Como Pedro Antonio no vendía ni una naranja del Valle de Lecrín, pese a habérselo prometido al alcalde el día que el munícipe por antonomasia lo visitó en la Avenida de las Estatuas, decidió, amparándose en la solidaridad entre intelectuales, pedírselo a San Juan de la Cruz.
El Santo hizo lo que pudo, pero obtuvo unos resultados mediocres. Y le devolvió la mochila con la fruta al accitano.

