Esta vez, siguiendo criterios periodísticos, contaré primero lo más importante, lo ‘noticioso’ y dejaré para el final lo accesorio, el por qué de tanto tiempo de silencio, reflexiones sobre el futuro, etc.
Mis rodillas no me dejan correr. Para ser más exactos, la fascia lata. Definición técnica: Desde la cadera hasta la rodilla, por la parte externa del muslo, transcurre un tracto fibroso llamado ‘fascia lata’, algo así como una banda de tejido que tira de la rodilla, enderezándola en la extensión de la pierna, por lo que resulta muy importante en el desarrollo de la zancada al correr. Cerca de la rodilla, esa banda de tejido pasa por encima del borde externo del fémur y tiene debajo pequeñas bolsas de fluido para amortiguar el roce sobre dicho hueso. El exceso de fricción entre esa banda y los tejidos adyacentes origina inflamación y dolor.
¿Veis la banda blanca que recorre la zona lateral del muslo desde la cadera hasta la rodilla? Pues eso es lo que se me ha inflamado y me duele, justo a la altura de la rodilla.
Eso es lo que me tiene en el dique seco desde hace casi dos meses. El puto fascismo me persigue. Hace diez años fue una fascitis plantar, ahora la fascia lata. Coño, ni que yo fuera el fundador de la CNT. La cuestión es que al principio no le di importancia. Como no tenía prisa ni un objetivo claro en el horizonte, me limité a aplicar la medicina del reposo. Dejé pasar 15 ó 20 días sin correr (seguí nadando, dejé de montar en bici) y confié en que ese descanso lo arreglara todo. Un día me calcé las zapatillas… y el dolor reapareció a los 15 minutos.
Notablemente cabreado, aunque aún no preocupado, volví a parar durante tres semanas. Pensé que no había nada como mes y pico sin correr para sanear las piernas y enviar al olvido ese desconocido (todavía sin identificar) dolor en la zona externa de ambas rodillas (el primer día sólo me molestó una pero el segundo ya lo hizo en las dos).
Hostias Pedrín, después de mes y medio sin correr, me probé y el dolor apareció, fiel a su cita, al cuarto de hora de trote. Ese día sí me inquieté. Consulté a una experta corredora y ella me recomendó una fisioterapeuta acostumbrada a tratar a corredores.
Llevo unas cinco o seis sesiones de masaje y estiramiento y me temo que la cosa no ha avanzado. La ‘fisio’ me pega unas palizas (en el buen sentido) que me deja para el arrastre. No imaginaba uno que un ‘masaje’ puede llegar a ser algo temido en lugar de deseado. El caso es que la ‘fisio’ me aplica sus técnicas y me recomienda estiramientos y otras pautas caseras para remediar el problema, pero apenas hemos avanzado.
La semana pasada, me dijo que probara a correr diez minutejos, justo antes de pasar ‘consulta’, pues parecía que la tendinitis remitía. Nada más lejos de la realidad. A los diez minutos, otra vez el dolor.
Como comprenderéis, la certeza de que esto va para largo no me ha llenado de alegría, precisamente. La forma, que se tarda meses e incluso años (depende de las pretensiones de cada uno) en adquirir, se pierde a la velocidad del rayo. El lunes se cumplirán tres meses del maratón de Nueva York. El lunes no sería capaz de terminar un medio maratón sin recorrer tramos andando.
No corro, no monto en bici, sí nado (aunque menos) e imagino que estaré recuperando la redondez en ciertas partes de mi cuerpo. ¿Os acordáis de cuando os hablaba del triatlon…? Pues sí, lo pienso hacer y antes de que acabe el año. De momento, dedicaré febrero a reencontrame con la piscina. Quiero que sea el mes del agua. Cualquier cosa que sea nadar menos de 25 días (de 28) y menos de 2.000 metros por sesión, será incumplir el objetivo.
En marzo, mientras mi fascia lata deja de darme la ídem, retomaré la bici aprovechando la mejoría del tiempo. Igual hasta me doy un capricho y cambio mi ‘hierro’ por una bici más espercojada. Y para entonces espero volver a los caminos.
Al mal tiempo, buena cara. No queda otra.

