Lugar: Patio de un colegio cualquiera.
Hora: El recreo.
Personajes: dos niños, uno sensiblemente más alto que otro, que juegan al fútbol en el patio. Cada uno pertenece a un equipo distinto.
-Pues los niños de tu clase no ganáis ni a los de 5º C que son muy malos.
-Y los de la tuya, más que futbolistas parecéis bailarinas.
-Sí, pero vuestro portero está gordo.
-Y el vuestro manco.
-Y tú más.
-Y tú madre se lo hace con el del butano.
-Yo por lo menos sé quién es mi padre.
-Eso no me lo dices a la salida.
-¿Qué no? Tú espérame detrás del campo de futbito que te voy a enseñar una cosa que me contó el butanero.
No sigo porque me imagino que el final es más que previsible. Este pequeño entremés es parte de los recuerdos de muchos que ya no somos niños, y sospecho que está muy presente en algunos que todavía no se afeitan. Pero si lo protagonizan dos futbolistas de la talla -sin segundas- de Roberto Carlos y ‘Chengue’ Morales, la obrita de colegio se convierte en una patética película de Hollywood. Y para completar el esperpento, el Comité de Competición sale de su Callejón del Gato particular y zanja la pelea de los chiquillos con una amonestación.
En el mundo de los adultos, que un jugador le diga a otro delante de las cámaras de televisión “Luego arreglamos esto fuera” ya no es violencia, que fuera le dé un puñetazo, tampoco. Entre los adultos, sólo es violencia lo que aparece reflejado en el acta arbitral. Pues yo me vuelvo al patio, porque entre los adultos me siento un poco incómodo.

