Yo conocí a Albert Einstein. O al menos eso creí durante varios años. Les cuento: siendo zagal, mi hermano mayor tenía en su habitación un póster con una caricatura del científico. Cierta mañana, dando un paseo sobre mi flamante ‘correpasillos’, llegué hasta el balcón de mi casa. Al otro lado de la calle -con San Antón de por medio-, a mi misma altura, había un hombre embutido en un traje blanco. Ya por aquel entonces era anciano, de frente prolongada y melena blanca en tirabuzones. Y un bigote señorial, elegante como la nieve. No tardé en comprenderlo: mi vecino era Einstein.
Si llegados a este punto creen que el amigo de la relatividad vivió en Granada, tienen un problema. El caso es que nunca supe su auténtico nombre, así que se quedó con Albert. Durante 20 años hemos cruzado miradas en cientos de ocasiones. Alguna vez, incluso, pude hablar de él como si lo conociera de toda la vida. Pero nunca le escuché hablar. Así somos la gente de ciudad, ¿no?
4 de la mañana del 3 de agosto de 2007: vuelvo a casa después de alabar las benditas cualidades artísticas de la Alhambra. La 1925, digo. Mi calle está tranquila. No hay un alma. “Soy todo un señor”, pienso. “Y los señores van por mitad de la calle, con dos cojones”. Por alguna extraña razón, me viene a la cabeza aquello de ‘las baldosas amarillas’. Adopto posición jarra y me pongo a caminar entre saltitos: “We´re off to see the wizard, la, la, la”. Desde mi posición veo que el 24 horas está cerrado -¿por qué lo llaman así?- y que hay un bulto que se mueve. Hay algo que se mueve. Tiene forma de silla, de ‘h’… “La madre que los parió”.
Sí, no era el único que se sentía solo en la calle. Intentaré no herir sensibilidades: entre los coches aparcados y el hotel Villa Oniria un hombre está de pie. Una mujer está agachada, parece que se le ha perdido algo en el suelo. Él considera que la mejor forma de ayudarla a encontrar eso que no encuentra es dandole empujoncitos de apoyo. Ella mantiene el equilibrio. “Que no llevan pantalones, José Enrique”, me digo. “Que los tienen por las rodillas”, me insisto. “¡Que están retozando!”, cojones carajo.
Incrédulo, me veo como aquel Eduardo Noriega girándo sobre sí mismo, buscando a alguien en una ciudad dormida; una mirada amiga a la que decirle: “¿has visto eso?” Me voy hacia el portal de mi casa, saco las llaves y vuelvo a mirar a los colegas. Se aman. Mucho. Suspiro, miro al cielo, y allí estaba él: Albert Einstein. Una franja del balcón le cubría las partes nobles, pero desde mi posición parecía que estaba en pelotas -recordemos el verano y el calorcito-. Allí apoyado, me miró con familiaridad. Intuí una leve sonrisa bajo el bigote; arqueó hombros y cejas, levantando las manos en señal de incomprensión. Yo le devolví el gesto y, abriendo la puerta, nos despedimos.
Un mes después, a la vuelta de las vacaciones, me entero de que un 29 días antes Albert había muerto. Efectivamente la ventana de su casa era el marco de un cuadro desordenado, amontonado y polvoriento. Sin vida. Por lo visto, Albert no tenía amigos y se llevaba mal con su familia. Pasó sus últimos años solo, huraño, acumulando escombros. Minutos más tarde, cuando me di cuenta de que aquella noche pudo ser la última aventura de su vida, sonreí.
Epílogo:
Ya sé, ya sé. ¿Qué clase de carta de presentación para un blog periodístico es ésta? Pues sienta las bases de lo que es ‘El naufráJEo’, el lugar de las historias y las personas que no encontraron su sitio. Las crónicas que olvidamos, los reportajes que nunca hicimos y las noticias que no llegaron a buen puerto. Siempre con mucho humor, ironía y una estilosa malafollá granaína.
Porque todos los que naufragan van a parar al mismo sitio, no olvide traer su flotador.
Epílogo dos:
Nunca sabes lo que te vas a encontrar. Y no, guarretes, no hice ninguna foto… Cuando saqué la cámara ya se habían ido ^__^

