LA ÚLTIMA RELIQUIA.

LA ÚLTIMA RELIQUIA.

Hace ya mucho tiempo que la mayor parte de la intelectualidad granadina, así como la totalidad de los partidos de izquierdas, lo vienen pidiendo y repitiendo: el monumento escultórico que hay frente al palacio de Bibataubín debe ser derruido. Fue erigido en homenaje a José Antonio Primo, fundador de Falange Española (ya saben: el que decía aquello de “la dialéctica de los puños y las pistolas“) y representa un haz de brazos haciendo el saludo fascista o cantando el Cara al Sol. El gesto es el mismo y, para el caso, es igual. Posiblemente es la única y última reliquia que aún queda del desaparecido fascismo español en nuestro país. Creo recordar que en Santa Cruz de Tenerife hay otra aún más insoportable. La de Bibataubín, erigida en los años setenta, si no recuerdo mal, es obra de Francisco López Burgos, un escultor muy vinculado a la dictadura, hoy casi olvidado, cuya obra en su conjunto, no deja de tener interés. Justo es reconocerlo.

La argumentación en pro del derribo siempre se basa en los mismos principios: no puede ser que a estas alturas, después de una atroz guerra civil y cuarenta años de dictadura, todavía estemos homenajeando -aunque sea simbólicamente- a los padres del fascismo español, que sólo nos trajo muerte, hambre y dolor. Hasta ahora el PP, bien atrincherado en el poder municipal, ha logrado hacer oídos sordos a tal petición. Para ellos, herederos de los que ayer se sublevaron contra la República, debe ser terrible tal petición de derribo. No puede ser que lo que ayer levantó papá o el abuelito venga ahora el hijo o el nieto y, en aras de una libertad y democracia, que sólo aceptan a la trágala, lo destruya. Su táctica siempre es la misma: silencio y dar largas al asunto. ¿Conseguirá así el PP seguir evadiendo el bulto hasta la eternidad? Todo depende del clamor con que se pida la demolición y quiénes la pidan.

Se me ocurre por un momento pensar -sólo es una fugaz quimera-que el equipo municipal que padecemos en Granada acepta el derribo, aunque sea a la trágala, que un buen día llegan unos obreros, retiran el haz de brazos de acero fundido (lo llevan a un museo donde permanecerá como muestra de lo que fue la escultura fascista) y queda la peana, sola y desmochada, en medio de la placeta. ¿Qué hacer con ella? Una posible solución podría ser colocarle la escultura de alguna de las víctimas del fascismo en Granada. Dado el lugar y la proximidad a la antigua Diputación, el que parece con más méritos es Virgilio Castilla, presidente de la Diputación en aquel nefasto verano del 36 y fusilado en los primeros días de la rebelión contra la República. Es casi seguro que el PP habría de considerar esta solución como póstuma revancha de los vencidos y jamás la aceptaría. Otra posible solución podría ser colocar allí la escultura de un granadino emérito, que nada tuviese que ver con rojos ni fascistas, y que todo el mundo aceptase sin rechistar. Se me ocurre la figura de Francisco de Paula Valladar, intelectual de primera magnitud y estudioso como nadie del pasado cultural de Granada. Su escultura ya existe: la realizó José María Palma y fue colocada en los jardines del Triunfo el 20 de agosto de 1925. Al acto, además de las autoridades de la época, intelectualidad y numerosos amigos, también asistió la viuda. Desparecidos los jardines del Triunfo (el Ayuntamiento de la dictadura los vendió a un promotor), la escultura pasó a los jardinillos del Genil, donde continúa en un estado de semiabandono. Bastaría con desplazar la escultura de un emplazamiento al otro. Aún queda una tercera solución: eliminar también la peana, plantar un árbol y continuar alrededor el empedrado. Es la solución que proponen los intelectuales que piden la demolición de la escultura. Seguro que al cabo de unos años nadie se acuerda que hubo en aquel lugar un haz de brazos alzados cantando el “Cara al Sol”.

Francisco Gil Craviotto

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