
Ahí está siempre, luminoso y complejo, debatiéndose sin melancolía por empatantanarnos el alma con la belleza de su música. Cuando oímos a Mozart tenemos la sensación de que sus melodías cumplen el absoluto de la obra necesaria, aquella que de no existir empobrecería este mundo de maldición y crimen, de guerra y trueno, pero también de absoluta belleza. Belleza en la naturaleza que desaparece sin remedio y en el ser humano que se agota, belleza en el legado cultural que cualquier día se esfumará bajo la ola sin espuma de una explosión nuclear o cualquier otro tipo de catástrofe, sin dejar rastros de toda esta belleza que sin embargo permanece, está, es desde hace dos siglos y medio una de las cumbres de nuestra cultura, como el ingenio de Leonardo o el poder creador de Miguel Angel, o las miradas de los personajes de Velázquez, o la obra de Cervantes o Chejov, o la frenética espiritualidad barroca de Bach. Nadie negará a estas alturas que la influencia de Mozart ha sido más influyente para nuestra cultura que la obra de cien dictadores o nombres propios a los que con ligereza podemos considerar más determinantes de nuestro mundo real. ¿Por qué Mozart o Bach no son más influyentes o importantes que Napoleón, por ejemplo? Napoleón inauguró un mundo, construyó con su invención de la idea de código el equivalente a la Via Apia romana, napoleonizó la modernidad que todavía no era, pero la música de Mozart, a lo largo de estos casi doscientos cincuenta años desde su nacimiento, ha infectado con su dichoso poder la genética de generaciones sucesivas de seres humanos hasta mozartizarnos. Cuando escuchamos “La flauta mágica” sentimos tanta alegría porque “La flauta mágica” es la plasmación abstracta y perfecta de lo que es la alegría, y si nos emocionamos con la barca de Caronte que es el “Réquiem”, mostrándonos cierta esperanza al atravesar el mar de la muerte, es porque nuestra idea de lo que puede esperarnos tras la muerte y nuestra melancolía al imaginar lo que debe ser alejarnos al desaparecer para siempre de la belleza pasada de nuestra vida finita están contenidas en el “Réquiem”. La música de Mozart es divina porque es absolutamente humana y crea conceptos y maneras de mirar alrededor que antes no estuvieron allí.
Sé que me conduzco por mi estilo apasionado, por mi culto exagerado a la pasión, y pido disculpas, pero no puedo evitar evocar sensaciones de mi vida unidas a sus conciertos para clarinete, a sus marchas llenas de alegría, a su Papageno y Papagena recordándome la ingenuidad sin mancha de la infancia. Bach me llega más hondo, Debussy me hace soñar más que él, durante una época fui obsesivamente mahleriano, porque durante la juventud primera Mahler te da ánimos para ser fuerte y formarte ante los peligros y decepciones primeras. Frente a Mozart, Bach es quizás más espiritual y complejo, y su belleza es tan superlativa que asusta, sólo nos queda postrarnos ante su música y adorarla con una actitud que tiene que ver mucho con una religión pagana. Mozart, sin embargo, es el músico de la alegría, y nos habla de tú a tú, mostrándonos que es un genio pero también un hombre que podría tararearnos una canción al oído. Su música está llena de acumulación y variaciones constantes, y siempre parece estar a punto de desbordarse, como si la escucháramos a una velocidad algo superior a la normal. Mozart tenía tanto que contarnos, tanta belleza que regalarnos que siempre parece que le falta el tiempo necesario para hacerlo. Y así fue. Yo he vivido ya más tiempo del que él lo hizo. Eso, más allá del lógico complejo que produce un genio de estas características, sólo puede moverme al agradecimiento por el modo en que aprovechó su tiempo breve. Al igual que le ocurre a Chejov, parece que aunque el hombre, el artista, lo desconociera, la obra, la música de Mozart o los relatos de Chejov sabían que les quedaba poco tiempo y así lo hicieron saber al autor de un modo misterioso. Oíd a Bach y luego a Mozart. Bach, de un modo misterioso que no alcanzamos a desentrañar, sabía que viviría casi el doble que Mozart. Oídlo. ¿Lo veís?
El Réquiem de Mozart, con el de Fauré y “La canción de la tierra” de Mahler me parecen música de otro mundo, de un lugar en el que no estamos nosotros, música de un tiempo en el que somos nosotros y no hay nada más ante nuestra carne viva y frágil. El Réquiem es la música no escrita aún en la que pensaba Miguel Angel al pintar el Juicio Final.

Para iniciar este año Mozart, El País ha comenzado una colección de compactos absolutamente recomendable. El año pasado llevó a cabo una colección semejante de música clásica, quizás la mejor colección que nunca ha sacado un diario a la venta, y dado el éxito repite con Mozart. Son treinta cedés que recogen lo mejor de Mozart. Comenzó el domingo pasado y se vende lunes, martes y miércoles, a un precio de risa, 3’95 euros en total, incluido el periódico. Un compacto y un libro que incluye una biografía y el análisis de la obra del día. El grafismo de la colección es elegante y moderno. Una delicia absoluta para los sentidos con una calidad extraña en colecciones de este tipo. Las interpretaciones son todas de primera categoría. Sólo tiene un pero y es que si las portadas son preciosas, cada una con un motivo sobre Mozart, tiene una contraportada en color gris metálico en la que no hay forma humana -salvo arriesgando alguna dioptría, y no está la cosa para tanto- de leer las letras que indican las piezas incluídas. Tamaño ridículo y un blanco luminoso que deslumbra.
Escuchad a Mozart. Los aniversarios de este tipo son una estupidez, pero es de las estupideces humanas que más ventajas tienen. Nos permite reconciliarnos con una belleza que siempre está ahí pero a la que a veces le damos la espalda. Oigamos otra vez a Mozart, a Bach, a Debussy, leamos a Chejov, dejémonos deleitar por las voces de Papageno y Papagena, agarremos la mano del barquero escuchando el Réquiem. Cuando desaparezcamos -que lo haremos, sin duda-, cuando nuestro mundo sin bosques ni hombres ni playas ni animales sea una realidad y el peso del silencio -o el del ruido- sea demasiado asfixiante, el viento, recorriendo sus dominios con fiereza, construirá una melodía sencilla y total, y si tuviéramos la ocasión -que no la tendremos- de estar ahí para escucharla, sentiríamos el recuerdo de aquellas melodías que otros hombres extinguidos nos regalaron, como ofrendas casi siempre vaciadas sobre la pila del desagradecimiento.