Mediodía en el Village

Chicos, queda muy poquito para el gran día y también para despedirse de esta ciudad voraz, hiperactiva y total, un gigantesco aleph, si es que ese ‘punto’ en el que Borges divisó todo el universo puede serlo. La cercanía del maratón se palpa en el ambiente. Por muchas zonas de la ciudad es fácil encontrarse tipos y tipas espichados y ataviados con indumentaria atlética. Queda la víspera, que también incluye un programa ajetreado. Pero eso será dentro de unas horas.

Escribo esto en la madrugada, como siempre. Lo hago en el vestíbulo del hotel, acodado en la esquina de un largo sofá. Comparto habitación con un chaval de Sevilla y no quiero moloestarlo porque él se va a la cama a las once, como hacen los buenos maratonianos. Yo pertenezco a la estirpe de los insensatos. Nueva York tiene la culpa.

La noche del jueves quedé con mis padres en que el viernes los acompañaría a una excursión que habían contratado para hacer un recorrido general por Manhattan. Se trata de una excursión clásica que yo ya conocía, pero me apetecía compartirla con ellos aunque me supusiera un madrugón. Al final, el teléfono móvil se apiadó de mi, falleció durante la noche y me dejó un par de horas más en la cama.

Empezad a escribir quienes quieran. El tablón está más abajo.

Mientras mis padres visitaban las zonas más emblemáticas de la ciudad subidos en un autobús, aproveché para regresar a la feria del corredor y hacer acopio de recuerdos del maratón (camisetas, mallas, etc.). Me hubiera llevado ‘uno de cada’ pero el presupuesto no me alcanzaba. En la feria me encontré con otros tres granadinos que van a correr el domingo y les hice una foto que espero que haya ilustrado el reportaje que sobre su historia escribí para el IDEAL del sábado.

Una del Village.

Después fui al encuentro con mis padres en uno de esos taxis amarillos, enormes y multiplicados hasta el infinito que cruzan la ciudad día y noche. Afortunadamente no lo conducía Travis Bickle. Quedamos en pleno Greenwich Village, un barrio bohemio y carísimo en el que todo el mundo quiere vivir por la dorada decadencia de sus calles y edificios, su aire parisino y la posibilidad de encontrarse con Robert de Niro saliendo de un bistrot.

Os prometo que no llevaba careta.

Como os contaba con el Soho, Greeenwich Village (East, West, Tribeca y zonas aledañas, casi hasta Chelsea) son lugares profundamente vitales pero en los que se respira todavía mucho de su pasado, de quienes los han habitado algún día. Nueva York creció allí, al sur de Manhattan, para luego crecer hacia el midtown y el norte. Hubo un tiempo en que nadie quería vivir allí, connvertido en un barrio viejo y pobre de viejos y pobres. Después le ha ocurrido lo que le sucede a todos esos barrios (el Albaicín sin ir más lejos) que se convierten en un reducto exclusivo para gente de posibles, algún que otro estudiante con suerte y artistas más o menos consolidados. Allí está el Arthur´s Tavern del que os hablé el otro día.

Guiones de cine.

Tampoco iba disfrazado. Lo prometo. Era así.

Pero vamos a lo que vamos, que al fin y al cabo he estado aquí dos veces en mi vida.. Hemos almorzado en un restaurante italiano muy bonito y con sabor de auténtico italiano. Perdón por el tópico, pero me han dado ganas de buscar una ventana en el lavabo para huir por si llegaba la policía… o Vito Genovese.

Quienes los conozcan, saben quien son. Para el resto, tres a una mesa.

Del Village hemos salido caminando en dirección al barrio chino, a través del Soho. En Canal Street, con mil chinos vendiendo relojes falsos (más caros que en Granada) hemos dado un garbeíllo y después hemos alargado nuestro camino hasta Wall Street, que mi padre tenía especial interés en conocer la bolsa. Wall Street es una calle cortita, se recorre en nada, pero tal y como están las cosas el dow jones ha perdido trescientos puntos en lo que hemos tardado en llegar a la puerta. No hay sido culpa nuestra.

La cosita está muy mal. También en el Village.

De ahí hemos vuelto a descansar al hotel, cosa que me viene muy bien aunque queden tantas cosas por ver todavía. Y poquito más. Antes de cenar hemos dado una vuelta por el Rockefeller Center (un conjunto de quince o veinte edificios a cual más espectacular y en plena quinta avenida que alberga actividades culturales) y después, cena, y a dormir. Seguid atentos, vienen emociones fuertes.

Somos el 19255

Lavín, para participar en el maratón de Nueva York tienes que hacer un master, no te vale con un croquis detallado. Esta mañana he acudido a la feria del corredor a recoger mi dorsal para la carrera. He pasado como media hora de trámite para conseguirlo y es que aquello tiene sus pasos, sus mostradores, sus requisitos, su orden y sus comprobaciones.

Todo ese edificio alberga la feria del corredor.

Sólo recuerdo algo parecido: las verificaciones del Dakar en Lisboa en enero pasado (al final, pa pollas). Igual que allí te daban el GPS, te hacía un seguro, verificaban tu cartilla médica, las características del vehículo, etc., aquí también está todo previsto hasta el último detalle. Sólo falta que alguien te huela las zapatillas para ver si cumplen con las condiciones exigidas por New York Road Runners, organizadores de la carrera.

Por dentro.


La voluntaria que me ha dado el dorsal. Qué le habré hecho yo para que me meta en este embolado.

Primero una cola para saber a qué mostrador debes ir, después otra para recoger el dorsal en la carrera de la amistad (es el sábado, voluntaria), luego el dorsal propiamente dicho (ahí he tardado más porque aparecía como female, y eso que la barba me va creciendo), luego verificación del chio (lo pasan por un lector para ver que casa con tu nombre y número) y luego la bolsa, cuyo contenido más interesante podéis ver en la foto de abajo.

Pues eso.

Un solution desk.

Soy el 19255. Me gusta. Aparte de la rima, el 5 es la terminación que más veces ha repetido como gordo de Navidad. Creo que nos llevaremos bien. CUriosamente, el dorsal de la carrera de la amistad también termina en cinco. En la bolsa hay productos energéticos, publicidad de más de quince firmas comerciales, la invitación a la cena de la pasta, a la fiesta post maratón y unas cuantas chuminadas más.


Expositor andaluz. Paquillo es el que está de espaldas.

Después me he dado una vuelta por el ‘store’. Es acojonante. Para venir de Granada, donde tanto escasean las tiendas con mucha variedad de productos específicos de running, esto es un paraíso. Asics es un patrocinador oficial de la carrera y todas las equipaciones ‘oficiales’ llevan su sello. Se publicitan todo tipo de firmas relacionadas con el atletismo. Ropa, cronómetros, complementos de todo tipo y, por supuesto, zapatillas. Aquí a Antonio, uno de Las Verdes, se le pondrían los ojos vueltos. Entre esos expositores se encuentra también el de Andalucía, del que tenéis cumplida cuenta en la edición de IDEAL de hoy. He estado poco tiempo en la feria (volveré hoy) porque quería escribir el reportajillo para el periódico antes de que me pillara el toro de la diferencia horaria.

Todo esto es sólo la zona Asics. Hay mucho más.

Por la tarde, por fin, he ido a recibir a mi familia. Están en un hotel de la séptima avenida con la 56. El traslado del aeropuerto al hotel les ha resultado bastante penoso… y a mi la espera en el vestíbulo del hotel. Más de horas pero han valido la pena. Tras los abrazos de rigor los he llevado caminando hasta el espectáculo de luz de Times Square y después hemos regresado por la quinta avenida, para cenar cerca del hotel.

Times Square antes de recoger a mi familia.

Y poco más chicos. Sospecho que mañana y pasado, las entradas del blog serán más cortitas. El trabajo se me acumula y la familia es lo primero. Pero vosotros lo segundo.

Esto lo he visto en el metro. Tres revistas para el pelo de las negras.

Puritanismo Made in Usa. Así estaba la revista en el kiosco.

Fly me to the moon

Hoy ha sido distinto. He vagabundeado menos. He concretado más mis pasos. He estado en el museo Whitney y en el Arthur´s Tavern, pero entre medias han pasado muchas cosas. Esto es Nueva York.

He llegado a la meta del maratón de Nueva York. Que me quiten lo bailao (con Paquillo y Rafa Vega)

A las diez he salido a correr por Central Park con Rafa Vega, compañero de Deportes en Canal Sur, y Paquillo Fernández, nada más y nada menos. Cuanto más de cerca vemos algo menos perspectiva tenemos. Como Paquillo es de Guadix parece habitual que cualquier atleta sea plata olímpica y mundial, dos veces campeón de Europa y lleve tres Juegos Olímpicos encima. Pero no es así. De hecho, sólo Fermín Cacho puede comparar su palmarés con el granadino. Resumiendo, que ya tengo algo para contarle a mis tataranietos. Hemos corrido (Paquillo sólo los cinco primeros minutos, después ha ido siempre marchando) casi 45 minutos. Creo que será mi último entrenamiento antes del maratón. Hay que llegar fresco, con las piernas engrasadas y llenas de gasolina.


Después, la misma rutina que ayer. He escrito el reportaje que podéis leer en la edición de hoy de IDEAL y me he echado a las calles pasadas las dos de la tarde. Desde que llegué a Nueva York sólo he coincidido con el resto del grupo en esos trotes mañaneros. Después ellos se marchan, yo me quedo con mi ordenata y salgo luego solo. Me da un poco de fatiga (qué palabra más granaína, ¿verdad Jesús?) porque pensarán que soy un autista, pero es que las horas no son compatibles. A mi no me importa para nada pasar el día solo. Nueva York ofrece atractivos suficientes para entreterte y creo estar aprovechando el tiempo.


La primera parada era el museo Whitney de arte moderno. Está en la 75 pero al otro lado de Central Park, así que no me ha quedado más remedio que atravesarlo. Todo precioso, un día con frío y algunos claros, todas las tonalidades ocres habidas y por haber, el otoño en su esplendor (recomiendo escuchar ‘Autum in New York’ en la voz cavernosa de Billie Holiday, mejor que ver el pastelazo del mismo nombre interpretado en la gran pantalla por Richard Gere y Winona Ryder). Como decía, todo precioso, la hierba, los árboles, los lagos, el silencio en medio de la gran ciudad, los pájaros volando de rama en rama… hasta que uno se ha cagado en mi hombro.

Bonito, ¡eh!

Resuelto el incidente, he llegado al museo. Por fuera, feo de cojones (de un arquitecto de la Bauhaus, ya lo siento), por dentro, bien, pero esperaba una colección permanente algo más extensa, sobre todo de Edward Hopper, que era a quien yo iba a ver. Hopper me tiene sorbido el seso. No me canso de mirar sus cuadros, en especial los urbanos. Nadie ha pintado como él la soledad. Me encantan esas figuras estáticas, con la mirada perdida en el horizonte, casi siempre sorprendidos en una habitación que vemos indiscretos a través de una ventana, con ese ademán absolutamente desolado, los colores pardos, la atmósfera intimista y un poco melancólica.

Museo Whitney

No recuerdo cuándo y cuál fue el primer cuadro de Hopper que vi, pero desde entonces lo tengo en un pedestal. Ese ‘Noctámbulos’, ese ‘Amanecer de domingo’… me he aburrido de verlos en el libro de Taschen y ahora, por fin, los he visto en directo (del segundo hasta he tocado un poquito el lienzo sin que me vieran, raro que es uno). Por eso digo que me he quedado con ganas de más. Junto a Hopper, cuya esposa donó a este museo muchas de sus obras al morir el pintor, hay cuadros de Warhol, Pollock, Koening… y las figuras de alambre de Calder, que no conocía y me han entusiasmado por originales.

Se me está poniendo cara de yanqui. ¿Tan aplastada tengo la nariz?

Hala, se acabó de hablar de arte, ni pollas, que esto no es un blog de culturetas. He salido tarde del museo y he comido un wrap (parecido a un shawarma) de pollo con no sé que cosas más en un garito de portorriqueños. A partir de mañana empiezo con los espaguetis. El Whitney está en la avenida Madison, la más exclusiva, la de los negocios y la clase altísima. Se nota en las tiendas, en las gentes, hasta en los bordillos. Eso sí, pasas a la avenida paralela, la Lexington, y entras en otro mundo. Bulliciosa, multiracial (qué bien me ha quedado esto) y animada (iba a decir desprejuiciada, pero suena demasiado guays). Allí he comido y allí he cogido el metro.


En el puente de Brooklyn pero con Manhattan detrás.

Diez minutos después estaba a la altura del puente de Brooklyn. Pensaba encaminarme hacia el este, pero al salir de la estación, casi anochechiendo, he visto el puente iluminado y no he podido vencer la tentación. Ya sabéis que cuando uno viaja a un destino famoso busca siempre ciertas vistas y lugares para encajarlos con la imagen que lleva en su cabeza desde casa. Con el puente de Brooklyn pasa eso. “Enjoy your visit”, me ha dicho la chica que me ha pedido que le hiciera una foto a ella, otra chica y un carrito de bebé. En eso estamos.

Busco calcetines estilo retro. Pago bien.

De vuelta a suelo manhattaní me he acercado al hoyo de las Torres Gemelas. Sigue igual que hace tres año, vallado y con grúas. Parece que la cosa va para largo. Allí he rendido visita al Century 21, tienda famosa por vender primeras marcas a precios muy rebajados. No he comprado nada, pero he llegado a una conclusión y a una duda que me han puesto hasta nervioso, ¿por qué todos los calcetines de deporte son ahora de esos cortitos? ¿qué fue de aquellos calcetines blancos que llegaban a la mitad de la espinilla y se remataban con una lista roja y otra azul? Todavía le estoy dando vueltas al asunto.

Acojona.

Al salir, ya de noche, me ha venido a la cabeza un lugar al que quería volver. Se llama Arthur´s Tavern y es un local de jazz que descubrí leyendo ‘Ventanas de Manhattan’ coincidiendo con mi primer viaje a Nueva York en 2005. Eva y yo estuvimos allí y escuchamos en directo a un quinteto de jazz, música que me gusta pero de la que me queda mucho para saber algo. El problema era macanudo. No tenía ni idea de la dirección ni tenía forma de conseguirla. Ya está, iré a una tienda de souvenirs y buscaré en una guía de la ciudad la lista de locales con música en directo. ¿Dónde habrá una tienda así? En el Soho.


Butaca del Soho. Muy sencilla.

Hay quien le da por chupar candados o por peinar bombillas. No sé vosotros pero a mi me gusta coleccionar barrios tocados por la bohemia. Es rara la ciudad que no tiene el suyo, aunque la mayoría terminan invadidos por turistas -como yo- y se desnaturalizan. Montmartre, el Trastévere, Temple Bar, el Albaycín, Jan el Jalili, el barrio húmedo, La Latina, Placa, la Habana Vieja entera… son lugares con un poder de seducción brutal. El Soho es otro de ellos. Además, esta noche he visto otro Soho, el de las tiendas cerradas y las aceras vacías.

Pobres pajaritos.

Ni souvenirs, ni guías, ni pollas. He tenido que ponerme a callejear sin rumbo a ver si sonaba la flauta y alguna esquina me decía algo. Jugando a imaginar me vi como Griffin Dune, el actor protagonista de ‘After Hours’, esa película rara, excéntrica, delirante y pesadillesca que dirigió Martin Scorsese sobre un tipo que se pierde una noche en el Soho de Nueva York y al que le sucede de todo. A mi no me ha pasado nada, afortunadamente. Y también me he acordado de Ghost, que se rodó por ahí.


Todo muy cool. La rubia del centro es Samantha. Más al fondo estaban Carrie, Charlotte y Miranda.

Buscar el local sin saber la calle era como buscar un pajar en una aguja, pero la sexta vez que he repasado el plano, el nombre de una calle me ha dicho algo. Grove Street. Ahí está el tío. He probado suerte, he caminado un ratito y ¡bingo! He llegado al Arthur´s Tavern. Según he visto en un letreo, abrió en 1937. Es chiquitito, del tamaño del Portolano o menos sólo que el hueco grande lo tiene al fondo en lugar de a la entrada. Allí una tarima pequeñita y allí estaba una mujer con una guitarra acústica, blues va blues viene, acompañado de un señor con un saxo. Cerveza que te crió y a escuchar seis o siete canciones. Estaba allí otra vez. No me lo podía creer. Vaya flash (Gordon). Apenas habría ocho personas en el local. Poca iluminación, fotos de Charly Parker (sí, Bird tocó allí, me pongo de pie para escribirlo) el aseo en el sótano, tiras de espumillón en el techo (tócate los huevos) y ¡nada de humo! Esto ya no es lo que era, amigo. No disparen al pianista. ‘Fly me to the moon’ ha sido la última y vamos que nos vamos.

Jazz entre amigos.

Metro en la puerta, tren apropiado y al apartamento en un santiamén de diez minutos. Mañana más. O menos.

Pesadilla en el metro

Si lo dice Andy…

Son más de las diez y media (3.35 AM en España) y ya puedo decir que la jornada de hoy ha sido densa, rica, apasionante, un completo despropósito, un imperdonable error de principiante. Según se mire. Hoy he buceado por las calles de Manhattan como un sonámbulo, como un aprendiz de Robinson urbano (A. M. Molina) y he terminado rendido, con los pieses machacados. “Aguadulce pueblo en feria/y en la solapa un clavel/cordobés en la cabeza/y cómo duelen los pies”, que cantaba mi llorado Carlos Cano. Pues asín han terminado mis pies y mi espalda.

No hay crisis para don Amancio

Estoy deslomado e inmensamente contento, como todo hijo de vecino cuando llegan las fiestas del pueblo. Y para mi, estar en Nueva York con toda la ciudad a mi disposición es una fiesta, una celebración, un espectáculo de tal dimensión que me abruma no ser capaz de exprimirlo al máximo. ¿Qué ver? ¿Adónde ir? Esta ciudad maravillosa, inacabable y seductora te expone a una constante toma de decisión y, por tanto, a dolorosas renuncias. Si vas a A, a lo mejor puedes llegar a tiempo a llegar B y dar una pasada por C, pero D, E, F, G… se quedan fuera. Y varias vueltas completas al abecedario.

A Bloomberg no le quitan el sueño, a Gallardón, sí.

Por la mañana hemos salido a correr un grupo de seis personas. Entre ellas, Paquillo. Como comprenderéis, la sensación de reunirte en la puerta del hotel con Paquillo, ambos vestidos de atletas, y saber que vas a trotar con él, que se disputa con Fermín Cacho el título de mejor atleta español de la historia, es única. Desgraciadamente, no ha durado mucho. Llovía fuerte y a los diez minutos, el campeón accitano ha decidido darse la vuelta para evitar un resfriado. Normal, esto es su trabajo y tiene que cuidarse.

Por Jimi Hendrix en la wii

A Paquillo lo ha secundado un chico pero los otros cuatro, cautivados sin duda por la idea de correr en Manhattan, hemos decidido seguir. No nos ha llovido, nos ha jarreado. Al principio tratábamos de sortear los charcos, al final zapateábamos con entusiasmo en ellos como Gene Kelly en ‘Bailando bajo la lluvia’. La rutilla se ha centrado en Central Park aunque algún trozo lo hemos cubierto por fuera, por la acera de la quinta avenida. Hemos dejado atrás el Metropolitan, la Frick Collection, el museo Whitney (mañana me espera), el Guggenheim y después hemos vuelto a Central Park.

Hay gente pa’ to.

El que está tumbado leyendo no es un maniquí. Es un torpedo de carne y hueso.

Obsesionados con Halloween.

¿Compraríais en esta óptica?

A ver, que levante la mano quien haya visto ‘Marathon Man’. Como sabéis, la película no va de atletismo sino de criminales nazis escondidos, lo que ocurre es que Dustin Hoffman (mierda, no recuerdo su nombre en la película, con lo que a mi me gustan esas folletás) se está preparando para el maratón de Nueva York. Pues bien, la película comienza (luego aparece más veces) con Hoffman corriendo por un parque, más concretamente pegado a la valla de un gran lago artificial. Esa alberca inmensa se llama ‘Reservoir’ y sirve para nutrir de agua varias zonas del parque. Por ahí ha corrido mi menda hoy, de charco en charco pero sin nazis y en manga corta. Mi habitual falta de previsión ha hecho que mi fondo de armario atlético sea muy cortito, sobre todo en ropas de invierno. Empecé a correr en mayo y cuando se ha metido el frío apenas he podido hacerlo por la… lesión. Eso parecía yo hoy, un ‘lesionario’ desafiante. Hay fotos de la gesta pero no he atinado a descargarlas. Al final, 52 minutos a buen ritmo y sin dolores imprevistos.

Estos letreros ya los vi hace tres años. Impactan.


Y este letrero del McDonalds es de traca. Parece escrito por el enemigo.

Después, ducha rápida y caliente y a escribir el reportaje que hoy habéis podido leer en IDEAL. Finiquitado el tema periodístico, a la calle. Ahí es donde digo que he podido cometer un desatino. He caminado durante seis horas y media, con 30 minutos sentado para comer en un self service. Cuando digo que he andado seis horas es que he andado seis horas. Ni cinco minutos más ni menos ¿Entendido? Por eso decía al principio que estoy fundido, aunque ha valido la pena. ¿Adónde he ido? A muchos sitios y a poquísimos. En realidad, el paseo calle a calle ha compuesto el grueso del día. Ver ver sólo he entrado aposta en la Grand Central Station (ya la conocía) y en la New York Public Library (biblioteca). Desde la 73 he llegado a la 28. Del Upper West Side a los albores del Downtown, dejando atrás Times Square.

Primero he optado por seguir Broadway, porque me pilla al lado del hotel y porque es la única avenida que cruza Manhattan en diagonal. Entre tanta calle y avenida en ángulo recto, me encanta esta avenida oblicua y cabrona, que complica cruces y perspectivas, que suena a estrellato y a cine, y que participa en intersecciones rutilantes, como la que crea Times Square al juntarse con la séptima avenida, o la que provoca la silueta imposible del Flatiron (ayer le fui infiel, éste es mi rascacielos, lo tengo en el salón de la casa) en la confluencia de la quinta avenida, la calle 23 y Broadway. Como os decía, he seguido esta avenida hasta que la quinta ha reclamado mi atención como un imán. He desembocado a la altura del edificio Cartier y después he proseguido el descenso hasta toparme con la biblioteca.

Una sala de lectura (con wifi, apaga y vámonos).

Columna letrada.

El edificio es imponente, como todo aquí. De estilo neoclásico y dimensiones catedralicias, parece un palacio parisino en medio de los rascacielos. Dentro, galerías de marmol y decenas de salas con fondos bibliográficos que imagino abundantísimos. En la tienda (aquí hay tiendas de recuerdos en todos los sitios, me queda probar en las funerarias) se vendía agendas muy bonitas, pero no he caído en la tentación. He comprado dos cositas, pero por necesidad más ue otra cosa. Primero un gorro (tengo el pelo largo, pero no me bastaba) y unos simpáticos guantes que podéis ver en una fotillo por aquí. El frío es notable (creo que en Granada ha entrado el invierno a su estilo, dando una patada en la puerta) y me han venido muy bien ambas adquisiciones.


El vestíbulo ajetreado.

He dado una pasada por la estación central (hora punta, hormigueo incesante de gente, como debe ser) y he seguido el camino hacia el sur, sin un objetivo claro más que mirar. Mirar las tiendas, los edificios, las luces, los escaparates y, sobre todo, las gentes, los neoyorkinos y quienes les visitamos. He encontrado cosas curiosas y me he entretenido en hacerles fotos para ponerlas aquí. Así me ahorro las explicaciones, que soy muy flojo, más que un muelle de goma. Poco después de dejar atrás la calle 30 he decidido darme la vuelta. Veinte calles después, cumplida la inevitable visita a Times Square, he decidido coger el metro.

Presidente y ex presidentes. Yo reconozco a cuatro.

Cuidado con lo que hacéis en el metro de Nueva York, que esto no es como Madrid. Aquí hay trenes que paran en todas las estaciones y otros que se saltan cinco de golpe antes de detenerse. Y van por la misma vía y sentido. La confusión, por tanto, es posible, y probable si quien se monta es Paco Martínez Soria. O yo. He cogido el metro en la 52 y me he cerciorado de bajarme en la 72, a sólo una de mi apartamento.

Así iba el vagón (a la vuelta).

El tren ha salido disparado hacia la 59, y ha pasado igual de disparado por la 72. “Bueno, me bajaré en la siguiente (86) y lo haré andando, al final he hecho un pan como una torta”. “Coño, tampoco en la 86, pues entonces tendré que volverme en metro porque… coño, la 96, tampoco para, ojú esto sigue así hasta Canadá por lo menos. Y yo con tampoco abrigo”. La 103, la 116 (yo ya con la risa floja y cara de “no, tranquilos, si sé adonde voy”) hasta que ha parado ¡en la 125!, en pleno Harlem -barrio, por otra parte, menos peligroso de lo que parece aunque no he salido a la calle a comprobarlo-. He cambiado de andén, he tomado el tren correcto y he bajado en la 72. Por fin. Y colorín colorado, yo me he encuentro deslomado. Como vosotros después de zamparos esta historieta. Muchas gracias. Hasta mañana. Mañana más cortito y con menos foticos, no os acostumbréis.

Por la puerta grande

He llegado sano y salvo a Estados Unidos. He superado el control de pasaportes (aunque, como esperaba, me han hecho entrar en una habitación aparte para pasar el control; no bromeo) y aunque hemos tardado un huevo y parte del otro en en llegar al alojamiento, ya he cenado y estoy presto y dispuesto a meterme en el sobre (en España van a dar las cinco de la madrugada).

Con Paquillo y Rafa Vega, de Canal Sur


El vuelo ha ido bien, ya sabéis, un puñado de horas muertas con las piernas encogidas (eso sí, menos que Jesús Lens) y dos o otres bandejitas con infumables platos combinados (‘La lista de la compra’, Lichis). Salíamos a la una y pico y hemos llegado a las nueve largas de España, pero el sol no se iba nunca de la ventanilla. Será cosa de los husos horarios, je,je.

El apartamento está en la calle 73 oeste, esquina con la sexta. Si nunca habéis estado en Nueva York… que alguien os lo explique, que me caigo de sueño. El paseo en autobus, ya anocheciendo, ha cumplido todas las expectativas de un enamorado de Manhattan como Woody Allen (o mismamente Pedreira). Cementerio gigantesco de Queens al pasar sobre el puente de Queensboro y, a lo lejos, los rascacielos. Cada uno tiene el suyo. Eva, que estuvo el 11-S en la azotea de la torre norte del World Trade Center (pero nueve años antes), lloró cuando vio desplomarse las Torres Gemelas. Ahora creo que ha adoptado el Empire State, como mal menor. Yo me quedo con el Chrysler Building y su aguja de acero y sus adornos plateados estilo art noveau.

Bueno, que me lío a hablar de NYC y se me va el santo al cielo. Hemos llegado un grupo de unas treinta personas formado por corredores, acompañantes, personal del Andalucía Sports Bureau y un invitado de excepción, Paquillo Fernández. El campeón accitano va a participar en las actividades promocionales de la Junta y estará con nosotros toda la semana. Todo un lujo tener cerca a un subcampeón olímpico, dos veces subcampeón mundial, dos veces campeón de Europa…

He dado un paseo de media hora no muy lejos del apartamento. Me han dado ganas de coger el metro y bajar a Times Square, pero me ha podido el cansancio y el hambre. Mañana será un día intenso. No he planeado áún que haré. Iré un poco a lo que salga. Sólo sé que a las 9.30 quiero irme a correr a Central Park. Está a dos manzanas del hotel, de mi hogar momentáneo en esta ciudad que nunca duerme, la capital del mundo, con crisis y sin ella.

PD. En estos momentos concluye un hecho histórico. El día de mi cumpleaños ha durado treinta horas. Lo comencé en España y cuando allí acabó, todavía ha seguido aquí un buen puñado de horas. Son 35 años. Increíble, ¿verdad? Aparento 21. Creo que yo podría ser mi padre.

Vamos pa allá

Estoy en el aeropuerto de Málaga. En media hora embarco. Ya os contaré. Llevo una maleta rosa y no me he afeitado. En estas condiciones dudo mucho que pueda entrar en los Estados Unidos. “Moro y maricón, lo llevas claro”, pensará el del control de pasaportes.

Alá es grande. Pero Eva, mi familia, mis amigos y vosotros, mucho más. Hasta la vista. Hablamos en Manhatan.

No estaré solo en Manhattan

Cien horas antes de salir rumbo al aeropuerto Kennedy, me acabo de llevar una de las mayores y mejores sorpresas de mi vida. No estaré solo en Nueva York. Tres días después de mi paso por ese aeropuerto en el que la policía te mira como si fueras el mismisimo Osama Bin Laden (cierto parecido sí que tengo), mi padre, mi madre y mi hermana Irene repetirán el mismo pesado trámite de entrar en los Estados Unidos.

Se vienen a verme, desde el jueves, a acompañarme en uno de los retos más bonitos a los que me he enfrentado en mi vida. Mi otra hermana, Mariam, ha hecho todo lo posible por sumarse a la excursión pero por motivos laborales no ha podido escaparse, al igual que su novio Dani (habitual de este blog). No importa. Los llevaré en el corazón, valga el tópico.

Lo más increíble de esta historia no es que se vengan a Nueva York sacrificando su trabajo y su cartera. Lo asombroso es que apañaron el viaje una semana después de enterarse de mi aventura (la conocieron por el periódico, a mi estilo) y han guardado el secreto hasta hace unas horas (a su estilo, de tal palo…). Desde el 20 de julio al 22 de septiembre. Vaya periodista de investigación que estoy hecho. Al parecer lo sabe el resto de mi familia, mis amigos, compañeros del periódico, la cajera del Mercadona y hasta el afilador que va y viene con su motillo, su flauta y su noticia, la misma que yo desconocía, que jamás pude sospechar ni imaginar en sueños.

Que no es Sevilla, ni Madrid, ni, si me apuras, Londres. Que es Nueva York, que son cinco días y fuera del periodo vacacional… En fin, que me he llevado un gran alegrón. No sólo porque me apoyen durante la carrera, sino por los días que pasaremos de acá para allá. Conozco algo de Manhattan y espero ser buen cicerone, pero hay tanto por descubrir… Al menos la presencia de los tres ayudará a mitigar la pena porque Eva no pueda acompañarme, pero es que cuando algo no puede ser…

No sé como agradecérselo. Mañana mismo me pongo a busca EPO como loco. El kilómetro dos lo tengo que pasar en cabeza. Después, que sea lo que Dios quiera.

Lo último. Tras dos días de descanso post medio maratón, he vuelto a correr. Con José Antonio Flores y Abel, dos miembros del grupo de Las Verdes, he recorrido unos 11 kilómetros por el entorno del pantano de Cubillas. La lluvia, el paisaje y la compañía han sido formidables. Si correr fuera lo que ha sido esta tarde, no haría otra cosa en la vida. El gemelo no me ha dolido y eso que iba un poquito acojonado pues la lesión se me produjo en los días posteriores a la ‘media’ de Motril. Seguiré con cuidado estos días. Más me vale. “La familia…”, que diría Don Vito Corleone.

Media… de tomate con jamón

Hay muchos corredores con blog. Seguro que más de una veintena de ellos ha terminado este domingo el medio maratón de Granada. Puede que la mitad hayan escrito y publicado ya una entrada sobre su peripecia en la carrera. Quizás media docena trabajaba también este domingo. Uno o dos seguro que habrán actualizado su bitácora tras la doblemente dura jornada laboral (por ser domingo y por haberle echado a las piernas 21 kilómetros) ¡pero dudo mucho de que alguno haya tenido que escribir dos veces sobre lo mismo!


Después de redactar la crónica de la carrera (inmejorablemente completada con una crónica desde dentro de la prueba de Antonio Sánchez, corredor de ‘Las Verdes’) me ocupo ahora de narrar mi parte, mis industrias y andanzas en el XVI medio maratón de Granada.

Acudí con miedo y he salido con más coraje de cara a Nueva York. Adelanto que la he terminado, que he corrido con mejores sensaciones que en Motril pese al mes de parón, que hasta he mejorado mi tiempo de entonces en unos segundos y, lo más importante, que el gemelo no me ha dolido nada en absoluto. Mi planteamiento de correr a cinco minutos por kilómetro se quedó en eso, en planteamiento. Al segundo o tercer kilómetro comprendí que bajaría de 1h 45′ en meta si la cosa no se torcía de repente. Y no se torció.

Mi salida fue lentísima. No porque me lo tomara con demasiada calma, sino porque, cauto de más, me coloqué muy atrás y tardé un mundo en pasar (andando) bajo el arco de salida. El paso por el primer kilómetro, seis minutos justos. A partir de ahí, en progresión y adelantando a corredores casi hasta el final. Alterné varias compañías y casi todas (todas no) se quedaron atrás con el paso de los kilómetros. Las subidas (¡oh! sorpresa, bendita sorpresa) no mermaron mi ritmo ni detectaron el mes que he estado sin correr. Las superé bien, incluso tragando algún que otro ‘cadáver’, y poco a poco me fui plantando en los últimos cinco o seis kilómetros.

A diferencia de Motril, cuando me sentí ir demasiado al límite de mis fuerzas, en Granada notaba cansancio pero percibía que el depósito no había entrado aún en reserva, en la zona roja. Al paso por el kilómetro 16 ingerí un gel que llevaba guardado y la sugestión de sus efectos beneficiosos me permitió no aflojar. Miraba el reloj a cada paso kilométrico y aunque no controlaba muy bien mi ritmo exacto, sí sabía que le estaba arañando casi 30′ por km al plan inicial de 5′/km.

Con las piernas lógicamente machacadas y el ‘gemelito’ olvidado, me lancé a por la meta en los dos últimos kilómetros e incluso apreté en la pendiente abajo que lleva del km 19,5 al 20,5. Entré al estadio, apuré mis fuerzas en la última recta y crucé la meta. El tiempo. El oficial 1h 36′ pelados, el real, 1h 35′ muy cortos o incluso menos.

Es cierto que me mentalicé para no ir tan rápido, pero visto que el gemelo no me ha dolido, no me arrepiento de haber corrido así. He comprobado que no he perdido mucha forma en los 30 días sin correr, aunque no debo lanzar las campanas al vuelo. No he perdido forma… pero tampoco la he ganado. Y eso es lo que tenía pendiente cuando me lesioné, un mes de entrenamientos para aumentar el fondo e ir a por el maratón.

Ahora ya sé que estoy para una media, pero ¿significa eso que estoy para un maratón dentro de dos semanas? Pues no. Apelaremos a la mística del maratón, a Nueva York… y saldremos más lentitos que hoy.

PD. El título de la entrada es una chuminá para llamar la atención, je,je. Aunque pensándolo bien, mañana me desayunaré una. Entera.

Vamos con la ‘media’

El jueves pasado, en el último minuto (en mi más puro estilo), formalicé mi inscripción para el medio maratón de Granada del próximo domingo. Cómo han cambiado las cosas en cuestión de mes y pico. Desde el medio maratón de Motril (7 de septiembre) hasta la ‘media’ de Granada (19 de octubre) me quedaban seis domingos para hacer seis tiradas largas como seis soles. Con esas tiradas pretendía dar el salto, convertir mi hasta entonces buena preparación (la ‘media’ de Motril la superé mejor de lo esperado) en una preparación digna y conveniente para un maratón.

Pero… como sabéis, no es que haya faltado a una de esas tiradas largas. Me he ausentado de las seis ¡y de todos los entrenamientos intermedios! Tela marinera. La ‘media’ de Granada, que estaba programada para ser el último test serio, para ir a todo trapo y hacer un tiempo que me diera moral para Nueva York, se presenta ahora rodeada de dudas e incertidumbre.

Me pensé mucho si inscribirme o no. Ya expliqué que mi estrategia tras la lesión y su pequeña recaída consistía en ser lo más conservador posible. Incluso me planteé no volver a correr un sólo día antes de Nueva York. Sin embargo, afortunadamente, he vuelto a correr y la lesión no ha reaparecido. A los 15 minutos del primer día le siguieron 25 minutos indoloros, 35 minutos sudados al día siguiente y casi 50′ el miércoles. ¡Chicos, ya soy capaz de correr 10 kilómetros en menos de 48 minutos! Después de todo lo que he pasado me parece una hazaña, pero si pienso en lo que me espera dentro de dos semanas… es para echarse a llorar. Ayer jueves descansé y hoy echaré un ratillo por la tarde para volver a descansar mañana.

También descarté, en un principio, no correr la ‘media’ de Granada ante la seria posibilidad de que no me alcanzara el resuello para terminarla tras un mes parado. Después recordé que hace tres años corrí el medio maratón de Motril sin un solo entrenamiento (2h 10′) y un año después el de Granada, también con entrenamiento cero (1h 57′). Si entonces pude, ahora podré más y mejor. Mi intención, además, es afrontar la carrera con un ritmo tranquilo para evitar recaídas y, también, como ensayo del ritmo con el que correré en Nueva York. Es decir, si alguien está dispuesto a cubrir la ‘media’ del domingo a 5 minutos/km (en NYC iré más lento), aquí estoy yo. Creo que es importante hacer esta tiradilla y experimentar la sensación de correr con gente, en competición, los avituallamientos, etc.

Otra cosa. Me he comprado unas medias de contención (30 euros del ala) y no sé si será cosa de sugestión pero la realidad es que notas que la pierna va muy sujeta, calentita, y son muy cómodas. Al principio te sientes un poco raro porque es como si llevarás las medias de un futbolista (hasta la rodilla) pero enseguida se te olvida el detalle y van muy bien. En fin, que seguimos en la brecha aunque me demore tanto en escribir nuevas entradas. Mis disculpas. Hasta pronto.

He vuelto a correr

Pues eso. Ayer viernes, de acuerdo con mis planes, encomendándome a ese diez del diez (que tan bien conoce Jesús Lens), harto ya de esperar y esperar mientras el maratón de Nueva York se aproxima a toda velocidad, he vuelto a correr. Ha sido un cuarto de hora y unos segundos. Calculo que un pelín más de tres kilómetros, una miseria, pero a mi me han sabido a gloria.

El gemelo no me ha dolido nada en absoluto. Ni una molestia mínima. Y eso que he pasado el cuarto de hora con todos los sentidos puestos en ese gemelo. Durante tres kilómetros he visto, oído, olido, tocado y hasta saboreado a través de ese gemelo. Igual que si te das un martillazo en el dedo y de pronto notás el corazón latiendo ahí mismo, ayer sentía que todas mis terminaciones nerviosas, mi cerebro entero, se había instalado en el gemelo buscando una señal. Y no la ha habido. Afortunadamente.

No puedo cantar victoria. Esto es sólo como dar el primer paso para atravesar un desierto gisgantesco. Pero al menos ese paso no se ha hundido en la arena. Hoy vendrá un segundo paso, mañana otro… y poco más, porque a veinte días mal contados de la carrera no me da tiempo a mucho.

Sólo he corrido un cuarto de hora y estoy muy contento porque ese gemelo no se haya quejado lo más mínimo, pero he de reconocer que me ha costado lo suyo. Es decir, que he sentido el retroceso en mi estado de forma. ¿Cuánto? Quiero pensar que no demasiado, que me queda el suficiente fondo como para remontar un poquito y afrontar el maratón con un mínimo de posibilidades. Ya veremos. Creo que la palabra mínimo la he escrito como ‘mínimo’ tres veces en esta corta entrada. Así va todo ahora. Poquito a poco. Metro a metro. Minuto a minuto. En Nueva York me van a tomar el tiempo con un almanaque.

Ideal.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.