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Los noruegos lloran a sus muertos, perplejos ante el tamaño de la descomunal barbarie, incrédulos ante la constatación de que en su país, modélico en “casi” todo, también anida el diablo. Es rubio y alto. Es noruego.
Dicen los críticos que, el éxito mundial de la novela negra escandinava se debe -principalmente- a que sus historias son realistas y descubren la cara oculta de unas sociedades fascinantes, precisamente por la cohesión social y el espíritu igualitario. Por las páginas de los libros de Stieg Larsson deambulan antiguos nazis, acosadores sexuales, maltratadores de mujeres, traficantes de inmigrantes. Un retrato muy negro de esa mítica sociedad del bienestar, desconcertada hoy ante la globalización, el libre movimiento de personas, el cuestionamiento de los valores tradicionales. De esas sociedades llenas de ángulos oscuros surgen personajes siniestros, como el que el viernes convirtió en un infierno a esa idílica isla que emerge de entre los fiordos.
Recientemente se ha publicado en España “La voz y la furia”, un libro que recoge los artículos que Stieg Larsson, el fallecido autor de la trilogía Millennium, y que publicó en su faceta de periodista. El hilo conductor: la denuncia de los grupos extremistas neonazis. Uno de esos artículos, publicado en 1995, se titulaba “En Estocolmo también pueden producirse atentados terroristas”. Se refería a la masacre de Oklahoma (19 de abril de 1995) donde un racista xenófobo mató a 168 personas al hacer estallar una bomba frente a un edificio público. Decía Larsson que algo así, también podría ocurrir en Suecia. Disponían de de todos los ingredientes: odio, fanatismo, glorificación de la violencia y sectarismo a ultranza. Larsson solo se equivocó en algo: no ha ocurrido en Suecia, sino en su vecina y hermana, Noruega.
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Sos-malia.
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Somalia, ese país casi desértico y en cuyas costas, los barcos españoles y europeos se dedican a pescar ese atún con metil-mercurio, y que tanto adorna nuestras ensaladas. Somalia, ese país en donde la maldita sequía, los guerrilleros de Al-qaeda, la ineficacia de la ONU y la ceguera de los países ricos (que ahora se encuentran en “crisis”), en donde la gente continúa muriéndose literalmente de hambre y sed. Son casi doce millones de personas, con las caras ojerosas y asaltadas por las moscas, en donde los niños son solo una ridícula insignificancia, que a veces, nos muestran en algunos diarios y telediarios. Aunque con menos minutaje, peso y espacio que las vacaciones de esos poderosos y famosos que todos conocemos.



Al parecer, nuestros mandatarios no quieren (o no pueden) ayudarles. Los mandados, es decir, nosotros, tampoco en demasía. Como mucho, y para consolarnos, una pequeña donación en una cuenta usurero-bancaria o quizás (y con un poco de acojone) comprar un cd pirata a ese peligrosísimo negro que se cuece entre el sol de nuestras playas. Menos mal que nos quedan las ONGs. Menos mal que, la mayoría de los ciudadanos españoles comienzan a levantarse, a indignarse contra ese dolor tan ajeno como propio. Menos mal que, aunque pasemos la página del diario o se inicie nuestra programa favorito, seguiremos ahí, aquí. Pensando. Estando con ellos.

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