El monumento al político desconocido: el honesto

Niña sola

No sé si la nueva estatua del escultor López Burgos ha de ser llamada “Soledad” o, más bien, “Niña Sola” en homenaje a los muchos hogares españoles con un solo hijo. ¡Lo único que les faltaba a los hijos únicos es que después de haberlos maleducado además les erigiésemos una estatua! Educar es decirle a la gente que no. Prepararlos para compartir con los demás los bienes escasos que nos dejan los acaparadores, los explotadores y los corruptos de todo tipo que se apropian de dinero público. Pero, ¿quién le dice a un hijo único, a un niño solo, que no? Puede ser que algunos padres conscientes sí se lo digan, pero, ¿serán capaces de negarle algo los 30 tíos, los cuatro abuelos o los complacientes amiguitos del alma de los padres del niño? Y ahí los tenemos, educados para tenerlo todo y condenados a no tener de nada cuando crezcan. La humilde y decorosa niña sola aupada, sin piedad, a un pilastra cuatro veces más grande que ella en la Plaza de Bibataubín,  es un homenaje equivocado de unos pillos oportunistas a una infancia que desprecian porque han renunciado a educarla con el ejemplo. Desde Altamira, muchas obras de arte han tenido una finalidad didáctica. Las paredes de las cuevas prehistóricas servían a los mayores de la tribu como pizarras en las que dibujan, para los menores, imágenes de lo que pasaba fuera de la cueva. Mucho más educativo para la infancia hubiera sido levantar en esa plaza un monumento al político desconocido, a la espera de que aparezca alguno honesto que pueda ocuparlo.

De qué se ríen

“O che dolce cosa è questa simmetria!”

Ni envidiado, ni envidioso

Actualmente, tenemos a los jubilados mejor preparados de la historia de España, para sostener al Estado moderno que ha decidido especializarse en cobrar impuestos para pagarle a sus funcionarios y servidores –del Estado, no de la gente- y dejar lo demás al contribuyente. El Estado somos, por tanto, cada uno de nosotros. En la cima de ese Estado se encuentran los jubilados que cobran religiosamente de Madrid. Cuando los jubilados dejen de cobrar un mes sus pensiones, habrá que prepararse para el éxodo. El jubilado es visto desde el poder como una ayuda imprescindible para la llevanza del día a día de la gente. Él tiene en nómina a sus hijos parados, atiende a los trámites y recados que no pueden hacer sus hijos empleados, con horarios de 10 a 12 horas, o más. Lleva a los niños al colegio. En el caso de los jubilados varones, aprenden a guisar con la ayuda de la thermomix, que es una máquina inventada por los machos para, cuando se meten en la cocina, conseguir unos niveles de calidad aceptables, simplemente aplicando las variables tiempo, temperatura y velocidad, las mismas que en el sexo. Pero el jubilado es normalmente un incomprendido. Consciente de su importancia, dice lo que se le ocurre. Esto no ha de durar mucho porque, cuando se le chafe a Gallardón el macabro juguete del aborto, es muy posible que se invente una ley para acallar a los jubilados díscolos. Pero, entretanto, los ciudadanos en activo, blanco de sus críticas, no saben a qué atribuirlas. Nunca ha habido tantos individuos, todavía sanos y lúcidos, con mucho tiempo para pensar y sin miedo a que los echen del trabajo o que los suspendan de empleo y sueldo. Y todo lo achacan, los criticados, a la envidia del jubilado. Si ridiculizas a un político presuntuoso, que le da más importancia, cuando juega el Granada, a que él esté viendo el partido desde el palco (y así lo proclama en facebook) que a los raros goles que mete el equipo local, inmediatamente te acusa de envidioso. Si tachas a un best-seller ginecológico de pornográfico, lo haces porque envidias los 500.000 ejemplares que el libro vendió en las Navidades. Si criticas la endeble literatura granadina, embadurnada de sentimentalidad obvia o empapada de lluvia de adjetivos: envidioso. Eso quiere decir que muchos ciudadanos en activo se mueven para ser envidiados y no entienden que haya jubilados que, con Fray Luis de León, prefieren vivir, “ni envidiados ni envidiosos”.

Radiografías de amor

El amor, ¿una enfermedad del pecho?

Hans Castorp, el protagonista de la novela de Thomas Mann La montaña mágica(1924), lleva en su cartera una radiografía, tamaño carnet, del tórax de su amada, Madame Chauchat, enferma de tuberculosis, pese a que el mismo Hans había manifestado que “los  huesos sin carne de las radiografías no eran sino un memento de la muerte”. ¿Amor, más allá de la carne? O, ¿estoy por tus huesos? O, ¿de la amada se aprovechan hasta los huesos? O, ¿huesos de santa? El caso es que hasta hace unos días no había vuelto a ver yo una radiografía de tórax, como metáfora de amor, en este caso, al nasciturus. Se ve en ella el tórax de un varón al que le han implantado el esqueleto de un feto en el sitio del corazón.  El pie de la placa aclara las intenciones de los promotores de la imagen: “Es verdad que un hombre no puede dar a luz un hijo, pero desde que le dicen que va a ser papá, su hijo comienza a crecer en su corazón”. La intención de la mujer que cuelga en su muro de facebook la foto es buena: “¡¡¡Qué bonito”, nos dice, ”y para contrarrestar a un puñao de hombres maltratadores y malos, esto va por los hombres de verdad, los que saben amar… Por vosotros!!!”. Pero el recurso que ha utilizado es discutible. “En la radiografía, absolutamente desafortunada”, le comento, “el feto más que un hijo, parece una mancha en el pulmón de un enfermo”. Y me cae parda. Al segundo, alguien me contesta:”Pablo, repugnante tu comentario, ya la radiografía en sí sólo es una metáfora”.  Pero no todas las metáforas son afortunadas. Poderosas e indelebles la del caballo de Troya, los viajes de Ulises, el Calvario, el Cuerpo místico de Cristo, Sherezade, contándole cuentos a un macho alfa. La locura del Quijote o la ceguera del  amo de Lázaro de Tormes. El ser humano las ha fabricado para producir la ilusión de que la vida le va a durar siempre, de que es posible mejorarla y de que, cuando se acaba, hay otras vidas; y para dar salida al dolor y al miedo. Y luego están las metáforas ferroviarias o radiológicas que ni siquiera sirven para explicar las obviedades del presente, como la contenida en la frase “pasarse siete pueblos”, tan usada en los medios de comunicación, o ésta de la placa de Rayos X  que más que una imagen de vida y esperanza, lo que transmite es un diagnostico descorazonador: los machos de la especie que se ocupan de sus hijos, padecen alguna enfermedad observable.

Los hijos granadinos del emperador

La Toma, como siempre, me deja un poco confuso. Porque, si yo estuviera seguro de que no corre por mis venas ni una gota de sangre judía o agarena (sic  Paquito Rodríguez), tendría motivos para celebrar que mis ancestros castellanos tomaran Granada y que, huyendo del hambre y del desamparo castellanos, se instalaran en sus feraces vegas.  Pero, ¿y si soy descendiente de un judío expulsado o de un moro convertido a su pesar?, entonces poco tendría que celebrar.  Lo que no saben muchos  granadinos es que también se puede ser  descendiente del emperador Carlos V o del séquito alemán que lo acompañó durante los seis meses que pasó en Granada,  tras su casamiento con Isabel de Portugal.  Los que tengan el labio befo, la piel blanca y un acusado prognatismo  (que los hay entre nosotros) tendrían que revisar su árbol genealógico.  Desde luego, no todos van a ser descendientes del emperador, pero sí de alguno de sus palafreneros. Agustín Serrano de Haro (1898-1982), inspector de Enseñanza Primaria e hijo de un jornalero de Guadix, nos ha descubierto en su libro de 1947,  “Guirnaldas de la Historia” (Historia de la cultura española contada a las niñas), que el emperador Carlos, recién casado, se escapaba  de casa, so pretexto de ir de caza, y no se recogía hasta el día siguiente: “Y fue un día en que el rey salió de caza”, relata Serrano de Haro, “y persiguiendo a un jabalí  se perdió en la espesura de los bosques  (¿de alguna Venus?, me pregunto). Llegó la noche y volvieron los cortesanos, sin encontrar al rey. Doña Isabel,  llorosa y angustiada, mandó que salieran a los montes con hachas encendidas, mientras ardían las grandes luminarias en lo alto de las torres y tocaban a rebato todas las campanas de la ciudad. Al amanecer apareció el rey”, concluye Serrano, vocero de la ideología más conservadora,  que quizá estuviese informando a las pequeñas lectoras de 10 años –a las que iba dedicado su libro-  de que los hombres de vez en cuando salen por tabaco y que hay que sufrir su ausencia y resignarse tras su vuelta. Por mi parte, al ser yo prognato, como mi padre, “Guirnaldas de la Historia”, que compré hace años en la librería Costales, me ha hecho ilusionarme con la idea de poseer un robusto paquete genético alemán, que estoy dispuesto a exhibir ante la señora Ángela Merkel , como prueba de mi pertenencia a la raza elegida. Espero librarme así del hambre en los días de escasez  que se avecinan.

Las imágenes empiezan a no estar cómodas

La Virgen de las Angustias está cabreada con el alcalde que es un posesivo y le marca camino y le asigna tareas sin consultarla y le pone medallas cuando ella es la que debería, una vez evaluados los méritos de los sujetos, asignarlas a las personas adecuadas. Sobre todo, lo que más le molesta es que toquetee su libre albedrío y le coarte su libertad. Se ha quejado a su hijo de que se le está faltando al respeto. Ha iniciado los trámites para soterrar al alcalde a su paso por Granada.

Nota: no puedo revelar de dónde me ha venido esta información. Mis fuentes son sagradas. Nó sólo el alcalde está bien relacionado con las altas instancias.

Pequeños ajustes

Portada de la revista “Lecturas”

Laura y Ernesto vieron realizado por fin su sueño dorado cuando el gobierno trasladó al diplomático a Paris. Los primeros días, el matrimonio los dedicó a los museos. Después a los cabarets, donde Ernesto se agitaba en su asiento, con los ojos brillantes, mientras Laura, un poco anonadada, abría desmesuradamente los suyos.  Tras unos días de comer en todo tipo de restaurantes, la pareja tuvo que plantearse poner casa. Tuvieron la suerte de encontrar una monada de apartamento en la Rue des Dames. Puesta la casa, Laura y Ernesto se trasladaron desde el hotel. Y entonces  comenzó para ellos una era de pequeñas dificultades. En París, sólo los verdaderamente ricos pueden tener una sirvienta interna.  Se tuvieron que contentar con una por horas para las labores más rudas. Pero las menos rudas y tal vez más molestas, por minuciosas, tuvieron que repartírselas ellos. Laura guisaba, pero no disponía de tiempo para la compra. “Aquí los hombres”, advirtió a Ernesto, “hacen la compra. Tú puedes traerme algunas cosas al volver de la oficina. La fruta, los huevos, ¿comprendes?”. Otro día que Laura no conseguía empanar unas croquetas, le dijo  sofocada a su marido: “Podrías ir poniendo la mesa, riquín, si no vamos a comer muy tarde…Yo he visto a ese señor de la perilla gris de al lado poniéndola”. Ernesto, comprensivo, extendió el mantel y puso los platos. Sólo cuando Laura le pidió que sacudiera la alfombra en el balcón, Ernesto objetó que esa tarea comprometía su prestigio como agregado de embajada.  ”Tú la sacudirás,  vidita… para los vecinos no eres nada más que un maridito más”. Ernesto le contaba a un amigo de confianza mientras bebían cerveza que cuando se decidió a hacer lo que se le pedía comprobó que las manos que tremolaban las alfombras desde los balcones eran masculinas. “La concesión a la mujer”, dijo el amigo sonriendo, “es la virtud del hombre francés”. “Pero mis concesiones, por mucho que influya en mí el ambiente, no pasarán de aquí. Mi mujer es de Granada”, concluyó el diplomático.  Esta historia la cuenta Sara Insúa en el número de agosto de 1936 de la revista Lecturas, publicación de tendencia liberal que, ajena a la guerra salvaje que enfrentaba a los españoles, suministraba aquel verano a sus lectoras literatura de la buena y sugerencias sobre pequeños ajustes en la convivencia matrimonial. Tras la victoria rebelde,  la Sección Femenina devolvió a la mujer española a la sumisión sostenible.

Sadomasoquismo a lo divino

Va de copia: Al pintor granadino Juan Vida lo plagia la Universidad de Málaga y le birla un fotomontaje, sin ni siquiera citarlo, y  el libro editado por el arzobispado de Granada (16 € el ejemplar) sobre las características de una buena esposa está inspirado, en parte, en “Las 50 sombras de Grey”, un best-seller sado-masoquista de gama alta, muy leído por mujeres de entre 30 y 40 años, que salvó las ventas de las librerías la Navidad pasada, donde hay una pila de “sumisas” dejándose zurrar, por amor humano. Mientras que los maltratos que han de soportar las esposas católicas, los soportarán por amor divino, claro. También ha bebido Constanza Muriano, la autora del “Cásate y sé sumisa” -ahora en el catálogo de una colección patrocinada por  el arzobispo Javier Martínez-, en la opereta bíblica “La Corte del faraón” donde el coro de viudas aconseja a las futuras esposas que sean obediente y sumisas: 

“al marido después de la boda, 

nada, nada se debe negar, 

pues con él en la casa entra toda, 

pero toda su autoridad.”

Se ve que Martínez, siempre que se trate de cuestiones editoriales, no cuenta con la ayuda del Espíritu Santo, que se podía haber estirado un poquito y sugerirle una obra más original. Por ejemplo “La perfecta Casada”, obra de un fraile antiguo que seguramente, al ser de la casa, no cobraría derechos de autor.

Ménades del Genil

Misioneros en Pedro Abad
HACE 2000 años, los soldados romanos que circulaban por la calzada Malaca-Curdoba, a su paso por las fértiles laderas que rodean Montilla, seguramente que recibieron todo tipo de insultos de las cuadrillas de mujeres que recogían los ajos que, en las proporciones adecuadas, terminarían condimentando el rancho que se le suministraba a los legionarios antes de las batallas por sus cualidades energéticas, antisépticas y vigorizantes. Muchos siglos después estas bacantes, hartas de trabajar y del yugo masculino, seguían disparando sus dardos envenenados contra cualquier varón que invadieran el perfumado territorio donde ejercían de ménades del ajo. Si te atrevías a cruzarlo en tu bicicleta de carreras te reprochaban que gastaras tu fuerza en ejercicios inútiles, desatendiendo tus obligaciones sexuales y enrareciendo tu contribución a la perpetuación de la especie; escocidos y aletargados por el roce los órganos que hubieras tenido que emplear en ello. Las ménades griegas -bacantes en Roma- eran unas mujeres que, en las fiestas de Baco, se emborrachaban y vagaban por los campos y, según cuentan, saciaban su hambre con la carne cruda de los animales que cazaban. También se dice que, molestas con Orfeo, que no les echaba cuentas tras perder a Eurídice, estando bebidas, lo sacrificaron y se lo comieron. Las chicas de mi pueblo, ribereño del Genil, no llegaron a tanto gracias, desde luego, a que mi hermano Emilio pudo evitarlo. A finales de los 50, pese a las facilidades de que disfrutaba la Iglesia Católica en España para limpiar, fijar y dar esplendor a sus doctrinas -rentabilizando los sacerdotes asesinados en la Guerra Civil-, la jerarquía decidió darle una capa de religiosidad al descreído y descascarillado muro de la fe nacional y habilitó unos land-rovers con altavoces y altaritos portátiles para la misión. El todoterreno había sido tuneado para alcanzar los más irreductibles pedregales de la irreligiosidad.

De su interior salía disparado un redentorista guapo, flecha de santidad, arpón de Cupido, dispuesto a debelar los muros de la tibieza religiosa de los lugareños. Las jóvenes sentían revolotear mariposas de piedad en sus estómagos -calentura lo llamó algún novio celoso-, cuando sermoneaba el preste. Duró la expedición tres días. La tarde del último, un grupo de muchachas cercó la casa parroquial y exigió del párroco que les entregara al predicador para hacerlo suyo. Gracias a que mi hermano se encontraba en la rectoría y a que le ayudó a escapar por las baldas del corral, no se consumó el santo y antiguo sacrificio.

Ideal.es

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