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NUEVO ALOJAMIENTO

Pues sí, nos hemos mudado.

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Saludos a la Guardia Civil que nos estará buscando.

Ya está.

Modelo de funeral

Por cortesía de Ginés Cutilla (las bendiciones de Alfred sean con él), y con el beneplácito del Alto Comisonado para el Estudio de Rituales Tanatológicos del IPG.

Funeral en sí

El loro muerto

Ya está

11-S

A una vida segada en La Moneda

“Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida.”
Paul Nizan
“Aden-Arabia” (1932)

Durante muchos años esta frase repiqueteó en mi cabeza, desde principios del ’73, marzo, a mor de precisión. Por ese tiempo trabajaba en una librería, completaba (o deformaba) mi educación asistiendo los viernes a la escuela, a fin de enterarme que había pasado durante la semana, sin mucho énfasis, he de reconocer algo tardíamente.
Años después supe que la impresión que la frase me causó no era nada original, muchos antes que yo habían sucumbido ante la fuerza de esas dos líneas. ¿Qué terrible sino había marcado al autor para contradecir de modo tan categórico la sabiduría popular, la mera evidencia empírica, la cotidiana apariencia que muestra al sol “moviéndose” sobre nosotros?
Ya sea por comprensión, o por empatía inexplicable adivinaba una historia hermosa y terrible, como un ángel caido, especulé con el paso del tiempo y lecturas sugerentes. No me atreví, en aquel entonces, a continuar la lectura. Ese texto permaneció en mi imaginación como un paisaje velado por la niebla matutina. Algo así como un vallecito que vemos al costado del camino, un cartel con un nombre que nos atrae, pero nuestro derrotero no pasa por allí. Nos prometemos volver, pero, ya se sabe: la vida es corta.
Y, mientras mis veinte años pasaban, fugaces, y los treintas se perdían, indistintos, la curiosidad se desvanecía un tanto, persistiendo, como rescoldo de fogata que titila, la ominosa sentencia, que, casi sin darme cuenta, empezó a relumbrar con luz propia, cobrando autonomía y generando un deseo, casi una obsesión: la usaría algún día.
Así, hoy, después de tanta vida, amor, dicha y llantos, encontré el lugar en el que brillaría, como esas gemas solitarias, sólo que adornando un texto modesto, de entrecasa. Como si a un hermoso diamante lo sacásemos del terciopelo al que realza, para colocarlo en el arrabalero percal, de barrio, sí, pero limpio y honesto ché.

Yo tenía quince años. No permitiré que nadie diga que no es la edad más hermosa de la vida.

Septiembre del ’73 vino cargado de vientos, vientos terribles, vientos de libertad y de esperanzas, y una tempestad que marcó a nuestra generación.
El once de septiembre, un día del maestro como tantos, trajo, como un zonda pestilente, la negra humareda y el ulular de los bombardeos. Los dias que siguieron, grávidos, húmedos de sangre y lágrimas amanecían con truenos de fusilería, con alaridos pavorosos. Las noches se interrumpían con pesadillas en las que manos sin rostro empuñaban guitarras que disparaban notas. Canciones desarmadas le ponían, en esas jornadas, el pecho a los fusiles. Y sin embargo el cielo aún parecía al alcance de las manos, bastaba proponérselo, había que desearlo con la intensidad del que se despoja de todo y se abandona en el mar del “nosotros”. Muchos piadosos varones de otros tiempos hubiesen querido sentir esa pasión que nos consumía el pecho.
Tener quince años en esos días fue como cuando papá te dejó quedarte hasta tarde esa vez.
Era entrar de colado a una fiesta para grandes, pero los “grandes”, cuando te descubrían marchando a su lado, te sonreían y guiñaban el ojo; era sentirse cómplices de la felicidad de crecer siendo parte de algo más importante que uno mismo, de la embriagante sensación de comunión, de hermandad elegida.
Descubrimos, o creímos descubrir, nosotros, los de entonces, que se puede torcer el destino. Creímos que nuestras ideas, nuestro amor por la vida y los hombres, se impondrían por la verdad que encierran, por la luminosa justicia que representan. Sólo había que “ponerle el cuerpo”, y ser consecuentes en la lucha, que era presente, porque el porvenir era nuestro.
Aprendí, en esos días, a marchar “codo a codo”. Al calor de ese fuego que nos subía a las gargantas de forjaron amores, amistades, y -claro – ideales.
En Chile se jugaba una parte de nuestro futuro, y si bien lo decíamos, creo – ahora – que no lo creíamos. Nada estaba aún decidido en esos días de septiembre, que con su devenir debieron recordarnos que se pueden cortar todas las flores, pero nunca abolir la primavera. Pero esto lo sabemos ahora, en aquellas maravillosas, trágicas, iluminadas noches de la primavera del ’73 intuíamos que la mejor empalizada contra el odio y la codicia de los poderosos eran los miles y miles de anónimos protagonistas de su destino en las calles.
Fueron las tardes y noches en que llenamos las plazas, gritando ¡Viva Chile, mierda! Fueron los días en que cantamos, con la potencia de la juventud y el amor a los desposeídos, a los masacrados, a los explotados: “de pié, luchar, el pueblo va a triunfar. Será mejor la vida que vendrá”.
Inevitablemente estos recuerdos están marcados a fuego por la presencia de miles y miles, que marcharon en la vanguardia, que honraron con su vida el compromiso contraído en esos días.
Soy un romántico incurable, ya se sabe, y algún lagrimón me aflora, ante el
recuerdo de tanta vida masacrada, de tanta potencia tronchada en flor, de
tanta saña puesta al servicio de la codicia, de tanto odio contra la
solidaridad, de tanta metralla y descarga eléctrica sobre los cuerpos, sobre
los templos de humanidad de sangre, carne y nervio. Tanta agua podrida para
apagar tanto fuego de rebeldía, tanto viento de libertad como el que
encarnaban nuestros treinta mil compañeros que nos marcaron el camino: ¡Es
por acá, no aflojes! Es mejor la vida que la muerte, el amor que le tuvieron
a su pueblo y a su gente que el odio de los expropiadores y apropiadores.

También para ellos, o mejor: sobre todo para ellos va mi recuerdo a una vida segada en La Moneda.

Udi Abraham

Año nuevo patafísico

Ilustrísimos/as Sátrapas:

Permítanme el honor de recordarles el acontecimiento que une hoy a los 193 Colegios Patafísicos terráqueos, adjuntándoles la Felicitación Patafísica Anual del I.P.G., tarjetón asimétrico e infraleve de edición limitada que demuestra que es el tiempo, y no nosotros, el que se encuentra en plena función metamórfica.

Ubú guarde a uds. muchos años bajo las infinitas irradiaciones de la Candela verde.

Ya está.

El Rector del I.P.G.

NOTAS PARA NARCISO

Desbrozada la historia de Narciso nos resta finalmente una imagen, tan tosca, tan poco pulida –como está bien que sea, por otra parte; como las de ciertos grabadores anónimos de la antigüedad-, que ni siquiera podemos saber si el protagonista de la misma es bello o no: un hombre (un joven, un niño) se mira reflejado en unas aguas quietas y queda atrapado por su imagen.

Es una imagen viva: no hubiera sucedido igual ante un retrato, una pintura, por ejemplo. En una pintura demasiadas cosas distanciarían la representación del representado. Para empezar, el artista, incapaz de ausentarse, interferiría con su presencia (aun tratándose de un autorretato). Pero sobre todo porque en una obra pictórica (o en una fotografía) el tiempo es siempre pasado, lo detenido inexorablemente queda atrás. La imagen reflejada, en cambio, participa del mismo tiempo que aquel que se mira en ella, en un presente a cada instante actualizado. La miramos y nos mira, como si en ella palpitase la misma intencionalidad que sólo cada uno siente en su propia mirada. Y parece que por primera vez pudiéramos sentir, duplicada, esa intencionalidad en otros ojos que nos ven. Por otra parte, el agua nada quiere de nosotros, ni nada espera.

Cualquier cosa puede ser emblema del enigma -una cabeza de caballo o un huevo- simplemente porque existe, y eso ya es suficiente. Pero no menos asombrosa que la presencia, digamos exterior, de no importa qué cosa en el mundo es la íntima existencia de la identidad: ser uno, ser yo. Cuando el recién nacido explora sus límites agarrándose los pies, mordiendo sus puños, ¿a qué conclusiones llega? Me pregunto si habrá lenguas en las que no se pueda decir mi cuerpo del modo en que se dice mi abrigo. A primera vista, según el uso lingüístico, seguramente ingenuo, el cuerpo aparece como una propiedad, algo que se posee. Por lo tanto algo que es de alguien.

En principio, pues, el cuerpo se puede enajenar, como se pierde un bastón o nos roban una maleta. En una curiosa variante de la fábula de Narciso, Garcilaso describió un caso así. Albanio, amante desdeñado y depresivo, disputa con sus amigos pastores que intentan hacerle entrar en razón. Entonces, interrumpiendo el discurso y como hablando para sí, dice “el cuerpo se me ha ido.” No retóricamente: para él, que no obstante habla, la frase es trágicamente literal. En consecuencia, se pone a buscar su cuerpo robado. Lo encuentra por fin en una clara fuente, coronado de laurel, mudo… Indignación y espanto. Oliver Sacks, que en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, habla de seres más asombrosos que los de las más desaforadas teratologías, hubiera acaso diagnosticado una pérdida total de la propriocepción, el sentido oculto que hace que nos sintamos propietarios de un cuerpo. Una paciente, cuyo historial relata, tenía que valerse de la vista para encontrar sus pies y poder echarlos a andar.

Somos un enigma para nosotros mismos, pero rara vez lo sentimos porque el misterio lo tenemos demasiado cerca. La Arcadia, particularmente, no es tierra para meditaciones de este tipo. Al joven pastor de Virgilio, Coridón, “abrasado de amor por el hermoso Alexis”, ante un espejo le basta con concluir: “Y no soy tan feo; hace poco me vi en la playa, cuando el mar estaba calmo de vientos.” Sócrates, según Diógenes Laercio, recomendaba a los jóvenes atenienses que se mirasen al espejo con frecuencia: si eran bellos, para saber estar a la altura de su belleza; si no, para compensar esa carencia con su conducta. Narciso, acercándose sediento a un agua mansa, se abismará en su interior. Su caída se le mantiene oculta a él mismo, como se esconde en nosotros ese “verdadero sexto sentido” del que habla Sacks.

Schopenhauer comparó la cuestión de la existencia del mundo exterior (y el propio cuerpo es parte de él) con una ciudadela que fuese inexpugnable, pero cuya guarnición no pudiera abandonarla. Así pues, decía, lo mejor es no enfrentarla, pasar de largo y dejarla atrás. Narciso, maldecido por la diosa y diríamos que atravesando la lámina líquida del espejo, se encontró en el interior de esa ciudad. Y tampoco pudo, al parecer, abandonarla. Contemplar es suficiente pero lo que Narciso, singular solipsista, debía de ver en el agua soñadora tuvo que ser del orden de lo extraordinario. En cualquier caso, Ovidio no hizo un gran esfuerzo por averiguarlo: “Contempla el doble astro de sus ojos, sus cabellos, dignos de Baco y dignos de Apolo, sus mejillas lampiñas, su cuello de marfil, la gracia de su boca y el color sonrosado que se mezcla con una nívea blancura…” (Metamorfosis, III) Estas palabras de Cocteau, en las que se asocian opio y agua podrían convenir a Narciso:”Todos llevamos en nosotros algo de enroscado, como esas flores de madera japonesas que se despliegan en el agua. El opio hace el papel del agua. Ninguno de nosotros tiene el mismo modelo de flor. Puede que una persona que no fume no sepa nunca el tipo de flor que el opio hubiera desplegado en ella.” (Opio)

Eros acude, alado, monstruoso, a la cercanía de los contempladores de la belleza. El amor, esa pasión entre desconocidos, intenta salvar el abismo que se abre en torno a cada ser: la discontinuidad. Una comunicación invisible nos da al otro y, si no se logra, el dios se encarga de crear un simulacro. Pero Narciso, de no saberse solo, ¿buscaría una comunión así con el otro? Opina Pausanias que Narciso debía de ser algo tonto, si a su edad confundía reflejos con cuerpos. En cualquier caso, los amantes comienzan engarzándose miradas de arrobo durante minutos; luego se separan. Incluso en la fábula de Ovidio Narciso descubre pronto qué es lo que sucede con el doble del reflejo. Y no se desengaña. Digamos que buscaba otro abismo.

Calderón imaginó un Narciso (Eco y Narciso) de doce años, invulnerable pues a ciertas versiones del amor (tenía dieciséis el de Ovidio), niño salvaje criado en soledad por su madre entre riscos inaccesibles. Narciso se pierde y entonces sucede el encuentro con el mundo (inevitable, pues el relato debe avanzar). Escucha canciones de los pastores de Arcadia y se pregunta qué aves serán esas. Los ve por fin y se asombra “¿Tanta gente hay?” Es fácil imaginar a un Narciso selvático, como recién creado a cada instante, al modo de Enkidu: “con las manadas abreva en las aguadas, con las bestias salvajes se deleita bebiendo”. Al contacto con los hombres entra en el curso móvil del tiempo. ¿No celebraban los pastores el cumpleaños de Eco cuando dieron con el niño? Más tarde, a cambio del mundo, a cambio del tiempo que se escapa o que no termina nunca de alcanzarnos, Narciso recobrará el presente eterno de las bestias. Un abismo en el que caer con confianza.

En La náusea, Roquentin, tedioso, contranarciso, se deja atrapar por un espejo por hacer que el tiempo pase. Capaz de ver que los rostros ajenos tienen sentido, no puede con el suyo así enfrentado, que ni siquiera le parece humano: ojos, boca, nariz, sí, claro. Pero el conjunto es una mera presencia muda, “mapa geológico”, “mundo lunar”. Belleza o fealdad no encuentran donde asirse. “No encuentro nada firme, se hunde”, dice. Es cierto, podemos arrojar tal mirada sobre las cosas que todo significado se retira, ningún concepto puede seguir en su contacto, no hay donde agarrar. Entonces, “un asesinato está al nivel de la caída de una piedra” (Wittgenstein), un rostro es “como un montón de arena” (Sartre). El buen nihilista debería saberlo y también es fácil abismarse en un mundo así. Pero no parece el caso de Narciso.

No es como cuando decimos “mi abrigo” sino más bien como cuando decimos “mi tierra” o “mi idioma”, que no nos pertenecen. Narciso, en parte bestia, en parte humano, se asombra al verse reflejado por primera vez en un estanque, no porque se tome por otro de extraordinaria belleza, sino por verse a sí mismo estando entre cosas del mundo, existente y sin embargo ajeno a todo, pues el resto sólo tiene superficie pero en su imagen palpita algo. Como en un sueño -en el que sabemos que una ciudad irreconocible es Oslo o Buenos Aires o conocemos el manejo de un objeto inconcebible y su nombre-, en el agua detenida, profunda y densa como un esmalte, la imagen no es retrato, simple representación, sino también vaso de la propia voluntad, que la anima y se hace, fuera, presente. No nos pertenecen y, por el contrario, en algún modo, nosotros les pertenecemos.

(A veces hemos sentido que nuestro rostro era otro, el rostro de otro. No sabemos bien por qué: ha sido al gesticular de alguna forma inusual para nosotros, quizá mientras decíamos algo que no era totalmente auténtico respecto a nosotros y, por un instante, por fortuna fugaz, hemos sentido que nuestra cara no ha sido la nuestra. Es muy extraño.)

Es extraño ser yo, cosa entre las cosas y sin embargo animada, sintiente. Sabemos y no sabemos que la mano ajena que miramos detenidamente (pero no nos permitirían hacerlo demasiado tiempo y a partir aquí podría comenzar una divagación sobre la pornografía.) es mano y es voluntad. Podría engañarnos una buena imitación, podría ser todo un sueño, dice Descartes: puesto que podríamos fingir que no tenemos cuerpo, es preciso demostrar su existencia. De los que están en esto es de quienes dijo Schopenhauer que no requerían un argumento, sino tratamiento, ser internados en un manicomio. Sin embargo, Wittgenstein lo hizo asunto de una singular colección de notas: Sobre la certeza. Comienza así: “Si sabes que aquí hay una mano, te concederemos todo lo demás.”

La soledad de Narciso es infinita. Convirtió en un yermo todo a su alrededor: una torre sin ventanas en el desierto que se mirase reflejada en un inverosímil foso valdría para expresarlo. Arrebatado por la imperiosa evidencia de un misterio, no supo ver nada más. Su soledad es la del dios de los filósofos, ignorante del mundo del que es causa, puro pensamiento que sólo se piensa a sí mismo. Su soledad es la del universo, en su persistencia ciega y sin posible sentido, pues todo sentido se da en una relación. No obstante, acaso fuera dulce para él. Hemos imaginado minuciosamente el infierno pero rara vez hemos logrado parecer convincentes hablando del paraíso. En uno de sus extraordinarios sonetos Unamuno describió su anhelo (o el del momento): “muerto en mí todo lo que sea activo (…) y el archivo de mi memoria mudo, el ánimo saciado en puro inerte.” “Oír llover no más, sentirme vivo”, con que comienza La vida de la muerte, podría valer por “Ver mi imagen en el agua, sentirme vivo…” Tal vez sea así.

En cualquier parte puede suceder. Por ejemplo, en un coche, junto al asiento del conductor. Uno es llevado y durante el trayecto se confía a otro. Pongamos que el sol está declinando y se vuelve molesto, le deslumbra y, abatiendo el quitasol, aparece un pequeño espejo rectangular. No puede encerrar todo el rostro, encuadra solamente una parte de él. Sea la boca. El espejo es marco de los labios, trasladados fijos en un gesto dibujado con vigor y calma, mientras fuera todo fluye. Como vistos por primera vez, son y no suyos. Son y no son él. Son él, algo del mundo. Y él es por fin los otros. O sería, si los otros supieran enmudecer de asombro ante un dibujo. Dice al fin algo, como iniciando una charla, por deshacer tan extraña belleza. Vuelve a sí y al mundo común. Sonríe mientras bromea y ahí fuera reconoce su nostalgia que fluye en la sonrisa, entre otras cosas que fuera fluyen. Desde un cuerpo.

Antonio Dafos Garaizábal

El cambio

PRIMERO abrió un ojo, luego el otro. Iba a costarle acostumbrarse a la luz. La sentía demasiado fuerte, tan cegadora como si sus ojos hubieran estado siglos cerrados. Enseguida tuvo la intuición de que algo había cambiado; pero, ¿qué podría ser?
¿Y dónde estaba? Aquella cama blanca e impoluta, en aquella habitación igualmente nívea, con aquel penetrante olor a desinfectante… Todo le era ajeno.
Con una lentitud pasmosa, consiguió levantarse. Sus músculos se negaban a responder. Los sentía pesados, agarrotados, como si llevara una eternidad sin moverse. Arrastrando los pies llegaría hasta la blanca cómoda, con su espejo de marco blanco colgado de la blanca pared. Lo que le devolvió su reflejo no podía ser real. Igualmente imposible era contener el consiguiente grito de asombro.
La persona que se hallaba en la habitación AB327 no podía saberlo entonces, pero todo había comenzado siete meses atrás, el 9 de noviembre del año 2340. Por aquellos días, el doctor Jonás Carpenter, reputado cirujano en el campo de la resucitación asistida, sentía que su carrera necesitaba un cambio. Ya no era el mismo joven entusiasta que comenzara a trabajar en el Hospital Ciudad de Los Ángeles cinco años atrás. Con el tiempo, se había dado cuenta de que su empleo era tan rutinario como cualquier otro: seguir la lista de pacientes congelados por estricto orden, ejecutar las labores propias de la resurrección clínica, curar los males que provocaron la muerte, pasar al siguiente paciente de la lista… Efectivamente, su vida carecía de emociones hasta que aquel viejo colega de la universidad le brindara la oportunidad, aquella fría mañana de noviembre, de probar un nuevo y revolucionario invento: el lector de mentes criónicas.
Aquello de escudriñar en las mentes congeladas no dejaba de ser morboso, por muy útil que pudiera resultar a la hora de satisfacer los deseos de los resucitados, o facilitar su integración en la sociedad. Mas el aburrimiento de Carpenter era tal, que no le costaría pasar de cuestiones éticas y probar inmediatamente el artilugio con uno de los cuerpos donados a la ciencia.
Después de un minucioso estudio, Carpenter se decantaría por la paciente KL26PW, de nombre Karen Smith. Según su ficha, Karen Smith, abogada criminalista de profesión, soltera, había muerto en un aparatoso accidente de tráfico en el año 2005. Según Carpenter, los congelados demasiado jóvenes sólo tenían tonterías en la cabeza, y a partir de los 40 se perdía memoria. La edad a la hora de la muerte, 30 años, convertía a Smith en la mejor candidata.
Sin embargo, y a pesar de lo que el colega del doctor afirmara para endosarle el aparato, aquello no iba a resultar tan fácil. Tras media docena de fallidos intentos, por fin al séptimo le pareció percibir a Carpenter, por los auriculares de aquel trasto de tebeo, lo siguiente: «Necesito un cambio definitivo». Ninguna otra oración habría hecho más feliz a nuestro médico. Fanático como era de todo lo concerniente a la época comprendida entre el final del siglo XX y los comienzos del XXI, aquel era el proyecto que llevaba toda su vida esperando.
Después de la resurrección y la curación de las graves heridas internas, Carpenter ordenaría que la paciente permaneciera en coma inducido hasta el final del proceso. Dado que Smith no era precisamente una sílfide, el doctor optó por realizar primero una liposucción y una remodelación total de su figura. Seguidamente, y ya que el pecho de la resucitada era escaso, Carpenter le implantaría un par de nuevas mamas (la talla cien sería suficiente). Tras un lifting facial, la eliminación de la papada, la inyección de colágeno en los lugares estratégicos del rostro y de silicona en los labios, sólo quedaban pormenores de los que se encargarían personal de confianza: depilación, aplicación de rayos UVA sobre la piel y de tinte rubio platino en el cabello.
Cuando la enfermera de guardia llamó a Carpenter para decirle que Smith por fin estaba despierta, el doctor dejó inmediatamente todo lo que estaba haciendo en su día libre para poner rumbo al hospital. El trayecto en coche se le haría eterno, tan impaciente como estaba por conocer las primeras impresiones de la hermosa Karen en el mundo moderno. Habían transcurrido largos meses de espera desde la primera intervención hasta que las cicatrices sanaran y el doctor diera la orden de desenchufar las máquinas que mantenían en coma a la paciente. Cada vez que Carpenter observaba a su bella durmiente, un escalofrío recorría todo su cuerpo. Era perfecta, una diosa convertida en realidad. Ansiaba mirarla a los ojos, verla caminar, escuchar su voz, oler su fragancia, tocar sus manos… Pero no convenía forzar las cosas, debía dejar que se despertara por sí misma.
Se había imaginado aquel encuentro de mil maneras, pero nunca como en realidad sucedería. Karen Smith se encontraba encogida en un rincón de la habitación cuando Carpenter entró. Con la mirada perdida en el infinito y el pelo revuelto, parecía más una paciente de psiquiatría que del pabellón de resurrecciones.
–No lo entiendo –dijo un confuso Carpenter–. En su cerebro leí que quería un cambio. Ahora es una mujer muy bella.
La paciente levantó su rubia cabeza y, saliendo de su ensimismamiento, con mirada iracunda y puños cerrados de forma amenazante, respondió:
–Yo era muy feliz siendo tal y como era. Me encantaba mi cuerpo y estaba en contra de la cirugía estética con fines frívolos. ¡Usted me ha convertido en una muñeca de plástico!
–Entonces… lo del cambio… –balbuceó.
–¡De coche, un cambio de coche! Si lo hubiera hecho a tiempo, no me habría estrellado y no estaría ahora aquí, siendo tan desgraciada. ¡Pienso demandarle!
Entre perplejo y consternado, el doctor Carpenter abandonó la habitación. Aquel día se prometería a sí mismo no volver a salirse jamás del protocolo establecido. Nunca más desearía un cambio.
Cristina Monteoliva

Frases para la Historia


“Fue absuelto a pesar de que la acusación particular pedía para él un año de cáncer y una indemnización de 12.020 euros”. Diario de Castilla, informando sobre el juicio de un médico por negligencia.

“En España existen 2.208 millones de funcionarios”. Diario de Sevilla. Información económica.

“Son las seis y seis. Cinco y cinco en Canarias”. Onda Cero, dando la hora.

“El satélite será puesto en órbita por un misil soviético”. El País, tecnología y guerra fría rediviva.

“Soy mayor, pero no tanto como para ser del Parque Jurídico”. Carmen Sevilla, en cine de birria.

“Todavía no he encontrado la hormona de mi zapato”. Sofía Mazagatos, en lo suyo.

“En la luna de miel hemos estado en Roma, en Venecia y en otras islas griegas”. Raquel Mosquera, viajando.

“En Madrid no hay atascos, hay tráfico más o menos fluido”. Álvarez del Manzano, ex-alcalde de la villa.

“No te imaginas lo que duele un cólico frenético”. Terelu Campos, de los nervios.

“¡A ti nadie te ha dado entierro en esta vela!”. Belén Esteban en el programa de Plagiarosa Quintana.

“¡A usted quería yo felicitarle muy especialmente, porque hay que ver lo limpio y bien dispuesto que lo tienen todo aquí!”. Esperanza Aguirre, al vicerrector de Acceso, Univ. Autónoma de Madrid.

Ya está

Jarry

A veces, revientan los volcanes en el pecho

Parecen mil dragones escupiendo el enojo de los mitos

Esa extraña semblanza del sin vivir vivido

A veces, las venas son sopletes que reparten las llamas

Las tripas se retuercen como mangles quemados

Y los huesos se astillan para avivar la hoguera

A veces, la carne se revuelca como fiera doliente

Y el cuerpo es un embalse de alimañas

Amasijo de vísceras

Turbio mar, negra cal

A veces, simplemente, siente rabia

¡Cuidado!

Antorcha en mano, ha vuelto del Olimpo

Y en su mirada hay un nimbo de Dioses relevados

Un aullido rapaz de carcajadas

Recorre los abismos y vuelve a su garganta

Aunque ande en bicicleta,

Parodia de fantoches,

Revolver de quincalla,

Duelo sin balas,

Disparando, entre sombras, nidos de luna nueva

Para retar a un sol que se cubre la cara

Aunque descorche el néctar del sarmiento

Y abreve en los lagares fermentados de savia

¡Atentos!

Es un hombre de fuego en la palabra

Puede que al arrimarte se rompan sus compuertas

Y veas cruzar locuaces pavesas por la calle

¿Verdad, Monsieur Jarry?

Dime,

¿Has llorado esas lágrimas que corren como perlas de vinagre?

¿Has gritado a la muerte para que te libere del mundo que no entiendes?

Sí, he visto hombres con rabia

Reconozco su olor de bestia lastimada

Tampoco me gusta lo que veo

Por Dios, se ha despeñado la sangre de la tierra

Es que no ven los restos disecados

Dime, Alfred

¿Es ira o desconsuelo lo que siento?

Concepción Cantelar

Ideal.es

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