. Su música está llena de acumulación y variaciones constantes, y siempre parece estar a punto de desbordarse, como si la escucháramos a una velocidad algo superior a la normal. Mozart tenía tanto que contarnos, tanta belleza que regalarnos que siempre parece que le falta el tiempo necesario para hacerlo. Y así fue. Yo he vivido ya más tiempo del que él lo hizo. Eso, más allá del lógico complejo que produce un genio de estas características, sólo puede moverme al agradecimiento por el modo en que aprovechó su tiempo breve. Al igual que le ocurre a Chejov, parece que aunque el hombre, el artista, lo desconociera, la obra, la música de Mozart o los relatos de Chejov sabían que les quedaba poco tiempo y así lo hicieron saber al autor de un modo misterioso. Oíd a Bach y luego a Mozart. Bach, de un modo misterioso que no alcanzamos a desentrañar, sabía que viviría casi el doble que Mozart. Oídlo. ¿Lo veís?
El Réquiem de Mozart, con el de Fauré y “La canción de la tierra” de Mahler me parecen música de otro mundo, de un lugar en el que no estamos nosotros, música de un tiempo en el que somos nosotros y no hay nada más ante nuestra carne viva y frágil. El Réquiem es la música no escrita aún en la que pensaba Miguel Angel al pintar el Juicio Final.



Para iniciar este año Mozart, El País ha comenzado una colección de compactos absolutamente recomendable. El año pasado llevó a cabo una colección semejante de música clásica, quizás la mejor colección que nunca ha sacado un diario a la venta, y dado el éxito repite con Mozart. Son treinta cedés que recogen lo mejor de Mozart. Comenzó el domingo pasado y se vende lunes, martes y miércoles, a un precio de risa, 3’95 euros en total, incluido el periódico. Un compacto y un libro que incluye una biografía y el análisis de la obra del día. El grafismo de la colección es elegante y moderno. Una delicia absoluta para los sentidos con una calidad extraña en colecciones de este tipo. Las interpretaciones son todas de primera categoría. Sólo tiene un pero y es que si las portadas son preciosas, cada una con un motivo sobre Mozart, tiene una contraportada en color gris metálico en la que no hay forma humana -salvo arriesgando alguna dioptría, y no está la cosa para tanto- de leer las letras que indican las piezas incluídas. Tamaño ridículo y un blanco luminoso que deslumbra.
Escuchad a Mozart. Los aniversarios de este tipo son una estupidez, pero es de las estupideces humanas que más ventajas tienen. Nos permite reconciliarnos con una belleza que siempre está ahí pero a la que a veces le damos la espalda. Oigamos otra vez a Mozart, a Bach, a Debussy, leamos a Chejov, dejémonos deleitar por las voces de Papageno y Papagena, agarremos la mano del barquero escuchando el Réquiem. Cuando desaparezcamos -que lo haremos, sin duda-, cuando nuestro mundo sin bosques ni hombres ni playas ni animales sea una realidad y el peso del silencio -o el del ruido- sea demasiado asfixiante, el viento, recorriendo sus dominios con fiereza, construirá una melodía sencilla y total, y si tuviéramos la ocasión -que no la tendremos- de estar ahí para escucharla, sentiríamos el recuerdo de aquellas melodías que otros hombres extinguidos nos regalaron, como ofrendas casi siempre vaciadas sobre la pila del desagradecimiento.

Playa de los Muertos

 

La playa de los Muertos es una linea recta interminable, un desafío sin trabas a las fuerzas de la naturaleza, una locura estudiada por una divina sinrazón, un rincón extraño, bello y con algo enfermizo en el modo en que su paisaje surje ante el visitante, su playa abriendo lentamente su imposible perfección conforme se baja hacia ella por una suave trocha desde la carretera, adueñándose de nuestra vista y planteándonos su enigma. Su nombre evoca una leyenda de peligros y naufragios. A lo largo de la historia, muchos cuerpos de piratas, comerciantes y marineros llegaron a su arena, expulsados por bocas de agua. La playa de los Muertos es zona peligrosa, agua traicionera dada a remolinos y a los peligros del levante. Hace un verano o dos una turista extranjera murió ahogada tras un baño imprudente.

Al poco de entrar en sus aguas, perfectas y cristalinas, nos hundimos -al contrario de lo que ocurre con otras aguas de la costa, poco hondas, infantiles: San José, Mónsul, Los Genoveses-, sin que advirtamos que bajo la superficie se forman sinuosos caminos de agua que llaman con su poderoso brazo a quienes se dejan llevar por su apariencia de playa ancha y recta, sin rompientes ni esquinas, sencilla y domable en apariencia, amenazadora y poderosa en realidad.
La tarde del martes una potente y repentina granizada cayó sobre esa zona del mar. Llovía en toda Almería pero mucho más en ese trozo de costa, que otra vez se cobró su tributo sin reglas ni explicación posible. Con una ferocidad propia de aguas atlánticas, este normalmente plácido Mediterráneo acabó con la vida de tres marineros que volvían al puerto de Carboneras en vista del empeoramiento del tiempo. El azar hizo que el motor de su barco se averiara cuando quedaba poco para alcanzar el abrigo del pueblo. Antonio Cayuela López y Antonio Cayuela Berruelo, padre e hijo, así como Lorenzo González, han fallecido, y sólo ha sobrevivido un senegalés que les acompañaba, Mamadou Lene, pescador en su tierra natal, que presagió lo que se venía encima y se desvistió antes de lanzarse al agua y agarrarse a una boya con la que llegó hasta la playa, sacudido por un frío de muerte, pero vivo, superviviente de una tragedia que, como siempre, nos obligar a rememorar el poder de una costa que puede ser luz y mito, pero que con frecuencia cumple con nosotros, por medio de cuerpos tristemente rotos, su extraña vengaza.

Fe de errores y fruta.


En el último post del año pasado deslicé involuntariamente un error que ahora pretendo subsanar. En él glorificaba a García Márquez como el nuevo monarca del reino de los Nobel más veteranos tras el fallecimiento de Claude Simon. Sin embargo, la memoria me jugó una mala pasada. Acostumbrada a que los premios Nobel no sobreviven en exceso a la concesión de sus premios -la media puede establecerse en quince años, más o menos- no atendí al hecho de que, en el lejanísimo, para estos menesteres, año de gracia de 1970 fue premiado el escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn (1918), quien disfruta todavía, y por muchos años, de su larga vejez en la Rusia de Putin.

Fruta


Nueces para el amor, película de Alberto Lecchi (2000).

Anteriores frutas:
El jardín de los cerezos, de Anton Chejov.
La mesa limón, de Julian Barnes.
Tiempo de cerezas, de Montserrat Roig.
El sol del membrillo, de Victor Erice.
El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza.



Y una canción bonita para un día oscuro:
Happy birthday, dear friend Lisa, de Jens Lekman.

Tiempo ido

 


Llegar aquí en el nuevo año para pedir disculpas. O mejor, no para eso, claro, sino para saludar, muy, muy, muy sinceramente, aunque esta efusión suene infantil, pero estos días son infantiles, y he estado mucho tiempo lejos de vosotros, quizás también lejos de mí misma, porque escribir es en cierto modo eso, alejarse del punto más cercano en que una se ha pertenecido en algún momento. Pero por buena educación, quizás porque mis padres se empeñaron siempre en pagarme los mejores colegios públicos, siempre me ha parecido conveniente pedir disculpas tras una larga ausencia. Así lo he hecho a menudo cuando por avatares diversos he estado tiempo sin escribir a un buen amigo, o en forma de penitencia interior cuando he estado durante una época lejos de mis cuadernos, sin escribir. En estos últimos meses ha sido lo contrario, y al fin acabé la novela en la que trajinaba desde tiempo atrás.
De nuevo estoy aquí, y no me cuesta pedir perdón. Perdón por esta ausencia excesiva, y por tantos días en que he pensado en palabras, gestos y reflexiones que debían pasar por aquí, y no lo hicieron. Perdón a aquellos nuevos amigos que comenzaban a leerme y me echaron de menos, perdón porque no leí tantos libros como debiera, y gracias a M., que me prestó más discos de los que era capaz de escuchar.
Hoy llueve también con fuerza en el cabo de Gata. El frío se antoja excesivo incluso para unas fechas como estas. Estoy tomando una copa de pacharán y escucho música, “Dial Maceo”, de Maceo Parker, música explosiva y viva para días que se inventaron felices y también melancólicos, y por otro lado “Twentysomething”, de Jamie Cullum, un nuevo crooner lúdico de una época que está viendo la renovación del jazz vocal. Cullum canta “What a difference a day made”, de un modo posmoderno, irónico pero tan emocionante como la versión mítica de Dinah. Sí, porque empecemos positivos, esta época está dando muchas cosas artísticamente tan buenas y emocionantes como otras épocas que admiramos, a veces conmovidos por el peso de la nostalgia con las que pensamos en ellas. Deberíamos despojarnos de ella, de la maldita nostalgia, que en cuestiones amorosas nos transforma en plenamente románticos, pero que cuando nos acercamos al arte nos cubre de prejuicios y loas a un tiempo perdido que se perdió, es así, y que a veces no nos deja disfrutar de lo que aquí tenemos, de lo que nos rodea, de todo el bien y la belleza y la acariciadora luz de tantas rosas como no dejan de abrirse ante nuestros pies, como simas deliciosas a las que habría que lanzarse.

Y muchos horrores de los que hubiera querido hablaros durante este tiempo. Entregaros la indignación del modo en que el cabo de Gata empieza a ser destruido también, de una forma implacable, sin que nadie decida intentar evitarlo -al decir nadie me refieros a ellos, a los que pueden evitarlo-. La destrucción avanza, la mafiosa red de intereses urbanísticos, en la que cabe la solidaria corrupción de muchos ayuntamientos locales, y de unas administraciones autonómicas y estatales inoperantes, se han conjugado para destruir toda esta belleza. Prometo que este año, de algún modo que aún no tengo definido pero al que me entregaré con mis escasos medios, pondré entre mis prioridades este problema para el que quizás no sea demasiado tarde. Quizás.
Y mientras me deshago en buenas intenciones y aprecio esta botella de pacharán artesanal que vino hasta mí desde Huesca, en mi salón suena “Singin’in the rain”, en la maravillosa versión de Cullum, un elogio a un tiempo ido que aún puede iluminarnos con su luz.
Si alguien echó de menos estos post al pasarse por aquí durante este tiempo, gracias.
Feliz año. Brindo por vosotros.

SIMON HA MUERTO, VIVA GARCIA MARQUEZ.

La muerte de Claude Simon, el último Premio Nobel de Literatura que Francia tiene en sus vitrinas (1985), confirma que este año está siendo cruel con la literatura internacional. El Nobel del 80 C. Milosz, polaco, o las desapariciones más recientes del norteamericano Saul Bellow y Arthur Miller, el portugués Andrade o el suicidio del joven Tristan Egolf no hacen sino confirmar esto que digo. Y mi afición a las listas, que ya confesé en un post anterior, me hace reparar en un dato que quiero transmitiros: con la muerte de Claude Simon, en el que se quiso premiar hace veinte años el reconocimiento al papel que la tendencia del “nouveau roman” había tenido en la literatura contemporánea, se da en cierto modo carpetazo a toda esa escuela, sin apenas influencia hoy día, y a la que se ha acusado con demasiada saña de cierto alejamiento del público de la lectura de novelas -creo sin embargo que el modo en que el “nouveau roman” trata el mundo de los objetos es digno de seguimiento para los escritores jóvenes- y se constata la casi nula influencia contemporánea de la novelística francesa -también es cierto, y cómo pasa el tiempo, que el último Nobel español, Cela, lo recibió sólo cuatro años después, 89, hace ya 16 años, lo que también diría mucho de nuestra influencia internacional, ya nos va tocando, en todo caso-. Si creo sinceramente que hay en España escritores que podrían ser merecedores del Nobel a la altura de muchos de los premiados recientemente, no parece fácil encontrar en Francia novelistas de la misma categoría -la poesía sería otro cantar-.
Pero más allá de este análisis más profundo el dato -me diréis que soy macabra- que yo quería resaltar es que en pocos meses han muerto dos de los Nobel de Literatura de los 80, con lo que ahora mismo el escritor vivo que hace más tiempo que recibió el Nobel es Gabriel García Márquez, en 1982, sobreviviendo del mismo modo de los 80 solo el nigeriano Soyinka del 86, y el anciano, patriarca egipcio Naguib Mahfuz, del 88. Cela y Paz, 89 y 90, ya han fallecido, y del 91 hasta hoy todos viven. Los que vimos todavía niños como García Márquez recogía su premio, joven y celestialmente blanco, advertimos, en su nuevo papel de emperador de los Nobel vivos, que veinte años no son nada, o cómo decía Serrat, que ya hace casi veinte años que tengo veinte años.

EL LONDRES DE CONRAD

Hoy volvía, después de una ausencia que se me había hecho muy larga, dispuesta a reeditar con nuevas fuerzas mi pasión con este blog, a reencontrarme con nuevos nombres amigos, a seguir contando todo aquello que me hacía vibrar. Hoy iba a ser un día festivo y alegre y sin embargo el atentado de Londres lo ha detenido todo, con su aroma infecto de círculo sin fin, organizado y maldito. Sólo se me ocurre de veras, remitir a mí misma, a un post reciente, que ahora me sobrecoge, en el que recordaba una novela de Conrad, en el que se recreaba un terrible e imaginario atentado en Londres, en 1907, hace casi un siglo. Hoy todo ha sido real, nada imaginario, y lo que entonces escribí me hiela en cierto modo la sangre con su carga de presagio nunca querido.

Detalle y fruta

Es curioso el encontrarte a diario con amigos desconocidos a los que conoces cada vez mejor, con lectores que pasan por tu página y la conocen -unos se detienen un segundo en ella y otros algo más si son benévolos-, es curioso y bonito y tranquiliza cuando un día tras otro vas notando que se genera en tí una necesidad de estar aquí, con la sensación de que cumples con un deber no establecido, no obligado pero sí autoimpuesto, gozosamente disfrutado, meditado como el placer líquido de un buen vino que cuando pasa por tu garganta, un momento después, en ese instante justo, ¡ahora!, disfrútalo, provoca una sensación de plenitud que es indescriptible. En cierto modo este blog, todos los blogs de todos los nuevos amigos, son una única casa laberíntica, una casa de Borges llena de recovecos, un jardín de Alicia presto a las sorpresas y dispuesto a la búsqueda de la belleza.
(Para Magda, que cerró apenas la había descubierto)

Fruta: El jardín de los cerezos, de Anton Chejov.
La mesa limón, de Julian Barnes.

Anteriores frutas: Tiempo de cerezas, de Montserrat Roig.
El sol del membrillo, de Victor Erice.
El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza.

Vientos del sur

Y vientos del sur, vientos levante calurosos que se pegaban a su piel con la constancia de una pelea meditada y la brusquedad de un golpe de mar. Así los recordaba, así lo recordaba, con la presencia agobiante de las clases en la infancia, que no terminaban aunque nuestra mente se hubiera alejado de ellas mucho antes de que sonaran las sirenas liberadoras. Alli donde una puerta se abría, ninguna se cerraba. Pensaba en él, y más pensaba en él, y cada pensamiento era el eslabón de una cadena interminable que ella siempre había creído de cartón y que se revelaba como de un metal sólido.
Recordó el colchón en el que hicieron el amor por primera vez, y la huella que su cuerpo dejó al volverse a medianoche, como si su peso llevase allí siglos y por fin el mito hubiese decidido dejar paso a un hombre real, como si de Atenas pasásemos a Nueva York en un segundo, como si desde una pintura rupestre hubiese saltado, con ese breve movimiento, hasta una fotografía digital. Así su recuerdo podía transformarlo todo, y demostrarle que seguía recordándole y que, aunque ella no quisiera, aunque la mayor parte de ella que se entendía a sí misma como “ella” no estuviese dispuesta a ceder ante ese ímpetu, cuando bajara del avión, en aquel aeropuerto del Sur, cuando terminara aquel vuelo procedente del norte gallego que se topaba de pronto con desierto y mar y sorpresa y luz sin intermitencias, cuando lo entreviera allí, esperándola tras las puertas automáticas, un momento sí y otro no, como los restos de un sueño, con su sonrisa otra vez en la boca, dispuesto a recuperarlo todo, cuando eso ocurriera, claro, ella estaría perdida, para siempre, y se postraría ante él, dispuesta al goce y la aventura otra vez viva.

Este reto partió de Master Dustwalker, que se lo pasó a Fenrirel, de Fenrirel pasó a Raistlin, de Raistlin a Fairywindy, de Fairywindy a Jibril, de Jibril a Xana , de Xana a bruja de Abril, de bruja de Abril a Hormigo, de Hormigo a Juan, de Juan a Inma, de Inma a Dolo, de Dolo a Manios, de Manios a Milva, de Milva a Chocoadicta, de Chocoadicta a Desparafusado, de Desparafusado a El niño, de El niño a MaM-oNa, de MaM-oNa a Rosi, de Rosi a Marc, de Marc a Marta, de Marta a Dugongo , de Dugongo a Mirada, de Mirada a Muralla, de Muralla a Mad, quien lo hizo llegar a Thirthe. Ella, siempre amable, me pasó el reto a mí.

Y yo le paso el reto a El fulgor. Y puede empezar con la frase “El avión perdido tras el muro de viento….”

Todos los textos están siendo recogidos por Fairywindy en su blog

UN CLASICO Y UN MODERNO: “EL ULTIMO TANGO EN PARIS” Y “LA GUERRA DE LAS GALAXIAS III”

El cine es una escenificación de espacios mezclada con un montaje de secuencias temporales. Espacio-tiempo que se rompe bruscamente cuando el tiempo pasa sobre una película y esa mezcla construida delicadamente se fractura en pedazos, diciéndonos nada donde antes nos dijo mucho.
“El último tango en Paris” (1973) es un ejemplo doloroso de película que se ha deshecho con el paso de los años. Donde antes hubo escándalo ahora hay escenas sexuales de un cauto clasicismo -cualquier película española actual tiene tres veces más sexo explícito que esta película-, su atrevida narrativa no es ahora sino guión vacío y sin contenido y su pretendido tono existencial deviene pretenciosidad sin límite. Salvada la interpretación potente de Brando -que por cierto tiene una voz original bastante fea, muy lejana de la de su doblador español, con más personalidad- la película es hoy un insufrible muestrario de todas los tributos del cine contestario europeo y de un Bertolucci -esto suena pretencioso, dado el éxito de la película- en baja forma, si salvamos la escena del tango, contaminada por un tono felliniano que no rompe del todo su fascinación evidente. Su mensaje erótico no lo es tanto, y ya el sexo no es la cárcel del hombre, ni tampoco su liberación, el sexo es una mercadería más, en el sentido de estar expuesto a los ojos de todos, en boca de todos, desactivando la complejidad entrevista más que real de aquellos que cruzaron la frontera para ver un ejemplo de adónde el cine podía llegar sin caer en el cine “S” de la época, y aún prohibido en España. Otros Bertolucci son mucho más excitantes -nueva herejía: prefiero la denostada “Belleza robada”, y es mucho más sensual con su sencillo mensaje a favor de la naturaleza y el deseo que esta perturbada pero nada perturbadora muestra de mensaje como medio-. Nada queda ahora del mito, quizás nunca lo hubo en esencia, y todo se debió a un malentendido, el mismo que ahora ha arrastrado a películas como “Muerte en Venecia” o “8 1/2″ al limbo del olvido. Quizás dentro de veinte años el mensaje transgresor de películas como “Intimidad” de Patrice Chereau, o “9 songs” de Winterbottom, películas con sexo real en pantalla, también queden completamente superadas. O tal como están ciertas cosas, no. Mientras avanzamos en el tratamiento de la violencia, retrocedemos en el modo de mostrar estéticamente el sexo. La música del tango, en todo caso, se ha acabado.
Ejemplos de lo que digo son las largas escenas conflictivas que sólo parecen tener sentido para entregarnos información sobre lo que le ha pasado a Brando y su mujer, o el patético segmento del novio director de cine de la protagonista, papel interpretado por el actor fetiche de Truffaut, Jean-Pierre Leaud. Lastres que en cierto modo han dejado al dia de hoy la película en nada.

“La venganza de los Sith” es el título de “La guerra de las galaxias III” o “Stars Wars III”, como dicen los chicos de ahora, que parecen haber olvidado que el español como idioma no está mal para utilizarlo. Yo recuerdo las increíbles colas que rodeaban el cine donde mi padre me llevó a ver, con 8-9 años, “La guerra de las galaxias”, de 1977, y me asombra cómo el furor de aquel mito cinematográfico sigue perviviendo a pesar de las décadas. No puedo arrogarme la capacidad de decir que aquella trilogía -la nuestra- es mejor a la moderna trilogía -la de los más jóvenes, la de ellos- pero sí que de modo estrictamente cinematográfico, sin entrar en el mito, esta nueva trilogía es patética en muchos sentidos. Una feria de los sentidos, de los efectos especiales, sí, pero poco más, puesto que ha tomado de la primera trilogía todo lo peor y lo ha elevado a la décima potencia: el tufillo de serie B a la hora de crear los personajes, cosa buscada por Lucas, que quería que sus películas recordaran a las de los viejos seriales americanos, pero también una construcción de la historia horrible y unos diálogos ya sin sentido del humor marca de la casa “Han Solo”. Todo es decadente en estas películas, y también en la última, de la que sólo se salva la fuerza cinematográfica del momento en que nace Darth Vader, ese plano lateral en el que el ejército de robots va reconstruyendo un cuerpo destrozado y le coloca una máscara que se pega a su carne hasta hacer el vacío dentro de su cara y obligarle a exhalar su ya mítico resuello maligno. Todo lo demás es un ir y venir sin sentido de un sistema lunar a otro y una sucesión de escenas mal resueltas -con miles de efectos digitales, en los que se han invertido muchas horas y días, y con unos diálogos en los que una persona sensata y no demasiado talentosa no necesitaría utilizar más de media hora-. Al respecto las escenas de la Portman y Christensen son horribles: ella atusándose en el ático estelar con un cepillo de púas anchas su permanente -tantos miles de años y las mujeres, cuando no podemos dormir, seguimos alisándonos el pelo ¡¡¡¡rizado¡¡¡. Los diálogos entre ellos son penosos: Me quieres, Estoy loca de amor por tí, Loco de amor, yo soy el que está loco de amor, No, soy yo, y así hasta el infinito y más allá. Un mundo hecho a base de píxels pero sin ninguna sustancia humana, mínimamente aventurera -cómo sí ocurría en la primera trilogía o en la saga de Indiana Jones-. Son los tiempos que corren, llenos de pseudofilosofía barata que no dice nada. Ahí está las secuelas de la maravillosa “MAtrix” o este mismo ejemplo para comprobar que estos directores -Lucas es horrible y plano como director, y no tiene ningún pulso- se empeñan en adoctrinarnos con una religión de cartilla de párvulo.

CONTACTOS RAZONABLES:
Mi teoría es que casi todas las obras culturales conducen de una a otra por un camino a veces sinuoso y retorcido, pero existente. Así, ¿qué conecta “El último tango en París” con “La guerra de las galaxias III”?
HAy varios caminos pero elijo el siguiente:
Jean Pierre Léaud, actor de “El último tango”, fue el actor fetiche de François Truffaut, que participó como actor en “Encuentros en la tercera fase” de Steven Spielberg, quien dirigió la trilogía de “Indiana Jones”, producida por…..George Lucas, director de la saga galáctica.

HAsta mañana.

Ideal.es

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