EL CORPUS DE MIS AÑOS MOZOS.

EL CORPUS DE MIS AÑOS MOZOS.

Llega un año más el Corpus, la fiesta mayor de Granada. Mucho me gustaría, en un día tan señalado, poder regalar a mis lectores un magnífico y sazonado artículo. Un artículo lleno de ditirambos y citas que fuese la delicia de oficinistas, tecnócratas y amas de casa; pero bien comprendo que me va a ser completamente imposible. La razón es obvia: no puedo hablar del Corpus porque casi no lo he vivido, lo mismo que tampoco podría hablar del fútbol, por ejemplo, porque jamás he presenciado un solo partido (no cuento, evidentemente, los que vegeté a la trágala en mi desdichada época de internado), ni puedo hablar de boxeo o los toros por la misma razón. Mi infancia no transcurrió en Granada y el Corpus de aquellos lejanos años, que sin duda hubiese sido el que me habría dejado mayores recuerdos, ahora tan sólo es, sin la menor nostalgia, una indefinible ausencia. Cuando ya, a comienzos de la mocedad, todavía en la pupila el verdor de los trigales de mi pueblo, comenzó mi vida en Granada y, con el correr de los meses, aparecieron las fiestas, el Corpus me dio la sensación de una repetición del día de San Marcos de mi aldea, pero elevado a la enésima potencia. Más gente, más ruido, más calor y bullicio.

Si hago un poco de memoria, las imágenes que me vienen a la mente son las de unas calles cubiertas con tela de saco y alfombradas de juncia y mastranzo, abarrotadas de gente que espera o acaba de ver la procesión. Otra imagen que tampoco se me va de la cabeza es la de unas catetas, gordas y sudorosas, que caminan descalzas, con gesto dolorido y los zapatos en la mano. Seguramente iban en busca del coche “pirata” o del tranvía –entonces Granada estaba unida a su periferia por una importante red de tranvías-, que las llevaría a su pueblo. Las instantáneas que conservo del ferial –en aquella época, en el Parque del Violón, ahora convertido en una enorme zanja de ruina y ultraje al entorno-, tampoco son demasiado halagüeñas. Si voy seleccionando los recuerdos a través de los sentidos, el olfato me trae olor a frituras, tufillo de sudor y una insoportable mezcolanza de regüeldo y vomitera; el oído estridencias de altavoces, gritos y pregones de feriantes; la vista, luces que se encienden y se apagan, disonancias de colorines y caras desconocidas que pasan sin cesar, gente, tumulto,… y, por último, el tacto, me trae codazos, empujones, sensación de incomodidad y estorbo.

Para mí sólo había dos aspectos aprovechables del Corpus: las “carocas” y la revista. Las primeras por lo que tenían de sátira social, aunque con la censura del régimen, nunca llegaban muy lejos; la segunda, porque era la única manera de ver mujeres semidesnudas y esto sólo ocurría una vez al año. Todo lo demás –ferial, toros, fútboles, etc. etc.-, me resbalaba o, para ser más exactos, me repugnaba. ¿Tendré que añadir que soy un bicho bastante raro? ¿Será necesario insistir en que me salgo de lo normal, en que –como ya me han dicho en más de una ocasión-, no sé disfrutar de lo bueno y, lo que es peor, tampoco sé hacer el paripé de que lo estoy pasando bomba? Me parece que no. Sigo con el hilo del relato. Yo ahora no sé si sólo resistí un Corpus o si mi heroísmo llegó a dos. Sin atreverme a poner la mano en el fuego, me inclino más por la primera hipótesis. Para el caso es igual. Lo cierto es que, para cuando llegó el tercer Corpus –tal vez ocurrió en el segundo-, ya tenía yo mi tabla de salvación. Mejor aún: mis tablas de salvación, pues siempre fueron varias. Se llamaban –y se siguen llamando- Alhambra, Generalife, Albaicín, Jesús del Valle, Cahorros, Fuente de la Bicha y más allá… Había descubierto que en esos días estos lugares quedan en el olvido total y, en consecuencia, se convierten en retazos de paraíso. ¡Qué paz, qué sosiego, qué limpidez de aguas y hermosura de alamedas! De la mayoría de ellas, dicho sea de paso, ya no queda ni la tierra donde se asentaban. Primero iba solo, sin más compañía que mis pensamientos, pero después encontré compañera. Desde entonces, a la belleza del paraje, en una época en la que incluso besarse estaba prohibido por decreto, se unía la delicia de tener al lado otro cuerpo y disfrutarlo en la soledad del campo.

Algún tiempo después comencé a escribir en el periódico “Patria”, pero esto no cambió en nada mi situación. Si yo tenía que cubrir alguna información, siempre me las arreglaba para que fuese marginal a la fiesta, exenta de alharacas y ruidos: comentario de un libro, visita a un pintor, músico o escultor, etc. Los demás, encantados de que dejase para ellos toros, fútboles, boxeos, tiro al pichón -¿me hubiesen publicado una sola línea de lo que yo opinaba, por ejemplo, del tiro al pichón?-, y otras lindezas parecidas. Recuerdo que a uno de mis compañeros, José Félix Quesada, se le había metido entre ceja y ceja que yo debía ir a los fútboles. ¡Pobre! Ya está muerto. ¡Cómo debí decepcionarle cada vez que me negué a tomar la entrada que me regalaba! Hasta que por fin comprendió que era una cuestión de principio: yo no podía perder dos horas de mi vida, que no sabía si sería larga o corta, viendo a unos tipos, vestidos con pantalón corto, corriendo detrás de una pelota. Mucho menos viendo como un ser humano –al menos por tal pasa-, vestido con traje de luces, se ensaña con un toro, que nada le ha hecho.

Unos años más y me marché a Francia. Desde allí, naturalmente, era imposible estar al tanto del Corpus. Ni siquiera es fiesta. Las pocas veces que mis vacaciones coincidieron con esas fechas, procuré pasarlas en la playa. No obstante, en uno de estos viajes, un día supe que el ferial se lo habían llevado lejos, muy lejos –un gran alivio para los habitantes de la zona-, porque el bullicio, el ruido y las músicas locas, habían alcanzado tal intensidad, que no había vecino que las soportara. Ahora, un par de décadas después, ya están ideando los políticos un nuevo y quizás definitivo traslado.

Este año, con el Corpus a las puertas, aún no tengo decidido dónde pasaré ese día. De lo único que estoy seguro, segurísimo, es de que, si estoy en Granada, no voy a ir a ver la procesión, no visitaré el ferial, nadie me verá en los fútboles y mucho menos en los toros y que ese día no voy a estrenar ningunos zapatos. Sí, es verdad, soy un bicho raro, lo acepto. Pero, mientras no me demuestren lo contrario, creo que estoy en mi derecho.

Francisco Gil Craviotto.

MANUEL ÁNGELES ORTIZ (Continuación)

MANUEL ÁNGELES ORTIZ (continuación)

III

-¿Y cómo era?

-Era muy bromista. Recuerdo que, cuando fuimos a Valderrubio, la familia Lorca, a la que le gustaba mucho cantar en coros, comenzó a cantar aquello de “Por fin te veo Ebro famoso”. A mí me daba vergüenza cantar y callaba. Pero mi madre, de vez en cuando, me decía: “Pero, niño, ¡canta!”. A Federico no se olvidó nunca esto y, aún de mayores, siempre que me veía, me soltaba a manera de estribillo. El clásico: “Pero, niño, ¡canta!”. Después de este primer contacto con la familia Lorca siguió la amistad. Él comenzó a tocar el piano y yo a pintar.

-¿Qué más recuerda de él?

-Federico era la encarnación viva de la gracia. Si hubiera seguido dedicado a la música, habría sido un músico famoso. Pero pronto vio que su vocación era la literatura. Yo creo que influyó mucho en esta decisión su profesor de Historia del Arte, Berrueta, que al terminar el curso los llevó en viaje de estudios por Castilla. Berrueta obligaba a los alumnos a que contaran por medio de unas notas la impresión que había causado en ellos la obra de arte o el paisaje contemplado. Este fue el origen del primer libro de Federico: Impresiones y paisajes. Todavía recuerdo mi extrañeza cuando supe que Federico había escrito un libro. La noticia me la dio un pintor que se llamaba González de la Serna. “¿A que no sabes quién ha escrito un libro?”, me dijo. “No lo sé”,-le contesté. “Pues Federico”. “¿Federico?” “, -“Sí, Federico”. Desde entonces comenzó a crecer su fama de escritor. Yo tengo uno de los pocos ejemplares que hoy existen de ese libro. Está dedicado y dice así: “A Manolo Ángeles Ortiz, extraordinario artista, que está enamorado y olerá la rosa inmortal. Con toda el alma. Federico”.

Manuel Ángeles guarda un instante de silencio. Es un silencio triste y ahora no ríe. Mientras lo contemplo callado, nadie sabe las escenas que pasan por su cabeza.

-Nosotros -sigue- nos reuníamos en el “Café Alameda”. Formábamos el famoso “Rinconcillo del Alameda”. Se llamaba así porque nos sentábamos en un rincón del café. En frente formaban tertulia los toreros. Entre ellos había muchos tipos curiosos. Había uno que le decían el “Tabernerito”, porque su padre tenía un ventorrillo al final de la Avenida de Cervantes, que era muy miedoso y siempre que salía a la plaza acababa el toro cogiéndolo. Otro de ellos era el “Conde Margaza”, que era betunero, pero iba siempre muy estirado y presumido, de forma que la gente le decía en son de guasa el “Conde Margaza”. Poco después conocí a Falla.

-¿Qué recuerdo tiene de él?

-Falla vivía entonces en la Calle Real de la Alhambra. Fuimos a visitarlo Lorca, Fernando Vilchez y yo. Tenía un tipo muy humilde, como de criado de convento, pero impresionaba y, en su trato, se veía que era un gran carácter. Una de las cosas que más me conmovieron fue su dormitorio. No podía ser más humilde: una cama de hierro, un crucifijo y un lavabo de palangana. Entonces nos reuníamos todas las tardes el grupo. De los más asiduos eran también Miguel Cerón y Fernando Vílchez.

-¿Cuándo marcha a Madrid?

-Por esa época marcho a Madrid como discípulo de Cecilio Pla. Con él sólo estuve tres inviernos. Recuerdo que don Cecilio nos ponía unos modelos que yo no sentía y que sufría lo indecible para pintarlos. Una vez me dio tanta pena que me escondí en un rincón y comencé a llorar. En aquel momento empezó a buscarme el maestro. “¿Dónde está Manolito?” -preguntó a los demás compañeros. “Está llorando”.-contestaron éstos. Cuando llegó a mí únicamente le dije: “No puedo”. Desde entonces el maestro me dio más libertad y me dejaba que interpretara las cosas a mi manera.

-¿Qué vida llevó en Madrid?

-Nos reuníamos los discípulos de Cecilio Pla en el “Café de Levante”. Allí iban también Romero de Torres, Pío Baroja, Valle Inclán, Miguel Nieto… Nosotros los mirábamos respetuosamente desde lejos, sin atrevernos jamás a mezclarnos entre ellos. Poco después, en un verano, conocí a don Miguel de Unamuno.

-¿En Madrid también?

-No, en Salamanca. Fue en una excursión que hice por Castilla. El itinerario espiritual me lo hizo don Hermenegildo Giner de los Ríos, que al mismo tiempo me dio una carta para don Miguel de Unamuno. Cuando yo subía para su casa, él bajaba. “¿Don Miguel de Unamuno?”, le pregunté. “Sí, yo soy”, me respondió. “Es que le traigo una carta de don Hermenegildo Giner“. “Soy concejal y ahora voy al Ayuntamiento” -me contestó-. Venga esta tarde”. Volví a la tarde y pasé un rato verdaderamente encantador. Yo le mostré algunos dibujos que había hecho de Castilla y a él le gustaron bastante. Me acompañó a pasear por el campo y, por el camino, me recitaba poemas suyos. También me regaló un dibujo que él había hecho. Por último, me aconsejó que visitara Palencia y Santo Domingo. Todavía recuerdo sus palabras: “Joven -me dijo-, todo pueblo en el que hay obispo y no gobernador, es interesante”. En Palencia vi el impresionante Cristo de las Clarisas.

-¿Qué ocurrió después?

-Me casé, nació mi hija, que me la apadrinó Federico -hay varios poemas suyos dedicados a ella: “A mi ahijada Isabel Clara”- hacimos lo del Cante Jondo… Recuerdo que el cartel que pinté para el concurso, primero fue rechazado por el Centro Artístico. “Pero, ¡cómo vamos a admitir esa birria!”, decían. Hicimos un grabado del mismo y se lo mandamos a Zuloaga. Ni siquiera respondió por carta. Fue un telegrama lo que mandó. “Estupendo el cartel del cante jondo”, decía. Este telegrama estuvo expuesto en el Centro Artístico varios días. Ahí acabaron todas las protestas. Esto fue en junio del 22 y en enero del 23, precisamente, murió mi mujer. Fue un golpe terrible para mí. No pude resistir aquí más tiempo. En noviembre de ese mismo año me marché a París con una carta de Falla para Picasso.

-¿Qué tal le fue allí?

-Yo estaba lleno de tristeza por la muerte de mi mujer y los dibujos que le llevé a Picasso eran todos muy negros. Picasso en esa época hace una pintura neorrealista con mujeres de grandes túnicas, pero yo quedé influido por el cubismo. Picasso vio mis cosas y no le gustaron. Sin embargo calló. Después del cubismo hay en mí una época realista cuando estoy en la Argentina (de 1939 a 1948). Hice naturalezas muertas, lagos, paisajes de Patagonia. Incluso algunos llegaron a creerme argentino y, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, figuro dentro de la “Colección Latino-Americana”.

-¿Desde cuándo viene a Granada?

-Desde el año 59 vengo todos los veranos a Granada. Creo que ésta es la época más fecunda de mi vida. La vida, después de las pasadas amarguras, ha vuelto serena para mí.

-¿Siempre ha vivido de la pintura?

-Siempre, mal o bien y algunas veces de una manera heroica.

Manuel Ángeles Ortiz, tras sus últimas palabras, mira el paisaje. El paisaje de Granada que él, con tanto cariño ha pintado infinidad de veces: primero en la adolescencia y juventud; ahora, de una manera más personal, en la madurez. Mira el paisaje y ríe. Ríe con optimismo. La vida, a veces, es un poco triste, pero de todas formas, ¡es tan hermoso vivir!

Francisco Gil Craviotto. Del libro “Retratos y semblanzas con la Alhambra al fondo. Edit. Port-Royal. Granada.)

MANUEL ÁNGELES ORTIZ (Continuación)

MANUEL ÁNGELES ORTIZ (continuación)

III

-¿Y cómo era?

-Era muy bromista. Recuerdo que, cuando fuimos a Valderrubio, la familia Lorca, a la que le gustaba mucho cantar en coros, comenzó a cantar aquello de “Por fin te veo Ebro famoso”. A mí me daba vergüenza cantar y callaba. Pero mi madre, de vez en cuando, me decía: “Pero, niño, ¡canta!”. A Federico no se olvidó nunca esto y, aún de mayores, siempre que me veía, me soltaba a manera de estribillo. El clásico: “Pero, niño, ¡canta!”. Después de este primer contacto con la familia Lorca siguió la amistad. Él comenzó a tocar el piano y yo a pintar.

-¿Qué más recuerda de él?

-Federico era la encarnación viva de la gracia. Si hubiera seguido dedicado a la música, habría sido un músico famoso. Pero pronto vio que su vocación era la literatura. Yo creo que influyó mucho en esta decisión su profesor de Historia del Arte, Berrueta, que al terminar el curso los llevó en viaje de estudios por Castilla. Berrueta obligaba a los alumnos a que contaran por medio de unas notas la impresión que había causado en ellos la obra de arte o el paisaje contemplado. Este fue el origen del primer libro de Federico: Impresiones y paisajes. Todavía recuerdo mi extrañeza cuando supe que Federico había escrito un libro. La noticia me la dio un pintor que se llamaba González de la Serna. “¿A que no sabes quién ha escrito un libro?”, me dijo. “No lo sé”,-le contesté. “Pues Federico”. “¿Federico?” “, -“Sí, Federico”. Desde entonces comenzó a crecer su fama de escritor. Yo tengo uno de los pocos ejemplares que hoy existen de ese libro. Está dedicado y dice así: “A Manolo Ángeles Ortiz, extraordinario artista, que está enamorado y olerá la rosa inmortal. Con toda el alma. Federico”.

Manuel Ángeles guarda un instante de silencio. Es un silencio triste y ahora no ríe. Mientras lo contemplo callado, nadie sabe las escenas que pasan por su cabeza.

-Nosotros -sigue- nos reuníamos en el “Café Alameda”. Formábamos el famoso “Rinconcillo del Alameda”. Se llamaba así porque nos sentábamos en un rincón del café. En frente formaban tertulia los toreros. Entre ellos había muchos tipos curiosos. Había uno que le decían el “Tabernerito”, porque su padre tenía un ventorrillo al final de la Avenida de Cervantes, que era muy miedoso y siempre que salía a la plaza acababa el toro cogiéndolo. Otro de ellos era el “Conde Margaza”, que era betunero, pero iba siempre muy estirado y presumido, de forma que la gente le decía en son de guasa el “Conde Margaza”. Poco después conocí a Falla.

-¿Qué recuerdo tiene de él?

-Falla vivía entonces en la Calle Real de la Alhambra. Fuimos a visitarlo Lorca, Fernando Vilchez y yo. Tenía un tipo muy humilde, como de criado de convento, pero impresionaba y, en su trato, se veía que era un gran carácter. Una de las cosas que más me conmovieron fue su dormitorio. No podía ser más humilde: una cama de hierro, un crucifijo y un lavabo de palangana. Entonces nos reuníamos todas las tardes el grupo. De los más asiduos eran también Miguel Cerón y Fernando Vílchez.

-¿Cuándo marcha a Madrid?

-Por esa época marcho a Madrid como discípulo de Cecilio Pla. Con él sólo estuve tres inviernos. Recuerdo que don Cecilio nos ponía unos modelos que yo no sentía y que sufría lo indecible para pintarlos. Una vez me dio tanta pena que me escondí en un rincón y comencé a llorar. En aquel momento empezó a buscarme el maestro. “¿Dónde está Manolito?” -preguntó a los demás compañeros. “Está llorando”.-contestaron éstos. Cuando llegó a mí únicamente le dije: “No puedo”. Desde entonces el maestro me dio más libertad y me dejaba que interpretara las cosas a mi manera.

-¿Qué vida llevó en Madrid?

-Nos reuníamos los discípulos de Cecilio Pla en el “Café de Levante”. Allí iban también Romero de Torres, Pío Baroja, Valle Inclán, Miguel Nieto… Nosotros los mirábamos respetuosamente desde lejos, sin atrevernos jamás a mezclarnos entre ellos. Poco después, en un verano, conocí a don Miguel de Unamuno.

-¿En Madrid también?

-No, en Salamanca. Fue en una excursión que hice por Castilla. El itinerario espiritual me lo hizo don Hermenegildo Giner de los Ríos, que al mismo tiempo me dio una carta para don Miguel de Unamuno. Cuando yo subía para su casa, él bajaba. “¿Don Miguel de Unamuno?”, le pregunté. “Sí, yo soy”, me respondió. “Es que le traigo una carta de don Hermenegildo Giner“. “Soy concejal y ahora voy al Ayuntamiento” -me contestó-. Venga esta tarde”. Volví a la tarde y pasé un rato verdaderamente encantador. Yo le mostré algunos dibujos que había hecho de Castilla y a él le gustaron bastante. Me acompañó a pasear por el campo y, por el camino, me recitaba poemas suyos. También me regaló un dibujo que él había hecho. Por último, me aconsejó que visitara Palencia y Santo Domingo. Todavía recuerdo sus palabras: “Joven -me dijo-, todo pueblo en el que hay obispo y no gobernador, es interesante”. En Palencia vi el impresionante Cristo de las Clarisas.

-¿Qué ocurrió después?

-Me casé, nació mi hija, que me la apadrinó Federico -hay varios poemas suyos dedicados a ella: “A mi ahijada Isabel Clara”- hacimos lo del Cante Jondo… Recuerdo que el cartel que pinté para el concurso, primero fue rechazado por el Centro Artístico. “Pero, ¡cómo vamos a admitir esa birria!”, decían. Hicimos un grabado del mismo y se lo mandamos a Zuloaga. Ni siquiera respondió por carta. Fue un telegrama lo que mandó. “Estupendo el cartel del cante jondo”, decía. Este telegrama estuvo expuesto en el Centro Artístico varios días. Ahí acabaron todas las protestas. Esto fue en junio del 22 y en enero del 23, precisamente, murió mi mujer. Fue un golpe terrible para mí. No pude resistir aquí más tiempo. En noviembre de ese mismo año me marché a París con una carta de Falla para Picasso.

-¿Qué tal le fue allí?

-Yo estaba lleno de tristeza por la muerte de mi mujer y los dibujos que le llevé a Picasso eran todos muy negros. Picasso en esa época hace una pintura neorrealista con mujeres de grandes túnicas, pero yo quedé influido por el cubismo. Picasso vio mis cosas y no le gustaron. Sin embargo calló. Después del cubismo hay en mí una época realista cuando estoy en la Argentina (de 1939 a 1948). Hice naturalezas muertas, lagos, paisajes de Patagonia. Incluso algunos llegaron a creerme argentino y, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, figuro dentro de la “Colección Latino-Americana”.

-¿Desde cuándo viene a Granada?

-Desde el año 59 vengo todos los veranos a Granada. Creo que ésta es la época más fecunda de mi vida. La vida, después de las pasadas amarguras, ha vuelto serena para mí.

-¿Siempre ha vivido de la pintura?

-Siempre, mal o bien y algunas veces de una manera heroica.

Manuel Ángeles Ortiz, tras sus últimas palabras, mira el paisaje. El paisaje de Granada que él, con tanto cariño ha pintado infinidad de veces: primero en la adolescencia y juventud; ahora, de una manera más personal, en la madurez. Mira el paisaje y ríe. Ríe con optimismo. La vida, a veces, es un poco triste, pero de todas formas, ¡es tan hermoso vivir!

Francisco Gil Craviotto. Del libro “Retratos y semblanzas con la Alhambra al fondo. Edit. Port-Royal. Granada.)

MANUEL ÁNGELES ORTIZ

MANUEL ÁNGELES ORTIZ.

Antes, mucho antes de que apareciera el libro de Antonina Rodrigo Memoria de Granada (Plaza & Janés, Barcelona, 1984), cuya principal fuente de información son los recuerdos de Manuel Ángeles Ortiz, vertidos en varias y largas conversaciones con la investigadora -ella los fue recogiendo en sucesivas cintas magnetofónicas que luego darían el libro-; incluso también antes de que Marcelle Auclaire nos diera su voluminoso Enfances et mort de García Lorca (Editions du Seuil, París 1968), todo él salpicado de sabrosas charlas con Manuel Ángeles Ortiz, el inquieto y reputado pintor ya me hacía contado lo más esencial de su vida y andanzas. Esta larga entrevista -toda una tarde de grato palique-, ocurrió en un lugar que ya no existe -el carmen de Matamoros-, y se publicó algunos días después -exactamente el 16 de septiembre de 1961-, n un periódico que tampoco existe: Patria.

Hoy, al volver a leer aquellas páginas amarillentas y cubiertas de polvo, me parece que Manuel Ángeles Ortiz me hizo un magnífico resumen de su vida, los principales personajes de su entorno y la época que le tocó vivir y sufrir. Aunque muy abreviado, en aquella inolvidable charla ya está todo lo que después aparecería en los mencionados libros. Ante la duda de resumirla o aceptarla como base, tomando aquí y allá otras informaciones para un nuevo estudio sobre Manuel Ángeles Ortiz he optado por reproducir íntegra la entrevista tal y como se publicó el mencionado 16 de septiembre de 1961. ¿Quién mejor que el propio pintor para hacernos el retrato de sí mismo y hablarnos de su vida? Y, sin quitarle ni ponerle una coma, he aquí el contenido de aquella memorable entrevista.

A Manuel Ángeles Ortiz lo conocí hace algunos años. Él me conoció a mí bastante después. Digo esto, porque mi primer conocimiento del pintor granadino no fue personal, sino a través de un libro. En las Obras Completas de Federico García Lorca, un buen día me encontré con Manuel Ángeles Ortiz. Allí se le nombra varias veces y allí también está su foto: es la foto de un mocetón larguirucho, delgado y de cierto aire bohemio, con un sombrero de esos que entonces se llamaban huevos fritos, que posa al lado del poeta.

-Esa foto -añade Manuel Ángeles Ortiz-, nos la hicimos en la Alhambra en el año 20. Por cierto que

Manuel Ángeles Ortiz, aunque todavía es un hombre fuerte, tiene ya el pelo blanco. Pero aún conserva su buen humor y una risa franca, agradable, que en seguida conquista a su interlocutor. Manuel Ángeles ríe por lo más pequeño y ríe de una manera sencilla y natural. Cuando cuenta su vida, sus anécdotas, sus primeros pasos en la pintura, ríe sin cesar. Pero a veces en el fondo de sus ojos y a pesar de su risa franca, se percibe una íntima y soterrada tristeza. Es una tristeza que Manuel Ángeles lleva consigo sin empañar la mirada del que habla con él.

-Yo me eduqué en los Escolapios. Todavía recuerdo que, el día que hice la primera comunión, nos pusieron un chocolate estupendo. Sí, era muy bueno.

-¿Qué más recuerda?

-Entonces no estaba el río como está ahora, sino que iba sin encauzar. Tan sólo la parte del Paseo del Salón estaba encauzada. Había unas alamedas muy hermosas y, a veces, por las orillas del río pasaban novillos. Yo entonces quería ser torero y muchos días me escapaba de clase para torear.

-¿Llegó a torear?

-¡Nada! Me acercaba al toro, me daba miedo y salía corriendo… Cuando llegaba a clase el castigo era seguro. Sin embargo, como yo tenía la obsesión de ser torero, volvía de nuevo. Pero nunca conseguí otra cosa que ganarme buenos castigos. Los domingos, especialmente, siempre estaba castigado.

Manuel ríe nuevamente.

-Entonces en lo que yo menos pensaba era en ser pintor. Ni se me había pasado por la cabeza. Sin embargo, me gustaba el dibujo y a los ocho o nueve años comencé a ir a la Academia de Artes y Oficios, que entonces estaba cerca del Matadero. Mi maestro fue Paco Vergara que después, cuando lo conocí de mayor, fuimos muy amigos y siempre lo he querido de una manera entrañable. Era un hombre extraordinario y graciosísimo. Yo comencé a dibujar con él de una manera continuada y metódica y -cosa extraña- en las clases de la Escuela de Artes y Oficios no me escapaba para ir a torear. Poco a poco iba notando que me gustaba la pintura. Me quedaba horas mirando los cuadros… ¡Sí, me gustaba la pintura!

Manuel Ángeles queda en silencio un instante, con los ojos un poco entornados. Como un filme único, la niñez del artista pasa por su cabeza…

-Lo más maravilloso que recuerdo de entonces es que todos los años, al final de curso, la Escuela de Artes y Oficios, a los alumnos más aventajados, nos daba cinco pesetas de premio. A mí me lo dieron varios años. ¡Si usted supiera la ilusión que nos hacía este duro! ¡Qué maravilla!

-¿Qué más, Manuel Ángeles?

- Posteriormente, como adelantaba poco con los Escolapios, mi madre me trasladó a un colegio de curas que había al final de la calle San Antón. Pero la mayoría de las veces ni siquiera entraba en clase. Tomaba calle adelante y me iba hasta el Genil o incluso otros días llegaba hasta el Beiro a coger grillos. En esa época, aparte de la pintura, ésa fue mi única ocupación: coger grillos.

-¿Qué siguió después?

-Después… Pues verás: yo era un niño muy mimado. Aparte de hijo único, tenía una familia muy numerosa, con muchos tíos y muchas titas y todos me querían muchísimo. “Sobrino Manolo” por aquí, “Sobrino Manolo” por allá”. Un día me dio un ataque y yo vi cómo se desvivían todos y cómo extremaban sus mimos y sus mayores cuidados conmigo. Cuando estuve mas repuesto pensé: “Esto de los ataques no es mala cosa para que me mimen”. En seguida, siempre que me parecía bien, fingía un ataque, que acababa poniendo en revolución a toda la familia. Esos días los agasajos y los cuidados se multiplicaban. Mientras, seguía haciendo yo mi voluntad: por la tarde a dibujar y, por la mañana, a cazar grillos. La vida era hermosa, ¿Qué más quería?

Manuel Ángeles Ortiz, al contar todas sus travesuras, ríe estrepitosamente. Esta risa suya es la nota más característica, la que matiza y le da calor a toda su conversación.

-Así siguieron las cosas hasta que el médico de casa, don José Martín Barrales, padre de la poetisa Elena Martín Vivaldi, viendo que no se me quitaban los ataques, (los cuales siempre tuve buen cuidado de que él nunca los viera) y, comprendiendo la afición que yo sentía por la pintura y mi desgana por el estudio, un buen día le dijo a mi madre: “Señora, ¿y si Manolito fuera pintor?” Mi madre meditó sobre esto y al fin, como sólo deseaba hacer mi gusto y que fuera feliz, me colocó en el estudio de don José Larrocha. Entonces tendría diez o doce años.

FRANCISCO GIL CRAVIOTTO (Continuará.)

INOLVIDABLE MOSCOSO.

INOLVIDABLE MOSCOSO.

Antonio Moscoso Martos, pintor por la gracia de Dios, nos abandonó para siempre hace ahora algo más de dos años. Fue en la Navidad del año 2006 cuando su corazón dejó de latir y sus manos, después de más de sesenta años pintando, dieron interminable asueto al pincel; decir que murió me parece excesivo, porque el artista, como el músico o el poeta, mientras quede su obra, nunca muere del todo.

Que la obra de Antonio Moscoso continúa asombrosa y perennemente viva, lo demuestra la exposición que estos días podemos ver y gozar en la sala del Centro Gran Capitán. Una antología, sabia y meditadamente seleccionada por otro pintor que siempre lo estimó y admiró, Ignacio Antonio, el cual, ayudado por la viuda de Moscoso, María Teresa de Andreu, una mujer culta y exquisita, nos ofrece una de esas exposiciones que nadie que sienta el arte, debe perderse: comprende unos sesenta o setenta cuadros y va, de los primeros apuntes del artista, a sus últimos lienzos. A cualquiera que visite la sala puede parecerle enorme la cantidad de cuadros expuestos, mucho más si se detiene a contemplar los que no se han podido colgar y se van proyectando en la salita contigua. Sin embargo, unos y otros no son más que una mínima parte de la ingente producción que ha dejado el pintor.

Tanto en los cuadros colgados, como en los que paulatinamente van apareciendo proyectados en la salita contigua, el espectador puede apreciar las ya tradicionales virtudes artísticas de Mosocos: exquisitez, modernidad, colorido, armonía, sentimiento del paisaje, etc. Pero me parece que sobre estas varias virtudes se impone una muy especial: la originalidad: el estilo de Moscoso es tan suyo y personal, que lo hace único e inconfundible. Recuerdo que una vez le dije: “Antonio, no hace falta que firmes tus cuadros: desde una legua se sabe que son tuyos”. Él me respondió con una carcajada. Ahora ocurre que en la presente exposición hay dos cuadros sin firma: no importa, el estilo los delata.

Pero a estas indudables características, que ya conocíamos todos cuantos veníamos siguiendo la obra de Moscoso, la exposición actual ha venido a añadir algunas novedades. Una es la perfección de sus dibujos. Antonio Moscoso no sólo era el pintor de la luz y color; también era un dibujante minucioso e impecable, como lo demuestran con creces los dos dibujos que se exponen en la sala, uno de la catedral de Granada y el otro San Jerónimo. Otra novedad que nos aporta esta exposición son los desnudos: Antonio Moscoso, además del paisaje y los objetos, también cultivó el desnudo. No podía ser de otra manera para un hombre que siempre fue un gran enamorado del eterno femenino. Recuerdo cierta ocasión en la que, mientras estaba hablando con él, se cruzó con nosotros una auténtica belleza. Los dos volvimos la cabeza. “Ésa es -me dijo- de las que se cargan una exposición”. “¿Por qué?”, le pregunté. “Porque en cuanto entre en la sala, todas las miradas van a ir a ella y ninguna a los cuadros”. Así son las mujeres de los desnudos que nos ha dejado Moscoso: guapas, exquisitas, atractivas.

El día 31 de mayo será clausurada esta importante exposición y sólo quedará de ella el recuerdo para quienes la hemos visitado y el catálogo que acompaña a la misma. Es lamentable que esta ciudad, tan pródiga en artistas, tenga unas autoridades tan cicateras a la hora de valorarlos y aún carezca de un museo digno de sus artistas. Cuando pienso en la obra del pintor Maldonado, (la viuda cometió el gran error de entregarla al Ayuntamiento a cambio de nada ), que ahora ni se sabe en qué sótano ratones y humedad destrozan sus cuadros -lo que queda de ellos- o en los cuadros de Hernández Quero (los regalaba a Granada con tal de fuesen a parar a un lugar digno; nadie fue capaz de ofrecer ese lugar digno), o recuerdo las esculturas y cuadros de Martínez Olalla, López Azaustre y tantos otros, no puedo evitar el más atroz pesimismo. Hasta hace poco el artista mimado era Guerrero -la verdad es que yo jamás le vi méritos para tal mimo-, ahora tampoco. Huelga añadir que la sensibilidad artística y literaria -salvo en el caso de Gallego Burín- jamás fue un don de nuestros políticos. Quizás, dentro de tres o cuatro generaciones -vamos a ser optimistas- llegue un alcalde con sensibilidad y talento, que sea capaz de ofrecer a la ciudad y a quienes la vistan, el ansiado museo que, desde hace muchos años, debería tener. Si alguna vez llega esa hora, suponiendo que al fin llegue, ese privilegiado señor de los tiempos futuros, podrá colgar en ese supuesto museo todo lo que hayan dejado la desidia, la dispersión, la estulticia, los ratones y la humedad de los tiempos presentes. Yo me pregunto, ¿quedará mucho de los maestros actuales?

Francisco Gil Craviotto.

(Publicado en el periódico Ideal el miércoles 20 de mayo del 2009)

JUAN LEÓN. (Continuación)

V.

Cuando terminó la mili rondaba los veinte años y decidió sentar la cabeza. Se matriculó en la Universidad y, aunque había hecho el bachillerato de ciencias, comenzó a estudiar Filosofía Letras. Fueron unos años felices que coincidieron con la etapa final de la dictadura franquista y los titubeantes preludios de la democracia. La Universidad española vivía unos tiempos difíciles de protestas, manifestaciones prohibidas y cargas de la policía. La Universidad de Granada no fue una excepción en esa denodada lucha contra aquel régimen de iniquidad y opresión, nacido tras la violencia de la guerra civil, que, felizmente, ya comenzaba a hacer aguas por los cuatro costados.

En diciembre de 1973, con motivo de la ascensión a los cielos, en cuerpo y alma y coche blindado con chofer incluido del hombre fuerte del régimen, almirante Carrero Blanco, Juan León escribió una sentida cuarteta que, acompañada de música de villancico, cantaron él y sus amigos en la más estricta intimidad aquellas Navidades y después, más o menos clandestinamente, se la pasaron a media Universidad. Decía así:

El almirante Carrero,

cuando salía de misa,

se encontraba tan ligero

que se subió a una cornisa.

Casi dos años después, en noviembre de 1975, con la defunción del tirano de España el día 20 de ese mes, -a pesar de las misas de los curas, las rogativas de las monjas, el brazo incorrupto de santa Teresa y todos los pertrechos quirúrgicos de su yernísimo, nos aclara Juan León-, todos los enemigos del fascismo español, empezaron a ver el final del largo túnel. Tal defunción produjo el efecto inmediato de que ese mismo día se dispararan las ventas de champán y otras bebidas alcohólicas. Alguien dijo que aquella fue la última hazaña del caudillo de las manos rojas. Juan León, a más de alzar la copa, recibió el evento con unas coplas romanceadas que muy en secreto fue pasando a sus amigos. Comenzaban así:

Esta noche celebramos

La gloriosa defunción

de un enano seismesino,

asesino y de la J.O.N.S.

Continuaban las coplas con esta memorable cuarteta:

Tres días hay en el año

que relucen más que el sol:

Jueves Santo, Corpus Christi

y el día que la palmó.

Y, aunque suponga dar un salto en el tiempo, no estará mal señalar que, algunos años después, cuando ya era profesor de Lengua y Literatura en La Carolina, escribió otro inspirado poema al último jerarca del régimen que se marchaba a mejor vida: el taciturno Carnicerito de Málaga. El poema, que consta de tres cuartetos endecasílabos y encadenados, se titula: A la gloriosa defunción de El Carnicerito de Málaga. Comienza así:

Según noticias frescas, ha estirado

el corvejón un místico asesino

que, como a burros del manchego establo,

nos quiso condenar al ostracismo.

Estos tres poemas contra las tres figuras más sobresalientes y repulsivas del fascismo español, aunque escritos en fechas muy distantes, nos pueden dar idea de su grado de compromiso y abierta ruptura con el régimen.

Fue en esta época de joven universitario cuando conoció a la mayor parte de las personas que en adelante integrarán sus amistades y entorno. Él nos lo cuenta así:

Salí trasconejado de la insoportable pubertad donde había conocido a Pepe Aguilera, y entré en la primera juventud donde encontré a los poetas José García Ladrón de Guevara, Rafael Guillén, Elena Martín Vivaldi, Julio Alfredo Egea, Carmelo Sánchez Muros, Juan Manuel Brazán, Iván Piñerúa, Juan Roex, Gabriela Bergman, Manini y Julio Espadafor, y al mago Miguel Aparicio, émulo de Merlín y de Mambrino. Desde entonces, mi vida ha sido siempre una sucesión de encuentros memorables y algún encontronazo.

También fue en esta época cuando comienza a escribir en serio y aparecen sus primeros libros. Poemarios primerizos en los que el autor aún no ha terminado su total formación, pero que ya dejan traslucir lo que será su obra futura. De esos libros primitivos han llegado hasta mis manos tres ejemplares: Primer meta y otros poemas. Colección de Poesía Ánfora. núm. V. Granada, 1966. Los Grajos. Imprenta Guevara. Nueva de San Antón.1. Granada. Año, 1967. En Desacuerdo. Imprenta Guevara. Año 1969.

Ninguno de estos tres libros figura en la antología que bajo el título Del corazón y la experiencia. Poesía 1970-1980, publicó Juan León en la colección Ánade de Ediciones Ubago en 1988. Esto indica que en esa fecha ya no los consideraba dignos de su pluma y prefería olvidarlos. Para el Juan León formado y maduro su obra poética comienza en 1970 y todo lo anterior no son más que ejercicios de colegial; sin embargo, desde el punto de vista del biógrafo, estos libros primerizos, a pesar de sus titubeos y sus evidentes influencias, son esenciales para conocer, aunque sea muy someramente, al Juan León mozo, así como sus primeras andaduras poéticas. Merece la pena detenerse un instante en ellos. En el primero, junto a poemas a sus amigos de aquellos años, especialmente al pintor Pepe Aguilera, y a las chiquitas que atraían sus deseos -Antoñita, mi corazón va cantando por el agua-, no es difícil encontrar atrevidas metáforas de aire más o menos lorquiano que a veces rozan la greguería -hay golondrinas jugando / a la comba con el viento-, y un evidente deseo de búsqueda y renovación: He cambiado mi camisa, pero miro a las cosas desde el fondo de un sueño de niño traicionado. Es fácil encontrar también, olvidado en las páginas de este libro, algún toque panteísta, que no sabemos si procede de cosecha propia o es herencia de Juan Ramón, que entonces debía ser uno de sus poetas de cabecera.

En el segundo poemario de aquellos años, Los Grajos, lo que más llama la atención del lector es su decidida posición de joven escritor “comprometido”. Ya el expresivo título del libro, Los Grajos, inmediatamente nos lleva a pensar en una insinuante metáfora contra los gerifaltes del régimen, (no sabemos cómo lo dejaron pasar los censores del momento), pero una vez dentro del libro, a pesar de la capa surrealista que envuelve el mensaje, no hay la menor duda: Los Grajos es un disimulado poemario-libelo contra el moribundo franquismo. En él no faltan las alusiones al régimen que entonces vive el país y todas ellas no pueden ser más negativas:

Llegaban los grajos huyendo del campo

porque todos temen la voz de lo libre.

()

Arrinconado en esta Patria Muerta,

mejor es callar cuando se tienen

dudas y se busca la luz en los escombros.

Pero es en el siguiente libro, de título también hondamente significativo, En desacuerdo, donde encontramos alusiones mucho más comprometidas a la situación que en esos días vive el país. Así, en la página 9, -primer poema del libro- podemos leer: España tiene su color de muerte. En la página 11 aparece este breve análisis sobre la realidad española: y todo es lento y vano / en este rincón sucio de España. Tres páginas más y, a pesar de la censura de la época, no es difícil encontrar toda una detenida alusión a los muertos de la posguerra.

Los muertos que se pudren detrás de los zapatos.

()

Pero el barro no respira,

ni mueve sus pestañas,

ni grita al ser pisado por la gente.

El barro, cartílago podrido,

Sueña, estático, sin solución, su muerte.

Y es que, al tiempo que escribe, vive y disfruta de la vida -ese hedonismo helenista que tanto ensalza ahora el filósofo Michel Onfray lo vivió él en toda plenitud-, van tomando cuerpo sus ideas políticas. No es necesario hacer demasiados esfuerzos a la hora de leer su ya mencionado libro Memorial de artimañas para saber hacia qué lado se orientan. Basten como muestra estas reveladoras líneas:

ya mozalbete, mercaba los mortadelos y los fascículos de la música clásica en el kiosco que hay enfrente de la fuente de las Batallas, que regentaba a la sazón don Custodio, un catedrático de la Universidad represaliado por ser republicano. Daba grima y bochorno ver enjaulado en un kiosco a una persona de un trato exquisito y de una cultura extensa, mientras unos presuntos hijos de papá ocupaban los escaños de las cátedras como cluecas encaramadas en la copa de un quejigo.

Después de todo lo expuesto sobre el tema, no es de extrañar que en el famosísimo homenaje a Federico García Lorca del año 76, que pasó a la Historia con el significativo título de El cinco a las cinco, aparezca su nombre y su firma entre los integrantes de la comisión organizadora. Era una manera, valiente y decidida, de plantarle cara a aquel régimen de iniquidad que, aunque tambaleante, todavía gobernaba a los españoles y, a través de todo su entramado de terror, aún asentaba algún que otro zarpazo. El manifiesto comenzaba así:

En los primeros días de la Guerra Civil, Federico García Lorca caía ejecutado en el barranco de Viznar. Se ha dicho que para dar muerte a un poeta, muerte verdadera, hay que matarle dos veces: una con la muerte. Y otra con el olvido. Por ello, y porque creemos llegado el momento de reivindicar su memoria y la de cuantos cayeron entonces en iguales circunstancias, os convocamos ahora, como amantes de la justicia y de la libertad, para rendirles público homenaje en el mismo lugar e idéntica fecha en que Federico naciera hace 78 años ()

En lo que concierne a su vida privada, ésta fue época de vino y amor. Dada su edad y los aires de libertad que empezaban a circular por España, lo difícil no era realizar la conquista, sino encontrar habitación y cama a donde llevar a la amante o la novia. La casa de Pepe Heredia, escritor también y amigo de los amigos, más de una vez sacó a Juan León de apuros. Será mejor que sea él quien lo cuente:

Vivía Pepe Heredia solo en un piso que tenían sus padres a la entrada del Zaidín, donde nos refocilábamos holgadamente sin peligros domésticos. Esta seguridad hizo que me confiara hasta que el padre de Pepe me trincó. () Me había prestado Pepe el cuarto de sus padres para mis torneos amorosos sin temer que nadie interrumpiera tan gozosas lides, pero una tarde, a la hora del descenso inguinal, oí abrirse la puerta del comedor a donde daba el dormitorio en el que estábamos rezando el rosario, me incorporé en la cama y grité:

-¿Quién hay ahí?

A lo que me contestó una voz muy conocida:

-Eso pregunto yo, ¿quién está ahí?

Precipitadamente saltamos de la cama y ella se puso mis calzoncillos y yo su sostén.

Compañeros de aventuras y desventuras de aquella época, además del ya mencionado Pepe Heredia, también lo fueron Enrique Morón, Enrique Vázquez, Quisquete (Javier Egea), Pompeyo Aparicio Pérez, Antonio Mata, José García Ladrón de Guevara (a veces) y otros varios, que sería largo enumerar. A esta renombrada pléyade de amigos y compañeros de inquietudes y correrías amorosas, habría que añadir toda una caterva de tipos curiosos, incorregibles noctámbulos y asiduos de las tabernas, que, mientras él y sus amiguetes hacían las estaciones, aquí y allá iban surgiendo: el camarada Bernardo, el ácrata Rodelas, el místico López, que cuando estaba en lo mejor del lobazo se le aparecía la Virgen María o el propio Jesucristo que resucitaba expresamente para que él tocara sus llagas, el Picha Triste”… y todo un olvidado mundo de seres humildes y anodinos, casi todos deliciosamente galdosianos o barojianos. Con cualquiera de ellos habría para escribir una novela o al menos un relato. El bar que más frecuentaban era el Bimbela, pequeño pero acogedor y muy próximo a la Facultad. Juan León nos describe así el ambiente del Bimbela:

En el Bimbela nos juntábamos los pocos rojos que en Granada había y dos camilleros de la Purísima, el pequeño sanatorio donde nací, que estaba situado a espaldas de aquella manzana de casas. De higos a brevas, la policía hacía una redada allí, pero algún arcángel gabrielino nos daba el soplo y cuando llegaba se encontraba sólo a Indalecio metiéndole mano a su mujer.

Otros bares memorables de aquellos inolvidables años eran el Elefante y el Enguix. A este último, así como a aquellas horas felices del Enguix, libando vinos y conversaciones, le ha dedicado Juan León un alcohólico soneto que comienza así:

El Enguix era un bar estupenfacto,

aunque de fama funeral debida

al carecer su puerta de salida

¡asunto peliagudo y torrefacto.

Maribel recuerda que en esa época ya eran novios formales y, cuando Juan y sus amigos hacían novillos a alguna de las clases, ella era la encargada de tomar los apuntes y pasárselos después a los novilleros, pero -añade- no hacía la operación gratis: siempre les pedía algo a cambio. Una de las peticiones que más se repitieron fue el regalo de un pantalón: iban a una tienda de tres por dos que había en la calle Mesones. Juan compraba unos pantalones; Enrique Morón, otros y ella se llevaba los suyos completamente gratis. No le extraña ahora que con este sistema de ventas terminara la tienda cerrando.

De aquella bohemia estudiantil Juan León nos ha dejado páginas inolvidables, tanto en verso como en prosa. Valga como ejemplo estas líneas tomadas de su libro Memorial de artimañas:

De madrugada ya Quisquete iba dejándose a todos sus acompañantes -menos a mí, que conste- ahogados en los portales, trancos y esquinas del mundo, mientras regresábamos a casa sin prisas y con muchas pausas. Cuando nos quedábamos solos por deserción o aterrizaje del personal, medianamente fresco aún, Quisquete compraba dos botellas de tintorro y, armados de tal guisa, nos recogíamos en el insípido hogar. Aún era capaz de pergeñar varios poemas, mientras de postre, se zampaba las dos botellas.

¡Días felices de desenfada bohemia estudiantil, en los que parecía que la vida no tenía fin y el mundo era una interminable taberna!

Mientras tanto, año 1978, ha terminado la carrera y ha llegado la hora de independizarse de la tutela de papá. De las posibles salidas de la carrera de Filosofía y Letras -archivos, bibliotecas, museos, profesorado- él se decide por la enseñanza. Será un poeta profesor como ya lo fueron Machado, Unamuno y Pedro Salinas.

Por esas mismas fechas, tras trece años de continuado noviazgo, contrae matrimonio con Maribel González Gamero, su amor de toda la vida. Matrimonio católico, a pesar de todos sus denuestos contra curas y frailes. Era el último día de 1978, el 31 de diciembre de aquel memorable año.

Francisco Gil Craviotto.

JUAN LEÓN.

JUAN LEON.

I.

A Juan León lo conocí en la tertulia de los miércoles, ahora llamada tertulia del Salón, que entonces se reunía en un bar del Realejo próximo a la Plaza de Fortuny. El día de primavera -no recuerdo ahora el año- que, llevado por Rosa Nadal, me integré en la tertulia, tuve la suerte de que uno de sus miembros acabara de publicar un libro y nos regalara a cada uno de los que allí estábamos un ejemplar. ¿Quién es?, pregunté a Rosa que la tenía al lado y era mi introductora en el grupo. Juan León -me respondió-, un poeta. Era un hombre de edad intermedia -entre cuarenta y cinco y cincuenta años-, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, con gafas, sonrisa acogedora y lleno de vitalidad. Miré las primeras páginas del libro que acababa de regalarme -Del corazón y la experiencia es su título-, y vi que, efectivamente, se trataba de un poemario. Mejor dicho, una antología de los poemarios anteriores del autor. Ni la luz ni el ruido del local eran los más apropiados para iniciar la lectura. Así que la dejé para momento más adecuado.

Ya en casa, abrí el libro, lo leí y lo gocé. Fue entonces cuando descubrí que tenía en mis manos un magnífico ejemplar de poesía satírica, muy en la línea del inmortal Quevedo. Pero el libro tenía además otras varias características que me llamaron la atención. Me pareció que un hallazgo de tal importancia merecía un comentario -todos los días no conoce uno a un poeta de tal categoría-, me senté frente al ordenador y escribí todo lo que me sugería el libro. Fue cuestión de dos o tres páginas -acaso un poco más-, hoy imposibles de encontrar, que el miércoles siguiente, después de pasarlas por la impresora, se las llevé al poeta. A él le gustó aquel comentario de un lector que apenas lo conocía y me pidió permiso para enviar aquellas páginas al periódico El Faro de Motril para su publicación. Fue así como nació nuestra amistad y, un poco de soslayo, la amistad con Miguel Ávila Cabezas, que era la persona que en El Faro llevaba la sección cultural del periódico. Ávila Cabezas, después de publicar aquellas páginas, me pidió otras colaboraciones y después un prólogo para un libro que le había encargado el Ayuntamiento de Motril.

Todo esto también lo cuenta Juan León en la página 105 de su libro Memorias de Artimañas y secuencias sin cuento. Dice así:

Conocí a Gil Craviotto un anochecer de primavera en el patinillo interior de El Sota. () Para no repetir la historia, llegué regalando libros de poesía a todos los presentes y, aunque aún no conocía de nada a Gil Craviotto, le pregunté de sopetón su nombre y le dediqué un ejemplar, que fue mi tarjeta de presentación. De este modo, a Gil Craviotto le pasó conmigo como a mí con Narceo Antino: conocimos antes la obra que el autor.

Quiso el azar que, cuestión de un año -acaso algo más- de todo lo hasta aquí expuesto, apareciese el libro Entre Beiro y Dauro de Antonio Joaquín Afán de Ribera, con prólogo mío, publicado por la editorial Albaida. Hice con el libro de Afán de Ribera lo mismo que Juan León había hecho con su poemario, pero a la inversa: le regalé un ejemplar. Pocos días después Juan me dijo que su mujer había leído muy detenidamente el prólogo, pues se daba la circunstancia de que Afán de Ribera era su bisabuelo, y quería conocerme. Era algo que no se me había pasado por la cabeza a la hora de prologar la obra: que el libro pudiese caer en manos de algún descendiente del escritor. Ocurría que en el prólogo yo sacaba a relucir la fama de incorregible mujeriego de don Antonio Joaquín y, como no tenía el menor deseo de discutir con nadie y menos con la biznieta de Afán de Ribera, empecé a darle largas al asunto. Así hasta que llegó un día en que se hizo imposible evitar el encuentro: Juan me llevó a su casa, conocí a Maribel, su mujer, y ésta, lejos de protestar por el prólogo, me dijo que lo había leído y le había encantado. ¿A pesar de lo que cuento de sus amoríos y la cantidad de bastardos que dejó por todas partes? No haces más que decir la verdad -me respondió-, una verdad que coincide totalmente con lo que contaba de él mi madre y mi abuela. Fue así como conocí a la pareja, una pareja encantadora, a la que desde entonces me unió una sincera amistad.

Juan León, académico, profesor de Literatura, poeta y autor de varios libros de ensayo, falleció en la madrugada del ocho al nueve de diciembre de 2008. Una cruel enfermedad -el consabido eufemismo para no pronunciar la palabra cáncer-, se lo llevó, cuando estaba en lo mejor de su producción literaria, tras larga e infructuosa lucha. No se me ocurre decir que pasó a mejor vida, porque tanto él como el autor de estas líneas, sabemos que, después de ésta, no hay otra.

Las páginas que siguen sólo son un intento de traer al lector una existencia tan rica en creación y vivencias.

Francisco Gil Craviotto (Continuará)

LECTURAS CRUZADAS.

LECTURAS CRUZADAS.

El próximo día 29, miércoles y penúltimo día de abril, celebraremos en la flamante Biblioteca de Andalucía un acto de exaltación de la lectura -España es el país de la Unión Europea donde menos se lee- y denigración de la ignorancia y analfabetismo. El acto comenzará a las diez y media de la mañana y terminará a las doce y media o una de la tarde. Los organizadores -vaya para ellos mi más sincera felicitación- han querido aunar generaciones y sentimientos y el primer efecto de esta novedosa idea va a ser el de las lecturas cruzadas: los escritores adultos leeremos los relatos de los escritores niños y los niños los de los adultos, todos unidos en un mismo anhelo: fomentar la creación literaria y la lectura y ahuyentar la ignorancia y el analfabetismo.

Seguro que en sus respectivos colegios a estos incipientes escritores les han dicho que van a tener el honor y la suerte de intervenir en un acto de lecturas cruzadas con escritores adultos. No es verdad: el honor es para nosotros, los adultos, que vamos a compartir tiempo y espacio con ellos, que son promesa y futuro de una España más culta, más creadora y leída. Yo me siento enormemente orgulloso de que un escritor de diez, once o doce años lea las páginas que he enviado a tan memorable acto y mucho más de leer las páginas de este escritor de diez, once o doce años. ¿Quién me dice que dentro de medio siglo o poco más no pueda ser premio Nóbel? Imaginemos que un acto como éste se hubiese celebrado en los finales del siglo XIX y el escritor de diez, once o doce años se hubiese llamado Juan Ramón Jiménez, o que se hubiese celebrado en los albores del siglo XX y el escritor de diez, once o doce años llevase el nombre de Camilo José Cela o Vicente Alexandre. Incluso, sin necesidad de salir de Granada, ¿no podemos imaginar a Federico García Lorca, niño y con pantalón corto o bombacho, participando en cualquier acto de este tipo? ¿Cabría mayor honor para cualquier escritor de entonces que haber intervenido en lecturas cruzadas con un personaje de tal categoría? Es ese mismo honor el que ahora, al participar en un acto conjunto de exaltación de la lectura con estos niños, que son los hombres y mujeres de mañana, nos llena de gozo el corazón.

Es evidente que los peores enemigos que hoy puede tener España son la ignorancia y el fanatismo y que un país de analfabetos jamás logrará levantar cabeza. Por eso es tan importante terminar con el analfabetismo -a ver si, entre todos logramos que sólo sea, como la Inquisición, un mal recuerdo de tiempos pasados- y conseguir que todo el mundo, incluso los ciegos gracias al Braile, pueda disfrutar del placer de leer. Aprender a leer y escribir es un derecho y deber de todo ciudadano que no en todo el mundo se respeta. A mi entender, ese derecho y deber, necesariamente, tiene que ir acompañado tres matices que ya aireó en sus días la III República francesa: obligatoriedad, gratuidad y laicismo o, dicho el axioma de la época -axioma que aún no ha perdido vigencia-, escuela obligatoria, gratuita y laica. Fue Jules Ferry quien llevó a la práctica tan excelente programa de enseñanza, cuya eficacia ya nadie discute. En España nuestra Segunda República siguió el ejemplo, creando más escuelas que todos los gobiernos que le habían precedido, que luego la barbarie fascista se apresuró a interrumpir.

¿Por qué estos tres matices? Sencillamente, porque son esenciales. La obligatoriedad es esencial, porque sin ella jamás se acabará con el analfabetismo, ya que siempre habrá padres tan inconscientes que, por desidia u otras razones, privarán a sus hijos de las delicias de la lectura y el saber. La gratuidad, porque lo contrario sería dejar en la ignorancia a todas las clases más necesitadas. Ya ocurrió así durante muchos siglos, hora es de corregir el error. La laicidad, porque es la mejor manera de evitar toda manipulación. La escuela debe ser un centro de enseñanza, no una catequesis, antesala de sacristía, sinagoga o mezquita.

Es este tipo de enseñanza, abierta todas las clases sociales y forjadora de una ciudadanía de personas libres, demócratas y cultas, sin el menor lastre de fanatismo ni resabios catequísticos, lo que desde estas líneas yo pido para España y lo que me ha llevado a participar en tan memorable y significativo acto.

Francisco Gil Craviotto.

HISTORIAS DE LA PARENTELA

“HISTORIAS DE LA PARENTELA“.

El médico psiquiatra José María López Sánchez, que también es poeta y cultiva con éxito la narrativa y el ensayo, acaba de publicar -ahora en formato bolsillo- la segunda edición de su memorable libro “Historias de la parentela”. Se trata de una colección de relatos cortos -cuarenta y cinco en total-, casi todos anteriormente publicados en el periódico Ideal en la década de los 80, que nuestro autor, después de agotada la primera edición, ofrece de nuevo al lector.

El relato corto es un género que va muy bien con nuestra época. En los últimos años ha tenido en todo el mundo occidental un auténtico renacer. Sin duda es el género literario que más ha progresado. Todo lo contrario de lo que ha sucedido o está sucediendo con la comedia y el drama. ¿A qué se debe este súbito florecer del relato? A mí me parece -no sé si estaré en lo cierto-, que la causa está en que es el género que mejor se adapta a lo que se ha dado en llamar la modernidad. Nuestro mundo de prisas, citas, horarios y viajes se aviene mal con la lectura de obras voluminosas y difíciles de transportar. En cambio, el tiempo muerto que inevitablemente nos queda entre dos tareas -al antesala del dentista, la sala de embarque del aeropuerto, el trayecto entre dos estaciones de Metro o autobús, etc.-, se diría pensado para llenarlo con la lectura de uno o varios relatos, género por esencia breve, que se puede comenzar y terminar en el espacio de pocos minutos. En estas pocas páginas el autor ha tenido que renunciar a todo lo accidental y dejarnos tan sólo lo esencial de lo que nos quiere contar. Nada de descripciones interminables, nada de diálogos superfluos.

A estas características del relato en general, en el caso de José María López Sánchez, hay que añadir otras muy particulares: una prosa fluida, sugeridora, deliciosamente irónica, casi siempre cargada de humor, en la que tampoco falta su buena dosis de poesía. Las historias que José María nos cuenta en su libro son retazos de vidas sencillas, a veces un tanto peregrinas, casi siempre vistas desde el exterior -sólo hay dos o tres relatos contados en primera persona-, y narradas con un lenguaje entre desenfadado e irónico, extraordinariamente eficaz para producir, sobre todo al final, un efecto de humor. Sus personajes son tan anodinos, cotidianos y tipo medio que, al leer estos relatos, uno siente la sensación de conocer a los protagonistas, de haberlos visto en alguna parte. ¿Quién no tiene un amigo, un pariente, un vecino que se parezca a alguno de ellos? Incluso cuando toca algún mito -valga de ejemplo el de Adán y Eva-, son sus protagonistas tan reales, tan de carne y hueso, que al lector le parece tenerlos delante. En el ya aludido tema del paraíso, Adán se comporta como cualquier hombre de hoy: mira con insistencia a las monas jóvenes -¿qué remedio le queda, si la única mujer que hay en la zona es la suya?-, le lleva a su mujer piedrecillas y abalorios, le calma como mejor puede los celos, etc. Eva también tiene todas las características de la mujer de hoy: protesta porque su marido mira a las monas, quiere una cueva más grande y más hermosa, desea más variedad de hojas de parra con las que se engalana para salir a pasear y está cansada de la monotonía de su vida sin novedades ni sobresaltos.

Hay en la mayor parte de estos relatos, como ya había señalado antes, un gran derroche de humor. Un humor que a mí vagamente me recuerda el del gran maestro del humorismo del siglo pasado, Wenceslao Fernández Flórez. A veces también es posible ver la huella de Ramón Gómez de la Serna. José María es un hombre muy leído y cultura, como todo el mundo sabe, es lo que queda después de haberlo olvidado todo. Hay también en estos relatos -como igualmente ocurre con el humor de Cervantes-, una gota de tenue tristeza que no pasará desapercibida para el lector sensible. Los personajes de José María López Sánchez nos hacen reír y sonreír, pero también nos llevan a meditar en la indefinible condición del hombre, el único ser de la Tierra que, además de reír, también sabe llorar, pensar y crear.

Las situaciones por las que pasan los personajes, aunque a veces rocen el surrealismo o el realismo mágico, nuestro autor siempre consigue hacerlas creíbles. Sólo hay una excepción: el último relato, digno de Pirandello, irreal como un sueño, pero el lector en seguida comprende que es el juego de pirotecnia con que se cierra el libro.

Termino con una sugerencia a todo futuro lector de esta obra: las “Cuarenta y cinco historias de la Parentela” se pueden leer en el orden que a cada cual le plazca, pero hay una que se debe dejar en el orden en que está en el libro: la última. Es la traca final.

Francisco Gil Craviotto.

EL ÚLTIMO LIBRO DE ANTONIO ENRIQUE.

LA ESPADA DE MIRAMAMOLÍN

Los enemigos de Antonio Enrique -imagino que los tiene, como todo quisque-, podrán decir de él muchas cosas, pero hay una que jamás podrán echarle en cara: que no es un hombre valiente. Digo esto porque sólo un escritor extraordinariamente valiente es capaz de tomar la pluma para escribir de algo que ya ha sido tratado -¡y con qué amena profundidad!- nada menos que por un autor del prestigio de Ramón Sender. Antonio Enrique se ha atrevido y lo más asombroso es que ha salido airoso de su empeño. El libro de Ramón Sender se titula “Carolus Rex”; el de Antonio Enrique, “La espada de Miramamolín”. (Ediciones Roca, Barcelona). En ambos casos se trata del desdichado reinado de Carlos II de España, también llamado por quienes creían en brujerías y hechizos, el Hechizado. Más exacto hubiera sido llamarlo el Degenerado: la degeneración de la sangre de los Austrias que llega a su etapa final.

Sólo hay un punto de coincidencia en los dos autores, coincidencia que también se da en un cuento de Ayala: el olor del rey. Su majestad Carlos II, rey de España, de las Indias y de otros muchos lugares, apestaba a sudor y orines. Por lo demás ambos libros, aunque su acción se desarrolla en la misma época, van por caminos distintos, sin duda porque sus autores también han llegado a ellos por razones muy distintas. En Sender es un deseo de denuncia de la crueldad, en este caso aliada con la estupidez; algo que él dice bien claro en su nota preliminar: “Aquella afirmación de que el olor más grato al Señor es el de la carne de hereje quemada resume un aspecto de veras vergonzoso de nuestro pasado”. En Antonio Enrique es sobre todo su gusto por el barroco, contemplado en los días finales de su ocaso, lo que le ha metido de pies y cabeza en el tema. Este gusto por el barroco le lleva no sólo a contarnos una historia de aquella época -¿cierta? ¿novelada?; nos basta con que sea verosímil-, sino que además lo hace con un lenguaje exquisitamente arcaizante que produce en el lector la sensación de tener delante a los personajes que van desfilando por la novela. El relato en primera persona aún ayuda más a esta inmersión en el tiempo.

Para ello nuestro autor trae a su libro la vida y vicisitudes de un hermanastro del rey, don Fernando Carlos, hijo bastardo de Felipe IV y de una mujer del pueblo, anterior o posterior a la Calderona, para el caso es igual, que tuvo la suerte de morir de muerte natural, antes de que el Santo Oficio se ocupase de ella. La novela arranca del momento en que el rey, sin voluntad y acosado por las luchas cortesanas, decide enviar a su hermanastro, de la noche a la mañana convertido en canónigo de la catedral de Guadix, a la mencionada diócesis y éste va a despedirse de su majestad. El rey, en un gesto de generosidad, quiso sellar aquella despedida con un regalo. El propio don Fernando Carlos nos lo cuenta así:

¡El rey don Carlos Segundo me sonreía! Una atroz sonrisa, en su mandíbula descolgada y babeante. Entonces movió el torso, su menudo cuerpecillo que parecía hueco, y echándose a un lado en el sillón curul donde posaba, extrajo de debajo del cojín un objeto largo y delgado, envuelto en un paño rojo de Nápoles. Era la mismísima espada de Miramamolín, testigo de los juegos de infancia de numerosas generaciones de príncipes e infantes.

Esta espada, que acompañará a nuestro protagonista hasta la sepultura, es la que da título a la novela. No fue la espada, sin embargo, el único regalo de su majestad: el rey, al tornar la cabeza hacia su hermanastro, sin quererlo ni saberlo, también le regaló un piojo que pasó de una cabellera a la otra, pues don Carlos II, además de la incontinencia de orina, las mandíbulas descolgadas, las llagas en el cielo de la boca y la impotencia sexual, también padecía una incontrolada piojera que ningún remedio de la época lograba atajar.

Este semidestierro del bastardo real -a él le acompaña su hija-, convierte la ciudad de Guadix -un Guadix de finales del XVII, apartado del mundo y en manos de la Inquisición-, en escenario de casi toda la novela. Otras veces, a través de rememoraciones, viajes o momentos oníricos, el escenario es la corte o los pueblos aledaños a Guadix, con sus personajes, unos reales -como Diego Velázquez de Silva o la Gabachita-, otros inventados y enredados en situaciones que rozan el realismo mágico. En uno y otro caso el clericalismo y fanatismo de la época se hacen en todo momento evidentes. Interminable persecución de falsos conversos, luteranos, brujas y bujarrones. Impresionantes y aterradores autos de fe -particularmente terrible fue el del año 1680 con ochenta y seis personas reales abrasadas y treinta más en efigie o esqueleto-, que hoy nos llenan de indignación y vergüenza. Irremediablemente nos llevan a formularnos la terrible pregunta que ya se hicieron plumas tan ilustres como la de Anatole France u Octave Mirbeau: ¿Puede tener un ápice de divinidad una institución, la Iglesia, que para prevalecer, tiene que echar mano a métodos tan terriblemente atroces como la tortura o la ejecución mediante el fuego? El viejo truquillo del brazo secular no anula ni atenúa su responsabilidad. Por su parte, Antonio Enrique alude al caso con una frase que debe hacernos meditar: “Por donde pasa el hierro de la fe se tritura todo, hasta el tiempo mismo”. En ese caso, ¿no será mejor renunciar a ella?

Especial interés tiene en este libro el elemento femenino: la ya mencionada Gabachita -¡cuánto debió sufrir al lado de un rey feo, imbécil e impotente!-, la hija de don Carlos Fernando, madre Paciencia y otras mujeres del pueblo. Una acertada mezcla de personajes reales y de ficción le dan al libro ese inconfundible aire de obra de investigación y creación al que toda novela histórica debe aspirar.

Francisco Gil Craviotto.

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