Adiós a correr (por el momento)

Esta vez, siguiendo criterios periodísticos, contaré primero lo más importante, lo ‘noticioso’ y dejaré para el final lo accesorio, el por qué de tanto tiempo de silencio, reflexiones sobre el futuro, etc.

Mis rodillas no me dejan correr. Para ser más exactos, la fascia lata. Definición técnica: Desde la cadera hasta la rodilla, por la parte externa del muslo, transcurre un tracto fibroso llamado ‘fascia lata’, algo así como una banda de tejido que tira de la rodilla, enderezándola en la extensión de la pierna, por lo que resulta muy importante en el desarrollo de la zancada al correr. Cerca de la rodilla, esa banda de tejido pasa por encima del borde externo del fémur y tiene debajo pequeñas bolsas de fluido para amortiguar el roce sobre dicho hueso. El exceso de fricción entre esa banda y los tejidos adyacentes origina inflamación y dolor.

¿Veis la banda blanca que recorre la zona lateral del muslo desde la cadera hasta la rodilla? Pues eso es lo que se me ha inflamado y me duele, justo a la altura de la rodilla.

Eso es lo que me tiene en el dique seco desde hace casi dos meses. El puto fascismo me persigue. Hace diez años fue una fascitis plantar, ahora la fascia lata. Coño, ni que yo fuera el fundador de la CNT. La cuestión es que al principio no le di importancia. Como no tenía prisa ni un objetivo claro en el horizonte, me limité a aplicar la medicina del reposo. Dejé pasar 15 ó 20 días sin correr (seguí nadando, dejé de montar en bici) y confié en que ese descanso lo arreglara todo. Un día me calcé las zapatillas… y el dolor reapareció a los 15 minutos.

Notablemente cabreado, aunque aún no preocupado, volví a parar durante tres semanas. Pensé que no había nada como mes y pico sin correr para sanear las piernas y enviar al olvido ese desconocido (todavía sin identificar) dolor en la zona externa de ambas rodillas (el primer día sólo me molestó una pero el segundo ya lo hizo en las dos).

Hostias Pedrín, después de mes y medio sin correr, me probé y el dolor apareció, fiel a su cita, al cuarto de hora de trote. Ese día sí me inquieté. Consulté a una experta corredora y ella me recomendó una fisioterapeuta acostumbrada a tratar a corredores.

Llevo unas cinco o seis sesiones de masaje y estiramiento y me temo que la cosa no ha avanzado. La ‘fisio’ me pega unas palizas (en el buen sentido) que me deja para el arrastre. No imaginaba uno que un ‘masaje’ puede llegar a ser algo temido en lugar de deseado. El caso es que la ‘fisio’ me aplica sus técnicas y me recomienda estiramientos y otras pautas caseras para remediar el problema, pero apenas hemos avanzado.

La semana pasada, me dijo que probara a correr diez minutejos, justo antes de pasar ‘consulta’, pues parecía que la tendinitis remitía. Nada más lejos de la realidad. A los diez minutos, otra vez el dolor.

Como comprenderéis, la certeza de que esto va para largo no me ha llenado de alegría, precisamente. La forma, que se tarda meses e incluso años (depende de las pretensiones de cada uno) en adquirir, se pierde a la velocidad del rayo. El lunes se cumplirán tres meses del maratón de Nueva York. El lunes no sería capaz de terminar un medio maratón sin recorrer tramos andando.

No corro, no monto en bici, sí nado (aunque menos) e imagino que estaré recuperando la redondez en ciertas partes de mi cuerpo. ¿Os acordáis de cuando os hablaba del triatlon…? Pues sí, lo pienso hacer y antes de que acabe el año. De momento, dedicaré febrero a reencontrame con la piscina. Quiero que sea el mes del agua. Cualquier cosa que sea nadar menos de 25 días (de 28) y menos de 2.000 metros por sesión, será incumplir el objetivo.

En marzo, mientras mi fascia lata deja de darme la ídem, retomaré la bici aprovechando la mejoría del tiempo. Igual hasta me doy un capricho y cambio mi ‘hierro’ por una bici más espercojada. Y para entonces espero volver a los caminos.

Al mal tiempo, buena cara. No queda otra.

La maleta bomba

Pues esto es precisamente la única pega que puedo ponerle al viaje relámpago al Dakar, que no me ha dejado ni una rendija mínima de tiempo para contaros día a a día la peripecia de un periodista sin acreditar en la carrera de aventura más famosa del mundo. Bastante he tenido con enviar una crónica pequeña, otra minúscula, un reportaje y una entrevista. Pero es que el Dakar no es Nueva York.

Aquí pasas horas y horas conduciendo, nunca sabes cuándo y cómo llegarás a tu destino, si encontrarás un mínimo hueco (espacial y temporal) para sentarte a escribir, dónde habrá cobertura para internet, etc… Por no hablar del comer, que menos en Buenos Aires ha brillado por su ausencia, aunque era tal el ajetreo que el estómago parecía haber desaparecido en el remolino de las circunstancias.

Y me da rabia, porque han pasado muchas cosas. Anécdotas sabrosas y alguna que otra que recordaré y no pararé de contar el resto de mis días. Confío en que los cuatro o cinco fieles que quedáis de la etapa maratoniana entréis por aquí y os entretengáis leyéndolas. Como dije en la entrada anterior, contar estas cosas representa una necesidad para mi en mi mismidad, pero también me empuja una necesidad de compartirlo con vosotros, los cuatro o cinco que dejáis comentarios (Jesús, José Antonio, etc.) y los dos o tres millones de personas que entran a diario a ver si he recuperado mi jodía rodilla.

Vamos al grano. Me quedé en que al día siguiente recuperaría la maleta que abandoné junto a un kiosko en la terminal del aeropuerto de Córdoba. Ésta es de traca. Dos horas después de mi partida, mientras yo conducía el cutre coche camino de La Rioja y atravesaba la pequeña localidad de Dean Funes (reminiscencias borgianas en el nombre) el aeropuerto internacional Pajas Blancas de Córdoba (Argentina) fue desalojado de urgencia y en su totalidad al localizarse una maleta abandonada que podía contener una ingente cantidad de explosivos. Las cámaras de seguridad revelaron que la maleta había sido abandonada por dos hombres de entre 25 y 25 años, que minutos después abandonaron la terminal en un coche de alquiler. Un agente experto de la unidad de artificieros se puso manos a la obra y, utilizando un robot, confirmó que el interior de la maleta parecía inofensivo por lo que se limitó a forzar el candado y examinar a mano su contenido, en lugar de llevar la maleta a cielo abierto y proceder a explosionarla tal y como reza el protocolo en estos casos.

Que me corten los dos brazos y las dos piernas y que me impidan volver a correr, nadar o montar en bici si algo de lo que acabo de escribir es inventado o está mínimamente exagerado. Lo sucedido con la dichosa maleta morada (esa fue otra, el color) fue tal y como os lo he relatado. Así me lo contó el jefe de seguridad del aeropuerto cuando el viernes por la tarde me pasé por allí a recogerla. Un trámite que yo imaginaba trivial y que al final se convirtió en el argumento de una novela.

El episodio tuvo su miga desde el principio. En la terminal me dirigieron a una caseta de la policía situada junto al aparcamiento. Allí, el agente de guardia me aseguró que hasta el lunes no podría recuperar la ‘valija’ (españoles y argentinos hablamos el mismo idioma aunque casi nunca con las mismas palabras) pues quien debía entregármela no regresaba de su descanso hasta entonces. Le supliqué, le rogué, le imploré y le lloré todo lo que pude y conseguí que hiciera un par de ‘llamados’ a la superioridad. Mi argumento era razonable pues al día siguiente salía para Buenos Aires y el lunes había de volar a España.

Al poco, el agente me señaló un edificio anexo al aeropuerto donde, supuestamente, me darían más información. Me presenté allí y otro agente me condujo por varios pasillos hasta la entrada de una oficina. Allí, dos agentes me estrecharon la mano y me invitaron a entrar en un despacho, cosa que hice junto a los referidos, que cerraron la puerta. Allí comenzó el inefable relato de los acontecimientos que os he resumido antes. Lo primero fue aclarar el color de la maleta, pues es de un morado claro tirando a lila (para lila el que esto escribe) y, según parece, el morado argentino corresponde al granate o burdeos español. Superado este escollo, me sometieron a una especie de interrogatorio sobre el interior de la maleta, exigencia que me dejó un poco perplejo pero que cumplí sin rechistar con tal recuperar la maleta.

Una vez acreditado que la valija era de mi propiedad, el agente al mando Matías Borguetti (al final acabamos hablando de Argentina, de la Patagonia, de Granada, de la Alhambra, del rally, de la crisis y hasta de las zonas de marcha de Córdoba) me contó lo ocurrido mientras mis ojos se abrían y se abrían hasta alcanzar idéntico tamaño a los de una brótola. Diez minutos después, Matías y ‘Negro’, el otro agente que intervino en el asunto, me entregaron la maleta y volvieron a estrechar mi mano deseándome suerte en el viaje y recibiendo con sonrisas mis múltiples y avergonzadas disculpas por las molestias, etc,etc,etc.

Salí de allí con la plena conciencia de que aquel episodio figuraría para siempre en el anecdotario de mi vida y agradecido por la bondad de estos agentes argentinos, apiadados de mi capullez. Si es que en todas partes hay buena gente, coño. De vuelta al campamento nada más hacía recordar esa frase de Blanche en ‘Un tranvía llamado deseo’: “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”.

La maleta bomba envió directamente al olvido lo ocurrido durante esa jornada, la penúltima del rally, que debía unir y unió las localidades de La Rioja y Córdoba. Salimos poco antes de las ocho de la mañana, el camión de asistencia delante con Cecilio y yo detrás en el cutre coche de alquiler. Otras seis horas sin parar para desandar un camino cercano a los 500 kilómetros que ya recorrimos el día anterior pero por otra carretera. El campamento de Córdoba se ubicaba en la Escuela de Aviación, para que os hagáis una idea, algo así como la base de Armilla.

Nada más llegar, me puse a escribir el reportaje sobre el equipo de Miguel titulado ‘Manolo y el Dr Bombo’, que se publicó el sábado en IDEAL, labor que me llevó hora y media aproximadamente. El problema fue enviarlo. El módem no se conectaba ni para atrás y yo veía pasar el tiempo (en España son tres horas más) sin que el asunto se solucionara. Entonces le pedí a Miguel que me echara un cable. Como comandante de Ejército del Aire español, podía buscar a alguien de la fuerza aérea argentina que nos ‘prestara’ una oficina por un ratito. Miguel se presentó al oficial de servicio y éste lo puso en contacto con el jefe de la Escuela, un coronel que había ejercido como observador en varias misiones de las Naciones Unidas por el mundo. El coronel nos ayudó encantado y nos llevó al centro de transmisiones… desde el que tampoco pude enviar ni el texto ni las fotos de Cecilio. Mis nervios iban en aumento, en España ya eran casi las once de la noche y me veía compuesto y sin reportaje.

Finalmente, me arrimé al centro de prensa (para el que no estaba acreditado) y conseguí 20 minutos de conexión a cambio de 50 pesos (unos 11 euros). Asunto arreglado. Después vino el intrincado viaje al aeropuerto (en el que nos perdimos unas setenta veces, ¿verdad Cecilio?) y de vuelta al campamento, a eso de las once, pude por fin ducharme y cambiarme de ropa tras más de 80 horas sin hacerlo.

Las duchas en los campamentos se instalan en un barracón y se alimentan de camiones cisterna. Cuando el camión se termina se tarda una media hora en reemplazarlo por otro, conectar el depósito, etc. Al que le pille recién enjabonado, mala suerte… Efectivamente, fue justo lo que nos pasó a Cecilio y a mi (y a otro par de pringaos). Ya no sabíamos si reir o llorar, aunque optamos por lo primero. A uno de los otros pringaos le acercaron una botellita de agua y se las apañó para enjuagarse y largarse. Nosotros resistimos como dos campeones. Luego llegó la cena y a la cama (por decir algo).

Me metí en la tienda a la una de la mañana y puse el despertador a las 3.30. El plan era acompañar a Miguel hasta el inicio del tramo cronometrado. Unos 250 kilómetros, los dos tercios por autovía, él delante en la moto y Cecilio y yo en el cutre coche. Unos 30 kilómetros antes de Belville (punto de inicio del tramo cronometrado) lo perdimos entre el tráfico y tras parar un rato en ese pueblo para repostar, pusimos rumbo a Carcarañá (otros 250 km), meta de la especial, la última del Dakar 2009.

Pensábamos llegar a tiempo para ver la entrada de Miguel, pero el motero fue más rápido y no hubo suerte. No obstante, aprovechamos para dar un garbeo al sol (un calorín de impresión, todo quisque despelotado) antes de encaminarnos a mi Buenos Aires querido, la meta de este viaje, un sueño acariciado largo tiempo, ansiado al son de los tangos desde que era un adolescente. La capital argentina, mi tierra de promisión. No en vano, me crié en Buenos Aires. Allí pasé desde los dos hasta los 25 años. En la calle Buenos Aires, de Granada.

Nos quedaban otros 250 kilómetros y serían como las doce del mediodía. La modorra empezó a podernos y, en un rapto de sensatez, decidimos entrar en una gasolinera para dormir un rato y encarar las dos últimas horas de carretera un poco más frescos. Dicho y hecho, encontramos una estación de servicio con unos pocos aparcamientos techados, perfectos para protegernos del sol. Aparcamos, echamos los asientos para atrás y nos quedamos fritos 50 minutos. Sónó el despertador del móvil, compramos unas coca colas para terminar de espabilarnos y volvimos al coche, que nos tenía reservada una sorpresa. El querido cutre coche no arrancaba. No hacía ni el más mínimo intento. Normal, me había dejado las luces encendidas (en Argentina es costumbre circular así durante el día y ya sabéis que donde fueres…). Sin pinzas, con el camión de asistencia todavía cien kilómetros atrás, no tuvimos más remedio que buscar a unos cuantos paisanos para que nos ayudaran a arrancar el coche a rachas.

“No me creo lo que está pasando”, repetía Cecilio (entre cabezada y cabezada) cuando nos vimos de nuevo en la autopista. El tramo hasta Buenos Aires fue inolvidable, sobre todo desde Rosario. Auténticas manadas de personas de todas las edades, familas al completo, abuelos, niños casi de teta, un tropel de gente apostado en el arcén, invadiendo la calzada para jalear a los vehículos del rally. No he visto nada igual. Ni un solo claro en doscientos kilómetros de carretera. “Es increíble”, es lo único que acertaba a repetir. Parecía como si la selección argentina acabase de ganar el Mundial de fútbol y estuviese haciendo un recorrido de Córdoba a Buenos Aires para recibir el aplauso de la afición. Como si Evita hubiera resucitado y regresara a la capital en un autobús descubierto. Para caerse de culo, que dirían por allá.

Llegamos a la ciudad del Obelisco a las cinco de la tarde. Un gentío fenomenal nos esperaba y muchas dificultades para dejar el coche lo más cerca posible del parque cerrado de vehículos. Compramos una bandera de España y nos lanzamos eufóricos a buscar a Miguel para darle un abrazo. La misión se había cumplido. La suya (cuarto Dakar consecutivo, puesto 34º, el mejor de su carrera, a punto de codearse con los profesionales) y la de Cecilio y mía (sobrevivir a autobuses, vuelos transatlánticos, vuelos domésticos, 1.800 kilómetros por carreteras inmundas en un cutre coche, una maleta bomba, duchas sin agua, baterías de coches gastadas…).

Nos costó dar con él pero lo logramos. Mientras, mi ordenata se quedó sin batería justo cuando trataba de enviar una pieza al periódico sentado en el banco de un parque (allí no hay tomas de corriente en los troncos de los árboles, vaya atraso). Al final, nos reunimos todo el equipo en el parque de asistencia, con el estadio de River Plate al fondo, y de ahí marchamos al hotel, el Cabildo Suites (calle Cabildo, 1950, esquina con avenida La Pampa). Cenamos por fin en condiciones (Vacío, carne de la buena, cerveza Quilmes, etc.) y hasta tuvimos tiempo de echarnos unas copillas y comprobar los buenos oficios de Cecilio (y hasta ahí puedo leer).

El domingo, último día en Buenos Aires, se celebró la ceremonia del podio. En la Rural (Universidad majestuosa en pleno centro bonaerense), todos los pilotos subieron uno a uno al pórtico que hacía las veces de meta, simbólica para recoger su medalla y el aplauso del público. Las asistencias también subían al podio y Manolo (el team manager) se empeñó en que yo les acompañara. A mi me daba fatiga por aquello de salir en las fotos, pero también tenía curiosidad por saber qué se siente en un podio así (pese a lo acostumbrado que estoy a colgarme medallas), así que subí y me oculté de lsa cámaras convenientemente.

Vuelta al hotel, nueva sesión de lomo de novillo a la parrilla, y a trabajar. Cecilio a descargar y tratar las fotos del podio y yo a escribir una entrevista a página completa que se publicó en el IDEAL del lunes. La informática nos puteó lo suyo y el Macbook de Cecilio se atrancó sin misericordia, mientras que mi módem tampoco se portó muy católico. Este último contratiempo estuvo a punto de dejarme un mal sabor de boca porque, de pronto, se me vino el domingo encima, con todo su poder melancólico. Había planeado un paseo exprés por Buenos Aires con salida en la plaza de Mayo, paseo por San Telmo y Puerto Madero y taxi hasta La Boca para ver Caminito. Eran las diez de la noche y ese plan se había esfumado por completo.

Pero se arregló. Nos largamos en taxi a San Telmo, en pos del tango que redimiera la grisura de aquella tarde, y vaya si la redimió. Para empezar, el trayecto por la avenida 9 de julio (la más ancha del mundo) me hizo pasar al lado del Obelisco. Después, el par de horas que echamos en San Telmo valió su peso en oro. Me gusta coleccionar barrios como ése, donde la bohemia y la decadencia se explican en bares y callejas empedradas. Montmartre, Plaka, Temple Bar, el Soho, La Habana vieja, el Trastévere, la antigua concesión francesa de Shanghai, Jan el Jalili, las medinas de Túnez y Marrakech (me falta Damasco, ¿verdad, Jesús?), la calle Arbat de Moscú, La Latina, el Casco Viejo de Bilbao, el barrio Húmedo de León, Triana, el Realejo… y desde el domingo pasado, San Telmo. Y en un altar.

En la plaza Dorrego, el epicentro del barrio, nos bebimos una litrona mientras admirábamos hipnotizados a una docena de parejas bailando tangos, como en una verbena de pasodobles de las nuestras. Inolvidable. Después nos metimos en el restaurante más auténtico que encontramos (es decir, sin turistas y pinta más bien cutre) y dimos cuenta de un litro de Quilmes y dos ‘matambritos tiernezados’, que no es otra cosa que una suerte de chuletón hervido con leche para ablandarlo y pasado después a la parrilla. Para chuparse los dedos.

Con la barriga llena y la pena en el alma (sobre todo yo, porque el capullo de Cecilio sigue allí hasta final de mes, seguro que se perderá en la Patagonia) cogimos (perdón, agarramos) un taxi de vuelta al hotel, ante cuya puerta no tuvo que despertar el conductor.

Y punto final. El regreso a España no ha tenido chicha, sino horas y horas de tedio y cansancio. Vuelo de Buenos Aires a Montevideo (una hora), ¡siete horas y media! en la zona de tránsito del aeródromo uruguayo (sin poder salir, de apenas trescientos metros cuadrados… si no fuera por Larsson e internet, reviento), doce horas de vuelo a Barajas, tres metros (con dos trasbordos) hasta Atocha, dos horas y media de AVE a Sevilla y otro tanto en coche (¡pero con mi Eva!) hasta Granada.

Y después, escribir esto. ¿Quién da más? Tú, que has llegado conmigo hasta aquí.

Una de zombis

Es una historia larga, larguísima, como un discurso de Fidel Castro, así que si tienes bulla es el momento de abandonar el blog. Gracias de todos modos.

Bueno, si te empeñas, trataré de hacerlo lo más ameno posible. Y eso que esto es un poco la ley del embudo. Después de mes y medio sin dignarme a decir ‘esta boca es mía’, ahora me atrevo a reclamar tu atención para una historia que nada tiene que ver con el maratón, Nueva York, atletismo, triatlón, etc. Quién me he creído que soy. Pues uno que sufre un síndrome extraño pero compartido por un puñado de gente consistente en que ciertas experiencias no acaba de ser digeridas ni disfrutadas al máximo si no se ponen por escrito. Creo que este mes y pico me ha enseñado que los blogs y yo somos dos extraños si en medio no emerge una historia, un algo que contar. He ahí esta larga sequía ahora interrumpida.

Pero vayamos al grano. Son casi las diez de una noche fresca, demasiado para estar en pleno verano, algo ventosa, un punto húmeda aunque me encuentre a unos cuantos cientos de kilómetros del mar. Del océano pacífico para ser más exactos. Escribo esto a la intemperie bajo un potente foco halógeno que cuelga del techo de un inmenso camión. Suena el zumbido incesante de un generador que brama desde dentro del camión, un ronroneo que se mezcla con voces en español, francés, inglés, alemán y algo parecido a chino o tailandés. Un ejército de mosquitos, hormigas voladoras y otros insectos de variado tamaño pululan a mi alrededor y me obligan a manotear en la pantalla y a rezar para no me piquen… en exceso. Prefiero no mirar la tierra que piso, por donde caminan todos los bichitos imaginables. Si levanto la vista del teclado, el paisaje aparece multiplicado, repetido hasta donde alcanza la vista, idéntico pero, sin embargo, distinto.

Camiones enormes, focos, coches sin ruedas con el aspecto de tanquetas cubiertas de polvo, motos a medio desguazar y mucha gente yendo y viniendo alrededor con herramientas en la mano, el gesto adusto y cansado, el ademán laborioso y polvoriento, vestidos como una tropa de payasos multicolor, casi todos con una luz en la frente, como un dentista. O un minero. En el cielo no se ve una sola estrella.

Estoy en La Rioja pero el viñedo más cercano madura a más de quinientos kilómetros. Los paisanos hablan un español singular, pero no cantarín como la gente de Arnedo o Calahorra. Es un español que cautiva con cada sílaba, que hechiza aunque quien lo pronuncie tenga la cara de El Fary o de Aramís Fuster. He llegado aquí al mediodía, conduciendo desde Córdoba. Más de cinco horas sin parar y a menos de 90 kilómetros de media, si pasar por Despeñaperros, ni Madrid y sin coger la N-I ¿Milagro? No.

Estoy en La Rioja argentina, meta de la antepenúltima etapa del Dakar sudamericano. El piloto granadino de motos Miguel Puertas me ha invitado a contemplar el final de esta prueba tan apasionante como mítica y hasta polémica (¿verdad Jesús?). Nada de lo que yo haga podrá devolverle a Miguel este gesto de generosidad. Vivir algo así desde dentro no es una experiencia única, pues a lo largo de treinta años habrá habido cienes y cienes y miles de periodistas que lo han hecho, pero para mi desde luego que lo es. Ya os digo que su gesto es dadivoso a más no poder, pues aunque desde IDEAL le hayamos procurado un seguimiento diario que ahora se expandirá por mi presencia aquí, es muy difícil de cuantificar la rentabilidad de su gentileza de invitarme. Además, ha hecho oídos sordos a quienes le insistían en que la suspensión del último Dakar fue por mi presencia en Lisboa aquellos días, je,je.

A lo que vamos, que he recalado en este país, en esta tierra soñada por mi, sin esperarlo ni merecerlo, pero… No voy a entrar en los detalles de porqué he venido, cómo se gestó el viaje, cuándo lo supe, etc. porque si no esto sería como una novela de Stieg Larsson pero en malísimo. De momento me limitaré a contar cómo he llegado al pie de este camión luego del viaje ininterrumpido más largo y entretenido de toda mi vida.

El periplo comenzó a la una y media de la mañana del pasado miércoles en la estación de autobuses de Granada. Mi vuelo a Buenos Aires salía de Madrid a las 12.35 del jueves y yo había decidido darme el lujo de llegar a Barajas en avión, así que hace tres semanas compré el billete por Internet. Después, visto el ‘tomate’ de Iberia, nieve incluida, y que las cancelaciones de vuelos comienzan siempre por los de Granada, di marcha atrás, anulé mi billete y lo cambié por otro con clásica parada en Almuradiel y llegada, eso sí, a la T-4. Así que, armado de paciencia, una maleta y una mochila con este ordenador, salí dirección a La Rioja en el asiento número nueve de un cómodo autobús de Alsa.

Ya en Barajas, donde había de esperar un mínimo de cinco horas y media (si me libraba de los retrasos, milagro que acaeció) di un paseíto, encendí el ordenador, conecté el módem y me dispuse a comprar on line un billete de Buenos Aires a La Rioja, de Aerolíneas Argentinas. Según me pareció ver, yo llegaba a las diez de la noche, hora argentina, y el vuelo salía a las 6,15, así que ya me fui haciendo el cuerpo a una nueva y tediosa espera aeroportuaria. Primer chasco, la compra on line de billetes exige, en esta compañía, un mínimo de 48 horas de antelación, así que ese canal quedaba cortado.

Decidí comprarlo de manera presencial y, a eso de las nueve, localicé el teléfono de Aerolíneas, donde me informaron de que podía comprar el billete en Barajas. ¡Bien!

Guardé el ordenata, me puse en pie y pregunté por el mostrador en cuestión. La cosa se complica: estaba en la T-1.

Como me sobraba el tiempo y mi vuelo no aparecía aún en las pantallas, cogí el autobús de tránsito que sale de cada terminal cada cinco minutos y tarda diez en conectarlasy me planté en la T-1. Busqué la oficina y la encontré pero con la persiana bajada. Llamé otra vez y me informaron de que el horario de apertura era de once de la mañana a once de la noche. Segundo chasco. Vuelta a la T-4 para saber cómo iba mi vuelo y nada, que no aparecía aún. Me senté a desayunar (como a las diez) y leí dos cuentos de Cortázar para hacer tiempo. Media hora después, mi vuelo de Iberia irrumpió en las pantallas e ipso facto me coloqué en la cola de facturación. Cumplí el trámite sin novedad y a las 10.55, justo una hora antes del embarque –¡puntual!- de mi vuelo, decidí arriesgarme y regresar a la T-1 para comprar el vuelo doméstico Buenos Aires-La Rioja. Arribé a las oficinas de Aerolíneas a eso de las 11.15 y la persiana seguía cerrada. Empecé a llamar como un poseso al teléfono de la compañía, sin obtener respuesta, y a las 11.25 salí al nevado exterior de la T-1 para montarme en el ‘tránsito’ hacia la T-4.

Con notable preocupación vi marcharse un autobús a 30 metros de mis narices. El siguiente, a las 11.35, veinte minutos antes de mi embarque por la puerta U-62. Afortunadamente, el autobús salió puntual y las 11.45 me devolvió a la T-4. Nada más poner el pie bajo el techo de bambú leí preso de la alarma un cartel que estimaba en ¡22 minutos! el trayecto hasta la puerta U. Dios santo, disponía de menos de la mitad de ese tiempo, ¿es que la puerta U cae por el Bernabéu?

Eché literalmente a correr y por dentro, henchido de absurda soberbia por mis recientes proezas maratonianas, me dije: “Esos 22 minutos me los ventilo yo en 5”. Doblé al trote varias esquinas, confiado en mis fuerzas, hasta que, de pronto, detrás de una, me di de frente con el crudo rostro de una tragedia: el andén vacío de un trenecito, el único modo de llegar a la zona de las puertas U. Próximo tren en dos minutos. El reloj electrónico marcaba, lo juro, las 11.52 y mi vuelo embarcaba tres minutos después.

Me resulta difícil detallar el grado de desolación que se apoderó de mi en ese momento. El avión a Argentina estaba perdido. Ya no estaba en mis manos ni en mis piernas alcanzarlo, mis malditos paseos a la T-1 me habían dejado en tierra.

Llegó el tren, me subí, apoyé la espalda en el cristal y fijé la mirada en el suelo. No me podía creer lo que me estaba pasando. Qué desastre más descomunal. Qué explicación iba a dar. Menos mal que no venía Eva conmigo, si no me mataría aunque ya estuviera muerto, con toda la razón. El tren echó a andar y cinco minutos después se detuvo. Eran las doce en punto. Ahora o nunca. A correr.

Con la mochila rebotando en mi espalda sudorosa me lancé despavorido a las escaleras mecánicas, que subí de dos en dos (lo prometo). Como alma que lleva el diablo me presenté al inicio de un largo corredor de donde colgaba un cartel que no interpreté como información, sino como un desafío: ‘Puerta U-9 minutos’. Con el corazón a 160 pulsaciones y subiendo empecé un esprint angustioso. Por los segmentos de suelo corría, por los de cinta mecánica volaba y volaba y volaba hasta que llegué a la U y sin una brizna de aliento me detuve casi en seco. A lo lejos vi una cola menguante y unos segundos después comprendí que había llegado a tiempo. Eran las doce y cinco un poco pasadas. Argentina aún me esperaba.

Tardé una hora en recuperar el ritmo cardíaco habitual, tiempo que dediqué a acomodarme a una circunstancia absolutamente dichosa: El avión era de los que tiene cuatro asientos en la fila central y en la 29, la mía, sólo estaba yo. Levanté los apoyabrazos, coloqué debidamente los cuatro cojincitos (no cojoncitos, leed bien, coño), me descalcé, me tapé… y a dormir . Al final, entre pitos y flautas me libre de cinco horas de vuelo, si bien nunca llega a ser un sueño profundo. El resto del vuelo, pesadísimo (13 horas), lo empleé en leerme las 120 primeras páginas de ‘La chica que soñaba con una cerilla…’, novela que promete tanto como la primera de Millenium.

Llegué al aeropuerto Ministro Pistarini (conocido como Ezeiza) a las 22.30 hora argentina y llamé a Cecilio, hermano de Miguel Puertas y segundo personaje de esta vertiginosa historieta desarrollada en poco más de un día (a este paso voy como Joyce con el Ulises). Cecilio se ha sumado a la aventura de ver las últimas etapas del Dakar de su hermano y llegó a la capital porteña en un vuelo de Air Europa que aterrizó unas cinco horas antes que el mío (con un retraso incluido de siete horas y media, también va apañado).

Cecilio empleó la espera en desplazarse al otro aeropuerto de Buenos Aires, el ‘Aeroparque Jorge Newberry’. Como seguíamos sin billete para La Rioja, pensé que a lo mejor podría comprarlo en Ezeiza. Efectivamente, podía, pero en la terminal de salidas. Afortunadamente quedaba al lado y allá que me fui y allá que compré el billete (se ruega pronunciar allá y billete al modo argentino, tan similar al granaíno del Albaicín). Ejem, compré el billete… pero a Cördoba. A La Rioja vuelan muy pocos aviones, menos cuanto más se va tragando el olvido a Carlos Menem, aquel presidente exótico, caótico y con fama de cenizo, originario de La Rioja, que estrenó varias rutas aéreas hacia su provincia. Ahora ni las moscas llegan allí.

No nos quedaba otra que volar a Córdoba y cubrir los casi 500 kilómetros restantes por carretera. Con los billetes en la mano me subí a un autobús para trasladarme al aeroparque atravesando -¡en hora y cuarto!- un Buenos Aires cálido y muy despierto pese a que ya rozaba la una de la madrugada del jueves.

El vuelo a Córdoba partía a las 6.25 así que me esperaba (nos esperaba ya a los dos) otra noche de insomnio y tedio. Después de un intrincado trámite para dejar las maletas en consigna (estos argentinos parecen caribeños para algunas cosas) cenamos en un restaurante cercano al aeropuerto y volvimos a la terminal para buscar un trozo de suelo donde echar una cabezada. El sueño se apiadó por fin de nosotros y nos dio descanso durante un par de horas. Para entonces, el cansancio era tal que apenas recuerdo los detalles de la facturación, el embarque y el propio vuelo. Sólo sé que una hora después y tras una breve cabezada aterrizamos en Córdoba.

Allí, cada vez más extenuados y soñolientos, debatimos acerca de cómo ir a La Rioja. Decidimos hacerlo en autobús pues, además de salir infinitamente más barato, se antojaba lo más sensato después de tantas horas sin descansar. Después de un largo, larguísimo rato en el que nuestra metamorfosis en zombis se aceleró, conseguimos los horarios de los autobuses sin necesidad de desplazarnos a la estación de omnibnús. Menos mal, porque los autobuses no nos servían. Los horarios confirmaron que La Rioja pinta aquí menos que follatabiques en el Congreso. El más inmediato salía a las dos de la tarde y llegaba casi a las nueve a su destino, así que, vuelta atrás, acudimos a los mostradores de alquiler de coches.

Allí, ni Avis, ni Europcar, ni Hertz, los tres gigantes del ramo a escala planetaria, disponían de un solo vehículo que ofrecernos. Sin embargo, una empresa local, ‘Localiza’, atendió nuestro ‘llamado’ (he pasado tanto que me parece que llevo aquí dos años, esteeee). La prueba de que caminábamos como fantasmas es que, entre unas y otras, tardamos como tres horas en salir del aeropuerto ‘Pajas Blancas’ de Córdoba, si bien la prueba definitiva de esa pájara mental la tendría unas horas después.

Carretera y manta y vamos que nos vamos a La Rioja. Imaginad un trayecto más largo que el que separa Granada de Madrid pero sin un solo kilómetro de autovía, sin apenas señalización, sin raya continua en los márgenes, más parcheada que la cara de la Duquesa de Alba y frecuentada por tartánas y vehículos de todos los tipos y edades. Pues no. La carretera que va de Córdoba a La Rioja es mucho más que eso. Hay que sumarle los rebaños de cabras que de vez en cuando te obligan a frenar, los caballos que pastan a un centímetro del asfalto y uno de los paisajes más desolados y bellos que he visto nunca.

Eso sí, rectas y más rectas. Me entretuve en medir alguna en el cuentakilómetros del desvencijado Chevrolet sin airbags y 100.000 km. Que nos ha traído hasta aquí. Primero registré una de doce kilómetros. Luego otra de dieciséis. Más tarde una de treinta y uno. Dejé de contar. Mientras mi compañero dormía sin parar y sólo se sobresaltaba cuando yo frenaba para evitar a una cabra, traté de empaparme bien del panorama. Hay una franja de unos 60 kilómetros, a unos 200 de La Rioja, sencillamente apabullante. Una llanura interminable a los dos lados de la carretera. Como La Mancha pero sin que una sola construcción, por pequeña que sea, ni un solo árbol altere la alternancia de arbustos a ras de suelo con pedazos de suelo rojizo, como en eso tan vago que se da en llamar un ‘paisaje lunar’.

Finalmente, La Rioja se hizo carne ante nosotros. Una ciudad de casitas bajas, muy humildes, rodeada de montañas inesperadamente altas y verdes. Los dos primeros filtros policial los superamos con nuestro mero acento. Dos ‘gallegos’ no pintaban nada allí, en el fin del mundo, si no tenían algo serio que ver con el rally. El tercero fue más complicado pero igual de exitoso. Cecilio (fotógrafo profesional de publicidad) colocó hábilmente la cámara en su regazo y el policía se convenció de que éramos ‘prensa’. El último, que consistía en acreditarnos para entrar en el campamento cerrado donde se aparcan los camiones, coches, motos y todo el tinglado del Dakar, fue lógicamente el más duro pero también lo dejamos atrás.

Cumplido el objetivo, bajamos del coche., salimos al asfixiante calor de las cuatro de la tarde en mitad del campo y nos organizamos para localizar el camión del equipo de Miguel Puertas. Entonces sucedió lo inverosímil. Aligeré la mochila y con el contenido desechado me dirigí al maletero. Metí la llave, levante la portezuela y de mi maleta, ni rastro. Tan increíble como cierto. Allí estaba la mochila de Cecilio rodeada por el vacío más absoluto. Nada por aquí, nada por allá y yo con los ojos como las brótolas. ¿Don-de co-ño es-tá mi ma-le-ta? La he dejado en el aeropuerto de Córdoba, con dos cojones. Esto no puede estar sucediendo. Pero sí, claro que estaba sucediendo. Aturdido, llamé a la empresa de alquiler de coches por si había visto por allí una maleta sin dueño y, ale-hop, allí estaba mi maleta, al lado de un kiosko, según me dijeron. “En la querencia”, pensé yo. Mañana la recojeré media tarde. Será el momento de cambiarme de ropa. ¿Es que no me oléis desde ahí?

Buenas noches.

La jodía rodilla

Pues sigo lesionadillo, qué queréis que os diga. La bici y las zapatillas las he colgado una semana pero el bañador no. He nadado de lunes a sábado y ayer, un par de horas antes de colocarme las gafas y el gorro, salí a probar el estado de mi rodilla. El resultado no ha sido satisfactorio. El dolor, la misma molestia en el lado externo de la articulación, reapareció cuando llevaba un cuarto de hora de trote. Además, lo hizo corregido –afortunadamente no aumentado- pues el dolor me atacó a las dos rodillas por igual, de manera simétrica, lado externo, molestia que me obligó a reducir el ritmo aunque, al menos, no me obligó a parar del todo.

Tuve que meterle un tijeretazo al recorrido y dejar el ¿entrenamiento? en menos de media hora. Sigo pensando que el dolor proviene de esa semana y media en la que me puse a entrenar bici, carrera y natación un poco a lo loco, aunque igual es producto también de Nueva York, una secuela tardía que no se manifestó en los primeros entrenamientos pos maratón.

La lesión me preocupa un poco, pero menos. No tiene nada que ver con la angustia de aquel pinchazo en el gemelo (recaída incluida) que me puso en vilo un mes antes del maratón. Igual a la larga es algo más grave, pero como tengo todo el tiempo del mundo para recuperarme pues paso de estresarme. Ya me curaré. No veáis cómo cambia la percepción de las cosas cuando tienes una competición cerca y te lesionas. El mundo se te viene encima. Ahora, afortunadamente, me lo tomaré todo con más calma.

La bici la tengo aparcada y creo que volveré a esperar otra semanilla para volver a correr. Mientras, nadaré todo lo que pueda, que no es plan de abandonarse.

Entre pitos y flautas, todavía no he avanzado nada en serio en el asunto del triatlon. Esta semana me he hecho el propósito de quedar con un chaval que ha terminado dos ‘ironman’ para que me oriente. Ya os contaré.

Por cierto, mil gracias a ‘helper’, que me insertó tropecientos enlaces sobre el triatlon en un comentario a mi última entrada. Todo un detalle que me hizo pensar en la famosa cita de ‘Un tranvía llamado deseo’: “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”.

Vale, es cierto, he tardado una semana en actualizar el blog y tampoco cuento gran cosa. Es lo que tiene. Ya sabéis, “emociones fuertes, buscadlas en otra canción”.

Mucho entreno, mucho dolor

Sigo con el triatlon entre ceja y ceja, pero sigo igual de perdido. De momento, mientras me aclaro, entreno al buen tun tún. Corro, nado y doy mis primeras pedaladas casi quince años después y en una bici pleistocénica. La semana pasada me metí en el cuerpo once entrenamientos. Seis de natación, tres de carrera y dos de bicicleta. Acumulé 11 kilómetros en la piscina, 43 a pie y alrededor 70-75 sentado en el sillín (el culo ya va haciendo el callo).

Como podéis imaginar, doblé entrenamientos varias jornadas, cuatro para ser exactos, y no descansé ni un solo día. Parece una toma de contacto muy exigente con la preparación del triatlon, pero no es para tanto. Al menos eso pensaba yo. Luego os cuento. Digo que no es tan duro como suena porque ninguna sesión es especialmente extrema.

Cuatro días nadé 1.500 metros, uno 2.000 y otro 3.000. Esta última sesión es la única que sí puedo calificar de bastante sacrificada, las otras son más llevaderas e incluso me ayudan a descargar los músculos de las piernas del esfuerzo de los otros deportes. En cuanto a la carrera, dos días hice 13 km y el tercero -con José Antonio y Javi, dos buenos amigos de Las Verdes- 17 en un idílico recorrido por la vega de Pinos Puente. La bici, pues el martes me probé en la subida al pantano de Quéntar y el sábado di una vuelta metropolitana por Gójar-Otura-Alhendín. Es decir, tampoco me hice la Quebrantahuesos.

El problema de este entrenamiento es la acumulación de esfuerzos y la reducción del descanso a la mínima expresión (la semana pasada, ningún día). Y eso se paga. De hecho, ha bastado una segunda semana al mismo ritmo para que una pieza del engranaje acuse el trabajo. La semana que hoy domingo se cierra la empecé con un plan similar. Nadar casi todos los días, correr tres o cuatro y montar otros dos días en bici. Así empecé pero no he podido terminarla.

El miércoles hice una rutilla de dos horas y pico en bici (Los Ogíjares, Gójar, Otura, La Malahá, Gabia, Armilla, Granada) y el jueves, en un rodaje a pie de 13 kilómetros, mi rodilla derecha protestó seriamente. Me apareció un dolor en la zona externa de la articulación que tiene toda la pinta de una tendinitis. Está claro que es la consecuencia del sobreesfuerzo, de la suma de la carrera con la bici. En esa zona hago fuerza al ponerme en pie en la bici y también sentado en las cuestas, y esa zona impacta también en cada zancada y me sirve para el impulso.

El resultado es que tuve que recortar el rodaje y llegué con bastante dolor. Al enfriarme me quedé medio cojo, sobre todo para subir escaleras, pero desde entonces han pasado un par de días y ya apenas me molesta. He dado por cerrada la semana con cuatro sesiones de natación, dos de carrera y una de bici. Tardaré todavía unos días en probar a correr o en montar en bici. Para la piscina no creo que vaya a tener mayor problema, lo cual me lleva una reflexión a modo de inciso.

La natación, perdón por la vulgaridad, es la polla. Es difícilisimo lesionarse aunque te des mucha caña. Puedes practicarla aunque sufras una lesión (no todas, pero casi). Trabajas muchos grupos musculares, es muy buena desde el punto de vista cardiovascular, te moldea el cuerpo… casi todo son ventajas. Eso sí, es aburrida, necesitas saber nadar mínimamente, te da my pocas oportunidades de satisfacer la vena competitiva, el mundo ‘popular’ que la rodea es casi inexistente, etc. Nada es perfecto.

Cada vez tengo más claro que debo de buscar orientación de algún experto para ordenar un poco mis ideas y mis entrenamientos. Si no, iré de lesión en lesión. Tiene que haber un modo de entrenar los tres deportes de manera intensa minimizando las consecuencias negativas y sin necesidad de ser un superatleta. De momento, me interesa avanzar en el tema de la bici, pero habré de hacerlo poco a poco para no estancarme en la carrera. Esto del triatlon es más complejo, largo y difícil de lo que parece. Pero me gusta, aunque no haya hecho ninguno, aunque no haya visto ni siquiera uno, aunque me encuentre aún muy lejos de estar listo para participar en uno.

Tenemos delante un desierto pero ya hemos dado unos cuantos pasitos para atravesarlo. De vez en cuando nos toparemos con algún oasis, pero sobre todo pasaremos por dunas, muchas dunas. No pararemos hasta llegar al otro lado, os lo aseguro.

Ya tengo casco

A este paso, cada entrada comenzará con una disculpa por el retraso, por los demasiados días que median entre una y otra ‘cartita’ en este diario pensado para mirones. Ha pasado una semana, pero esta vez tengo una pequeña disculpa. El jueves sufrí una pérdida familiar importante y no he tenido tiempo ni demasiada presencia de ánimo para entrar por aquí, sobre todo en este época de ‘stand by’ en el que ha entrado mi vida deportiva tras el clímax neoyorkino.

Sigo empeñado en lo del triatlon, aunque debo comenzar a pasar de las palabras a los hechos. Corro, nado pero no monto en bici. Ése es mi cometido a corto plazo, redescubrir las sensaciones ciclistas, perdidas en la noche de mis tiempos. Si cuando inicié los entrenamientos hablé de que llevaba diez años sin correr, en el caso de la bici hay que echarle otros dos más. Vamos, que cuando yo dejé de montar en bici, Indurain todavía ganaba los Tour y Contador no sabía lo que era un sillín.

De momento, me he comprado un casco y mis amigos José y Lourdes me han regalado un maillot abrigado de manga larga y un culotte de invierno. La indumentaria que conservo de mi etapa ciclista es similar a la que puede encontrarse en cualquier museo de la historia del ciclismo, si es que lo hay. Un maillot de Banesto (el primero, en blanco y negro, de los tiempos de Perico y Mario Conde en la presidencia del banco). Como entonces era más pobre que ahora, mi equipación de invierno consistía en manguitos y perneras que añadía como extensión de la ropa veraniega. Vamos, un cromo.

La bici, os lo podéis imaginar. Un hierro, una caja de pescado oxidada, una BH con los cambios en el cuadro, siete piñones atrás y más óxido que el barco de Chanquete. Durante mi lesión en el gemelo, desesperado, me dio por llevarla a reparar, aunque no llegué a estrenarla. Salí un día a pedalear con mi amigo Jose Guerrero pero lo hice en una bici de montaña que me prestó su mujer, así que mi BH está pendiente de ser reestrenada. Aquel día fuimos a Fuente Vaqueros y volvimos. No sé cuántos kilómetros hicimos, pero fuimos tranquilitos, más o menos como un cartero (por mi culpa, Jose es un consumado biker). Ahora me toca probarme en un recorrido algo más exigente, un pantano de Quéntar, por ejemplo. Mi plan es salir poquito a poco y coger un mínimo de forma que me permita plantearme un plan de entrenamiento, aunque sea de lo más básico. Ya habrá tiempo de emular a Armstrong.

Mientras, nado y corro. La semana pasada corrí cuatro veces (un total de 40 kilómetros) y pasé por la piscina cuatro o cinco días (no me acuerdo) para completar seis o siete kilómetros en total. Ah, y el domingo eché casi cuatro horas de caminata por la Vereda de la Estrella.

Lo dicho, que ahí estamos, volviendo a las andadas mientras le hinco el diente a algo más concreto. Seguid pendientes. Vienen emociones fuertes. El Tourmalet me espera. Confío en que lo haga sentado.

¿Hay alguien ahí?

Uy, ¿qué haces tú por aquí?, si llevas cuatro días pinchando este blog y esto está más seco que el ojo de un tuerto. Si ya leíste una entrada de despedida en toda regla e incluso dejaste un comentario. Si después entraste un par de veces más para repasar otros comentarios y mi contestación. Si ya has comprobado que esto sigue parado como un vagón viejo en una vía muerta. ¿Por qué entras otra vez? ¿Qué buscas?

Yo también estoy buscando, pero todavía no se qué. El eco de Nueva York resuena aún en mis oídos pero más allá empieza a sonar una música distinta y todavía imposible de identificar. Experimento esa sensación de vacío que suele manifestarse cada vez que se logra un objetivo perseguido con ahínco, cada vez que se llega al final de una escalera larga y empinada. ¿Y ahora qué?

Me lo pregunta la gente (los conocidos, ni que uno fuera Miguel de la Quadra-Salcedo) y me lo pregunto yo. La oportunidad de correr en Nueva York me la tomé como un paréntesis en mi ‘vida deportiva’. Llevaba siete u ocho años limitándome a nadar para cuidarme y conservar la forma pero sin mayores pretensiones. Cuando comencé a entrenar creía que, pasado el maratón, regresaría a mi ‘tranquila’ vida anterior. Ahora pienso que no será así, que el paréntesis no va a cerrarse ahora, que me he subido a un tren que creía perdido para siempre y ahora no quiero bajarme en la estación neoyorkina. Tengo curiosidad por saber adónde se dirige está línea.

Necesito encontrar un objetivo, un enemigo contra el que luchar.

Para estructurar un poco esa búsqueda, reflexiono estos días sobre las cualidades que debe exhibir ese desafío en el que quiero volcar mis fuerzas y mis ilusiones. Tengo claro que girará en torno a los tres deportes que más me gusta ver y practicar (excepción hecha de fútbol, basket, tenis y toda la parafernalia, soy un deporteadicto). Esos deportes son el atletismo, la natación y el ciclismo.

El orden no es baladí. Durante siete años he nadado de manera casi compulsiva. En Motril, en Almuñécar y ahora en Granada. Siempre a mi aire, con escasos progresos pero suficientes como para matar el gusanillo compitiendo pencamente en travesías veraniegas. No he dejado de nadar por razón del maratón, ni siquiera en los últimos meses. He ‘doblado’ sesión infinidad de días, bajando un poco el metraje en la piscina pero sin percibir nunca que fueran incompatibles ambos esfuerzos. Así que quiero seguir nadando y, ahora que he vuelto a correr con cierta dignidad, creo que es el momento de probar el triatlon.

La bici, el primero de los tres deportes que practiqué con cierta intensidad (un par de años y bastante menos que nadar o correr), la siento ahora tan lejana que no me veo capaz de recorrer más de 30 kilómetros llanos y a velocidad de cartero cubano. Pero tanto la natación como el atletismo de fondo me han demostrado que todo es ponerse. Así que me toca ponerme con la bici, recuperar terreno y equilibrar algo la situación.

Me gustaría hacer un triatlon el año próximo. De distancia olímpica, por supuesto (1.500 m. de natación, 40 km. en bici y 10 km. de carrera), pero en estos momentos me veo más perdido que un ciego en un tiroteo. El triatlon ha evolucionado muchísimo en una década y yo lo contemplo como un mundo extraño, no sé por dónde hincarle el diente. Desconozco las competiciones, los niveles de la gente y, sobre todo, estoy pez en el tema de los entrenamientos.

Para preparar cuatro maratones no necesité nunca un entrenador. Me bastó con las revistas, algún libro, el sentido común y mi propia experiencia diaria; la técnica del ensayo-error. Sin embargo, un triatlon es otra historia. Requiere conjuntar un puñado de variables y ahora mismo las veo todas fuera de mi alcance. Llevo una semana rastreando en internet y apenas me he aclarado. Mejor dicho, no me he aclarado nada en absoluto. Entro en foros y páginas en las que se dan demasiadas cosas (para mi) por sobreentendidas y no me entero.

Mientras doy con alguna pista o encuentro un hilo del que tirar, seguiré nadando, corriendo y perdiéndole el miedo a la bici. No quiero desaprovechar el trabajo de estos meses y creo que éste no será mi último maratón. De hecho, ya estoy bicheando alguno para la primavera. Es posible que ése maratón sea el próximo reto, pero el ‘tri’ lo tendré siempre en mente. Si corro y nado, sólo necesito andar en bici. Es ahora o nunca.

Vivo un momento de dudas. Pese a todo lo que has leído (si llegas hasta aquí, gracias) igual mañana me da el volunto y lo dejo todo (menos nadar un rato a diario). O igual descarto el triatlon y me centro en lo de correr, las ‘medias’, los maratones, etc. No lo sé.

Dejé de correr, entre otras razones, porque noté que había cubierto mis objetivos iniciales (terminar un maratón) y hasta los impensables (bajar de tres horas). Sentí que había terminado un libro y que debía ir a por otro. No estoy seguro de si ahora me siento igual. Han pasado sólo diez días de Central Park y es pronto para llegar a cualquier conclusión… aunque la idea de correr los maratones de ciudades mágicas como París, Roma, Londres… también me atrae.

Como hacer el maratón de Las Arenas, cruzar a nado el Estrecho o comerme un cocido en un restaurante de La Latina cuyo nombre no revelaré porque si no me dejáis sin mesa.

¿Has entendido algo?
Yo no.

Ha sido un placer

El maratón fue muy duro, me lo hizo pasar fatal. No esperaba menos. Si hubiese llegado fresco al kilómetro 35, si hubiera superado entero el 40, si llego a cruzar la meta intacto, le habría perdido el respeto. El maratón es una leyenda y como tal debe hablar un idioma especial, al alcance de pocos, sólo accesible al que sea capaz de rendirle pleitesía durante meses y meses de entrenamientos, sudor, sinsabores y dolor, mucho dolor físico, y extrema dureza psíquica.

De mi vieja etapa de corredor se me quedó una frase grabada: “Si quieres correr, corre un kiómetro, si lo que quieres es experimentar otra vida, entonces corre un maratón”. La pronunció Emil Zatopek, la locomotora checa, uno de los mejores fondistas de la historia, con una vida fascinante, atravesada por la convulsa historia checa del siglo XX. Uno de mis ídolos.

El maratón de Nueva York lo corrí desde mayo, desde aquella mañana lluviosa en que me probé en un recorrido de cinco kilómetros que tardé media hora exacta en terminar. Desde entonces lo corrí tenazmente en cada uno de mis entrenamientos solitarios, en cada mediodía abrasador y polvoriento por los márgenes del Beiro y el Genil, en cada sesión nocturna interminable con las luces de Granada y la Alhambra iluminada como impagable fondo. También, por qué no, lo corrí bajo las aguas, en la piscina donde traté de mitigar el parón de un mes por mi maltrecho gemelo, una lesión que dejó mi tirada más larga en una noche de 24 kilómetros y dos medios maratones.

Muchas veces pensé en mis compañeros de maratón, en los miles de atletas que habría por todo el mundo recorriendo los caminos con la misma fecha grabada a fuego en la cabeza: 2/11/08. Para pasar el tiempo y entretener la cabeza, pensaba en que, a la misma hora en que yo me acercaba al trote a la fábrica Puleva, un corredor estaría haciendo lo mismo en Holanda, en un suburbio de Johannesburgo o por las aceras de Kyoto.

Y fue en esos momentos, en esos días en que no me rendí, en que no cedí a la tentación de la pereza, cuando forjé el maratón de Nueva York, cuando me gané poco a poco el privilegio de llegar a la meta. Y fue en esos momentos, en esas jornadas extenuantes y salpicadas de incidentes y hasta lesiones, cuando más sentí vuestro calor, vuestro aliento desinteresado, vuestro ánimo y vuestra confianza en mi pequeña, diminuta victoria.

Ha llegado el momento de daros las gracias. Nunca ganaré nada en la vida ni tendré jamás la oportunidad de dedicar nada a nadie delante de un micro. Pero ahora, en este blog, estoy a tiempo de devolveros algo de lo que me habéis dado, aunque sea sólo con palabras.

Gracias. Gracias a todos y cada uno. Gracias a mi familia, a mis padres que tuvieron el gesto inolvidable de acompañarme en Nueva York en un trance inesperadamente complicado (ellos saben de lo que hablo), a mi hermana Irene, que comentó mucho en este blog y también gritó mi nombre por Manhattan. A mi hermana Mariam (y su novio Dani) que siempre estuvieron pendientes de mi e hicieron lo imposible por sumarse a la expedición neoyorkina. A mis titas Cristina y Keti, a mi tito Joaquín y los demás. A mi familia política, Mercedes (ejoé), Carmen, Marcos, Dani, Merche y Yayo el motero.

A Jesús Lens, cuya ayuda sin tregua, generosa hasta el extremo y constante hasta el infinito merecería una entrada, no, un blog entero para hacerle justicia (el maratón es tuyo, amigo). A su alter ego, José Antonio Flores Vera, un tipo de una pieza, un sabio de esto del correr aunque apenas lleve tres años en el ajo, el amigo que cualquiera le gustaría tener cerca en los buenos y los malos momentos, un lujo.

A Las Verdes, que ya todos conocéis. A Antonio, Abel, Paco el compae, Onio, Javi, Vïctor… y afines como Aleandro o Daniel (si sé lo tuyo, te juro que corro rapado para vengarte), un grupo formidable de corredores y personas que siempre me dio calor y con los que compartí alguna que otra carrera.

A otros corredores con blog como Paco Montoro (correr para vivir mejor) y Gregorio Toribio (el blog de Gregorio) que dejaron muchos comentarios de apoyo pese a mi descortesía de entrar tan poco en sus bitácoras. El primero es un sabio, el segundo, un cachondo. A corredores sin blog, como César Penalva (se nos quedó pendiente la tirada larga), Blas Navarrete o Carlos del Moral, que también me han ayudado de una u otra manera. A Fran Sánchez, compañero de habitación en Nueva York, maratoniano de lujo (2h28′), buena gente como el que más y al que confío en volver a encontrarmelo… con menos frío.

A mis compañeros de Deportes, como Justo, Víctor, Dani, que me dieron el pase pernocta para escaparme unos días a Nueva York. A Jose Guerrero, el primero que escuchó mi utópico proyecto de correr en Manhattan, que me apoyó siempre y me aportó ideas para conseguir patrocinios (le debo una comida de comisión). A su mujer Lourdes, el otro oído que atendió atento aquella historia allá por el mes de mayo y que se peleó con sus jefes el domingo porque quería abrir los informativos con mi historia en lugar de la de la abuela de Obama.

A otra gente del ‘peri’ que se dejó caer por el blog, como Mariví, María o mi amigo José Luis. A Black Little Eyes (sólo revelaré su identidad ante el juez) por sus divertidos disparates y sus elogios sobre mi forma de contar Nueva York.

A comentaristas anónimos como Pacome, eltercero, correcaminos, jose, otroLoco… y hasta al Cabo Cañete y sus cien seudónimos diferentes. A otros menos anónimos, como Andrés y Juana Mari, con los que compartí los rigores del verano chino en 2007. O Julika la suiza y su Joaki. O Paco jlahaba. A la Paca. A amigos personales como Garfunkel (por él empecé a correr maratones hace diez años, ¿lo recordáis?) o el rapa, mi mejor amigo y poco asiduo a esto de los blogs aunque de vez en cuando haya apuntado cositas. A Carlos Álvaro, otro amigo del alma, que me dio una gratísima sorpresa al entrar por aquí.

Muy especialmente a todos los que estoy olvidando en este momento. Mis disculpas más sinceras, es imposible recordaros a todos.

Y a Eva, la rosa de mis vientos, mi amor, mi compañera, mi refugio, mi inmensa naranja entera ante la que yo apenas soy un gajo de naranjito. Porque ella más que nadie sabe que estar conmigo es un camino de rosas… lleno de espinas. Sin ella no puedo pensar en que nada de esto pudiera estar pasando. Para ti no hay palabras suficientes. Gracias cariño.

Pero la vida sigue, este reto ya lo hemos cumplido entre todos y hay que mirar hacia adelante. Por supuesto que ya estoy maquinando cosas. Algunas quiméricas (Les Sables, Ironman, el Estrecho) y otras más accesibles (triatlon). Creo que seguiré corriendo pero no sé si haré más maratones. Puede que sí pero como preparación para otros desafíos. A algo habrá que hincarle el diente el año próximo.

Y punto. Creo que el blog termina aquí. No me veo capacitado para llevar adelante un blog generalista como el de Jesús Lens (Pateando el mundo) o José Antonio Flores (Opiniones intempestivas) y hasta que un nuevo reto no aterrice en mi vida, tendré poco que contar.

Entonces, igual vuelvo a las andadas, porque ha valido mucho la pena.

Ha sido un placer.

Objetivo cumplido

No he corrido con la cámara a cuestas, así que sólo tengo esta foto tras la llegada y varias de la salida. No hice más porque las manos no me articulaban con el frío.

Iba a decir que el idioma carece de palabras para definir algo así, pero sería una soberana pedantería. Soy yo el que carezco de la habilidad necesaria para transmitir lo que he vivido esta mañana. He reído, he sufrido, he gozado, he llorado de alegría y casi me da un bitango camino de la meta.


En el ferry, con Manhattan al fondo.

Una semana entera descubriendo la ciudad, escribiendo de ella, trepando por la enredadera de sus calles, intentando huir de los tópicos, zambulléndome en ellos cuando se terciaba, y hoy, el maratón, toda una declaración de amor a Nueva York, un meterse por sus venas. “I want to be a part of it” cantaba Frankie ojos azules y esta mañana sus palabras no sólo han sonado en mi cabeza, los han hecho a los cuatro vientos a través de unos altavoces puestos a toda potencia en los primeros metros del puente de Verrazano-Narrows.


Colas en la letrina en el exterior del área de salida.

Os juro que ese primer kilómetro vale por todo el maratón. Cualquier inicio de carrera tiene el encanto y el frescor de los primeros metros, cuando todo está por descubrir, las fuerzas sobran y deseas que la meta no llegue nunca, pero en Nueva York es otra cosa. Tantas veces has visto en la tele ese puente de arcadas gigantescas abarrotado en sus dos plantas de corredores que se mueven como hormigas, que sentirte parte de ese momento es de una emoción indescriptible.

El maratón de Nueva York es largo (como todos), duro (como todos), hermoso (como algunos) pero ofrece cosas que lo hacen único, inimitable. Una de ellas es esa salida sin igual en la que vuelas por el puente sintiéndote parte de una película, la de tu propia vida, que por un momento escoge ese escenario para colocarte cerca del cielo. Estás a miles de kilómetros de tu casa cumpliendo con el sueño de todo corredor. Te sientes un elegido, aunque haya habido cientos de miles como tú en los últimos cuarenta años. Alucinante. No se me ocurre nada más profundo.


En una carpa, helado de frío.

Pero vayamos a la carrera. En la salida (llegué a Staten Islan a bordo del ferry, a eso de las siete y media de la mañana) muchísimo frío y poca ropa de abrigo. El tiempo de espera lo pasas tiritando como si el frío fuese una terapia que te ayudara a olvidarte de lo que se te viene encima. De pronto, cuando ya estás junto a los demás corredores dirigiendo tus pasos hacia la salida, suena un disparo, mejor dicho, un cañonazo. El cronómetro está en marcha. Pasas el puente sorteando la ropa que los atletas van abandonando en cuanto entran un poco en calor, y al pisar la primer calle de Brooklyn ves algo que te deja anonadado. Una verdadera muchedumbre te espera para aplaudirte y gritarte hasta la afonía.

Los de al lado de la carpa.

No he vito nada igual, ni creo que lo vea fuera de aquí. Dice la organización que el maratón de Nueva York congrega a más de dos millones de personas en la calle. Y me lo creo. Lo he visto con mis propios ojos. Gente de toda condición y edad te grita go, go, go, keep moving, go, go, go. La fila de gente (tres o cuatro filas en cada lado) de esos primeros kilómetros de Brooklyn me dejó estupefacto, pero pensé que se iría adelgazando, incluso desapareciendo a ratos. Me equivoqué. La multitud se agolpa en las calles durante los 42 kilómetros del recorrido. Te vitorean como lo harían a Kennedy y Jacqueline si resucitaran hoy mismo. “El Maratón de Nueva York es el mejor día de Nueva York. La energía de la ciudad se transforma completamente. Y tu corredor, eres el receptor de esa energía”. Así lo ha definido el editor de Runner´s World, la biblia de las revistas especialiazadas en atletismo.


La peña espera paciente la salida.

De vez en cuando, yo diría que dos veces en cada milla, grupos de música en directo tocan para los corredores. Dios santo, de dónde han salido tantas baterías, tantos bajos, tantas guitarras. Empiezo a pensar que en cada armario yanqui, además de un rifle, hay un guitarra eléctrica. Las piernas vuelan al son de esa música y te dan ganas de parar y echarte un bailecito. Pero hay que seguir. En mi caso, sugestionado por la emoción, salí a mi estilo, es decir, a lo que las piernas me daban sin pensar en la distancia. Así acabé.

Calculé pasar cada milla en unos ocho minutos para terminar en 3h 30′, objetivo posible aunque muy complicado por muchas razones. Empecé a pegarle mordiscos a ese crono. Milla a milla. Pasé el medio maratón, justo al salir de Brooklyn, en menos de 1h 35′, más rápido que en las dos ‘medias’ que he hecho para preparar el entero. Una temeridad, una imprudencia, pero las piernas me respondían. Seguí igual por Queens e incluso por el primer paso por Manhattan, un recorrido por la primera avenida, atestada de público.

A la entrada al Bronx, kilómetro 32, empecé a acusar el derroche. Mi ritmo bajó como medio minuto por milla y comenzaron los dolores en las piernas y una acusada falta de potencia y frescura. Como es natural, fui a peor. De nuevo en Manhattan, como a siete u ocho kilómetros de la meta, se inició un sufrimiento que acabó por ser brutal. Descendíamos por la quinta avenida y era fácil situarse. La cogimos más o menos en la calle 135 y a Central Park entramos como en la 88, una eternidad. Comenzaron los calambres y me tuve que parar y estirar, acojonado por si una contractura o un músculo montado me obligaba a caminar hasta la meta. Estaba lejísimos.

Entramos en Central a falta de dos millas pero yo me quería morir. Se me hicieron interminables, infinitas. Mi paso de milla (que había llegado a clavar los siete minutos al principio) se me iba por encima de los nueve. El bocado a las 3h 30′, que llegó a ser de doce minutos, menguaba y menguaba. Llegué a la última milla, a los última media milla, a los ’400 to go’, ’300 to go’… y me detuve. Nadie lo hacía, con la meta visiblemente a la vista, pero yo lo hice. Así es el maratón. Capaz de derribarte cuando tocas la gloria con la punta de los dedos. Al final, por fatiga por si salía andando en las fotos, eché a correr más falso que Judas y crucé sonriente la meta.

Diez segundo después me invadió una mezcla de mareo, sed y hambre atroz. Bebí lo que pude, comí todo lo que me dieron los voluntarios y me dirigí a recoger mi bolsa. Tardé más de 20 minutos en llegar, tambaleante y con la mirada perdida. EL aleteo intenso de una mosca me hubiese tirado al suelo. Recogí mis cosas, me vestí y, como pude salí de Central Park y llegué a mi apartamento.

Tres horas después aún estaba vestido de corredor, cubierto de la sal del sudor evaporado y rematando la crónica para el periódico. Y sin comer. Terminé, llamé a mis padres y me fui a cenar con ellos y mi hermana y hace un rato he regresado a mi hotel a escribir esto.

Tenía pensado hablar de mis sensaciones después de todos estos meses de preparación, de si seguiré corriendo y, sobre todo, agradecer a tanta gente lo que ha (habéis) hecho por mi, pero se me cierran los ojos. Tendré que dejarlo para mañana. Será el epílogo de este Objetivo Central Park, afortunadamente cumplido. Un abrazo a todos.

Va por ustedes

Puede que a la hora en que esto lees ya haya terminado mi maratón de Nueva York, bien tras pasar bajo la línea de meta o tirado en una cuneta vencido por mi falta de preparación, capacidad de sufrimiento o por culpa de una lesión inesperada (se incluyen cagaleras, aunque no las uso mucho). Puede que justamente ahora esté cruzando sonriente bajo la pancarta de la quinta milla, con las fuerzas intactas, el horizonte despejado de dudas y un vaso de agua en la mano derecha. También puede que todavía me encuentre al pie del puente de Verrazano, en Staten Island, aguardando la llamada y el disparo que me pondrá en marcha.

Los americanos, siempre con su Starbucks por la calle.

Estados Unidos cambia esta noche al horario invernal. Ya son seis horas la diferencia entre territorio yanqui (pocos rincones quedan en el planeta que no lo sean) y España. Mi maratón empieza a las diez de la mañana de aquí, calle 73 con Broadway, cuatro de la tarde en Juviles (buenos jamones), así que con un vistazo al reloj ya te puedes hacer una idea de dónde me encuentro.

Es Alvin.

Del día de hoy también hay cosas que contar. La primera es la carrera internacional de la amistad, entre la sede de las Naciones Unidas y la meta del maratón en Central Park. Es un evento no competitivo en el que se pone de relieve la naturaleza universal de este maratón. Más de cien nacionalidades están presentes repartidas en casi 20.000 participantes, más de la mitad del total. Paquillo y ‘El Fandi’ han sido los abanderados y aunque la prueba era casi a ritmo de paseo, ha servido para probar la sensación de correr por enmedio de una avenida neoyorkina. Dentro de unas horas me voy a hinchar.

Por la sexta avenida.

De vuelta a mi apartamento he escrito un reportajillo sobre esta carrera y sobre ese carácter internacional del maratón. Es la última pieza previa a la carrera. En la que aparezca publicada mañana lunes hablaré, sobre todo, de mi, con toda la vanidad o la inevitable falta de pudor que ello implica. Me he metido solo en este lío y ahora tengo que apechugar.

Foto de familia.

Tras enviar el trabajo he salido a buscar a mis padres y mi hermana, que estaban en uno de los mercadillos que se instalan a diario en Battery Park (la punta sur de Manhattan). Nos hemos reunido al pie del puente de Brooklyn y hemos recorrido un trozo para tomar las pertinentes fotografías. Tras el almuerzo hemos dado un voltio por la tienda Century 21, famosa por vender primeras marcas a buen precio, pero no ha caído ni una mísera corbata (para lo que las utilizo). Después, Nkrumah me ha dejado en mi apartamento para descansar.

Nkrumah es un taxista ghanés que lleva desde principios de año en Nueva York. Apenas chapurrea el inglés y es uno de los habituales asalariados del taxi que se funden a trabajar horas y horas en el coche de otro para ganar cuatro perras y acabar con el culo cuadrado. Cuando le he dicho que venía de España me ha preguntado si eso estaba cerca de la República Dominicana. También me ha preguntado cómo de largo es un maratón y cuánto gana el primero. Cree que a todos los que participan le deberían dar un premio por lo duro que es. Nkrumah tiene pinta de atleta, de maratoniano de 2h 08′, pero nunca ha corrido. Sólo delante de la miseria. Y ya va por Nueva York.

En el apartamento, un rato con los pies en alto y visita a la cena de la pasta a eso de las ocho y medio. Un buen plato, charla con otros corredores y de nuevo a descansar. Creo que no lo he hecho lo suficientel, pero ya no hay vuelta atrás.

Cena de la pasta.

Bueno chicos, a las seis de la mañana comienza mi maratón. A esa hora sonará el despertador. Unas dos horas después alcanzaré la zona de salida y todavía deberé esperar otras dos para echar a correr. Resulta difícil decir más cosas aparte del habitual ‘La suerte está echada’ y otros tópicos al uso. No ganaré el maratón de Nueva York de 2008. Lo sé. Lo que no sé es si lo terminaré. Algunas preguntas no tienes respuesta a esta hora. Confío, eso sí, en que me apoyéis hasta la última zancada. Conmigo os llevaré en las más de 41.000 que necesitaré para llegar a la meta. Han pasado muchas cosas desde aquel 13 de julio en que abrimos este blog, y no todas han sido buenas.

El puñado de fieles que habéis dejado constancia de vuestra presencia se merece un último esfuerzo por mi parte. Descartada la victoria y el récrod del mundo, voy a salir ahí a luchar contra mi tentación de abandonar. Aparecerá muchas veces cuando lleve más de dos horas y media de carrera, pero la mantendré a raya. Es célebre la forma en que ‘El Cordobés’ brindó el toro de la alternativa a su madre: “O te compro un cortijo o llevarás luto por mi”. Pues eso, va por ustedes

Durante cinco meses he perseguido a este de arriba, que se rasca la oreja sonriente mientras cruza la meta en el maratón de Madrid de 1998. Beiro arriba Beiro abajo me ha parecido intuir su sombra algunas veces, pero siempre se me ha escapado. Puede que nunca jamás lo encuentre. Resignado pero más contento que nunca de haber sido un día corredor, me dispongo en un rato a reencontrarme con la palabra mítica. Disculpad que os deje ya, es que tengo un maratón que correr. En Nueva York.

Ideal.es

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