Pues esto es precisamente la única pega que puedo ponerle al viaje relámpago al Dakar, que no me ha dejado ni una rendija mínima de tiempo para contaros día a a día la peripecia de un periodista sin acreditar en la carrera de aventura más famosa del mundo. Bastante he tenido con enviar una crónica pequeña, otra minúscula, un reportaje y una entrevista. Pero es que el Dakar no es Nueva York.
Aquí pasas horas y horas conduciendo, nunca sabes cuándo y cómo llegarás a tu destino, si encontrarás un mínimo hueco (espacial y temporal) para sentarte a escribir, dónde habrá cobertura para internet, etc… Por no hablar del comer, que menos en Buenos Aires ha brillado por su ausencia, aunque era tal el ajetreo que el estómago parecía haber desaparecido en el remolino de las circunstancias.
Y me da rabia, porque han pasado muchas cosas. Anécdotas sabrosas y alguna que otra que recordaré y no pararé de contar el resto de mis días. Confío en que los cuatro o cinco fieles que quedáis de la etapa maratoniana entréis por aquí y os entretengáis leyéndolas. Como dije en la entrada anterior, contar estas cosas representa una necesidad para mi en mi mismidad, pero también me empuja una necesidad de compartirlo con vosotros, los cuatro o cinco que dejáis comentarios (Jesús, José Antonio, etc.) y los dos o tres millones de personas que entran a diario a ver si he recuperado mi jodía rodilla.
Vamos al grano. Me quedé en que al día siguiente recuperaría la maleta que abandoné junto a un kiosko en la terminal del aeropuerto de Córdoba. Ésta es de traca. Dos horas después de mi partida, mientras yo conducía el cutre coche camino de La Rioja y atravesaba la pequeña localidad de Dean Funes (reminiscencias borgianas en el nombre) el aeropuerto internacional Pajas Blancas de Córdoba (Argentina) fue desalojado de urgencia y en su totalidad al localizarse una maleta abandonada que podía contener una ingente cantidad de explosivos. Las cámaras de seguridad revelaron que la maleta había sido abandonada por dos hombres de entre 25 y 25 años, que minutos después abandonaron la terminal en un coche de alquiler. Un agente experto de la unidad de artificieros se puso manos a la obra y, utilizando un robot, confirmó que el interior de la maleta parecía inofensivo por lo que se limitó a forzar el candado y examinar a mano su contenido, en lugar de llevar la maleta a cielo abierto y proceder a explosionarla tal y como reza el protocolo en estos casos.
Que me corten los dos brazos y las dos piernas y que me impidan volver a correr, nadar o montar en bici si algo de lo que acabo de escribir es inventado o está mínimamente exagerado. Lo sucedido con la dichosa maleta morada (esa fue otra, el color) fue tal y como os lo he relatado. Así me lo contó el jefe de seguridad del aeropuerto cuando el viernes por la tarde me pasé por allí a recogerla. Un trámite que yo imaginaba trivial y que al final se convirtió en el argumento de una novela.
El episodio tuvo su miga desde el principio. En la terminal me dirigieron a una caseta de la policía situada junto al aparcamiento. Allí, el agente de guardia me aseguró que hasta el lunes no podría recuperar la ‘valija’ (españoles y argentinos hablamos el mismo idioma aunque casi nunca con las mismas palabras) pues quien debía entregármela no regresaba de su descanso hasta entonces. Le supliqué, le rogué, le imploré y le lloré todo lo que pude y conseguí que hiciera un par de ‘llamados’ a la superioridad. Mi argumento era razonable pues al día siguiente salía para Buenos Aires y el lunes había de volar a España.
Al poco, el agente me señaló un edificio anexo al aeropuerto donde, supuestamente, me darían más información. Me presenté allí y otro agente me condujo por varios pasillos hasta la entrada de una oficina. Allí, dos agentes me estrecharon la mano y me invitaron a entrar en un despacho, cosa que hice junto a los referidos, que cerraron la puerta. Allí comenzó el inefable relato de los acontecimientos que os he resumido antes. Lo primero fue aclarar el color de la maleta, pues es de un morado claro tirando a lila (para lila el que esto escribe) y, según parece, el morado argentino corresponde al granate o burdeos español. Superado este escollo, me sometieron a una especie de interrogatorio sobre el interior de la maleta, exigencia que me dejó un poco perplejo pero que cumplí sin rechistar con tal recuperar la maleta.
Una vez acreditado que la valija era de mi propiedad, el agente al mando Matías Borguetti (al final acabamos hablando de Argentina, de la Patagonia, de Granada, de la Alhambra, del rally, de la crisis y hasta de las zonas de marcha de Córdoba) me contó lo ocurrido mientras mis ojos se abrían y se abrían hasta alcanzar idéntico tamaño a los de una brótola. Diez minutos después, Matías y ‘Negro’, el otro agente que intervino en el asunto, me entregaron la maleta y volvieron a estrechar mi mano deseándome suerte en el viaje y recibiendo con sonrisas mis múltiples y avergonzadas disculpas por las molestias, etc,etc,etc.
Salí de allí con la plena conciencia de que aquel episodio figuraría para siempre en el anecdotario de mi vida y agradecido por la bondad de estos agentes argentinos, apiadados de mi capullez. Si es que en todas partes hay buena gente, coño. De vuelta al campamento nada más hacía recordar esa frase de Blanche en ‘Un tranvía llamado deseo’: “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”.
La maleta bomba envió directamente al olvido lo ocurrido durante esa jornada, la penúltima del rally, que debía unir y unió las localidades de La Rioja y Córdoba. Salimos poco antes de las ocho de la mañana, el camión de asistencia delante con Cecilio y yo detrás en el cutre coche de alquiler. Otras seis horas sin parar para desandar un camino cercano a los 500 kilómetros que ya recorrimos el día anterior pero por otra carretera. El campamento de Córdoba se ubicaba en la Escuela de Aviación, para que os hagáis una idea, algo así como la base de Armilla.
Nada más llegar, me puse a escribir el reportaje sobre el equipo de Miguel titulado ‘Manolo y el Dr Bombo’, que se publicó el sábado en IDEAL, labor que me llevó hora y media aproximadamente. El problema fue enviarlo. El módem no se conectaba ni para atrás y yo veía pasar el tiempo (en España son tres horas más) sin que el asunto se solucionara. Entonces le pedí a Miguel que me echara un cable. Como comandante de Ejército del Aire español, podía buscar a alguien de la fuerza aérea argentina que nos ‘prestara’ una oficina por un ratito. Miguel se presentó al oficial de servicio y éste lo puso en contacto con el jefe de la Escuela, un coronel que había ejercido como observador en varias misiones de las Naciones Unidas por el mundo. El coronel nos ayudó encantado y nos llevó al centro de transmisiones… desde el que tampoco pude enviar ni el texto ni las fotos de Cecilio. Mis nervios iban en aumento, en España ya eran casi las once de la noche y me veía compuesto y sin reportaje.
Finalmente, me arrimé al centro de prensa (para el que no estaba acreditado) y conseguí 20 minutos de conexión a cambio de 50 pesos (unos 11 euros). Asunto arreglado. Después vino el intrincado viaje al aeropuerto (en el que nos perdimos unas setenta veces, ¿verdad Cecilio?) y de vuelta al campamento, a eso de las once, pude por fin ducharme y cambiarme de ropa tras más de 80 horas sin hacerlo.
Las duchas en los campamentos se instalan en un barracón y se alimentan de camiones cisterna. Cuando el camión se termina se tarda una media hora en reemplazarlo por otro, conectar el depósito, etc. Al que le pille recién enjabonado, mala suerte… Efectivamente, fue justo lo que nos pasó a Cecilio y a mi (y a otro par de pringaos). Ya no sabíamos si reir o llorar, aunque optamos por lo primero. A uno de los otros pringaos le acercaron una botellita de agua y se las apañó para enjuagarse y largarse. Nosotros resistimos como dos campeones. Luego llegó la cena y a la cama (por decir algo).
Me metí en la tienda a la una de la mañana y puse el despertador a las 3.30. El plan era acompañar a Miguel hasta el inicio del tramo cronometrado. Unos 250 kilómetros, los dos tercios por autovía, él delante en la moto y Cecilio y yo en el cutre coche. Unos 30 kilómetros antes de Belville (punto de inicio del tramo cronometrado) lo perdimos entre el tráfico y tras parar un rato en ese pueblo para repostar, pusimos rumbo a Carcarañá (otros 250 km), meta de la especial, la última del Dakar 2009.
Pensábamos llegar a tiempo para ver la entrada de Miguel, pero el motero fue más rápido y no hubo suerte. No obstante, aprovechamos para dar un garbeo al sol (un calorín de impresión, todo quisque despelotado) antes de encaminarnos a mi Buenos Aires querido, la meta de este viaje, un sueño acariciado largo tiempo, ansiado al son de los tangos desde que era un adolescente. La capital argentina, mi tierra de promisión. No en vano, me crié en Buenos Aires. Allí pasé desde los dos hasta los 25 años. En la calle Buenos Aires, de Granada.
Nos quedaban otros 250 kilómetros y serían como las doce del mediodía. La modorra empezó a podernos y, en un rapto de sensatez, decidimos entrar en una gasolinera para dormir un rato y encarar las dos últimas horas de carretera un poco más frescos. Dicho y hecho, encontramos una estación de servicio con unos pocos aparcamientos techados, perfectos para protegernos del sol. Aparcamos, echamos los asientos para atrás y nos quedamos fritos 50 minutos. Sónó el despertador del móvil, compramos unas coca colas para terminar de espabilarnos y volvimos al coche, que nos tenía reservada una sorpresa. El querido cutre coche no arrancaba. No hacía ni el más mínimo intento. Normal, me había dejado las luces encendidas (en Argentina es costumbre circular así durante el día y ya sabéis que donde fueres…). Sin pinzas, con el camión de asistencia todavía cien kilómetros atrás, no tuvimos más remedio que buscar a unos cuantos paisanos para que nos ayudaran a arrancar el coche a rachas.
“No me creo lo que está pasando”, repetía Cecilio (entre cabezada y cabezada) cuando nos vimos de nuevo en la autopista. El tramo hasta Buenos Aires fue inolvidable, sobre todo desde Rosario. Auténticas manadas de personas de todas las edades, familas al completo, abuelos, niños casi de teta, un tropel de gente apostado en el arcén, invadiendo la calzada para jalear a los vehículos del rally. No he visto nada igual. Ni un solo claro en doscientos kilómetros de carretera. “Es increíble”, es lo único que acertaba a repetir. Parecía como si la selección argentina acabase de ganar el Mundial de fútbol y estuviese haciendo un recorrido de Córdoba a Buenos Aires para recibir el aplauso de la afición. Como si Evita hubiera resucitado y regresara a la capital en un autobús descubierto. Para caerse de culo, que dirían por allá.
Llegamos a la ciudad del Obelisco a las cinco de la tarde. Un gentío fenomenal nos esperaba y muchas dificultades para dejar el coche lo más cerca posible del parque cerrado de vehículos. Compramos una bandera de España y nos lanzamos eufóricos a buscar a Miguel para darle un abrazo. La misión se había cumplido. La suya (cuarto Dakar consecutivo, puesto 34º, el mejor de su carrera, a punto de codearse con los profesionales) y la de Cecilio y mía (sobrevivir a autobuses, vuelos transatlánticos, vuelos domésticos, 1.800 kilómetros por carreteras inmundas en un cutre coche, una maleta bomba, duchas sin agua, baterías de coches gastadas…).
Nos costó dar con él pero lo logramos. Mientras, mi ordenata se quedó sin batería justo cuando trataba de enviar una pieza al periódico sentado en el banco de un parque (allí no hay tomas de corriente en los troncos de los árboles, vaya atraso). Al final, nos reunimos todo el equipo en el parque de asistencia, con el estadio de River Plate al fondo, y de ahí marchamos al hotel, el Cabildo Suites (calle Cabildo, 1950, esquina con avenida La Pampa). Cenamos por fin en condiciones (Vacío, carne de la buena, cerveza Quilmes, etc.) y hasta tuvimos tiempo de echarnos unas copillas y comprobar los buenos oficios de Cecilio (y hasta ahí puedo leer).
El domingo, último día en Buenos Aires, se celebró la ceremonia del podio. En la Rural (Universidad majestuosa en pleno centro bonaerense), todos los pilotos subieron uno a uno al pórtico que hacía las veces de meta, simbólica para recoger su medalla y el aplauso del público. Las asistencias también subían al podio y Manolo (el team manager) se empeñó en que yo les acompañara. A mi me daba fatiga por aquello de salir en las fotos, pero también tenía curiosidad por saber qué se siente en un podio así (pese a lo acostumbrado que estoy a colgarme medallas), así que subí y me oculté de lsa cámaras convenientemente.
Vuelta al hotel, nueva sesión de lomo de novillo a la parrilla, y a trabajar. Cecilio a descargar y tratar las fotos del podio y yo a escribir una entrevista a página completa que se publicó en el IDEAL del lunes. La informática nos puteó lo suyo y el Macbook de Cecilio se atrancó sin misericordia, mientras que mi módem tampoco se portó muy católico. Este último contratiempo estuvo a punto de dejarme un mal sabor de boca porque, de pronto, se me vino el domingo encima, con todo su poder melancólico. Había planeado un paseo exprés por Buenos Aires con salida en la plaza de Mayo, paseo por San Telmo y Puerto Madero y taxi hasta La Boca para ver Caminito. Eran las diez de la noche y ese plan se había esfumado por completo.
Pero se arregló. Nos largamos en taxi a San Telmo, en pos del tango que redimiera la grisura de aquella tarde, y vaya si la redimió. Para empezar, el trayecto por la avenida 9 de julio (la más ancha del mundo) me hizo pasar al lado del Obelisco. Después, el par de horas que echamos en San Telmo valió su peso en oro. Me gusta coleccionar barrios como ése, donde la bohemia y la decadencia se explican en bares y callejas empedradas. Montmartre, Plaka, Temple Bar, el Soho, La Habana vieja, el Trastévere, la antigua concesión francesa de Shanghai, Jan el Jalili, las medinas de Túnez y Marrakech (me falta Damasco, ¿verdad, Jesús?), la calle Arbat de Moscú, La Latina, el Casco Viejo de Bilbao, el barrio Húmedo de León, Triana, el Realejo… y desde el domingo pasado, San Telmo. Y en un altar.
En la plaza Dorrego, el epicentro del barrio, nos bebimos una litrona mientras admirábamos hipnotizados a una docena de parejas bailando tangos, como en una verbena de pasodobles de las nuestras. Inolvidable. Después nos metimos en el restaurante más auténtico que encontramos (es decir, sin turistas y pinta más bien cutre) y dimos cuenta de un litro de Quilmes y dos ‘matambritos tiernezados’, que no es otra cosa que una suerte de chuletón hervido con leche para ablandarlo y pasado después a la parrilla. Para chuparse los dedos.
Con la barriga llena y la pena en el alma (sobre todo yo, porque el capullo de Cecilio sigue allí hasta final de mes, seguro que se perderá en la Patagonia) cogimos (perdón, agarramos) un taxi de vuelta al hotel, ante cuya puerta no tuvo que despertar el conductor.
Y punto final. El regreso a España no ha tenido chicha, sino horas y horas de tedio y cansancio. Vuelo de Buenos Aires a Montevideo (una hora), ¡siete horas y media! en la zona de tránsito del aeródromo uruguayo (sin poder salir, de apenas trescientos metros cuadrados… si no fuera por Larsson e internet, reviento), doce horas de vuelo a Barajas, tres metros (con dos trasbordos) hasta Atocha, dos horas y media de AVE a Sevilla y otro tanto en coche (¡pero con mi Eva!) hasta Granada.
Y después, escribir esto. ¿Quién da más? Tú, que has llegado conmigo hasta aquí.