Chicos, queda muy poquito para el gran día y también para despedirse de esta ciudad voraz, hiperactiva y total, un gigantesco aleph, si es que ese ‘punto’ en el que Borges divisó todo el universo puede serlo. La cercanía del maratón se palpa en el ambiente. Por muchas zonas de la ciudad es fácil encontrarse tipos y tipas espichados y ataviados con indumentaria atlética. Queda la víspera, que también incluye un programa ajetreado. Pero eso será dentro de unas horas.
Escribo esto en la madrugada, como siempre. Lo hago en el vestíbulo del hotel, acodado en la esquina de un largo sofá. Comparto habitación con un chaval de Sevilla y no quiero moloestarlo porque él se va a la cama a las once, como hacen los buenos maratonianos. Yo pertenezco a la estirpe de los insensatos. Nueva York tiene la culpa.
La noche del jueves quedé con mis padres en que el viernes los acompañaría a una excursión que habían contratado para hacer un recorrido general por Manhattan. Se trata de una excursión clásica que yo ya conocía, pero me apetecía compartirla con ellos aunque me supusiera un madrugón. Al final, el teléfono móvil se apiadó de mi, falleció durante la noche y me dejó un par de horas más en la cama.
Empezad a escribir quienes quieran. El tablón está más abajo.
Mientras mis padres visitaban las zonas más emblemáticas de la ciudad subidos en un autobús, aproveché para regresar a la feria del corredor y hacer acopio de recuerdos del maratón (camisetas, mallas, etc.). Me hubiera llevado ‘uno de cada’ pero el presupuesto no me alcanzaba. En la feria me encontré con otros tres granadinos que van a correr el domingo y les hice una foto que espero que haya ilustrado el reportaje que sobre su historia escribí para el IDEAL del sábado.
Una del Village.
Después fui al encuentro con mis padres en uno de esos taxis amarillos, enormes y multiplicados hasta el infinito que cruzan la ciudad día y noche. Afortunadamente no lo conducía Travis Bickle. Quedamos en pleno Greenwich Village, un barrio bohemio y carísimo en el que todo el mundo quiere vivir por la dorada decadencia de sus calles y edificios, su aire parisino y la posibilidad de encontrarse con Robert de Niro saliendo de un bistrot.
Os prometo que no llevaba careta.
Como os contaba con el Soho, Greeenwich Village (East, West, Tribeca y zonas aledañas, casi hasta Chelsea) son lugares profundamente vitales pero en los que se respira todavía mucho de su pasado, de quienes los han habitado algún día. Nueva York creció allí, al sur de Manhattan, para luego crecer hacia el midtown y el norte. Hubo un tiempo en que nadie quería vivir allí, connvertido en un barrio viejo y pobre de viejos y pobres. Después le ha ocurrido lo que le sucede a todos esos barrios (el Albaicín sin ir más lejos) que se convierten en un reducto exclusivo para gente de posibles, algún que otro estudiante con suerte y artistas más o menos consolidados. Allí está el Arthur´s Tavern del que os hablé el otro día.
Guiones de cine.
Tampoco iba disfrazado. Lo prometo. Era así.
Pero vamos a lo que vamos, que al fin y al cabo he estado aquí dos veces en mi vida.. Hemos almorzado en un restaurante italiano muy bonito y con sabor de auténtico italiano. Perdón por el tópico, pero me han dado ganas de buscar una ventana en el lavabo para huir por si llegaba la policía… o Vito Genovese.
Quienes los conozcan, saben quien son. Para el resto, tres a una mesa.
Del Village hemos salido caminando en dirección al barrio chino, a través del Soho. En Canal Street, con mil chinos vendiendo relojes falsos (más caros que en Granada) hemos dado un garbeíllo y después hemos alargado nuestro camino hasta Wall Street, que mi padre tenía especial interés en conocer la bolsa. Wall Street es una calle cortita, se recorre en nada, pero tal y como están las cosas el dow jones ha perdido trescientos puntos en lo que hemos tardado en llegar a la puerta. No hay sido culpa nuestra.
La cosita está muy mal. También en el Village.
De ahí hemos vuelto a descansar al hotel, cosa que me viene muy bien aunque queden tantas cosas por ver todavía. Y poquito más. Antes de cenar hemos dado una vuelta por el Rockefeller Center (un conjunto de quince o veinte edificios a cual más espectacular y en plena quinta avenida que alberga actividades culturales) y después, cena, y a dormir. Seguid atentos, vienen emociones fuertes.

