EN Twitter no ha gustado que TVE haya emitido en el Telediario un vídeo en el que un ‘Taller de pedagogos’ da consejos sobre cómo deben ir vestidos los adolescentes para no resultar provocativos. Dicen los twitteros que los consejos parecen proceder de la moral sexual católica. Pero también los laicos opinan sobre sexo: la feminista radical Lidia Falcón decía en TVE, en 2008: “nosotros hemos salido de la represión del franquismo al caos actual. De que todo estaba prohibido, todo perseguido, todo era pecado, nos encontramos ahora con que todo está permitido”. Todos nos creemos facultados, si no convocados, a hablar de sexo, de provocación de seducción. ¿Será por aquello de que inquieta lo relacionado con el sexo por el gusto que da y lo poco que cuesta? Molesta que algo tan valioso circule sin control ni fielatos. Los psicólogos y pedagogos del taller, impacientes, sin esperar a que la indigencia que planea sobre nosotros corte de raíz cualquier diversión o exceso, van ya fijando tendencia. Pero modernos de la muerte como son, quieren meter entre las prendas “del mal vestir”, también a los calzoncillos masculinos, para disimular que lo que les preocupa de verdad, como a Lidia Falcón, es “la virtud” de las niñas. Que la “carne femenina pueda circular libremente”. Y ponen los calzoncillos al mismo nivel que los shorts o que las inestables camisetas anchas de las chicas. Hasta mi zapatero, que no es psicólogo, aunque sí arquitecto en paro, sabe que los mecanismos de seducción y conquista de hombres y mujeres no son exactamente iguales. Si a la mujer le afectase los más mínimos el que el hombre enseñe u oculte los calzoncillos, se sabría. En cambio sí hay pruebas de que la desnudez o la ocultación del cuerpo femenino si produce algún efecto en el varón. Lo que tendríamos que preguntarnos es si estamos todavía en la época arcaica del rapto: “Chica, si para casarte tienes que conseguir que un tío del pueblo de al lado venga y te rapte y se parta la cara con tu padre y con tus hermanos, es lógico que potencies el efecto llamada para que el chico se sienta motivado, pero si el niño que te gusta lo tienes a tu lado en clase, no es necesario que te pongas un pantalón ceñido, un tanga fosforescente y tres flechas tatuadas en la espalda que señalen el proceloso camino”. Los chicos saben orientarse, aun sin planos. Por tanto, protocolicemos la violencia posesiva de los machos y acompasemos las armas de seducción de las hembras de la especie.
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| Buscando La Palustra Aureliana |
PARA Pessoa, poeta, la literatura era la única verdad; para mí, en mi juventud, la albañilería también fue muy importante, hasta el punto de que usé el nombre de un amigo muy querido, Aurelio, albañil de oficio, para nombrar una constelación. Le puse a una de las Osas “La palustra aureliana”, porque en las noches, las estrellas parecían dibujar esta herramienta en el firmamento. Alguien me ha invitado al Festival de Poesía de Granada porque “en él oirás”, me dice, “versos imprescindibles”. Los profesores, los críticos, los caseteros del día del libro, los cantautores que ponen música a los poemas, los concejales de cultura, todos los que viven -algunos, malamente- de la poesía, tienden pensar que si se calla el poeta, calla la vida misma. Los que presentan sus obras a premios y los jurados que los dan, pueden también caer en este error de la estimativa. Tengo que confesar que yo mismo, que siempre me ha parecido exagerado el papel de la poesía en la vida cultural, en alguna ocasión, terminé por admitir que para muchos la poesía resulta imprescindible para sobrevivir. Eso después de afirmar que hoy en día la poesía sólo es uno más de los “específicos contra el desconsuelo”, como el valium, las religiones, la música chill-out, el Sálvame o los programas-confesionario de las radios de madrugada. Un hermano mío que me oyó advirtió un poco de cinismo en mi postura. La poesía es una heredera de la magia y de la religión. Por eso los poemas hay que repetirlos tal cual, sin que falte una letrita para que, como las jaculatorias o los abracadabras, produzcan el sublime efecto de las plegarias o de los canturreos rituales. Un recital de poesía, oído desde lejos, suena a misa. Potente palanca transformadora, para algunos, la poesía lo puede poner todo patas arriba. En la novela de de Felipe Alcáraz La conjura de los poetas, Luis García Montero y Javier Egea pasean por la playa acompañados por esta frase del Teórico, uno de los personajes de la obra: “Si se puede transformar la poesía, se puede transformar con ella la historia”. Para el cantante francés Jean Ferrat, el poeta siempre tiene razón. He pasado por épocas en que no he creído en la razón de los poetas. Pero desde que me han propuesto para formar parte del jurado del concurso de quintillas de las carocas de la Orden Plúmbea, en el Facebook, siento renacer la fe en mi interior. La fe en la poesía, claro.
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| Tribuna a la espera de los eventos del día |
AL pueblo llano la bondad se le supone. Goza de una cierta bula de irresponsabilidad, como el rey. Su tendencia natural es a ser bueno. Si alguna vez se equivoca, es porque lo engañan, porque alguien lo toma por tonto y se aprovecha de él. El partido menos votado en unas elecciones, pensando ya en las siguientes, la noche del escrutinio se traga las ganas de insultar al buen pueblo y sólo habla de manipulación. Que es la forma que tiene el perdedor de llamar “tontos del culo” a los que no lo votaron. Los enfadados porque durante la semana pasada no han podido salir a una calle resbaladiza, llena de ruido, de olor a “pescaíto” frito y de imágenes -alguna con hechuras de Todo a Cien-, suelen culpar a los curas encasullados que, tras los pasos, hacen de coche escoba de las migajas de “la piedad popular”, a los políticos conservadores que después de tanto teatro de calle guay potencian las rancias procesiones y las hacen pasar por el chiquero de las tribunas en las que escenifican su excelencia. Los hay que se asustan por las maniobras militares de algunas procesiones: rifles que vuelan, soldados que van de un lado a otro proclamando que son novios de la muerte, jefes uniformados que caminan detrás de los pasos, luciendo sus medallas conseguidas en acciones humanitarias en el extranjero, donde reparten balas y bombones. Pero pocos responsabilizan al buen pueblo que lleva los pasos ni a los capataces que lo mandan y que, cristianamente, gritan a los costaleros, en las calles estrechas, “que se aparten ellos”, refiriéndose al público en general que va a sus quehaceres. Los contrariados por la ocupación de los espacios públicos evocan los viejos fantasmas del nacional-catolicismo, y, perezosos, prefieren no ver la novedad de este sofocante banal-catolicismo. De este paganismo de clase media que ha arrebatado a los señoritos, a los políticos, a los curas y al ejército -hoy meros comparsas de la fiesta- el protagonismo y que impone su religión del disfrute oficiada por elásticos cuerpos juveniles, presentes, también, en procesiones, botellones y jornadas papales. Una clase media que ha impuesto su montaje de los viejos ritos y que, por ahora, acepta procesionar por la carrera oficial pero que, llegado el Dies Irae, arruinada por sus incómodos comparsas de pasarela, la abandonará para hacer estación de penitencia dentro de las catedrales del poder: en bancos, parlamentos y cuarteles.
LOS intelectuales deben de pensar que sus reflexiones son muy necesarias para una humanidad caótica y alucinada que vive a salto de mata y de espaldas a la razón, guiada por los instintos y, sólo, ligeramente embridada por la cultura y la vida en común. El hosco y obvio significado del refrán “El muerto, al hoyo, y el vivo, al bollo”, en manos de los profesores del Centro Virtual Cervantes, se domestica, como los guisos tradicionales llenos de tropezones y sobresaltos a los que la thermomix, un robot de cocina, convierte en papilla para ancianos o bebés desdentados. Lo primero que se advierte en la transcripción del refrán del Centro es lo bien que están puestas las comas. Sobre el guirigay del pueblo y sus refranes, la academia ha tendido su primer corsé: el ortográfico. Pero aquí no acaba la cosa, y, por si alguien no ha entendido el refrán, el Centro nos lo explica así: “Cuando alguien muere, los allegados al fallecido, por mucho pesar que sientan, han de atender sus asuntos y necesidades, entre ellas una tan básica como su manutención. Se aplica también este refrán para recriminar a quien se olvida demasiado pronto del muerto”. Ahora lo entiendo mejor. Y me vienen a la memoria escenas de la plaza romana del Campo di Fiore donde el fraile Giordano Bruno, en efigie, preside todas las actividades de la plaza. La visita a Giordano, quemado por la inquisición en 1600 por defender las doctrinas de Copérnico, es obligada para la izquierda. Una mujer, luchadora incansable por la libertad y la democracia en su patria, sentada delante de Bruno y de un plato de espaguetis le indica al camarero que los ha pedido sin tomate, el hombre grita a la cocina mientras retira el plato, “la donna non piace il pomodoro”. Giordano, impasible, asiste al banquete de los que han ido allí a dolerse por su martirio. En Granada, los dueños de restaurantes y tabernas de la calle Navas temieron por sus negocios, cuando el Ayuntamiento decidió trasladar a la Calle Ganivet la tribuna de Semana Santa. Pero, uno de estos profesionales me confesaba ayer que no han perdido clientela y que, mientras que la efigie de un hombre destrozado pasa por Ganivet en lo alto de un mueble, bailado por jóvenes atletas, que así desfogan, la gente sigue comiendo boquerones fritos y berenjenas rebozadas en la calle Navas. El muerto, al hoyo, y el vivo, al bollo. ¡Qué rica sabe la comida aderezada con salsas fúnebres!
Yo comencé a estudiar para papa a los 11 años en el Colegio- Seminario de Almagro, en cuyo Corral de Comedias asistí por entonces, sin provecho alguno, turbado quizá por otros afanes, a la representación del Gran Teatro del mundo de Calderón. Si hubiera prestado atención al dramaturgo me hubiera planteado mi vida, desde el principio, como teatro y representación y hoy sería, si no papa, al menos, cura obrero con familia numerosa. De aquella época, conservo algunas fotos, la bolsa de la ropa que tiene bordado a mano por mi madre mi número de colegial, el 243, un cuarteto a la Virgen que apareció en el número de mayo de 1958 de la revista colegial Alba, del que solo recuerdo algunas palabras del cuarto verso –“…mil floridos mayos”, creo que terminaba el poema- y el gusto por el gregoriano y las sopas de ajo. Mi uniforme de colegial, aspirante a la Orden de Predicadores, era una réplica exacta, según constato ahora por las fotos, del de los papas. Quizá la tela no fuese de tanta calidad, pero estaba bien cortado, aunque a mí me quedó algo corto, por el estirón de la adolescencia. Ni se me pasó entonces por la cabeza publicar estas menudencias. Hoy las coge un adolescente guapo y bien alimentado, como el cantante canadiense de pop Justin Bieber, y le dan para varios capítulos de su Autobiografía. Las cuento ahora porque la insistencia de mucha gente en relacionar el color negro de los zapatos del papa Francisco con la humildad y la pobreza franciscanas me las han recordado. No dejo de oír, desde que el nombramiento de este argentino sorprendió a todo el mundo, que el color negro de los zapatos y la plata, en lugar del oro tradicional, del anillo del Pescador suponen un “giro copernicano” en el rumbo de la iglesia. Nadie ha olvidado los zapatos de color rojo que solía llevar en las grandes ceremonias el elitista Benedicto XVI. Yo también aparezco con zapatos negros en una foto que tengo con mi padre en las puertas del convento de los dominicos de Almagro. No sé por qué, coincidiendo tanto con el actual papa, yo no he hecho carrera eclesiástica. La abandoné porque creía que el sacerdocio era incompatible con la dulce proximidad de la mujer. Estaba equivocado: Benedicto XVI se ha retirado a Castel Gandolfo con cuatro monjas y el papa Francisco besó, urbi et orbi, a Cristina Kistner. Si yo hubiera aprendido de Calderón que la vida es puro teatro, ahora podría ser Paulo y pico.
El ministro Fernández Díaz rechaza el matrimonio gay porque “no garantiza la pervivencia de la especie”. La supervivencia de la especie está garantizada por unas fuerzas que se nos escapan, felizmente. La religión Católica pese a promover estereotipos familiares poco productivos, como la Santísima Trinidad y el matrimonio en el que viene al mundo Jesús, con reproducción asistida, ha contribuido también,humildemente, a la superveniencia de la especie, con el celibato sacerdotal y la prohibición de las relaciones matrimoniales fuera del matrimonio canónico. Pese a los piadosos ministros del PP, ahora debe de haber sobre la tierra cerca de 7 mil millones de criaturas. No hay que preocuparse. Y en cuanto llegué la primavera, mi huerto, descuidado y ralo, reventará de plantas buena y malas, de vida. Eso no hay quien lo pare, ni siquiera este Gobierno generador cruel de parados.
En 1951, año en que hice la Comunión, según consta en la base de datos familiar, se podía viajar, al menos en las Escuelas del Ave María granadinas, sin necesidad de recibir dinero de ninguna trama corrupta. En la estampa conmemorativa que figura en mis archivos, junto al nombre de la parroquia –Nuestra Señora de Monserrat-, la fecha, mi nombre y una imagen de Jesús vestido de tiros largos acariciando a unos niños, con gesto muy cariñoso, tampoco aparece indicación alguna de que después del acto hubiera suelta de globos ni cañonazos de confeti. En mi escuela dirigida por Pedro Manjón, sobrino de don Andrés, podías muy bien ir de la Bola de Oro a Barcelona a pie, sin coger el Ave, atravesando el enorme mapa de España de obra que había en el patio, con sus ríos sus montañas y esas cosas que tienen los mapas físicos, nada de divisiones provinciales o por países o por autonomías o por cantones o por pueblos. Cenes no estaba ni tampoco La Lancha. Y menos el Área Metropolitana. Ni rotondas ni avenidas con montones de hierro de esos a los que se ha llamado después ‘estatuas’,pero que no son nada más que la vieja chatarra de los años del hambre apilada a las afueras de los pueblos para que no estorbe. A los niños, en los cincuenta, no se les prestaba una atención demasiado personalizada, se hacía lo posible para que la mayor parte de la camada –numerosa, por lo general- sobreviviera sana y suficientemente nutrida. Cuando había que hacer las faenas del hogar, directamente se les echaba a la calle, al cuidado del hermano mayor que los llevaba de acá para allá, de cerro en cerro, volando cometas o recitando a Shakespeare en el habla local. Pero dentro del magma familiar, donde el trato a los hijos era igualitario, el día de la Primera Comunión era el primer día–sin contar el del nacimiento- en el que se te permitía ‘ser tú mismo’, singularizarte algo. No me consta que el traje de marinero que me hizo una modista, en el Níspero, una finca que había en la Carretera de la Sierra, ni el suizo que me compró mi madre el día de la Comunión en una panadería que había junto al Puente Verde, perteneciente a la familia Velasco, ni la onza de chocolate que se trajo de casa envuelta en papel de estraza, para que me la comiera con el bollo, fueran pagados con dinero negro. Sépanlo los Mato. No vayamos a que ahora se nos quiera hacer comulgar con ruedas de molino.
EN la serie argentina de televisión En terapia, Jorge, el padre de Gastón, un policía de elite que se ha suicidado, le dice a Guillermo, el psicoanalista de su hijo: “Todo comienza en la casa según ustedes, los psicólogos: papá te quería llevar a jugar a la pelota y vos no queríais, vos queríais jugar a las muñecas, mamá te tocaba el pito cuando te bañaba de chiquitito… siempre son los padres en casa los culpables de todo”. El hombre abrumado por la culpa trata de traspasársela al terapeuta. Yo no les echo la culpa a mis padres del amor exagerado que tengo a la libertad de expresión, pero sí al internado en el que estuve confinado desde los 10 a los 14 años. Aparte de los altos muros y del insoportable encierro durante 325 días del año -sólo iba a casa 40 días, en verano- el régimen de vigilancia y pesquisa inquisitorial al que estábamos sometidos era intenso. Seguramente que mi psicólogo, de haberlo tenido, hubiera considerado traumatizante el que los superiores leyeran las inocentes cartas que los alumnos mandábamos a casa solicitando amor, ropa y comida. Conservo una de esas cartas que me permiten no idealizar los años que pasé interno. En ella le pido a mi madre que me mande un sinfín de cosas, entre ellas unos pantalones vaqueros -ni tejanos, ni jeans, vaqueros, simplemente- lo que prueba que en el año 57 ya se usaba esta prenda en España. También le pido a mi madre una faja para el frío. Estas delicadas huellas de la vida cotidiana de aquellos años me emocionan, cuando leo la carta. Lo que posiblemente me produjo, si no un trauma -porque entonces los niños no nos podíamos permitir esos lujos-, al menos una irritación, fue enterarme por mi madre de que en la misma carta en la que yo solicitaba hasta un violín, un superior, había escrito a máquina un informe muy negativo sobre mi conducta. Podría el buen fraile dominico, primero, respetar el secreto epistolar y en, segundo lugar, no mancillar mi escrito, de letra estrafalaria e insegura, con la verdad irrefutable de su Underwood. Por eso, cuando en el grupo de facebook al que pertenezco, profundamente granadino, La Orden plúmbea, alguien sale pidiendo prudencia a algún hermano que maldice o mienta la guillotina, siempre me pongo de parte del desorden humilde y despresurizador de las palabras sin censura, por muy fuertes que sean. Porque, en comparación con la indecencia que nos ahoga, son sólo palabras.

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