SECO DE LUCENA Y EL ARZOBISPO MESEGUER.

Luís Seco de Lucena y el arzobispo Meseguer.

Hace unos pocos años, cuando preparaba en la Casa de los Tiros la exposición Seco de Lucena, de la que fui coordinador -detesto la palabra comisario-, entre los muchos papeles que aparecieron y que hubo que seleccionar, surgió uno que inmediatamente me llamó la atención. Se trataba de una carta del arzobispo de Granada, José Meseguer y Costa, al director del periódico “El Defensor de Granada”, Luís Seco de Lucena. Estaba manuscrita -caligrafía muy clara y legible- y fechada en Granada el 3 de julio de 1908. Según la fotocopia que inmediatamente realicé y conservo, dice así:

Muy señor mío: El escrito “Madrid al día”, inserto en el Defensor de 28 de junio último, está redactado en un tono marcadamente burlesco contra la doctrina de los milagros y no sólo se satiriza la doctrina católica sobre los mismos, sino que se afirma que “la característica de los milagros es, no venir a cuento ni resolver problema alguno”, estampándose alusiones despreciativas a la aparición de la santísima Virgen María en Lourdes, y se llama a lo que se presenta como un consuelo: la bárbara, la tremenda, la cruel y perdurable injusticia.

Hace cosa de un año llamando a usted personalmente la atención sobre falsedades y calificaciones indecorosas estampadas en artículo firmado por un señor Sansón sobre dogmas católicos y pasajes de la Sagrada Escritura, me contestó: que sin duda se había presentado durante su ausencia de la redacción, pero este escrito de que hablo ha sido remitido de la Corte por don Antonio Soraya que lo firma, por lo tanto usted o persona de su confianza, habrá recibido la carta y por el honor del periódico, espero declarará lo ocurrido, manifestando en todo caso si está o no conforme con el escrito. Su atento amigo etc. El Arzobispo de Granada.

Pasemos por alto la puntuación arzobispal, y vayamos al fondo del asunto: la libertad de Prensa. El arzobispo se erige en censor supremo de la ciudad y su provincia y, sin más argumentos que su voluntad, decide quién puede publicar en el Defensor y quien, debido a que sus escritos no le gustan, debe quedar fuera. Es extraordinariamente benévolo: sólo pide la expulsión de las plumas rebeldes; dos siglos antes habría pedido para ellas la hoguera. No deja de ser también llamativa la docilidad del director que, en lugar de esgrimir la siempre vapuleada libertad de Prensa, se escuda diciendo que seguramente ese día él no estaba en el periódico. La carta, huelga añadirlo, es todo un documento para la Historia del Periodismo de Granada -suponiendo que alguien se decida a llevarla a cabo- y para la Historia en general. Gracias a que en 1908 todavía no había teléfono -también debido a que Seco de Lucena guardaba todos los papales- tan preciosa joya ha llegado hasta nosotros. Bien merece un minuto de meditación.

Lo primero que nos viene a la cabeza es la curiosidad por saber qué respondería Seco de Lucena a todo esto. Su carta, si se conserva, debe estar en los archivos del Arzobispado. Acceso, pues, imposible. Sólo pensarlo me produce ansias de reír: un investigador que llega a nuestro actual arzobispo y, después de pedir cita y pasar por despachos y antesalas, le espeta al monseñor: “Mire, don Javier, es que estoy investigando las manipulaciones de un antecesor suyo, un tal Meseguer y Costa, en la prensa de la época y…” Escena delirante, digna de una película de humor. Irrealizable, pues, tal investigación. El siguiente paso que se me ocurre es mucho más asequible y hacedero: consiste en ir a la prensa de la época y ver qué decía el famoso artículo del día 28 de junio de 1908. Luego, ver si las órdenes del arzobispo las ha cumplido el director y, en consecuencia, el nombre y pluma del periodista maldito han sido aventados del periódico. Asunto resuelto en una sola visita a la Casa de los Tiros.

Hoy he resuelto el problema. He encontrado el artículo y con él han venido enredadas dos sorpresas. Primera: el nombre del malvado periodista que juguetea con el tema de los milagros no es Antonio Soraya, como nos decía el monseñor, sino Antonio Zozaya, periodista y reputado escritor, muy conocido a comienzos del siglo pasado, quien, tras tomar posición a favor de la legalidad republicana, durante nuestra desdichada guerra incivil, murió en el exilio -ciudad de Méjico- en 1942. Segunda: el periodista trata dos asuntos en su artículo: uno es el de los milagros y el otro, el tema social. ¿Por qué el monseñor a la sazón sólo alude el de los milagros y calla el asunto social? Juzgue por sí mismo el lector. He aquí el artículo:

MADRID AL DÍA.- Ha ocurrido un grande, un portentoso, un estupendo milagro. No creáis que ha consistido el prodigio en salvarse los náufragos del Larache, ni en hallar alimento los cinco mil niños que carecen de él en Madrid. No, el caso es mucho más asombroso. Un guardia de Canal, ha encontrado en la corteza de un árbol, unas líneas que parecen, observadas bien, el perfil de una figura humana.

Y más de cien mujeres devotas han comenzado a gritar: ¡Milagro! ¡Milagro! Y la muchedumbre ha acudido contenta y ha adorado el portento.

Sí, porque vamos a cuentas: el argumento no tiene réplica. Es así, que en un tronco se han visto unas líneas, luego esas líneas representan a una mujer. Y esa mujer que se aparece así tan de improviso, ¿Quién puede ser sino la Virgen? Sabéis que tiene justificación el entusiasmo de las devotas.

Yo me inclino a creer que se trata efectivamente de un milagro. Y me fundo en que no sirve para maldita de Dios la cosa. Lo característico de los milagros es no venir a cuento ni resolver problema alguno. ¿Qué la gente se muere de hambre? ¿Qué entran los herejes en Roma? Tan tranquilo el poder sobrenatural ¿Qué se quema una iglesia y perecen en ella centenares de criaturas? El cielo tan sereno.

Lo bonito es que una cueva se ilumina de pronto y se ponga a hablar con una pastora la doncella inefable o que a un cenobita se le presente en el yermo el diablo vestido de alimaña y haciendo cabriolas. Este es el verdadero milagro para la fantasía popular.

Y ahora, ¿qué hacemos? Un milagro no puede quedar así. Por algo estamos en el siglo XX. Desde luego hay que declarar bienaventurado al simpático guarda. Y luego se hará lo que proceda para edificación de los fieles. Y este consuelo, unido a los demás semejantes consuelos, nos hará ir tolerando con resignación la bárbara, la tremenda, la cruel y perdurable injusticia.- Antonio Zozaya.

También he tratado de averiguar si las iras de Júpiter cayeron sobre el escritor y periodista Zozaya. Todo apunta a que efectivamente fue así: el siguiente espacio de “Madrid al día” no lo firma él, sino alguien con las iniciales D. A. M. Sin embargo el día 16 de septiembre de ese mismo año vuelve a aparecer la firma de Zozaya en el Defensor. Es por poco tiempo. Carlos del Río le sustituye definitivamente en 1909. Desde ese momento el arzobispo de Granada puede dormir tranquilo: el periodista incómodo no volverá a recordarle que en Madrid hay cinco mil niños que pasan hambre.

Cabe preguntarse: ¿Puede ocurrir hoy algo parecido? La respuesta de alguien que conoce muy bien los entresijos eclesiásticos es decididamente afirmativa, si bien matiza que el vehículo sería distinto: llamada telefónica, en lugar de carta (es decir, en caso de fechoría, no se enteran ni las ratas), pero en seguida añade que cada día es más difícil que un director de periódico haga caso de tales llamadas. No deja de ser esto último un consolador alivio para todos los plumíferos que a estas horas pululamos las calles de Granada.

Francisco Gil Craviotto.

MERIMÉE

MERIMÉE.

En mi paseo de hoy me acompaña don Próspero Merimée. Quiero decir uno de sus libros, su inolvidable Teatro de Clara Gazul. Una deliciosa obrita con doce pequeñas piezas de teatro, ( teatro más para ser leído que representado), que tienen por escenario distintas ciudades de España: Granada, Toledo, Sevilla, etc. Lo escribió Merimé cuando sólo tenía veinte años y únicamente conocía España de referencias. Esas referencias procedían de los hermanos Hugo, Abel y Víctor, sobre todo del primero, que sí conocían España de haber vivido en ella.

Abel y Víctor eran hijos del general Joseph Hugo, amigo y protegido de José I de España, rey bondadoso pero intruso. Abel había nacido en 1798; Víctor, que después sería universalmente famoso, en 1802. Entre ambos estaba Eugenio, nacido con el siglo: 1800. Cuentan que Víctor fue concebido en un paseo que sus padres hicieron a la cima más alta de los Vosgues, detalle que se completa con otro muy significativo: el museo que lleva su nombre se encuentra en París, precisamente en la plaza de los Vosgues. Nació en Bensaçon, capital del Franco Condado, donde todavía quedaban abundantes vestigios de su época española, el 26 de febrero del mencionado año. Su nombre también tiene una pequeña historia: es el mismo de cierto amigo de la familia, Víctor Lahorie, padrino del niño, que, poco después, -¡oh ironías del destino!-, también sería amante de Sophie, la esposa de Joseph Hugo.

Mucho antes de que este destacado militar pisara suelo español ya había ocupado importantes puestos de responsabilidad, primero en Francia y después en Italia; el más importante de ellos sin duda fue el de gobernador de Avellino, en Nápoles. De allí pasó a España. Llegó a Madrid llamado por el rey José I que, de la noche a la mañana, lo ascendió de comandante a general y, aunque en esa época el matrimonio Hugo ya se había tirado más de una vez los trastos a la cabeza y cada uno tenía su respectivo arreglo fuera del matrimonio, el rey José consiguió que, al menos en apariencias, vivieran en Madrid como un matrimonio normal. Para los niños España fue el gran descubrimiento. Tanto Abel como Víctor quedaron seducidos por el paisaje y la cultura española. Pero, debido a que, al cabo de cierto tiempo, doña Sofía volvió a París con los dos más pequeños -el matrimonio se había venido irremediablemente abajo-, será sobre todo Abel, el mayor de los hermanos Hugo, que había quedado en España como paje del rey José-, el que, ya derrotado Napoleón y con el rey José, emigrado a Estados Unidos y convertido en ciudadano corriente y moliente, va a ir divulgando entre la elite literaria del Paris de entonces todos los encantos de aquella España que tan precipitadamente ellos habían tenido que abandonar. Tierra de contrastes, a la vez pobre y orgullosa, con un pasado glorioso y un presente cada día más turbio, era para todos aquellos jóvenes, ganados por el romanticismo de la época, todo un mundo por descubrir. A todo esto un acontecimiento nuevo e imprevisto vino a dar más actualidad al tema de España: la intervención francesa, orquestada por la Santa Alianza, que muy pronto se conocería con el nombre de los Cien mil hijos de San Luís: invasión en abril de 1823 de sesenta mil soldados franceses -los otros cuarenta mil los aportaría el país invadido-, al mando del duque de Anguleme, todos movilizados para defender el absolutismo del rey Narizotas, quizás el rey más cobardón y detestable que ha tenido España. Nadie lo ha retratado tan bien como Tayllerand: Sólo está dotado para el bordado de bolillos. Una vez más la Francia culta y literaria se dividió en dos: los partidarios y los que se oponen a tal intervención. Entre estos últimos se distinguió por su vehemencia Prosper Merimée, joven abogado -aquel mismo año había terminado Derecho- y gran promesa de las letras francesas.

Ese mismo año apareció su primer libro, El teatro de Clara Gazul. De todos los cuentecillos de la obra el que a mí más me interesa es el primero, titulado Las tentaciones de San Antonio, cuya acción transcurre en los comienzos del siglo XVIII y en una ciudad que él tan sólo conoce por las referencias de lo hermanos Hugo: Granada. En esta Granada, para él desconocida y lejana, que muy pronto se convertirá en mito y emblema de los románticos, una gitana, guapa y cautivadora, ha sido denunciada a la Inquisición por hechicera. Recluida en las mazmorras del Santo Oficio, peligra morir en la hoguera en solemne auto de fe, ya que las pruebas son concluyentes, pero su belleza la salva: el inquisidor mayor de la ciudad termina colgando los hábitos y huyendo con la gitana a Gibraltar, recién conquistada por los ingleses. Es, qué duda cabe, el precedente más notorio de Carmen, pero también la victoria del amor sobre la obcecación religiosa de la Inquisición. Eros triunfante de Tánatos, la carne vencedora del fanatismo. No podía ser de otra manera para un romántico.

¿Cómo nos cuenta todo esto Merimé? A este respecto prefiero traer a estas líneas la opinión ajena a consignar la mía. Valga la de Azorín. El estilo de Merimeé -nos dice Azorín en su libro España y Francia- es sobrio, rígido, sin sentimentalidad. ¿Está usted seguro de esto último, don José? Permítame que difiera.

Hago una pequeña parada para leer un fragmento de este libro. Es muy posible, pienso, que si Merimée pudiese ver en lo que ha quedado aquella Granada de ficción y leyenda de los románticos, quizás se volviese apresurado a la tumba. Ahora sólo es una ciudad anodina, desarbolada, sin vega ni jardines, salpicada de contenedores de basura, y con uno de sus ríos convertido en cloaca y el otro cubierto de cemento. Es, en este sentido, digna de admiración la labor, callada y persistente, que la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, desde hace ya años, viene desarrollando en pro del afeamiento y destrucción del paisaje de los alrededores de Granada. Entre los gerifaltes de la tal confederación y el actual Ayuntamiento han conseguido la urbitas insulsa perfecta: una ciudad pensada para comerciantes y ejecutivos de teléfono portátil que miran con desprecio a todo el que se para un instante a contemplar una estrella o un atardecer.

FRANCISCO GIL CRAVIOTTO

* * *

CONSEJOS Y CONSEJEROS

CONSEJOS Y CONSEJEROS.

Hace algunas semanas, en un comentario a uno de mis artículos (ya saben, esos comentarios a los “blogs” de internet), alguien me aconsejaba que leyera. Tengo que reconocer que el consejo es sabio y digno de agradecimiento. Ocurre además que es el mismo que yo suelo dar a todos los jóvenes que comienzan a escribir y me piden orientación. Primero leer, les digo, leer muchísimo, sobre todo a los clásicos -tanto a los clásicos antiguos como a los modernos-; después, cuando esas lecturas hayan reposado en la mente, decidirse a escribir.

En el caso de mi consejero, espontáneo y anónimo consejero que firma con seudónimo y jamás le conoceré el rostro, ocurre que riega sobre mojado. Riega sobre mojado, porque leer es lo que vengo haciendo desde mi niñez. De los tres verbos con los que, de una manera muy somera, se podría resumir toda mi existencia -leer, escribir y enseñar-, el primero de ellos es, precisamente, ése: leer. Comencé a practicarlo en aquellos días azules de la infancia, con los cuentos de Calleja; después, llegada la adolescencia, fueron los libros de viajes y aventuras; y, en cuanto di el paso a la edad adulta, todos los autores, todos los géneros, pero con ciertas preferencias que poco a poco mi mente fue realizando. Por qué en la cumbre de esas preferencias se encuentran Cervantes, Galdós, Baroja, Voltaire, André Gide, Mirbeau, Machado o Juan Ramón es algo, tan sutil e íntimo, que sería muy difícil explicar. Tan sutil e inexplicable como el caso contrario: los autores que, desde la primera página, se me han hecho cuesta arriba. No merece la pena recordarlos. Cuestión de gustos, acaso algo más.

Creo que, si todos los libros y publicaciones que he leído -unos comprados, otros -la mayoría- propiedad de diversas bibliotecas-, se pudiesen reunir, no cabrían en este piso ni en dos pisos como éste. Sin embargo estos miles de libros no son ni el uno por ciento de todo lo que yo debería haber leído, de todo lo que me hubiera gustado haber leído. Serían necesarias tres o cuatro existencias para poder llegar tan sólo a la mitad. Una razón más para lamentar la brevedad de nuestras vidas.

También creo recordar que este mismo consejero -o tal vez era otro, para el caso es igual-, me exhortaba a dejar de leer los libros de Voltaire. Esto venía a cuento de que, en el artículo mío que él comentaba y criticaba, yo había introducido una cita de Voltaire y esto le sonaba a rancio y viejo. Esta vez no puedo darle la razón a mi improvisado consejero y, aún sintiendo mucho defraudarle, yo seguiré releyendo a Voltaire. Contrariamente a lo que piensa mi consejero, la mayor parte del mensaje que nos dejó Voltaire continúa vivo, asombrosamente vivo. Ese es el milagro de los clásicos: ellos mueren, pero su obra, la esencialidad de su obra, queda eternamente viva. Es muy fácil comprobarlo. Vamos a abrir el Quijote. ¡Qué casualidad! Lo hemos abierto por la página en que los dos protagonistas abandonan el palacio de los duques, donde la comida era abundante, pero la libertad escasa. Don Quijote hace el siguiente comentario: “La libertad, amigo Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre. ¿Habrá alguien que se atreva a decir que estas palabras han perdido actualidad, que suenan a rancio? Repitamos la prueba. Cerramos el libro y volvemos a abrirlo. Ahora don Quijote y Sancho andan buscando por el Toboso la casa de Dulcinea. Después de errar por varias calles, ven un edificio que acaso pueda ser, pero al fin se dan cuenta de que se han equivocado. Don Quijote comenta el error con esta frase memorable: Con la iglesia hemos dado, amigo Sancho. Basta escribir la palabra Iglesia con mayúscula para que la frase tenga, entonces como ahora, toda su implacable actualidad. Que se lo pregunten a Galileo, que se lo pregunten a todos los abrasados en las hogueras de la Inquisición, que se lo pregunten a los científicos que trabajan con las células madre. Así podríamos continuar.

Hagamos la misma prueba con Voltaire. Vamos a abrir su libro Cándido -la obra más conocida en España de Voltaire- por cualquiera de sus páginas. Aparece la página 12 de la edición de Hachette que yo tengo. Panglos, profesor de metafísica y teología, intenta demostrar a su joven discípulo Cándido la perfección de este mundo. Traduzco sobre la marcha: Está demostrado, decía, que las cosas no pueden ser de otra manera: pues todo ha sido hecho con un fin, todo es necesariamente para lo mejor. Observe que la nariz ha sido hecha para llevar las gafas, y nosotros tenemos gafas. Las piernas han sido creadas para ser calzadas, y nosotros tenemos calzones. No es necesario seguir la ridícula lista de las perfecciones de este mundo. Yo oí decir a una beata que Dios, en su infinita sabiduría, había creado los mosquitos para que, soportando sus picaduras, los humanos podamos ganar méritos para el Cielo. Si la hubiera conocido Voltaire se habría quedado pasmado. Más aún si hubiera leído esta aseveración que leí en cierta publicación: “Los pobres están para que los ricos puedan ejercer sobre ellos la caridad“. Hacemos otra prueba. Ahora abrimos el libro por la página 20. Traduzco de nuevo: Nada había tan hermoso, tan elegante, tan brillante, tan deliciosamente bien ordenado como los dos ejércitos. Las trompetas, los pínfanos, los oboes, los tambores, los cañones, formaban tal armonía que no se hubiese encontrado nada igual ni en el infierno. Bastan estas cuatro líneas para calar en la ironía del autor: la delicia de los ejércitos es tan enorme que sólo en el infierno se puede encontrar algo parecido. ¿Habrán perdido actualidad estas cuatro y antimilitaristas líneas? ¿La habrán perdido las otras seis del ejemplo anterior? Desgraciadamente, no. Ni uno ni otro: mientras existan guerras y ejércitos este texto continuará vigente, eternamente vigente, denunciando con su ironía el horror de la matanza. Mientras existan personas idiotas -o maliciosamente intencionadas-, que quieran hacernos creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que todo cuanto existe en él responde a una finalidad superior, las razones del profesor de metafísica y teología, continúan vivas -ridículamente vivas- y en plena actualidad

Esa es la gran virtud de los clásicos: su mensaje no pasa, perdura a través de los siglos. Yo no dejaré de releer a Cervantes, yo no dejaré de leer y releer a Voltaire. La ranciedad que mi espontáneo consejero quiere ver en Voltaire -¿acaso puede presumir de haberlo leído?- sólo tiene una explicación: la ignorancia.

Francisco Gil Craviotto.

La Opinión de Granada, 28 de julio del 2009.

¿DÓNDE ESTÁ SU SEPULTURA?

¿DÓNDE ESTÁ SU SEPULTURA?

Escribir con calidad, sobre todo en poesía, es un don que Dios, la naturaleza, o quien quiera que sea, deja caer con cuentagotas y muy a su antojo y azar en algunos humanos. Ocurre igual con la capacidad para pintar, esculpir o crear música. García Lorca lo reconoció así cuando dijo de sí mismo: “Soy poeta por la gracia de Dios y de mi esfuerzo”. Es evidente que ambos elementos tienen que ir unidos y complementarse: primero, el don, la gracia; segundo, el esfuerzo y el trabajo. La suma de ambos nos da al poeta, al músico o el artista por excelencia.

Pero hay otra gota de genialidad, ésta mucho más escasa y todavía más divina y difícil de alcanzar, que, aunque muy raramente, a veces también se da en el poeta, al menos en ciertos poetas. Me refiero a la capacidad para predecir o intuir el futuro. No estará mal traer al lector algunos ejemplos. Cuando Antonio Machado escribió estos memorables versos:

Españolito que vienes

al mundo, te salve Dios:

una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.

¿sabía que, sin ser profeta, estaba anunciando el trágico destino de casi un millón de españoles? Cuando Gustavo Adolfo Bécquer, hacia la mitad del siglo XIX, escribió su leyenda “El Caudillo de las manos rojas”, ¿intuía que un siglo después íbamos a tener en España otro caudillo de manos rojas, tan rojas que en más de ochenta años de vida jamás encontró agua suficiente para lavarse de tanta sangre? Cuando en Salamanca, ante la flor y la nata del fascismo español, Miguel de Unamuno pronunció aquel histórico grito de “¡Venceréis, pero no convenceréis”, ¿era consciente de que acaba de lanzar una profecía que después se ha cumplido hasta en el último detalle? Cuando Federico García Lorca escribió aquel enigmático poema en el que pregunta: “Vecinitas, ¿dónde está mi sepultura?”, y es el sol y después la luna los que responden, ¿sabía verdaderamente lo que estaba escribiendo? ¿Era consciente de que un día del siglo siguiente al suyo, unos y otros -jueces, políticos, magistrados, familiares, etc.-, iban a lanzarse, con ligeras variantes, la misma pregunta que él hace en el poema a las vecinitas?

Se diría, en todos estos casos, que una intuición, imposible de comprender y analizar, llama al poeta y le sugiere al oído los versos que un día serán realidad e historia; que hay un mundo oculto y secretísimo al que nadie tiene acceso y tan sólo el vate logra arañar a sus puertas; que existen unos seres superiores que rozan el misterio de la vida y de la muerte, aunque sin poder intervenir en él.

En el caso de la sepultura de Federico, después de haber visto, a través de prensa y tele, la interminable saga de la memoria histórica y poeta asesinado, con el complemento de sus tres compañeros de infortunio y sus respectivas familias, sin que en ningún momento apareciese el juez u organismo que tuviera atribuciones suficientes para excavar y encontrar los restos de las víctimas -el ya mencionado poeta, dos banderilleros y un maestro que había retirado el crucifijo de la escuela-, cuando al fin parece que la Junta de Andalucía va a tomar el asunto por su cuenta y riesgo, nos vienen con la historia de que antes tendrán que hacer un estudio arqueológico del terreno, porque, en definitiva, nadie sabe con exactitud dónde están enterrados. Él, como ya hemos dicho, ya lo había anunciado en estos extraños versos:

Vecinitas, les dije,

¿dónde está mi sepultura?

En mi cola, dijo el sol.

En mi garganta, dijo la luna.

Las respuestas del sol y de la luna no pueden ser más enigmáticas y evasivas; las respuestas de los abridores de la tumba, cuando al fin consigan abrirla, lo serán todavía más.

Mientras tanto, por los mentideros de la ciudad hace ya bastante tiempo que corren las más peregrinas historias sobre este particular. Unos dicen que, poco después del asesinato, los padres del poeta pagaron a los fascistas una considerable cantidad de dinero para que les entregaran el cuerpo y, cuando lo consiguieron, lo enterraron, con miedo y sigilo, en la Huerta de San Vicente. Otros aseguran que la entrega de los restos fue mucho después, en tiempos del gobernador Fernández Victorio, y que la familia se los llevó a Málaga. Tampoco falta quien asegura que están en el cementerio de Granada con nombre falso, porque los asesinos no podían permitir que estuviesen con el suyo -hubieran provocado peregrinación de admiradores-, que sólo los padres y hermanos del poeta conocían; en consecuencia, ahora nadie los puede encontrar. En definitiva, la pregunta del poema aún no ha perdido un ápice de actualidad: vecinitas, ¿dónde esta su sepultura? Esta extraña pregunta inevitablemente nos lleva a otra: ¿sabía él, cuando estaba escribiendo aquellos enigmáticos versos, que era el colofón de su propia biografía lo que nos dejaba?

Francisco Gil Craviotto.

Periódico “La Opinión”, 23, julio, 2009.

ANTONIO ARÓSTEGUI

ANTONIO ARÓSTEGUI.

El pasado sábado, día cuatro de julio, falleció en la ciudad de Ceuta, Antonio Aróstegui. Fue enterrado al día siguiente, en la mayor intimidad y silencio, en el cementerio de dicha ciudad. Ha sido sin duda este silencio de la familia la causa de que la noticia de su fallecimiento no llegara hasta ayer, miércoles, a su ciudad, Granada, en cuyas cercanías -el entonces diminuto pueblecito de los Ogíjares, ahora populoso- vino al mundo el escritor el día 23 de septiembre del año 1922.

Antonio Aróstegui era una de las figuras señeras del pensamiento y las letras granadinas de la posguerra. Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, fue en la década de los cincuenta, uno de los mayores activistas -acaso el principal- del nuevo renacer de las letras y la cultura granadinas. Incorporado a la plantilla del periódico Patria -indudablemente uno de los grandes aciertos de su director, José María Bugella-, supo desde sus páginas promocionar los nuevos talentos de una Granada que, tras el colapso de la guerra civil, como el ave Fénix, volvía a resurgir. Las autoridades franquistas de la época, aunque fuera a regañadientes y siempre muy vigilados, dejaron vivir y crear a estos jóvenes que resurgían de las cenizas. Nombres tan significativos como los de José Carlos Gallardo, Víctor Andrés Catena -fallecido hace tan sólo unos quince días-, Elena Martín Vivaldi, José Fernández Castro, Manuel Maldonado, Antonio Moscoso, Manuel Rivera y tantos otros de aquella Granada emergente y desaparecida, van unidos al suyo. Tertulias tan singulares y legendarias como La Abadía Azul, actos tan memorables como los Café y Copa en el desaparecido Café Suizo, ediciones hoy tan rebuscadas como las de La Nube y el Ciprés, llevan su impronta o al menos el sello de su colaboración. Fue precisamente en las ediciones de La Nube y el Ciprés donde José Carlos Gallardo, con un admirable prólogo de Antonio Aróstegui, publicó el libro que lo lanzaría a la fama: Hombre Caído.

Además de deslumbrante ensayista y eminente periodista literario, Aróstegui también fue un reputado pensador. Su faceta de filósofo tiene, dentro del pensamiento granadino, precedentes tan notables como Antonio Linares Herrera, Miguel Cruz Hernández o Ángel Benito y Durán, nombres hoy inmerecidamente olvidados, con los que él se sintió siempre más o menos vinculado.

Hasta la publicación del libro Una conjura española contra Maritain los gerifaltes del fascismo español dejaron a Antonio Aróstegui tranquilo y en paz. La retirada del libro de los escaparates -el gobernador civil de Granada tardó su tiempo en saber quien era Jacques Maritain-, indicaba bien a las claras que la permisibilidad del régimen había tocado fondo. Era algo que entraba dentro de la lógica de aquellas usurpadores del poder, según la expresión acuñada por Ayala. Los intelectuales franceses, incluidos los católicos, simpatizaban a favor de la República Española y los jerarcas de la dictadura española habían tomado muy buena nota de tal acontecer. Georges Bernanos -esencial es su libro Los grandes cementerios bajo la luna- y Jacques Maritain, muy católicos los dos pero muy antifranquistas, se distinguieron por su énfasis en la denuncia ante el mundo de los crímenes del franquismo. Era, pues, inconcebible que el régimen dejara en los escaparates un libro que elogiaba a un filósofo que no cesaba de proclamar la legitimidad de la República española. Con la retirada del libro llegaba un expediente de sanciones. Desde ese momento los jerarcas de la dictadura siguieron con ojo avizor todos los movimientos, idas y venidas de Aróstegui.

En su libro La vanguardia cultural granadina 1950-1960, editado por Caja Granada en 1996, Antonio Aróstegui nos cuenta con todo detalle este choque frontal con el régimen y otras muchas cosas de interés. Es un libro que todos los granadinos deberíamos leer, sobre todo los jóvenes que no conocieron aquellos años. Muchos creen que la gente de entonces se pasaba la vida rezando y cantando el Cara al Sol. La realidad era bien distinta. Pero hay otros varios libros más en su haber. Anoto los más importantes: La lucha filosófica (Madrid, 1975), Bajo la ley del silencio (Granada, 1991), El muro democrático y otros muros (Ceuta 2003) y el último de todos: El libro de las vivencias, de las obras no escritas y del llanto (a modo de memorias), recientemente publicado por el Instituto de Estudios Ceutíes.

Se da la circunstancia de que, hace cuestión de unos quince días, acaso un poco más, este libro fue presentado en la ciudad de Ceuta. Se trata de una obra interesantísima en la que los recuerdos personales se mezclan con la historia, la filosofía y el periodismo. Granada y lo granadino ocupan una buena porción de sus páginas. Sólo con el comentario de este libro habría para hablar largo y tendido. Quede para otra ocasión.

Antes de terminar, me permito una sugerencia a la intelectualidad de la ciudad: cuando pase el éxodo del verano y vuelva la actividad normal, deberíamos organizar entre todos el homenaje que Antonio Aróstegui se merece. Con él pierde Granada una de sus figuras más señeras.

Francisco Gil Craviotto.

MARÍA MANUELA DOLÓN.

MARÍA MANUELA DOLÓN.

María Manuela Dolón, la veterana y prestigiosa escritora de relatos, acaba de publicar un nuevo libro: Venganza en la casa amarilla. (Edición del Archivo General de Ceuta.) Es, precisamente, este impresionante relato, conmovedor hasta el último instante, el que da título a la obra. Viene acompañado de otros diecinueve que, junto con el ya mencionado, integran un libro de veinte narraciones. Veinte narraciones, inolvidables desde la primera a la última: si hubiera que decidirse por una, sería extremadamente difícil la elección.

Aunque los temas que la autora toca en este libro son muy distintos, hay una nota común que los envuelve y caracteriza a todos: es el marcado humanismo y la palpitante sensación de vida -a los personajes de María Manuela Dolón se les siente vivir y respirar-, que, desde el primer relato hasta el último, atrapa al lector. María Manuela Dolón, a través de sus veinte narraciones -ella prefiere llamarlos cuentos-, nos presenta a unos seres que son como nosotros mismos, con todas nuestras virtudes y defectos -más defectos que virtudes- y, adentrarnos en sus páginas, es, en cierta manera, como bucear en nuestras propias existencias. Quizás por eso, por el enorme poder evocador que tienen, una vez superadas las primeras líneas, se hace imposible abandonar el libro.

Según los temas tratados los relatos de este libro se podrían dividir en varios apartados: amor, venganza, guerra, idiotez humana, infancia, cuestión social, etc. En muchos de ellos la autora hace gala de lo que los franceses llaman “coup de theatre”. Este acontecimiento, súbito e inesperado, unas veces triste -las más- y otras alegre, por lo general coincide con el final del relato. Lo cual hace que el lector se quede un tanto boquiabierto ante el final inesperado, ora con una gota de amargura -tal es el caso del primero de los relatos o del titulado “La estatua“- ora con una gozosa chispa de alegría en el corazón: es lo que ocurre con el titulado “¡Que viene don Marcial!” o “Las Esquinas”

Mención especial merecen los tres relatos que la autora ha dedicado al tema de nuestra desdichada guerra civil. Con gran sabiduría por su parte, María Manuela Dolón ha evitado hablar de fascistas y republicanos; tampoco aparecen en estos relatos el nombre de ninguno los líderes de los dos bandos en contienda. Esto hace que lo que ella cuenta de nuestra terrible contienda también sea válido para cualquier otra de las muchas que asolan este planeta. Es, qué duda cabe, una hábil manera de superar los límites de la historia y universalizar el relato. En dos de estas tres narraciones la autora hace triunfar la amistad y la rememoración de un pasado feliz sobre las inicuas leyes de la guerra. Es hermoso que así sea y que, en medio de tanto horror, todavía haya alguien con una gota de humanidad en el corazón. El tercer relato -la anciana que recuerda el día en que el ahora homenajeado general Valerio, entonces sólo teniente, la violó, sin decir a nadie a una sola palabra de su dolor y odio-, es todo un alegato contra la guerra y los falsos héroes que ésta crea y sube al pedestal de sus hipocresías. ¿Hizo bien la anciana en callar y guardar sólo para sí todo su dolor? Seguro que la pregunta tendrá tantas respuestas como lectores.

No puedo terminar este comentario sin hablar del estilo. Es la magia del estilo la que hace que nos bebamos un libro o se nos caiga de las manos. ¿Cómo es el estilo de María Manuela Dolón? Claro, asequible, siempre limpio de barroquismos y estridencias, y, la mayoría de las veces, deliciosamente intimista. Esto en modo alguno significa monotonía en el tratamiento de los temas que abarca la obra. La escritora, unas veces utiliza la narración en primera persona; otras, opta por el sistema de autor omnisciente, sin que tampoco falte el soliloquio o monólogo interior. Los diálogos, que aquí y allá interrumpen la narración, a la vez escuetos y realistas, son otro de los atractivos del libro. Fue Ortega y Gasset, quien hablando de los libros de Azorín, los definió como “primores de lo vulgar”.

Creo que sólo con cambiar la parte final, la frase sería válida para este conjunto de narraciones de María Manuela: primores de lo cotidiano o, si el lector prefiere, primores de la vida cotidiana. Un gran aliciente para, aprovechando estas largas tardes de primavera, adentrarse en los primores de esa cotidianidad.

Francisco Gil Craviotto.

LA VEGA.

LA VEGA.

A las autoridades de Granada, y muy especialmente a nuestro alcalde, se les ha metido entre ceja y ceja acabar de una vez y para siempre con la Vega de Granada o, para ser más exactos, con lo poco que aún queda de la Vega de Granada. Todos han visto al instante la formidable operación especulativa que con estos retazos de tierras feraces, sin demasiados esfuerzos ni quebraderos de cabeza, pueden llevar a cabo: los terrenos se paga a los actuales propietarios a precio de zona rural; se dejan reposar unos cuantos meses para evitar críticas y habladurías, y se venden después a las inmobiliarias a precio de zona urbana. El resultado es fácil adivinarlo: ayuntamientos, promotores, especuladores y otros satélites más o menos próximos al Poder, se forran vendiendo pisos, garajes, casitas adosadas y otras menudencias. Que el resultado de tal operación sea después un ferial, un parque, un campo de deportes, una carretera o un erial, a ellos no les preocupa ni poco ni mucho. Menos aún que esté dentro de las normas y postulados de la UNESCO o los vulnere. Con tal de ganar, les da igual. Lo importante no es lo que se va a hacer, sino lo que se va a ganar.

Nuestro alcalde, que tiene un sexto sentido para adivinar este tipo de negocios, ha decidido convertirse en el líder de la operación y, aprovechando el tema del Metro, ya ha convocado a los alcaldes de la periferia para ver entre todos la mejor manera de despojar de sus tierras a los actuales propietarios de la Vega. Parece que hasta este momento la respuesta ha sido más bien negativa. No hay que cantar victoria: ya les irá dorando la píldora hasta que, uno a uno, todos vayan cayendo.

Si al fin prosperan los tres o cuatro proyectos que los gerifaltes que nos gobiernan ya se han sacado de la manga -túneles bajo la Alhambra y el Generalife, puentes sobre el Darro y el Genil, ferial en lo que hoy son huertas y acequias cristalinas, etc., etc.-, el ladrillo y el cemento llegarán, por el lado sur, hasta el Suspiro del Moro y, por el noreste, incluso rodearán la Alhambra y Generalife. El paraíso al alcance de la mano. Me refiero, naturalmente, a la mano de los promotores y ediles.

Adiós para siempre al trabajo de unas familias que, durante siglos, generación tras generación, han venido viviendo de la tierra. Adiós para siempre a las lechugas, a las alcachofas y las habas de la Vega: habrá que importarlas de Marruecos o de donde decida el mandamás de turno.

Por otra parte, los macroproyectos del alcalde de Granada darán trabajo a sus mesnadas -las compañías más o menos vinculadas al PP-, mientras se destruye y se reconstruye; después, nada de nada. La esterilidad total. Es precisamente todo lo contrario de lo que, en buena lógica, habría que hacer: mantener los puestos de trabajo actuales y crear otros más. La argumentación de que, económicamente, ya no es productivo cultivar tabaco, maíz o acelgas y, que en sustitución de estos cultivos, se debe dar otro destino a estas tierras (ellos, en su jerga, quieren decir, cubrirlas de asfalto y cemento), no vale. Si estos cultivos ya no son productivos, habrá que sustituirlos por otros -soja, endibias, setas, etc.-; en modo alguno invalidar la tierra. Y en un mercado de propiedad privada, como es el nuestro, serán los propietarios de las tierras quienes tendrán que decidir lo que quieren cultivar; jamás de los jamases los gerifaltes de los despachos, que a veces ni saben distinguir una planta de trigo de una cebada o avena.

Urge que la ciudadanía se decida a tomar cartas en el asunto y frene con un no rotundo tanto despilfarro y demagogia. Un hombre, una mujer, tomados individualmente no somos nada, pero sumados unos con otros, podemos parar los pies a la enorme atrocidad que se nos viene encima. Ganar unas elecciones no debe ni puede significar entregar un cheque en blanco a un equipo de ineptos.

Francisco Gil Craviotto.

UNA BICOCA DE 700.000 EUROS.

UNA BICOCA DE SETECIENTOS MIL EUROS.

Son setecientos mil euros los que, de aquí a septiembre, tendremos que pagar entre todos los granadinos para que nuestro Ayuntamiento, a través de un nuevo instrumento de manipulación de masas, -la tele municipal, que en este caso se llamará TG7-, pueda manejarnos más a su provecho y antojo. A estos setecientos mil euros que importa la compra de Tele Ideal, a partir del día de la Patrona convertida en Tele Municipal, habrá que añadir el alquiler del local y el importe del mantenimiento que, al cabo de los doce meses del año, también va a sumar un buen pico. Ninguno de los gerifaltes de nuestro municipio se ha atrevido a adelantar lo que cada día va a suponer en euros pagaderos por nuestros bolsillos, mucho menos la suma de los trescientos sesenta y cinco días del año. Han hecho muy bien: así evitan más de un infarto.

El patriarca del PP, Mariano Rajoy, entre los muchos denuestos que a diario lanza contra el Gobierno, no cesa de insistir en los gastos superfluos y en los despilfarros en propaganda y ostentación de todo cuanto está en manos socialistas. Queda sobreentendido que una emisora de televisión, dedicada a lanzar a los cuatro vientos las virtudes del PP y muy especialmente de nuestro alcalde, Pepe Torres, no es un gasto superfluo y mucho menos de propaganda u ostentación. Si el lector tiene alguna duda sobre este particular está clarísimo que es un mal pensado y que sólo le mueve la envidia.

Preparemos, pues, nuestro espíritu y nuestros bolsillos a la que nos viene de camino. Por si fuera poco la brutal subida de los impuestos de bienes inmuebles -lo que antes se llamaba contribución, ahora pagadera en tres incómodos plazos-, con que inició su primer mandato nuestro actual alcalde, el posterior hallazgo de don Sebas del canon de la sequía (a pesar de que hemos tenido un año de lluvias como se conocía en lo que va de siglo), el impuesto de Emucesa sobre los nichos y demás sepulturas, que aquí hasta los muertos pagan impuestos y sobre ellos se carga además el IVA; ahora, por obra y gracia del PP, para completar la crisis, nos llega la novedad de la tele municipal. Por supuesto que ya adelantado nuestro Ayuntamiento que tal instrumento de propaganda no nos va a costar ni un céntimo a los granadinos: todo lo cubrirán los mecenas y la publicidad. La verdad es que hay que tener mucha fe para creer tal aseveración. Y la fe -ya lo dijo Voltaire- “es la virtud que consiste en creer cosas imposible e irrealizables”. Suerte que no nos exigen pagar el desfalco de uno de los empleados de la empresa “Rober“-la más cara de toda España- ni nos piden que indemnicemos a las víctimas del jamonero de Trevélez. Que nadie cante victoria, que todo puede ocurrir.

Cabe preguntarse: con lo que esta nueva herramienta de propaganda va a costarnos cada año, ¿qué otras cosas se podrían hacer? ¿Cuántas escuelas se podrían construir? ¿Cuántas bibliotecas? ¿Cuántos árboles se podrían plantar para sustituir los muchos que este Ayuntamiento se ha cargado? También cabe preguntarse cómo serán los programas de esta nueva tele, cuál será su orientación y quiénes la integrarán. Hay una anécdota ocurrida hace algunas semanas que nos puede dar la clave de cómo será la nueva tele. Me refiero a la obtención de la Universalia (deportes universitarios de invierno), en cuya consecución trabajaron todas las instituciones de la ciudad y Junta de Andalucía. Pues bien, el comentario de los patriarcas del PP, comenzando por el santón Rajoy, fue que todo se había conseguido gracias al denodado esfuerzo del alcalde de Granada, Pepe Torres Hurtado. Así de claro: todos los demás, incluida la propia Universidad, no contaban para nada. Siguiendo esta misma línea de egocentrismo y prepotencia, es fácil adivinar lo que, a partir de finales de septiembre, nos va a ofrecer la nueva tele de Granada. Será un constante martilleo en los oídos diciendo que, si vienen turistas a la ciudad, se debe a Pepe Torres; que si la Sierra se cubre de nieve, las fuentes manan y la primavera florece se debe a Pepe Torres. Así los 365 del año, salvo los bisiestos que será uno más. ¡El paraíso televisivo al alcance de la mano de todos los granadinos con tan sólo pulsar un botón del mando! El que, con estas perspectivas, no sale al balcón a lanzar cohetes es que es un insoportable pesimista y malafollá.

Francisco Gil Craviotto.

EL PERRITO DE LA PUEBLA.

EL PERRITO DE LA PUEBLA.

Rara vez se habla en Granada de la Puebla de don Fadrique. Queda demasiado lejos. Tan lejos que son muy pocos los habitantes de la ciudad que la conocen: es el último pueblo de la provincia de Granada por el lado Norte. Unos pocos kilómetros más arriba se acaba la provincia de Granada y está la de Albacete. Sin embargo, ahora la Puebla ha pasado a la actualidad.

La razón de tal actualidad -triste y lamentable actualidad- son tres animales, uno irracional y dos presuntamente racionales. Hora es de presentarlos: el irracional es un perrito pequinés y los dos presuntamente racionales son el alcalde del pueblo, Jesús Amurio, y un policía municipal cuyo nombre no ha sido facilitado por la prensa. Un alivio para él: hay casos -y éste es uno de ellos- en los que es mejor no estar en candelero. Los hechos, ya los han relatado los periódicos, pero no estará mal recordarlos. Se pueden resumir así: dormía tranquilamente el mencionado perrito pequinés -una raza completamente inofensiva- en un apartado rincón de una de las calles del mencionado pueblo, cuando llegó en coche oficial el policía cuyo nombre desconocemos, aparcó el vehículo y, pistola en ristre, salió de él. El presunto animal racional de la pistola en mano sólo anduvo los pasos indispensables para asentarle al perrito un certero tiro en la cabeza, que lo dejó cadáver al instante. Luego, lo cogió de una pata y lo arrojó al contenedor de la basura más próximo. Acto seguido, volvió al coche, lo puso en marcha y se dirigió al Ayuntamiento a dar cuenta a su amo y señor -también presunto animal racional- de que la orden estaba cumplida. Él, al fin y al cabo, no era más que un mandado. Un mandado que hubiera podido muy bien decir que no realizaba semejante iniquidad. El alcalde (¿no sería más exacto decir cacique? Es posible que sí) se sintió tan feliz con la muerte del perrito, que, generoso, le ha prometido al lacayo de la pistola una medalla. La “hazaña” lo merece. Mientras tanto, alguien que había presenciado el crimen, recogió el cadáver, lo llevó al cuartel de la Guardia Civil y puso la correspondiente denuncia. Vaya para esta persona, cuyo nombre también desconocemos, mi más sincera felicitación.

Estos son los hechos y, apoyándome en ellos, quiero formular algunas preguntas. Helas aquí: ¿Puede ser alcalde de un pueblo -en este caso Puebla de don Fadrique-, una persona que lleva sobre sí tan turbios sentimientos hacia los animales y que, conociendo las leyes que rigen en la Unión Europea en defensa de éstos -leyes que España ha firmado y refrendado en su día-, ordena tales abusos? ¿Cómo puede ser que el PSOE, el partido al que pertenece el aludido animal, presuntamente racional, hasta hoy no haya abierto el pico? ¿Cómo puede ser que militen en sus filas tipos así? ¿Y los otros partidos, siempre tan prontos a ejercer la moción de censura? ¿Qué esperan? ¿Tan poco vale hoy la vida de un ser vivo?

No cabe como argumento eximente -ni siquiera atenuante-, el temor al mordisco al transeúnte o a otros animales. Se trata de una raza pequeña, pacífica, que no figura en ninguna de las clasificaciones de perros peligrosos. Pero es que, incluso en ese supuesto, la solución jamás puede ser el tiro en la cabeza mientras duerme el animal, sino la entrega a la perrera y que el veterinario de la misma elimine al animal peligroso con los métodos que autoriza la ley. No era así este pobre perrito, siempre pacífico y tranquilo, sin más vicio que el de escaparse de vez en cuando de la casa y darse una vuelta por el pueblo. Lo ha pagado bien caro. Todas las personas que han comentado el caso en la tele han dicho que era un encanto de animal.

Es evidente que se trata de un abuso de poder, la clásica cacicada de quien sabe que todo se lo puede permitir. ¿Cerraremos los ojos ante tal atrocidad? Desde estas líneas me uno a todos los han pedido se juzguen con el máximo rigor a los autores de tal atropello. Si la justicia es igual para todos los españoles, ese “todos” también bebe incluir a los alcaldes de pueblos, mucho más si éstos actúan con los antiguos métodos de los viejos caciques de la detestada dictadura franquista.

Francisco Gil Craviotto.

LAS PRIMERAS VACUNAS.

VACUNAS DE ANTAÑO.

Con la gripe A, que nos ha llegado de Méjico y Estados Unidas, se ha comenzado a hablar -este año antes de la fecha normal-,de la vacuna. Dicen que habrá que vacunar sobre todo a los viejos, los niños y los enfermos crónicos, pero esto no impide a los demás, si lo creen conveniente, optar a ella. Si usted, amigo lector, es uno de ellos, ¿se le ha ocurrido preguntarse quién es el padre de este prodigioso remedio?

Si vuestra merced es además un tanto curioso, seguro que, más de una vez, se ha preguntado: ¿Y antes? Es la pregunta que uno también se ha formulado y a la que, rememorando en mis viejas lecturas, (entre otros muchos vicios, uno tiene el de la lectura), voy a tratar de responder.

Fue así como, rumiando en el tema, me acordé de Voltaire y de una de sus páginas en la que nos habla de los precedentes de la vacuna; fui a sus libros y, en el titulado Lettres philosophiques, en la página 118, carta XI, encontré lo siguiente, que traduzco sobre la marcha:

Se dice en la Europa cristiana, que los ingleses son unos locos rabiosos; locos porque producen la viruela a sus hijos para impedir que la tengan. () Los ingleses, por su parte, dicen: Los otros europeos son cobardes y desnaturalizados; son cobardes porque temen hacer un poco de pupa a sus niños y desnaturalizados porque los exponen a morir un día de la viruela.

¿Podríamos, en consecuencia, decir que los ingleses son los padres de la vacuna? Pues no; según Voltaire, el invento veía de más lejos, de Turquía nada menos. Fue allí, donde en una región pobre, pero que producía las chicas más guapas del imperio otomano, la Circasia, tuvo lugar el descubrimiento y, al parecer, fueron mujeres las que realizaron tal prodigio. Las feministas van a estar de enhorabuena cuando lean estas líenas. Traduzco de nuevo:

Las mujeres de Circasia desde tiempo inmemorial hacen uso de la pequeña viruela, incoándola a sus hijos, incluso a la edad de seis meses, haciéndoles una pequeña incisión en el brazo e insertando en ella pus que han obtenido de otro niño. Esta pus hace el efecto de levadura. Fermenta y la reparte en la masa de la sangre. () Los botones de este niño al que se le ha producido la viruela artificial sirven para llevar la enfermedad a otros.

Y todo esto, ¿por qué y para qué? Ahora viene la explicación de Voltaire. Traduzco de nuevo:

Los circasianos son pobres y sus chicas son hermosas; es con ellas con las que se realiza mayor tráfico: abastecen de bellezas los harenes del gran señor de Sofía de Persia y de todos los que son bastante ricos para comprar y mantener esta preciosa mercancía. Ellos educan a sus hijas en todo y muy especialmente en saber acariciar a los hombres. () Ocurría a veces que un padre y una madre, después de haber dado una buena educación a su hija, de pronto se veían frustrados de toda esperanza: la pequeña viruela entraba en la familia. () Los circasianos se dieron cuenta que de mil personas apenas se encontraban dos que fuesen atacadas dos veces por la misma enfermedad. También observaron que, si las viruelas son benignas y su erupción no traspasa una piel delicada, no dejan ninguna huella en el rostro. De estas observaciones concluyeron que, si un niño de seis meses o un año tenía una viruela benigna y no moría, no quedaría marcado y estaría libre de esta enfermedad para el resto de sus días.

Era la gran solución para no vender averiada su mercancía de mujeres guapas. Pero cabe preguntarse, ¿cómo llegó a Inglaterra tal remedio? Fue, nos vuelve a informar Voltaire, obra de un embajador; mejor dicho, de la esposa del embajador, madame de Wortley-Montaigu, según el mismo escritor, una de las mujeres más inteligentes y valientes de su época; tanto que, a pesar de los avisos en contra de su capellán, que no cesaba de decirle que tal remedio era propio de infieles y no podía dar resultado entre cristianos, tuvo el atrevimiento de hacer la prueba con su propio hijo. Fue todo un éxito. Cuando embajador y embajadora volvieron a Inglaterra, la señora de Wortey comentó el caso con la princesa de Gales, la cual, por si las moscas, prefirió probar con cuatro criminales condenados a muerte. Nuevo éxito: los cuatro salvaron la vida por dos veces: se libraron del verdugo y de la viruela. Sólo entonces la princesa se atrevió a utilizar el remedio con sus propios hijos. Fue así como esta práctica comenzó a extenderse entre las damas de la alta sociedad de Londres y posteriormente llegó a la plebe.

Todo esto lo escribió Voltaire en 1727. Entonces nadie podía adivinar que el rey de Francia, Luís XV, el mismo que lo había recluido en la Bastilla durante tres mes, iba a morir unos años después victima de la viruela. ¿Lo hubiese salvado el remedio de turcos e ingleses? Nadie lo sabe. Seguro que Luís XV, que no fue un rey muy dado a la lectura, se fue al otro mundo sin haber leído el libro de Voltaire y, en consecuencia, sin saber que contra la viruela ya había remedio. La ignorancia mata. Tal podría ser la moraleja de estas inolvidables páginas de Voltaire.

FRANCISCO GIL CRAVIOTTO.

Ideal.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.