MANDA FLORES A MI ENTIERRO

Ricardo Bosque es uno de esos tipos inquietos, curiosos e incansables cuyos múltiples y variados intereses y aficiones le confieren tantas dimensiones que, a su lado, el Dr. Jeckyll y Mr. Hyde apenas serían un par advenedizos en eso de la multiplicidad de personalidades.
 

 
Lo mismo te encuentras a Ricardo haciendo una excursión con raquetas de nieve por el Pirineo que disfrutando de una fideuá en la Costa Dourada. Igual te lo encuentras convertido en un hombre avant la letre en todo lo referente a software libre, Linux y alrededores que se descubre como maestro bloguero, editor de La Balacera, agitador cultural, crítico literario con fundamento, lúcido analista de la realidad, fotógrafo eminente y un etcétera tan largo como estimulante.
 
Pero esta nómina de méritos no estaría completa… sin una novela. Una buena novela negra, género al que Ricardo es gran aficionado. Su debut como novelista se produjo hace años, con “Último avión a Lisboa”, en que jugaba con la mítica y la heroica de los personajes de Casablanca. Ahora presenta “Manda flores a mi entierro”, un policial de libro en que la vida y la muerte confluyen de una forma harto singular.
 

 
Tenía mucha curiosidad por leer la novela de Ricardo y saber qué tipo de personajes había elegido como protagonistas de su historia y qué tono le había dado a la redacción de la misma. ¿Hard-boiled con personajes al límite? ¿Pulp a la americana? ¿Realismo sucio-poligonero a la zaragozana?
 
Me llevé la novela a la playa, para leerla durante un fin de semana. Lo empecé el sábado por la mañana, tumbado al sol, y el domingo pasaba su última página. Porque “Manda flores a mi entierro” es uno de esos libros que se leen a toda velocidad y de un tirón, que se devoran, que enganchan, que se disfrutan. Y todo ello, a través de una normalidad absoluta.
 

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Me explico: no hay truculencias, ni persecuciones insensatas, ni palizas o violencia gratuita. Los personajes son tan corrientes como usted o como yo. A saber: una florista que, en la trastienda, gestiona un negocio más lucrativo, basado en la asistencia al suicidio de aquellos que, sin ganas de vivir, no se atreven a terminar con su vida. Así contado puede parecer un tanto fuerte, pero cuando vemos que Tana lleva su actividad asistencial con la misma frialdad y seriedad empresarial que la floristería, entramos en esa normalidad que se convierte en la mejor divisa del libro. Y tenemos a Sanromán, un sencillo policía que es fiel reflejo de la cotidianeidad democrática de nuestro país, con su hipoteca, hijos, mujer y padre a cuestas.
 

 
Porque estamos ante una historia en que las verdaderas protagonistas son las relaciones de familia. Por un lado, Tana, su marido y su madre. Por otro, la saga de los Sanromán, en que el personaje del abuelo, ácrata, deslenguado y libertario, se erige con entidad propia como uno de esos secundarios de lujo que terminan ganándose el aplauso unánime de la concurrencia.
 
Lo mejor de la novela de Ricardo Bosque es que sus personajes son creíbles, reconocibles e identificables. Y que, partiendo de un naturalismo amable, lúcido, realista y observador, ha sido capaz de tejer una historia de lo más atractiva. Una de esas historias que, cuando llegan al final, dejan un excelente regusto en el lector, que pide a voces la continuación de una saga que, estamos seguros, nos deparará próximas y grandes alegrías.
 
Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

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