
Respuesta de nuestro Rector Magnífico Perezoso a la recepción del Manifiesto Furibundista, remitido a traición por el díscolo Sátrapa Miguel Ángel Zapata Carreño.
Querido Sátrapa y Regente:

Furibundismo: un Manifiesto sin mucho interés ni todo lo contrario.
Pues pónganle ustedes cuarto y mitad de Tristan Tzara, Oscar Wilde y su mejor traje de terciopelo turquesa y ambiguo nihilismo vitalista adolescente a granel, pónganle ustedes eso. Y poco más o menos que imaginen al señor Wilde departiendo muy elegantemente en el salón rocoquísimo y preñado de molduras de la mansión eduardiana de la duquesa de Kent, y en el preciso instante de tocar el erudito tema del inicio de la temporada de representaciones en el Royal Theatre, desabotonar el de Dublín, sin menoscabo de la pose perfecta y de la atención exquisita que sigue mostrando a las palabras mostrencas y generadoras de bostezos de la duquesa, desabotonar, decimos, su pantalón de terciopelo turquesa, extraer con delicadeza de botánico la flor mustia y adiposa de su sexo y dejarlo caer tiernamente hacia la pantorrilla que sustenta la pierna que sobre ella se cruza, sin dejar de atender, insistimos, con la mayor de las distinciones y movimientos aprobatorios de cabeza, y la taza de té en la mano libre con el asa entre los dedos pulgar e índice, a la fontana de bagatelas que la duquesa sigue vomitando sin cesar por su boquita estupendamente victoriana. Furibundismo, o sea
Y uno puede pensar que ocurran dos cosas:
- Cosa 1: la duquesa de Kent sigue su parloteo insustancial sin advertir la provocación fálica del señor Wilde, que tampoco ha sido la cuestión para tanto, nada de brusquedades y el té aún sostenido con la misma finura entre dos dedos, y terminar nuestro amado Óscar guardando su tesoro en el invernadero aterciopelado, sin un gesto de más ni de menos, sin decepción ni embarazo ni alharacas, y seguir cabeceando muy educadamente para acompañar el discurso ducal.
- Cosa 2: la duquesa de Kent ha debido interrumpir tanta palabrería con un gritito ahogado y un sofoco de doncella, porque sus aristocráticas pupilas han percibido el dulce sueño del pene dublinés sobre la almohada turquesa, y ha gritado pidiendo auxilio al servicio para que alguien expulse de su casto hogar al impúdico, al perverso, al invertido, al mediocre pergeñador de atrocidades antisociales que él pretende llamar teatro, god save the queen o por lo menos the queen save god, vive dios que sí.
Sin lugar a dudas, suponiendo que el ínclito Óscar Wilde fuera el padre y la madre consciente del Furibundismo, hubiera preferido que sucediera la Opción 1, que nadie más que él hubiera sido testigo de excepción de una situación ridícula que nunca existió, de una provocación abortada y de una caída en desgracia que sólo la víctima de tal esperpento percibiría. Furibundismo, o sea, pardiez.
Ahora: ¿no basta aún la genial analogía ni más ni menos que aristotélica y socrática y marcadamente didáctica de Wilde, la duquesa y el falo magnífico que nadie vio brotar como una flor desolada? ¿Será preciso, pues, el arquetípico esfuerzo de una tautología, una ontología, un meterse en las entrañas mismas del movimiento furibundista y diseccionarlo hasta que vomite como bestezuela abierta en canal, será precisa vulgaridad semejante? Por supuesto, allá vamos, no sea que se nos tache de aspirantes a genios singulares, artistas malditos o rupturistas incomprendidos. Eso jamás, por la ridícula memoria de la Trinidad Arcaica Furibundista.
El Furibundismo, pues (permítanme en esta protohistoria las mayúsculas, luego será otro cantar), nace como un movimiento acneico y apneico, fruto del arrebato adolescente allá por 1991, año capicúa de excelentes cosechas vinateras, el fin de los cardados y el auge de las preparaciones preolímpicas, año de bienes. Tras el descubrimiento de Dadá, Bretón y Marinetti, impetuosamente iluminados por las gestas galas de Indurain, tres imberbes nazaríes deciden acompañar las horas de tedio alcohólico con la gestación de algo parecido a un movimiento, o a un empujón, o a un apretón de manos, al menos. E imitando el modus operandi de los maestros en Dadá, abren al azar el Diccionario Ilustrado Espasa (desde ese momento, sacrosanto libro inmarcesible de nuestro movimiento, guía espiritual inveterado) y allí aparece, oh, revelación sin par, el Vocablo, la Luz, el Pilar, la Muleta, la Gran Excusa, la Magna Estupidez en nueve caracteres:

FURIBUNDO
Momento fundacional. Música telúrica. Manos a la obra. Después vendrían, claro, los bautizos en furibundo de los tres ungidos por Espasa: Mabusse, Charlie y Je Larousse, Trinidad Arcaica Furibundista, doctos conocedores del secreto que no podría, que no querría hacer jamás prosélito alguno.
Buscar un fundamento a la recién nacida Revelación fue difícil. El tedio, la inquietud hormonal de los trinitarios y un cierto resabio de malafollá incapaz de alcanzar acuerdos, disuadieron a los fundadores de encontrar un sentido al Furibundismo.
Entonces fue salir a la calle, a las noches etílicas (¡oh, Baco, amigo, oh, calimocho con pipas rancias, whisky maravillosamente adulterado, chupitos dos por uno en antros innombrables, oh, destructoras combinaciones de ron y cacao, cuánto os debemos, qué liturgia extática con el paladeo de tan sutiles elixires en los templos inconscientemente habilitados para nuestros nuevos deleites, oh!), salir, sí a la noche, única hora posible para los furibundos furibundistas, y hacer de la práctica cotidiana un calcetín, darle la vuelta más o menos rabiosa al deseo adolescente de poder y gloria y perfección y buscar el reverso pobre, fracasado y lleno de aristas de las cosas, su naturaleza afín al caos y lo inesperado. Así, impulsados por el corazón furibundo del mundo, su perfecto corazón imperfecto, renunciamos a intelectualizar la Revelación y nos propusimos sodomizarla hasta dejarla seca.
Es, por tanto, el Furibundismo una anticorriente, un antimovimiento, una no cosmogonía, una no negación que no pretende afirmar. Es tesis, antítesis y síntesis. Es partir, por ejemplo supremo, de la inexcusable condición de elegancia del dandy para terminar arrastrando su estilo por el barro. Es un grito de vida, de fuerza, de nervio, que busca irremediable y afablemente las esquinas del ataúd, el aplacamiento de su ímpetu, el susurro amansador, así, como el que no quiere la cosa, casi encogiéndose de hombros, consciente de su corta existencia, que no muestra mayor interés en dejar estelas de recuerdo y que, por ello, prefiere destruir cada éxito con un fogonazo inmisericorde de caída en el más estrepitoso de los ridículos. Es un desposeer a los gestos de su condición de inmovilismo, es encontrarle el pulso a la nada, es desnudar la tiritera del invierno, es ponerse uno mismo una zancadilla cuando más rápido corre, disfrutando por igual el vértigo de la carrera y la caída autopropiciada. Es pasar una tarde acicalándose ante el espejo, cuidando al milímetro la caída de tu mejor chaqueta, cincelar con esmero la gomina de tu cabello, sacar brillo hasta la ceguera a los zapatos recién comprados, es comerse las calles con un porte excelso de triunfador de la noche, es alcanzar el nirvana de la pose perfecta en la barra de un antro de moda, es lograr entonces el milagro mundano de convocar, por magnetismo y seguridad en el propio rol, a los tiernos y tiernas vástagos de la gente guapa o no tan guapa, y es reventar poco después el cuadro adorable con un exabrupto impasible, o una pantomima inesperada, o dejando alcanzar la luz a la mismita flor de Wilde, bragueta afuera.
El Furibundismo no busca adeptos.
El Furibundismo no espera escandalizar, trocear o corromper moral alguna.
El Furibundismo no es inmoral, no pervierte porque rehúsa juzgar o escarnecer.
El Furibundismo no ataca, es activamente pasivo en sus invectivas, y su supuesto espíritu provocador o trasgresor no es un acto de la voluntad, sino el juicio externo de los no iniciados.
El Furibundismo espera que sus actos mueran en sí mismos, evitar incluso que sean percibidos, no desea convertir sus atentados lúdicos en un motivo para la repulsa, no es un revulsivo, es un repulsivo.
El Furibundismo sólo pretende hacer caer única y exclusivamente en el más aparatoso de los ridículos a cualquier integrante de la Trinidad Arcaica Furibundista.
El Furibundismo mira sus actos con una distancia prudente, satisfecho o no en triturar el rol de excelencia y elegancia que había sido su causa y su motor.
El Furibundismo es un Dandysmo avant la lettre, es comprar el traje de terciopelo turquesa de Wilde y mancharlo, casi despreocupadamente, de salsa brava Uncle William, con su alto contenido en gluten.
El Furibundismo precisa de la mirada inexpresiva de Garfield en el momento culminante de su despropósito, ejecutar la caída en desgracia del adepto con un aristócrata sentido del nihilismo más cómico, del vitalismo más razonable.
El Furibundismo nació durante una bizarra clase de Literatura de la insigne y amada doña Carmen, en un aula de 3º de BUP del segundo piso del IES Generalife, en la antigua Huerta del Rasillo, sin ningún interés en formar movimiento literario, intelectual o cultural alguno.
El Furibundismo no pretende quemar el Louvre, epatar a los burgueses o saltar en pelotas al Santiago Bernabeu.
El Furibundismo es un estilo de vida, una impostación teatral, un happening burgués, un juego solemne, un artefacto lúdico muy serio, un secreto que sabía que moriría joven sin dejar ni un miserable cadáver.
El Furibundismo es despeñarse en un autobús por un precipicio del que no te salva ni la Virgen de Regla y aprovechar la caída para besar con el debido frenesí que la situación requiere a ese azaroso vecino de asiento alopécico, alitósico y bigotudo, sin necesidad de sentirse atraído por él.
El Furibundismo aborrece la visión trágica del mundo, los chistes de leperos, la pose rockera cigarro ladeado en boca, el neohippismo de saldo, la salve rociera, las tertulias literarias, los guantes con los dedos recortados, las sonrisas llenas de dientes, el buenrollismo porque sí, los Héroes del Silencio, los nombres estúpidos de bebidas como el Parfait Amour, aborrece a los que se saben todas las calles de Granada sin dudar jamás, la visión triunfalista del mundo, las corbatas de lazo, la Facultad de Psicología, la Mediateca, subir a esquiar porque Borreguiles está de dulce, a los que terminan un examen y hacen gestos definitivos de que van sacar un diez como un piano, las expresiones “estar de vuelta de todo” y “esta es mi gente”, aborrecen la resurrección de los muertos, la vida del mundo futuro y amén.
El Furibundismo murió, sin hacer ruido, en un punto inconcreto de mediados de los noventa, cuando Indurain había visitado ya demasiadas veces los Campos Elíseos y a la Trinidad Arcaica Furibundista le empezó a seducir la costumbre de sentirse una pieza imprescindible del mundo, cuando se disipó su mirada descreída y se trazó en su gesto cara de tarde de domingo con camisa color hueso, almuerzo familiar en la venta La Estrella y conversaciones interesantísimas sobre el euríbor, murió (o buscó, quizá, conscientemente, encogiéndose de hombros, el féretro esperado) cuando Mabusse, Charlie y Je Larousse sonaron, por vez primera, a cáscara hueca, a lunes por la mañana.
Una vez difunto y embutido en su cajita (huelga decir que de terciopelo turquesa), el furibundismo (ahora sí, ya era hora, en la anhelada letra minúscula) puede al fin respirar tranquilo, con la misión cumplida de desaparecer a tiempo, sin dejar descendencia, recuerdo o acontecimientos dignos de resaltar, sin abrir nuevos caminos a nada, ni cerrar vías a otras cosas, como siempre deseó vivir y morir, contemplándose a sí mismo como gustaba, en el más absoluto de los secretos, testigo único del ridículo maravilloso y monstruosísimo que es vivir, ignorado e íntimo como al gran Wilde nunca le hubiera gustado aquella imposible tarde ante la duquesa de York.
Miguel Ángel Zapata Carreño
Regente de la Cátedra Dandysta de Furibundismo Aplicado
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Fin de trayecto

Era la tercera vez que ordenaba a sus zapatos abandonar el pasillo, donde yacían asimétricos desde que se despojara de ellos al regresar del maratón de baile, volcado el par izquierdo, mirando la punta del derecho hacia la puerta, conminándolos él con firmeza a que retomaran su puesto habitual bajo la cama.
No fue necesaria una cuarta llamada al orden.
Constató la muerte de sus mocasines, los tomó delicadamente de la lengüeta, los introdujo en la caja originaria y ofreció en su memoria un solemne funeral, frente al depósito de cadáveres de la basura. Descalzo, como ellos hubieran querido verlo.
Miguel Ángel Zapata Carreño
(Archidecano de Criptobiopodia)
Ya está

