
Rubalcaba, con Zarrías y Reyes, en el IX Congreso Provincial del PSOE, en 1997.
Viendo a Rubalcaba hace 13 años da la impresión que de niño ya era así, calvo y con barba. En el caso de Zarrías hay evolución, y no lo digo por esos hilillos de plastilina que adornan su cráneo. Fue borbollista, felipista, renovador, chavista, de Bono frente a Zapatero, zapaterista después y ahora todo junto. Porque para evolución, la de ZP: de romper con ‘Isidoro’ a rescatar a Rubalcaba, Jáuregui, Chaves, Zarrías. Un gobierno de calvos.
El móvil de Gaspar fue uno de los que más sonó el miércoles de marras, hasta el punto de que a las 5:30 de la tarde estaba en Villarrodrigo, provincia de Jaén, y a las 9 tenía que estar en la Moncloa, capital del volantazo felipista. Dicen al refrán que al mal pintor se le quedan calvos los pinceles.
El entorno zarrista sabía en la Feria de San Lucas que de ministro, nada. Y que de secretario de Organización del PSOE, tampoco, ya que ello implicaba en la práctica dejar la secretaría de Estado, o sea, a Manolo Chaves. Ahora tiene a su ‘Rubacalva’ de hombre fuerte en el Gobierno, a su Pepiño de hombre fuerte en el partido, a la cordobesa Rosa Aguilar de ministra de Agricultura y demás yerbas, y de propina, un ministro de Trabajo nacido en Arroyo del Ojanco. Viendo las salidas del Gobierno tan sonadas no me extraña que cuando el miércoles le preguntaron por su ausencia en el nuevo Ejecutivo dijera eso de “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”; que la remontada la pintan calva, añado.

