EL MATADOR

Luego dirán… Si yo matase toros, lo mío sería arte, y viviría en la abundancia, rodeado de marquesas. ¡Cuando todo es cuestión de gesto!. ¡Es por el gesto que este humilde servidor de ustedes se equipara con el diestro en la plaza!.

Nadie va a reconocer esta verdad, por supuesto, y sin embargo ahí está… ni mucho menos luminosa, pero sí demostrable como una división bien hecha. Ese es el asunto de mi pasatiempo, que no es luminoso. Pero sí requiere reflejos y maestría, pose y valor, aunque el riesgo no sea sangriento sino aplazado. Por eso, por lo aparentemente indirecto, es más terrible que el heroico de los cosos.

Pese a carecer de público, mi oficio tiene su lucimiento, de modo que muchos, al vérmelo ejercer por primera vez, exclaman “¡qué habilidad!”, aunque pasada esa ocasión frustren del todo su interés fingiendo cierto asco o fastidio.

Tengo varios sistemas, aunque sólo dos son mis preferidos. El torero, en cambio, se ve limitado en su alarde. Concederé, claro está, que los diferentes pases le dan una brillantez del que mi artimaña está exenta. No obstante, es en la suerte de matar donde mis logros arrasan con la vieja fiesta celtibérica.

Como ellos, yo disfruto del acercamiento, el engaño, la seducción para traer al bicho a mi terreno. El disimulo, tan importante en muchas cosas, es en mi disciplina vital. Aún precisaré más: una variedad del disimulo primitiva, cazadora: el sigilo.

Me agrada el embate por delante, la mano extendida, sin rozar nada, sin respirar, buscando la sombra. En ocasiones arremeto desde arriba; entonces lo fundamental es la rapidez, como el ataque de una cobra, superando en velocidad el sistema nervioso del animal que, como cualquiera sabe, es seis o siete veces más raudo que el nuestro.

La gracia, y arrostraré la oposición de algunas personas, está en mi sistema preferido, más incruento y limpio: el acercamiento es en todo igual al primer método: la mano entreabierta, relajada y artera, cuidando de no delatarse por ningún movimiento brusco, la mirada fija en la bestezuela, aproximándose por la retaguardia o, preferiblemente, afrontando su horrible cabezota. Ella estará absorta, fascinada, tal vez acariciándose sus pilosidades con ambas patas delanteras, con ese movimiento compulsivo que las caracteriza, comparable al imposible gesto humano de quererse rascar la nuca con los codos. Quién sabe cómo me verá el bichejo: puede que sea la mirada con la cual se arrostra el destino, lo inevitable, semejante a aquella de los indios embelesados ante los centauros que, ineludiblemente, venían a aniquilarlos.

Algo monstruoso se le aproxima sin alterar el aire, solapado, silencioso, invisible de puro gigantesco, y de pronto, ese algo se abalanza rápido como el tiempo, engullendo el espacio, y reduce éste a una cárcel de piel, contrae aquel aire que fue inacabable y vibrátil a un espacio nocturno donde se estrella contra la palma, contra una maraña de arrugas y pulpejos. La siento cómo rebota enloquecida, impotente, azarosa, siento sus diminutas cosquillas, aparentemente ingenuas, en la plena conciencia de que este es el momento de mayor riesgo: el del contagio con los infinitos microbios de los que me hablaron mis mayores, y a los que tengo el respeto del cazador por su tigre o su elefante.

Mas no hay que apresurarse. Lo importante es el gesto, de modo que asumiendo el peligro, dejo llegar esa actitud gallarda, semejante a la del diestro que da la espalda al morlaco o que al entrar a matar mueve arriba y abajo el paño para obligar al animal a bajar la testuz y calibrar así el punto exacto por el que introducirá el estoque. Esa actitud podría describirse en una exhibición del puño cerrado sobre mi cabeza, ofreciendo a los dioses de la caza su ofrenda aún viva y frenética, para inmediatamente arrojar con violencia el contenido de mi mano contra el suelo, igual que de pequeño tiraba aquellos petardillos de papel blanco, llamados bombetas, cuya mínima aunque ruidosa explosión no se lograba si en el golpe contra el suelo o la pared no se derrochaba la suficiente furia.

La velocidad del descenso, así como el punto exacto en el que abro mi mano y lanzo a la fierecilla incrédula aún del impacto que la dejará, tal vez, aleteando panza arriba como una tortuga y girando alunada sobre sí misma, es una cuestión de práctica. En ocasiones rebota y hay que buscar entre los muebles o parar oídos a un ronroneante zumbido que delatará al bichejo. Otras, queda quieta: eso es algo que jamás haría una noble bestia, responder al disimulo humano con otro disimulo. Cuando tal ocurre, las más de las veces agarro caballerosamente al insecto, cuidando de no despachurrarlo, lo sujeto por un ala o por las patitas yertas y lo lanzo por la ventana, condenándolo a una pena dolorosa pero esperanzadora: la del destierro; porque no crean que muere a consecuencia del porrazo: sin estructura ósea, tiene en su propia blandura una defensa mayor que la del hombre; en esas ocasiones puede decirse que me atrapa una identificación con el animalillo pues observo que, por así decirlo, él ha aprendido de los humanos con quienes siempre convivió una capacidad de enmascaramiento no procedente de la evolución o la biología, sino de origen inteligente.

Otras, en antítesis, es la rabia por su fingimiento, recordatorio del conejo en su matorral, lo que me puede, y golpeo con la mano abierta para rematarla y ni me digno enterrarla con mis manos, sino que alzo el despojo con un papel cualquiera. Normalmente no golpeo con la mano tiesa, sino ahuecada: no es que me repugne el probable destripe del díptero, pero la cochinada no me parece elegante. No obstante, la elegancia máxima, aunque la muerte para el insecto es terrible, entre gorgoteos acuosos, en la oscuridad más absoluta y en un espacio exiguo que le impedirá su libérrimo aletear, consiste en echar el cuerpecillo al sumidero del lavabo con un gesto entre altanero y asqueado, y dejar correr el grifo.

¡La distinción, la gracia, el estilo!. Porque no he querido extenderme en detalles sobre la postura de las piernas o el ángulo exacto del codo en la aproximación, en pormenores sobre la forma justa en que debe quedar la mano al proyectar a la mosca contra el suelo, en qué presión precisa debe ejercer el puño sobre el animalillo para herirlo pero no despanzurrarlo. También la elegancia consiste en la brevedad.

Al iniciar esta reflexión hacía una inevitable comparata entre mi… ¿pasatiempo, afición, oficio?, no alcanzo a definirlo, y la maestría del matador de toros. Entre ellos y yo no hay tan sólo la diferencia de un espectáculo y la posibilidad de él. De niño vi en una feria pueblerina a uno que se decía domador de pulgas: sus empalagosas muecas simulando seguir el salto de los diminutos insectos, dejaban una duda en el aire: ¿estaban de veras allí las saltarinas negras?. Algo parejo pasaría si yo, no ya en una plaza, sino en un teatro, o en caseta de verbena, representase mi arte con todo su ceremonial. Además, observando a todas esas personas que se derriten ante la heroicidad del diestro, especialmente las mujeres, veo un mundo para nada apetecible. Sin querer dármelas de purista, el garbo de mis posturas no es para ser pregonado ni expuesto a miradas despreciativas.

El gesto es la quintaesencia del disimulo; el gesto es la muleta del disimulo, aquello en lo que éste se apoya: y disimulo y elegancia son la misma cosa. Pues bien, yo soy perito en gestos.

De ahí mi remilgo de verme entre marquesas, adinerado y sumergido en el postín. Mi dignidad me mantiene aquí, viéndolas venir. Esperando a que, importunas, como de hábito, penetren por la ventana o la persiana entreabierta, buscando esa mínima expresión de humedad o porquería, inocentes a mi acecho, indiferentes a mi altanero escorrozo capaz de hacerlas caer en una red que, al revés de la arácnida, es activa; red de lujo y hembrío en la cual no caeré. Gracias.

Miguel Arnas Coronado

Facebook Twitter Stumbleupon Delicious More More More
Ideal.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.