Autoridad paterna

Mucho se habla hoy día por eminentes antropólogos, sicólogos etc. sobre este tema. Tengo la impresión de que ninguno da con la raíz del asunto, y por eso las conclusiones son erróneas en casi todas las ocasiones en que se trata.

Confundir palabras tales como paternidad, paternalismo, autoridad y autoritarismo, churras y merinas, es usual en sus trabajos. No me cabe duda que su ciencia ganaría si ganase también su semántica.

Hay falta de matices en sus, a veces, plomizos trabajos que contienen mucha pseudo-ciencia, cuando no son solo vulgares trasvases de unos autores a otros. Es terrible. Desconcierta a las gentes que tienen poco interés en considerar nada que no esté ya incrustado en sus débiles cerebros. Estos son la masa tan moldeable donde trabajan estos elementos.

Autoridad, es ni más ni menos que responsabilidad y disponibilidad, sacrificio y entrega, pero también la capacidad reconocida por todos los que están a su cargo de que se trata de un liderazgo no deseado por sí mismo, sino en función de que no hay sustituto para esta función propia de la gravedad y fortaleza del padre digno de tal nombre.

Nadie desea un tipo fofo y blandengue al que todo le parece bien, y al que más tarde se le reprocha esta condición a causa de las consecuencias de esta flojedad y falta de responsabilidad.

Decir, no, es ingrato, ni gusta ser tachado de intolerante. Pero el padre que aguanta y se afirma en su papel, algún día será recompensado por la gratitud de su propia familia cuando su autoridad sea apreciada en el resultado final.

Es cierto que los tiempos cambian y las cosas no transcurren siempre igual. Lo que no puede cambiar es la disciplina que comienza con la del propio padre. «Es el mejor de los buenos, quien sabe que en esta vida, todo es cuestión de medida; un poco más, algo menos» A. Machado.

La autoridad que consiste en un despotismo y coerción solo es eficaz, precisamente, por la vigilancia que ejerza sobre el cumplimiento de las normas que eroga. Esta autoridad no se sostiene sobre una aceptación consciente por parte del que obedece a las trágalas. El mandado, se doblega ante este autoritarismo porque no tiene otro remedio.

La otra clase de autoridad (la buena) trata de subordinarse la conciencia, de conquistar el asentimiento y de evidenciar claramente la justicia de su fundamento.

Solo esta forma de autoridad es admisible, pero a la vez requiere lealtad por parte del que se somete gustoso a ella, por conocer la conveniencia de su dirección y control afectivo y no coactivo.

Es desde luego una forma de autoridad que no es fácil de ejercer, por cuanto exige del individuo que la ejerce un alto grado de autodominio y espíritu de sacrificio. Esto no es cosa que mucha gente quiera para sí, por lo que se echa siempre mano del autoritarismo que fácilmente se apoya en la coacción y al final en la violencia física y síquica.

No obstante es aconsejable seguir por todo el que esté sometido a autoridad (de cualquier clase) el consejo de Martín Fierro «El que obedeciendo vive, nunca tiene suerte blanda; Más con su soberbia agranda, el rigor en que padece. Obedezca el que obedece, y será bueno el que manda».

Por parte del que manda es conveniente y más aun, imprescindible si quiere autentificar su autoridad, empezar por discernir claramente mediante una atención responsable y no opresiva, la facultad receptiva del que está bajo su autoridad y estar siempre dispuesto a conciliar las necesidades de cada uno con la propia conducción del conjunto.

La irresponsabilidad es el plato de consumo corriente, pero la autoridad del padre no ha de admitir la anarquía que es el peor de los males en toda sociedad, aunque aparentemente sea tan grata a quienes practicándola, obtienen unas ventajas que necesariamente han de pasar por el perjuicio de otros.

Actualmente hay un rebrote muy potente de anarquía y consecuentemente de falta terrible de responsabilidad por parte de jóvenes y también de mayores. Estos, viéndose impotentes para contener la inmensa ola contestataria y disolvente de las buenas costumbres, ha optado por dejar ir las cosas de tal modo que por no oponerse a las pretensiones modernistas de los jóvenes, la inmoralidad y el buen hacer están proscritos en una sociedad sin escrúpulos ni barreras morales.

Las consecuencias se están viendo con alarma, pero nadie hace nada sino parches políticos que no sujetarán la creciente marea. Todos se quejan de cómo están las cosas, pero nadie hace nada por oponerse resueltamente desde la raíz. Más adelante, cuando ya no haya remedio, vendrán los lamentos y los pasos precipitados e inútiles pero ya será demasiado tarde para todos.

Rafael Marañón Barrio

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