Ancha es Castilla

Uno de los grandes problemas de llevar el aceite de oliva impreso en el ADN, como le sucede a los jienenses -a todos, en general-, es que cabe la posibilidad de pensar que todo el mundo -también en general- lo lleva. Pero no, no es así. Todo lo contrario. De las dieciséis grasas vegetales que toman en sus comida los casi 6.900 millones de personas que habitamos en este maravilloso planeta llamado Tierra, el “oro líquido” ocupa el puesto número doce, con una cuota de mercado de un exiguo 3,06 por ciento. El oliva tan sólo gana al maíz, pescado, sésamo, lino y ricino. En la parte de arriba de esta tabla clasificatoria está la esencia de palma (47,10 por ciento), soja (37,67 por ciento), colza (21,89 por ciento) y girasol (11,89 por ciento). La participación del resto ya se sitúa por debajo del 9 por ciento, según datos facilitados por la organización agraria Asaja correspondientes al ejercicio 2009-2010.

Estos números tienen varias lecturas en magnitudes globales como las que estamos hablando. No estamos en un 3,1 por ciento porque se hayan hecho mal las cosas. Estamos ante un producto que se vincula históricamente a la tradición gastronómica de un área geográfica muy determinada, en este caso el arco mediterráneo. Y esto nos lleva forzosamente a una conclusión de enorme relevancia. Si no llegamos ni al 3,1 por ciento, significa que tenemos una larguísima trayectoria por delante. Y en este punto sí que se identifican dos factores claramente a favor. Primero, bondades culinarias -la mayoría de los más afamados chefs lo utilizan de forma habitual en según qué platos-. Y lo segundo, y más importante, las bondades para la salud. Prácticamente cada semana se conocen los resultados de alguna investigación que aporta algo nuevo. Vayan por delante unos cuantos beneficios contrastados. Previene enfermedades cardiovasculares, reduce los niveles de colesterol, disminuye la presión arterial, ayuda a envejecer y aminora la incidencia de patologías como la artritis y determinados tipos de cáncer.

Así que más allá de debates sobre rentabilidad del sector y habida cuenta del enorme potencial de crecimiento, los 66 millones de olivos que cubren la provincia de punta a cabo deberían aportar mucho y bien a la economía jienense. Tan sólo queda algo tan fácil -y tan complicado a la par- como hacer bien las cosas. Una meta factible con los apoyos que puedan venir de fuera, pero sobre todo de dentro. Me explico.

La negociación de la reforma de la Política Agraria Común (PAC) se antoja como fundamental en el corto y medio plazo -la nueva PAC estará vigente entre 2013 y 2020-. Y también será muy importante la implicación de instituciones más cercanas, básicamente mediante las estrategias legislativas que emprenda el Gobierno central y también la Junta, que ya se ha dotado de una Ley del Olivar a la que “tan sólo” falta dotarla presupuestariamente. Pero el consenso generalizado apunta que deben ser los propios agricultores quienes tiren del carro, lo que previamente implica creer en sus posibilidades. Las acciones que emprenda la Organización Interprofesional del Aceite de Oliva serán cruciales.

La posición de partida de Jaén, la que más interesa por razones de proximidad, es la siguiente. Jaén, con 670.000 toneladas, representa el 21,3 por ciento de la producción mundial, que ha alcanzado esta campaña 3.142.500 toneladas. Teniendo en cuenta que estamos ya ante el cultivo más extendido en los cinco continentes y que se fabrica industrialmente en cuarenta países, el objetivo primario sería la defensa con uñas y dientes de ese 21,3 por ciento, aventura harto complicada con la proliferación de plantaciones superintensivas en la regiones más recónditas -Estados Unidos, China y Australia, por poner algunos ejemplos-. Posteriormente el reto sería arañar algunas décimas a ese porcentaje.

Está pasando, lo estás viendo

 Navegamos ya con rumbo fijo y a todo trapo de lo inquietante a lo desconocido. Al menos a lo desconocido para aquellas generaciones de españoles nacidos en democracia y en un mundo que entendíamos -en pasado- como relativamente ordenado. Ahora la guerra no la hacen las personas. La hace el dinero. En ambos casos la consecuencia es la misma: más pobreza. Lo digo porque escribo a diario sobre ello y porque lo veo en la calle. Lo he comentado en alguna ocasión. No hay mejor indicador económico que la longitud de la cola que se forma todas las noches para entrar al comedor social de la parroquia de Belén y San Roque. Ésa es la puta crisis. La de no tener nada. Hace poco publiqué un reportaje precisamente sobre ello. Los que roban leche, pan o embutidos porque tienen hambre. Suena duro ¿verdad? Pues ‘está pasando, lo estás viendo’, como rezaba el conocido eslogan de CNN+, ese canal de noticias que murió -o más bien lo mataron- para dar paso al ‘edificante’ show de los mozuelos tirapedos del Gran Hermano. ‘La vida en directo’. Las narices. ‘La vida en directo’ es la hilera vergonzante de almas en pena aguardando para saciar el apetito o el señor encorbatado que, parapetado tras un cartón y un lacónico ‘sólo pido para comer’, esconde su angustia y el fracaso de una sociedad donde la palabra bienestar suena a coña marinera.

Pero no está en mi ánimo joderle la mañana a nadie con el crudo relato de la realidad más real. Todo lo contrario. Tan sólo pretendendía ponerles en antecedentes para destacar el ímprobo esfuerzo que están haciendo algunas instituciones, como Cáritas, Cruz Roja o el Banco de Alimentos, para atender las necesidades más básicas de los que desayunan, almuerza y cenan, eso sí, doble ración de miseria aderezada con amargura. Estos señores se merecen todos los premios habidos y por haber. Aunque conociendo perfectamente a muchos de los que están ahí, dando el callo, estoy seguro que el mayor reconocimiento para ellos sería más apoyo. Sí, más apoyo para dar respuesta a una demanda que les desborda -Cáritas atiende ya al 12 por ciento de la población de Jaén-. Y también más aliento para algo tan fácil -y tan complicado- como dar cariño. El desconsuelo por tener hambre es terrible. Pero todavía lo es más no tener un hombro en el que llorar. Fue Séneca quien dijo “no hay mayor causa de llanto que no poder llorar”.

Por todo ello, porque somos seres humanos con razones y sentimientos, tenemos la obligación moral de dar dos pasos paso hacia delante. Uno y dos. Por solidaridad y porque no está de más ponernos en la piel del que vive en la precariedad. Primero porque es justo y segundo porque, aunque suene a frase manida, nadie está libre de pecado. Usted y yo podemos ser los siguientes. Entonces, desarropados, desearíamos comprobar que hay alguien cuando miremos hacia atrás. Para darnos un plato de sopa caliente o sencillamente para darnos un abrazo y regalarnos una sonrisa.

 

 

 

 

El olivar pierde la batalla

 La guerra sin cuartel entre los grandes de la alimentación, que disparan a discreción por hacerse con ‘el cliente’, está teniendo fatídicos efectos colaterales en el olivar. La utilización del aceite de oliva como artículo reclamo en los catálogos se ha convertido, desgraciadamente, en el pan nuestro de cada día. El problema es que este producto nuestro, del que comen unas 110.000 familias en Jaén, ya no es un ‘reclamo’. Ahora prácticamente es un ‘regalo’. En efecto, el último ‘¡ofertón!’, el litro de una mezcolanza de refinados con vírgenes a 1,21 euros. Para que se hagan una idea. La marca líder de girasol –blanca, por cierto– está tarifada en estos momentos a 1,25 euros. Cuatro céntimos por encima. Es más. Trasladémonos ahora a las almazaras y cooperativas oleícolas de Jaén. El kilogramo de virgen en origen se cotizaba este viernes a una media de 1,705 euros. Es decir, los olivicultores cobran cincuenta céntimos más que lo que pagan los usuarios finales. La misma lectura se puede hacer con los lampantes, que ayer estaban saliendo en origen a 1,592 euros. O sea, casi cuarenta céntimos por encima de los referidos 1,21 euros.

En esta batalla hay vencedores y vencidos. Los vencedores, que no deben ser los distribuidores porque en teoría no pueden vender a pérdidas –el ‘dumping’ está considerada una práctica de competencia desleal–, son los consumidores. Con el litro a 1,21 euros se pueden permitir el lujo, por ejemplo, de freír los calamares o las croquetas con un oliva, considerado la mejor grasa vegetal por sus bondades para la salud y para la buena cocina –sobre todo sin son extras–. Ya saben que les saldrá más económico que con un girasol. Y los perdedores ya habrán intuido quienes son. En efecto, los aceituneros altivos que difícilmente conseguirán que les den algo más por su producto, incluido el valor de su esfuerzo y trabajo. En este punto conviene recordar que el umbral de la rentabilidad para la generalidad de las plantaciones jienenses se sitúa entre los 2,20 y los 2,40 euros. Un euro por encima de esos 1,21 euros a los que algunos ya ofertan el ‘oro líquido’ –o quizá sea ya más conveniente hablar de ‘hojalata líquida’–.

Esto es el ahora, el presente. Pero todo pinta que el mañana no será así. Ante las enormes dificultades para que el sector se dimensione –el proceso se está desarrollando de forma exasperantemente lenta–, ante la posición desfavorable de quienes no tienen ninguna fuerza para negociar precios, el clima se ha convertido en el principal aliado. Aunque en este ‘negocio’ buena parte de los mensajes que se lanzan no son inocentes, el hecho es que ahora mismo Jaén debería estar lleno de gente portando máscaras antipolen y, sin embargo, se ven poquitos. Aunque los expertos dicen que la fase de apogeo de la floración del olivo se retrasará una semana, ahora mismo, que deberíamos estar por encima de los 3.000 granos por metro cúbico de aire, todavía no se han superado los 150. Hemos vivido uno de los inviernos más secos de la historia y el cultivo, por muchas propiedades milagrosas que se le atribuyan, está exhausto tras un ciclo de campañas con producciones récord (vecería) y sobre todo está sediento, dos circunstancias que pueden tener una enorme repercusión sobre la próxima recolección.

Tanto es así que organizaciones agrarias como la UPA ya estiman que la próxima producción se puede quedar en España en las 800.000 toneladas, la mitad que la actual. Se vislumbra cada vez con más nitidez un escenario de subida de precios por déficit oferta y por un posible desabastecimiento de los mercados –exterior e interior–, que precisan entorno a 1,4 millones de toneladas.

P. D. Antes de que alguien me acuse de no dar nombres, ya digo que si los doy: todos.

Cuando las cuentas no cuadran

 Las secuelas de los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), que sitúan el desempleo en Jaén magnitudes históricas, siguen muy patentes casi dos semanas después. No se puede hacer ninguna lectura positiva de ellas. Ni en caliente, ni ahora en ‘frío’. Y es que si los números de la EPA son alarmantes en sí (94.500 jienenses sin empleo y 23.500 familias con todos sus miembros fuera del mercado laboral), todavía lo son más si cruzamos guarismos con otras fuentes estadísticas. Con la Seguridad Social, por ejemplo. Estamos viviendo una coyuntura (negativa) sin precedentes que acentúa todavía más la dependencia de Jaén de la solidaridad interterritorial, recogida por otra parte en la Constitución. Las cuentas son sencillas. Si sumamos los 94.500 parados a los 133.465 pensionistas –en total, 227.965–, obtenemos una cifra que supera con creces los 201.000 ocupados que hay en Jaén. Estamos, igualmente, ante una situación de la que no hay antecedentes. Hay más gente dependiendo del sistema que contribuyendo al sistema.

Y los cálculos todavía podrían ser más desfavorables si a esas 227.965 personas que no trabajan –porque no encuentran donde colocarse o porque reciben algún tipo de pensión por diferentes circunstancias–, se le añadieran también los que están en edad laboral, entre los 16 y los 65 años, y están inactivos porque estudian, desarrollan labores en el hogar o padecen algún tipo de incapacidad permanente. Entonces los 227.965 se quedarían muy cortos y se transformarían en casi 360.000. Estamos hablando, por tanto, que la proporción es tres a uno. Tres sin trabajo, uno con trabajo.

Insisto en que se trata de matemáticas. Que el Estado pone dinero para compensar estos desequilibrios –aunque haya comunidades que se quejen por ello–. Pero conviene hacerse una composición de lugar para ver de donde veníamos, a donde hemos llegado y sobre todo hacia donde caminamos en caso de que la economía remonte el vuelo, un punto de inflexión que debería llegar más pronto que tarde –al menos eso es lo que pretende el Gobierno con su política de ‘reforma a la semana’–.

Sigamos haciendo este ejercicio de aproximación. Según la Agencia Tributaria, en la última declaración de la renta, correspondiente a 2010 –ahora mismo se está haciendo la de 2011–, el conjunto de la población ocupada de la provincia genera cada nómina unas retribuciones brutas globales de 292,4 millones de euros. ¿Qué parte de este importe son ingresos para el Estado por la vía del IRPF y detracciones para el mantenimiento de la Seguridad Social?Pues son variables en función de las circunstancias personales y familiares. Existen unas tablas de tramos que determinan cual debe ser el tipo impositivo aplicable a cada caso. Sirva como referencia que el fisco recaudó en 2010 un promedio de 15,6 millones de euros al mes en concepto de IRPF. Respecto a las aportaciones a la Seguridad Social, llamadas cuotas, se obtienen igualmente en función de la base de cotización relativa a cada contingencia protegida. En cualquier caso, a tenor de los presupuestos para 2012, el importe medio sería de unos 123 euros por afiliado trabajador, por lo que en Jaén nos iríamos hasta los 28,7 millones de euros mensuales –más la cantidad que pone cada empresa, unos 370 euros por empleado–. Unos 44,3 millones de euros.

Pues bien, para que se hagan una idea, tan sólo el gasto en prestaciones para los desempleados –contributiva, subsidio, renta activa de inserción y eventuales agrarios– asciende en Jaén a los 43,7 millones de euros al mes. A estos 43,7 millones habría que añadir los 83,9 millones que reciben los 133.465 pensionistas. En total, 127,6 millones de euros. Es decir, están saliendo casi tres veces más euros de los que entran, un déficit enorme que siempre ha existido, pero que se ha ido ‘in crescendo’ desde 2007, conforme se agravaba la crisis económica.

Un moneo abandonado

 Si la memoria no me falla, hace ya más de ocho años que el flamante Banco de España de la capital está cerrado a cal y canto… y deteriorándose. En las paredes de este espectacular inmueble, que emula en sus formas a la caja de seguridad de una entidad financiera, proliferan las pintadas.

¿Y por qué saco este tema hoy a colación? Pues porque ayer el arquitecto del Banco de España, Rafael Moneo, fue elegido Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Es el momento idóneo para reivindicar que este edificio, una verdadera obra de arte, sirva para algo más que para que aniden las palomas, aparquen los coches y los ‘artistas’ del spray den rienda suelta a su imaginación. Que si conservatorio, que si comisaría de policía, que si archivo, que si sala de exposiciones… demasiado tiempo dándole vueltas al asunto y, lamentablemente, ninguna solución sobre la mesa.

By María Capilla de la Calle

Vainilla

Vivimos en un mundo ‘prèt-a-porter’. Casi todo lo que hacemos y decimos responde a pautas que nos imponen desde arriba. Y no me refiero a nuestro señor que está en los cielos, sino a los otros señores, los que están en la planta de arriba y cuyo único aliento es el dinero. Cuanto más uniformadas sean nuestras existencias más engordan sus cuentas corrientes. Esta estandarización de casi todo -incluso de la política- tiene una perniciosa incidencia en la forma más primaria de captar las sensaciones. Vemos grises, oímos coches, tocamos teclados, gustamos agrio y olemos a colonias de 20 euros del supermercado. Y lo terrible es que esta cruel dictadura de los estereotipos nos está privando de experimentar cosas maravillosas. Hoy quiero centrarme en la anulación del sentido del olfato. Cierro los ojos y mis ensoñaciones siempre aluden a olores. A pan recién horneado en la tahona, a rosas amarillas de terciopelo, a vida… Los aromas siempre han formado parte de nuestros recuerdos. Forman parte de lo que somos. Yo no entiendo ‘Platero y yo’ sin las esencias frescas de los pinares de Fuente Piña o sin los vahos de la tinta de aquel librito, editado por Austral, en que supe por primera vez del burrito Platero, “pequeño, peludo y suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”.

Hace unos años publiqué uno de esos reportajes que tanto se han puesto de moda ahora. Consiste en meterse en la piel de otro para narrar en primera persona las vivencias ajenas. Quedé con unos señores de la ONCE y les pedí que me enseñaran a valerme con los ojos tapados y con la sola guía de un bastón. El aprendizaje terminó con una prueba de fuego. Marcar un itinerario por las calles de Jaén y alcanzar entero la meta. Lo logré. Llegué al final tras cientos de traspiés, cuatro trompazos y arrollar a unos cuantos desventurados que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en mi camino. La cuestión es que el transcurso del amaestramiento me explicaron un caso que he visto oportuno recuperar. El de un invidente que había desarrollado la destreza de moverse de un extremo a otro de la ciudad con la única orientación de su nariz. Sabía que estaba en El Pósito porque olía a bacalao. O en La Carrera por el café recién molido de La Pilarica. O en Eduardo Arroyo por el queso añejo de la Taberna Pepón. Me hablaron también del pesar de este buen hombre porque ahora aquellos efluvios ya no le llegaban con la misma intensidad que antes. Porque ahora las pestilencias de la basura y la polución pervertían lo que antaño eran verdaderos perfumes.

Por eso reivindico el prodigioso universo de emociones que implica abrir la ventana y no oler a mierdas, pipises de perros y tubos de escape. Quiero saber qué me evoca la pradera de margaritas que hay enfrente de casa, la tierra mojada de las tardes grises y las fragancias avainilladas de la fábrica de galletas cuando el viento sopla desde la Loma. Reivindico mi derecho a disfrutar con los bálsamos de la naturaleza, puros, contundentes, singulares. Como el hocico de Platero olisqueaba las florecillas “rosas, celestes y gualdas”. Y como aspiro a que algún día mis hijas recuerden su niñez en un Jaén auténtico y que olía sencillamente a Jaén.

El récord que nadie quería batir

Aunque la proyección de demandantes en el Servicio Público de Empleo apuntaba a un desaguisado mayor, los resultados de la Encuesta de Población Activa (EPA) del primer trimestre, el sistema que realmente vale para medir el paro, son  desastrosos se miren por donde se miren. Tanto es así que Jaén jamás había tenido tantísimas personas sin empleo como en la actualidad. Al menos no desde que se publica la EPA, desde 1976. Ahora mismo hay la exageración de 94.500 parados en la provincia, lo que significa uno de cada tres jienenses en edad laboral, entre los 16 y los 65 años. Exactamente el 31,98 por ciento. O sea, cuatro puntos más que a finales de 2011. Pues eso, que  estamos en magnitudes récord. Se han superado los 92.400 que se contabilizaron en el segundo trimestre de 1996, en la anterior crisis –la que siguió a los fastos de 1992–. Y es que el saldo de los últimos tres meses no puede ser peor. Tampoco hay precedentes de un incremento tan bestial de los desempleados en el corto intervalo de tiempo de apenas noventa días. Basta comparar con lo sucedido un año atrás para comprobar el desaguisado. Entonces se redujo un 14,2 por ciento la suma de paisanos sin trabajo. Ahora ha subido un 12,9 por ciento. Hemos pasado de 66.100 a la friolera de 94.500. Estamos hablando de 28.400 más. El desarrollo de la campaña olivarera es clave para entender todo esto, aunque los sindicatos también apuntan ya a la incidencia de la reforma. La cuestión es que en 2011 la recolección fue muy trabada debido a la lluvia y en muchos tajos hubo actividad hasta bien entrado febrero. Y ahora, con total ausencia de precipitaciones, a mediados de enero la cosecha estaba ventilada. En cualquier caso, el problema de fondo es otro.

Y que estamos ante una atonía generalizada de todos los sectores. Ninguno demanda mano de obra más allá de periodos muy concretos como la recogida de la aceituna. No hay más que echar un vistazo a la evolución de la ocupación en los últimos doce meses para corroborar esta completa paralización. En la agricultura se ha pasado  de 46.000 trabajadores a 33.300 (un 27,6 por ciento menos); en industria, de 24.700 a 20.600 (un 16,6 por ciento menos); en la construcción,  de 16.400 a 13.000 (un 20,7 por ciento menos);y en los servicios, de 141.600 a 134.100 (un 5,3 por ciento menos). Estamos en 201.000 ocupados, la segunda cifra más baja de toda la historia. La anterior data del tercer trimestre de 2011, cuando por primera vez se descendió de la barrera psicológica de los 200.000 –se llegó hasta 196.500–.

También preocupa el hecho de que cada vez haya más familias con todos su miembros desocupados. Si extrapolamos los datos nacionales al ámbito de Jaén, concluimos que hay 23.500 hogares en estas circunstancias. En este punto conviene recordar que, según un estudio reciente publicado por varios profesores universitarios, el índice de economía sumergida en Jaén se situaría en el 25 por ciento. Sólo así se entiende que no haya estallidos sociales de mayor calado.

Pero si alarmante es el presente, las expectativas  de futuro tampoco invitan al optimismo. Hasta el propio Gobierno reconoció en el decreto de reforma del Estatuto de los Trabajadores, que ya desencadenó una huelga general el pasado 29 de marzo, que el panorama sería desolador en el corto plazo, con 600.000 ciudadanos más haciendo cola ante las oficinas del Inem. Y es que 2012 pinta incluso peor que 2011. Así lo manifestaron este jueves Analistas Financieros de Andalucía, una sociedad de estudios del grupo Unicaja, quienes vaticinaron que el Producto Interior Bruto de Jaén se contraería un 2,2  por ciento a lo largo de este ejercicio. Estos mismo apuntaron a un decrecimiento del 2,1 por ciento en el conjunto de España y del 2,5 por ciento en la comunidad autónoma de Andalucía.

Del sueño americano al sueño chino

Emulando a aquellos emigrantes irlandeses que se marcharon a los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX, huyendo de la Gran Hambruna, también algunas aceiteras jienenses tomaron la decisión de cruzar el charco buscando “el sueño americano”. Un mundo próspero, con gente adinerada y preocupada por su salud. Se apostó fuerte pese al sonado fiasco de Fedeoliva y su atrevida estrategia de vender barato para penetrar en el mercado. Las expectativas eran inmejorables y más después de que las autoridades sanitarias norteamericanas determinaran que el aceite de oliva era un alimento cardiosaludable y podía ayudar a combatir los problemas de obesidad en el país de las hamburguesas de dos pisos con mucho ketchup. Los datos de aduanas así lo corroboran. En 2006 se enviaron partidas por valor de 11,6 millones de euros. Pero desde entonces el globo comenzó a desinflarse poco a poco. En 2007 ya se bajó hasta los 5,6 millones de euros, en 2008 se retrocedió todavía más, hasta los 3 millones, y desde entonces la tendencia a la reducción se ha mantenido hasta llegar a 2011, que se cerró con 1,4 millones de euros. Fíjense en la diferencia, de 11,6 millones a 1,4 millones. Una caída de casi el 88 por ciento en tan sólo un lustro. Hablamos siempre de Jaén, ya que las cifras globales de España sí han evolucionado en sentido inverso. Aunque el referente sigue siendo Italia, el producto nacional está escalando posiciones. En los cinco años que estamos analizando, España ha pasado de unas ventas con EEUU por un montante de 35,2 millones de euros a una cantidad sensiblemente superior de 72,7 millones de euros. Más del doble. Un 106 por ciento más.

Y es que Jaén, cuya exportación de envasado es prácticamente anecdótica (15 por ciento) en comparación con los volúmenes que se mueven en los graneles (85 por ciento), parece que ha dejado de fijarse en Occidente para poner el punto de mira en el Oriente. El “sueño americano” se ha convertido ahora en el “sueño chino”, una superpotencia emergente donde los ricos ya se cuentan por decenas de millones. Los crecimientos son sencillamente espectaculares. En el periodo de tiempo comprendido entre 2006 y 2011 las empresas oleícolas jienenses han pasado de facturar 214.900 euros al gigante asiático a una cifra de 4,5 millones de euros. Casi un 2.000 por ciento más. En cualquier caso, resulta muy sintomático que el gran salto se haya producido entre 2010 y 2011, pasando de 928.000 euros a los referidos 4,5 millones. Se confía en el poderío de una nación enorme, superpoblada y con unos niveles de desarrollo que apenas se han visto afectados por el deterioro mundial de la economía. Esta coyuntura favorable para el aceite “made in Spain” se debe a los muchos esfuerzos promocionales llevados a cabo por organizaciones como la Interprofesional del Aceite de Oliva, pero también a acciones específicas de máximo interés como las misiones comerciales que promueve la Cámara de Comercio de Jaén con el apoyo de la Diputación Provincial.

Pero volvamos a los Estados Unidos. ¿Por qué este retroceso tan acusado? La responsable del departamento de Comercio Exterior de la Cámara de Jaén, Olga Martínez, apunta a una combinación de factores. «El primero es que a diferencia de China, por ejemplo, Estados Unidos sí ha sufrido los embates de la crisis, lo que ha tenido una incidencia negativa sobre los niveles de consumo que ha tenido reflejo, a su vez, en las importaciones». Martínez también apunta a una mayor complejidad burocrática y a la necesidad de tener un certificado de seguridad BTA, «lo que implica tener un agente allí aunque sea para el envío de muestras». «También hay una competencia mayor de países con una oleicultura incipiente como puede ser Mercosur». Tanto es así que Chile acaba de emprender campañas para publicitar sus vírgenes extra, de gran calidad, en Estados Unidos. También Argentina está moviendo ficha, aunque el gobierno federal de Estados Unidos ha terminado con sus preferencias arancelarias por impago de unas indemnizaciones -a partir de ahora tendrán que abonar 0,05 centavos de dólar por cada kilogramo de “oro verde” que envíen-. En ambos casos su posicionamiento se vincula en gran medida a la exportación de sus vinos.

La carga y descarga más traicionera

Son los 20 metros de aparcamiento ‘más traicioneros’ de la capital. Los 20 metros ‘de carga y descarga’ que más multas generan en Jaén. Se trata de la calle Canarias, en el barrio del Bulevar. Raro es el día que dos o tres conductores no se encuentran el papelito rosa en el parabrisas (200 euros) o la pegatina amarilla de la grúa en el suelo (80 euros), una desagradable sorpresa de 280 euros que suponen un correctivo en toda regla para el infortunado que o bien ‘no se dio cuenta’ o bien optó por la arriesgada salida de jugarse el bigote creyendo que la Policía Local no pasa por allí. Pues sí pasa –y mucho– aunque la Concejalía de Seguridad Ciudadana asegure que no existe estadística detallada de cuantas sanciones se originan en este punto. Las imágenes no mienten. El seguimiento fotográfico realizado por este periódico a lo largo de varias jornadas evidencia la enorme cantidad de sanciones que se rubrican, con todas las de la ley, en un tramo de únicamente 20 metros.

Pero ¿por qué el calificativo de ‘traicionero’? Pues básicamente porque nada hace pensar que se esté obrando incorrectamente dejando el auto ahí. El problema es que no existe indicación horizontal y la vertical está ‘camuflada’ entre los árboles. No se aprecia a simple vista. También se produce un exceso de confianza por tres motivos. Primero, unos metros más arriba existe otra ‘carga y descarga’ de 50 metros, ésta sí perfectamente señalizada, por lo que resulta difícil pensar que haya otra a tan corta distancia. Segundo, la calle Canarias tiene una longitud de 90 metros, lo que significa que en 70 de los 180 metros de bordillo existentes, casi el 40 por ciento, hay limitaciones para aparcar. Y tercero, resulta que en esa vía con tanta ‘carga y descarga’ sólo hay un estanco, una panadería y una agencia de viajes (sí hay más negocios en paralelas y perpendiculares), con el ‘agravante’ de que la regulación de estacionamiento se prolonga de 9,00 horas a 18,00 horas, lo que implica abarcar un intervalo de dos o tres horas en que las tiendas están cerradas (salvo bares y restaurantes) y se supone que no existe movimiento de mercancías…. ni peligro de ‘autógrafo’. Aunque la realidad es que gran parte de la multas ‘florecen’ entre las 14,00 y las 17,00 horas.

Aceite ‘regalado’

 

Los olivareros no levantan cabeza. La cadena de ‘valor’ prácticamente no existe porque hay quienes se empecinan en no dar ningún ‘valor’ a un producto que, antaño, era una de las joyas culinarias de España. Les explico. Sucedió a principios de esta semana. Una cadena de hipermercados lanza un catálogo con ofertas de alimentación. Cientos de referencias para todos los gustos y sabores, pero nuevamente el ‘oro líquido’ como gran reclamo. La promoción es la siguiente. Garrafa de cinco litros de aceite virgen por 9,95 euros; la segunda unidad, a 2,99 euros. O sea, diez litros por la módica cantidad de 12,94 euros. O sea, un litro por la ‘propinilla’ de 1,29 euros. ¿Saben a cómo se cotiza esta calidad en las fábricas? Pues un kilogramo, que equivale a 0,916 litros, está saliendo por 1,72 euros. Moraleja. Los consumidores están comprando un 25 por ciento más barato que lo que están cobrando los olivareros. En este punto conviene recordar que, con la actual estructura de costes de las explotaciones, producir un kilogramo vale entre 2,20 y 2,40 euros. Hagan una sencilla resta y comprobarán por qué se habla de ruina de un sector vital para la economía jienense –aporta el 9,3 por ciento del Producto Interior Bruto– y del que viven de forma principal o secundaria, como complemento de renta, la mitad de las familias de Jaén.

¿Cómo es posible? Lo primero que hay que aclarar es que tanto en este caso como en otros muchos se trata de una marca de los propios distribuidores. Queda demostrado, por tanto, quienes están detrás de ‘la jugada’. Ahora bien. Lo que nadie ha logrado demostrar, y las organizaciones agrarias lo han denunciado por activa y por pasiva, es que se esté vendiendo a pérdidas. Todas las denuncias ante los tribunales de competencia se han quedado en nada. No se ha podido demostrar nada. Los grandes distribuidores siempre se han defendido alegando que pueden justificar, con facturas, que adquirieron partidas por debajo de las tarifas de venta al público.

Lo que está claro es que en este juego de intereses ganan los consumidores que, tal y como se ha referido anteriormente, pueden llevarse a casa un oliva por esos 1,29 euros. Y también está claro quiénes son los que pierden, los olivareros, que observan con estupor que en los establecimientos se ofrece lo que ellos mismos producen un euro por debajo de lo que tienen que gastar en cosechar. Las cuentas no les salen. Realmente llevan sin cuadrarles prácticamente tres años, demasiado tiempo para los propios olivicultores y para las cooperativas y almazaras en las que se integran o confían su aceituna.

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