Media… de tomate con jamón

Hay muchos corredores con blog. Seguro que más de una veintena de ellos ha terminado este domingo el medio maratón de Granada. Puede que la mitad hayan escrito y publicado ya una entrada sobre su peripecia en la carrera. Quizás media docena trabajaba también este domingo. Uno o dos seguro que habrán actualizado su bitácora tras la doblemente dura jornada laboral (por ser domingo y por haberle echado a las piernas 21 kilómetros) ¡pero dudo mucho de que alguno haya tenido que escribir dos veces sobre lo mismo!


Después de redactar la crónica de la carrera (inmejorablemente completada con una crónica desde dentro de la prueba de Antonio Sánchez, corredor de ‘Las Verdes’) me ocupo ahora de narrar mi parte, mis industrias y andanzas en el XVI medio maratón de Granada.

Acudí con miedo y he salido con más coraje de cara a Nueva York. Adelanto que la he terminado, que he corrido con mejores sensaciones que en Motril pese al mes de parón, que hasta he mejorado mi tiempo de entonces en unos segundos y, lo más importante, que el gemelo no me ha dolido nada en absoluto. Mi planteamiento de correr a cinco minutos por kilómetro se quedó en eso, en planteamiento. Al segundo o tercer kilómetro comprendí que bajaría de 1h 45′ en meta si la cosa no se torcía de repente. Y no se torció.

Mi salida fue lentísima. No porque me lo tomara con demasiada calma, sino porque, cauto de más, me coloqué muy atrás y tardé un mundo en pasar (andando) bajo el arco de salida. El paso por el primer kilómetro, seis minutos justos. A partir de ahí, en progresión y adelantando a corredores casi hasta el final. Alterné varias compañías y casi todas (todas no) se quedaron atrás con el paso de los kilómetros. Las subidas (¡oh! sorpresa, bendita sorpresa) no mermaron mi ritmo ni detectaron el mes que he estado sin correr. Las superé bien, incluso tragando algún que otro ‘cadáver’, y poco a poco me fui plantando en los últimos cinco o seis kilómetros.

A diferencia de Motril, cuando me sentí ir demasiado al límite de mis fuerzas, en Granada notaba cansancio pero percibía que el depósito no había entrado aún en reserva, en la zona roja. Al paso por el kilómetro 16 ingerí un gel que llevaba guardado y la sugestión de sus efectos beneficiosos me permitió no aflojar. Miraba el reloj a cada paso kilométrico y aunque no controlaba muy bien mi ritmo exacto, sí sabía que le estaba arañando casi 30′ por km al plan inicial de 5′/km.

Con las piernas lógicamente machacadas y el ‘gemelito’ olvidado, me lancé a por la meta en los dos últimos kilómetros e incluso apreté en la pendiente abajo que lleva del km 19,5 al 20,5. Entré al estadio, apuré mis fuerzas en la última recta y crucé la meta. El tiempo. El oficial 1h 36′ pelados, el real, 1h 35′ muy cortos o incluso menos.

Es cierto que me mentalicé para no ir tan rápido, pero visto que el gemelo no me ha dolido, no me arrepiento de haber corrido así. He comprobado que no he perdido mucha forma en los 30 días sin correr, aunque no debo lanzar las campanas al vuelo. No he perdido forma… pero tampoco la he ganado. Y eso es lo que tenía pendiente cuando me lesioné, un mes de entrenamientos para aumentar el fondo e ir a por el maratón.

Ahora ya sé que estoy para una media, pero ¿significa eso que estoy para un maratón dentro de dos semanas? Pues no. Apelaremos a la mística del maratón, a Nueva York… y saldremos más lentitos que hoy.

PD. El título de la entrada es una chuminá para llamar la atención, je,je. Aunque pensándolo bien, mañana me desayunaré una. Entera.

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