Granada no existe. Al menos, una sola Granada. Pero solemos hablar de esa ciudad imaginaria como si existiese. En la fiesta de la Patrona, ‘todos los granadinos’, según su alcalde, dan muestras de devoción. Para Lorca, Granada es una ciudad ‘acolchada’ (posiblemente Federico dijo ‘acorchada’, insensible, y el periodista transcribió, erróneamente, ‘acolchada’, blanda, muelle) y ‘muerta’. Los pregoneros, los del día del libro o los de Semana Santa, también invocan a Granada entera. Y sólo cuando es imposible referirse a todos los granadinos, porque resulta evidente que los hay que no se miran bien o que no coinciden en opiniones o en gustos, entonces se habla de dos Granadas: la de los granadinos bien nacidos y la de los otros, paridos con dificultad. Este bloguero, hace años, dividió a Granada, en lo que se refiere al consumo de helado, en la Granada de Los Italianos y la Granada de La Rosa. Tampoco existe una sola España. Es muy corriente alabar al pueblo llano, a los españoles de bien, si ganas las elecciones y afirmar que están manipulados –es decir, que son tontos-, si las pierdes. Otros citan aquello de Machado, referido a la patria, de que cuando hay problemas, lo señoritos la invocan y la venden –aluden a lo de Irak- mientras que el pueblo, sin nombrarla, la compra con su sangre y la salva. Aznar no es desde luego un señorito, sino un individuo conceptualmente de clase media que no tiene a nadie cercano que le corrija sus banalidades, enunciadas con la solemnidad del arúspice, pero al que sí le gusta mucho hablar de ‘patriotismo’ (por tres veces lo invocó en su discurso al 17º Congreso del PP), y de ‘España ‘(13 veces), o referirse a los ‘españoles ‘(17 veces). También aludió a ‘la voluntad nacional’, ‘al alma nacional’, a ‘la grandeza de la nación’ y a ‘la unidad nacional’. Todo esto en un discurso de sólo 8 folios. A los malos, a sus adversarios políticos, los desterró a un territorio brumoso que llamó “no-nación” y que todavía no aparece en el Google Earth. Yo no quiero habitar en ese patinillo de Monipodio que Aznar llama patria, erizado de banderas enormes que crecen al ritmo del paro. Hay aquí mismo otras patrias llenas de gentes, a veces geniales, a veces idiotas, como yo mismo, pero que poseen una virtud interesante: esta gente no exige de los demás ni más espacio ni más tiempo del necesario para sobrevivir dignamente, sin molestar demasiado, sabiéndose capaz de heroicidades enormes y de actos muy miserables. En una de esas ‘no-naciones’ vivo, y no pienso trasladarme por ahora a la patria que me propone Aznar.
¡De qué se ríe Teresa Jiménez?
¿ESTÁ todo en los libros? Así lo creen las herméticas castas de especialistas que vienen viviendode y para interpretar la Torá, la Biblia o el Corán. Todavía hoy se utilizan estos textos para rechazar la evolución, justificar la decapitación de un rehén, expulsar a las mujeres de la administración de “lo sagrado” o como milenaria escritura notarial de propiedad de terrenos edificables en el Próximo Oriente. La imprenta, Cervantes, Montaigne, el siglo XVIII y la Ilustración, entre otros, añadieron a los tres anteriores, más libros, igualmente sagrados en los que vertieron “la nueva Sabiduría” laica. Hoy todo no está en los libros, está por todos sitios, sobre todo en la nube, mucho menos organizado, manipulado y adobado, pero mucho más abundante y, sobre todo, al alcance de cualquier enredado. Cuando trabajaba en la Facultad de Letras de Granada, secuestré el único ejemplar que había en la biblioteca de El dialecto leonés de Menéndez Pidal y lo estuve reproduciéndo en clase sin aclarar suficientemente que los datos me los estaba bajando de don Ramón. ¡Menos mal que Teddy Bautista dedicaba entonces todo su tiempo a tocar con Los Canarios! Un catedrático de mi facultad se llevó un mal rato cuando una editorial publicó, en edición de bolsillo, el libro El Otoño de la Edad Media de Huizinga que llevaba pirateando años, sin confesarlo.
Ciertos libros, sin embargo, sí contienen algunas ideas de provecho como éstas de El primer hombre de Camus (redactado en los 50): “El desempleo, para el que no había seguro [en la Argelia colonial], era el mal más temido. Ello explicaba que esos obreros […] que en la vida cotidiana eran siempre los más tolerantes de los hombres, fuesen siempre xenófobos en cuestiones de trabajo, acusando sucesivamente a los italianos, los españoles, los judíos, los árabes y finalmente a la tierra entera, de robarles su empleo -actitud sin duda desconcertante para los intelectuales que escriben sobre la teoría del proletariado, y sin embargo muy humana y muy excusable-. Lo que esos nacionalistas inesperados disputaban a las otras nacionalidades no eran el dominio del mundo o los privilegios del dinero y del ocio, sino el privilegio de la servidumbre”.
Algo parecido está sucediendo ahora. Aunque Teresa Jiménez, del PSOE, insinúe que el trabajo que ofrece hoy el mercado hace a la persona más digna y más libre. Quizá se refiera a trabajos nada precarios, como el suyo, que sí debe de haberla convertido en una persona digna y libre, porque en casi todas las fotos se la ve feliz. Los habrá que no sepan de qué se ríe. La mujer debería atenerse a la máxima que presidía el refectorio de los conventos del Carmelo: “En la casa de Teresa, o no hablar, o hablar de Dios”. A los parados, los que están bien colocados, como Jiménez, o no hablarles o darles su propio trabajo, cuando sea bueno”. Para no enfadar más a la gente.
No, en la patria de Aznar
Admiro a los que siempre tienen que estar reunidos, desfilar con gente, acudir a tertulias, pertenecer a patrias, conventillos, camadas, madrigueras, sectas… Tiene su mérito Pero, ¿por qué hay que estar siempre con alguien? Yo no quiero reunirme en el portalillo de Aznar -el le llama patria-, con bufanda, bigote y abdominales lisos. Esa patria, ni mejor ni peor que la mía, ese patinillo de mendacidades catetasy de pleitesías al poderoso -incidente Irak- me aburriría enormemente. Y además es que no me gusta cómo se mueve el sujeto, como anda, ni sus amigos, ni sus fundaciones, ni sus conversaciones. Tampoco debería llamarle España a esa cloaca de mediocridad en la que habita, porque apesta a gusanera de lombriz tuneada. Yo conozco otras patrias que también están instaladas en estas fronteras, que nos contienen a todos, que están llenas de gentes, geniales a veces, a veces idiotas, como yo mismo, pero que tienen una virtud fundamental que no exigen de los demás ni más espacio ni más tiempo del necesario para sobrevivir dignamente, sin molestar demasiado, sabiéndose capaces de heroicidades enormes y de actos muy miserables. En una de esas Españas vivo yo, y no pienso exiliarme por ahora. Y menos a la patria acomplejada y violenta que me propone Aznar.
Prueba de la existencia de San Valentín
NO sé si Dios existe o no, pero sí tengo una prueba de que San Valentín no es un invento del perverso mercado, como se dice por ahí. La constatación de su existencia me la ha proporcionado mi amigo Pánfilo, que sigue enamorado de una novia con la que ‘twiteó’ una temporada. Se trata de una cartita que le mandó el día 14 a la chica – y a mí copia- para recuperarla. No reconozco en la carta su estilo corrosivo y sí las cursilerías del taller de escritura del Patrón de los enamorados. “Pánfila”, leo, “sin recurrir al Kamasutra, imagino cómo hacerte feliz. Porque está la lengua para la oreja, que acosa y lame sin dolor alguno y deja, en los que tienen la suerte de haber sido tratados por una experta, la sensación de estar invadidos por una legión de ángeles de luz, que hubieran elegido una vía insólita, pero cierta, para rendir -¡tantos!- laberinto tan angosto.
¿Y las manos? Capaces de multiplicar las caricias en un cuerpo abandonado y de abrir varios frentes de ataque. Venciendo suavemente una línea de defensa con el dedo corazón; apoyando, sin hollarla, en otra, el anular; confirmando, y halagando rítmicamente con algún dedo desocupado, la epifanía de ciertas protuberancias emergentes. Desenredando, con el meñique, otros caminos poco frecuentados. Hasta que el dulce enemigo, acosado por todos los flancos y desconcertado, sin saber a cuál de ellos acudir para recoger los frutos del ataque que se le hace, dé en un estado tan profundo de advertencia y conocimiento de su propio cuerpo que no haya órgano ni miembro que se sienta desasistido o ausente del homenaje.
¿Y los pies? Tan sueltos y olvidados en algunas lides, andan libres para encontrar acomodo y ocupación en caricias exteriores, asombrando labios, y contentando a promontorios, milagrosamente enaltecidos por las caricias.
¿Y la conversación? Puede el amante situarse entre las piernas de la amiga y desde allí, animado por el recuerdo agradecido de tantas visitas y de acogidas tan hospitalarias, susurrar a la cercana rosa de simetría y ponderar su arrogancia de torre de homenajes. Rozándola tan sólo con el aire del habla, mirándola con el respeto que merece lo que se sabe fugaz. Confesando -y en ese momento será verdad- no haber conocido otra tan nemorosa, tan humedecida, tan pulcra, tan cómplice. Gritándole: “Yo soy Lucifer, el príncipe de las tinieblas y de la luz y de la vida y del placer y de la paz y de la guerra santa del amor”. Pánfila, que ahora ha tomado el nombre de Francesca, por su nuevo amor, le ha contestado: “Pánfilo, eso mismo, pero con velas y jacuzzi, lo he visto en una peli porno que me bajé el otro día”.
Llanto por el arzobispo Martínez
ESTE bloguero es muy sensible y no se avergüenza si llora cuando está en la playa y ve pasar un cuerpo adolescente desnudo, húmedo todavía, que ridiculiza sin esfuerzo el peso de la gravedad y desafía las leyes universales que imponen la decadencia y la muerte a todo lo vivo. Y lo mira y, en lugar de sentir, sólo, deseo, admiración o culto por lo perfecto, imagina ese cuerpo como blanco de la aguja de la jeringa o como campo de operaciones quirúrgicas.
También llora ante el cogote recién afeitado de un anciano donde las arrugas llaman a concilio. Y le afecta la verruga que afea el pecho de la mujer madura. Se conmueve, igualmente, ante la desolación de la joven china esclavizada en un Todo a 100, sin saber nada de español, a la que han robado su portátil, y que se esfuerza inútilmente en describir el aspecto del ladrón a la policía.
Como el Cid desterrado, que lloró fuertemente por sus ojos al ver el lamentable estado en que quedaba su mansión, el bloguero llora también cuando vuelve a ver, en una instantánea del fotógrafo Juan Palma, a Martínez, arzobispo de Granada, llegando a su casa, sin palafrenero ni aguacil que se adelanten a facilitarle la entrada -que el subsidio que le paga el Estado no le llega para lujos- interrogando a un chico y a una chica, con perro pero sin flauta, que con enorme naturalidad, sin levantarse del tranco de la puerta del Palacio, miran al más alto funcionario de Dios y del César, en la Plaza de las Pasiegas, sin miedo o esperanza.
Aunque acabe de derramarse en llanto al ver en Canal Sur a una pareja de ancianos campesinos, ajenos a al ridículo, tirándose torpemente los tejos para rellenar la programación, a este hombre sensible aún le queda entereza para llorar con el que recibe un no, con el amante rechazado que no logra obtener, ni siquiera, una disculpa aceptable que le ayude a sobrellevar el desamor, con el que muere sin haber tenido un sólo día de luz o de caricias. Llora por los demás y llora, seguramente, por él. De tierno que es, apaga la televisión ante la cara de pavor de un ministro obligado por una “reportera audaz” a hablar en broma, a utilizar la ironía. Porque estos funcionarios estatales saben muy bien ocultarse detrás del lenguaje solemne y podrido de las mentiras, pero aparecen desnudos cuando se ven obligados a utilizar la ironía, en la que han terminado por refugiarse hoy las pequeñas y temibles certezas. Y, mientras apaga la tele, lagrimea, porque los hombres formales, y el Bloguero de Arrabal cree serlo, lloran cuando alguien se pone en evidencia, sea Agamenón o su porquero.
Educación para la villanía
La asignatura Educación para la Cudadanía nació muerta. Igual que la formación del Espíritu Nacional, en su día, o este engendro “inocuo y neutral” de ahora, Educación Cívica y Constitucional, que, con el ánimo de revancha que anida en el corazón de los ganadores de la guerra civil, por no haber estado mandando siempre desde 1982, puede terminar siendo un compendio de los libros de política de los 50 y de algún manualito de urbanidad de clase media. A todas estas asignaturas, se les presta en las aulas menos atención que a la envoltura de un huevo kindler arrojada al suelo por un alumno glotón y malcriado. Sobre todo, en momentos en que el currículo entero se ha convertido en una sarta de “Marías”, que es como se les llamaba en los tiempos oscuros, a la Religión, la Política y la Gimnasia. Hoy, muy poco se aprende en la Escuela, si no es a aguantar sentado unas horas y a aceptar que sólo se es hijo único en la casa de uno y que en sitios abarrotados de gente hay que pactar para sobrevivir. Esto no es poco. Lo demás lo explica Punset y la WIKI. Y en la vida pública los ejemplos de mala educación para la villanía son tantos y tan conocidos por los muchachos que ninguna “María” interesada, que sólo favorece a libreros y autores guay, podrá evitar las toneladas de basura ética que los responsables públicos vierten sobre la juventud, fuera de clase. Las discusiones interesadas sobre este tema se nos deberían ahorrar a “la ciudadanía” por parte de los políticos. Como vamos a pasar calamidades, y nos van a entrar otra vez ganas de matarnos masivamente, mejor poner en los colegios tres libros de lectura obligatoria que nos ayuden a seguir siendo seres humanos: “Y esto es un hombre” de Primo Levi, “El primer hombre” de Camus y, para cuando no quede de nada, nada más que los carritos vacios de los supermercados, “La Carretera” de MC McCarthy. Y también comenzar a guardar el pan duro y los buenos libros, aunque estén muy subrayados. Que hasta nos podemos quedar sin internet ni televisión.
Las estatuas de los bancos público
Los bancos públicos venían soportando responsablemente, sin reschistar, el peso incendiado de los amantes que, sentados en ellos, como cantó Brassens, pasaban muchísimo [...]“cuando la bendita familia-no-se-cuantos/se cruzaba en en su camino,/y les lanzaba al pasar frases venenosas./Aunque que toda la familia:/el padre, la madre, la hija,/el hijo, el espíritu santo/ quisiera portarse como ellos”.
Pero la manía que le ha entrado a ciertos ayuntamientos, parques de las ciencias y urbanizaciones empeñadas en educar “en valores” a los vecinos más jóvenes, de sentar en ellos a celebridades y personalidades irresponsables que no se levantan en todo el día y que además se apuntan a la economía sumergida para ganarse unos euros como sea, ha llevado a los bancos públicos más espabilados a hacerse instalar unas ruedas. En cuanto ven a un Pedro Antonio de Alarcón presto a aposentar sus posaderas y su puesto de frutas en sus generosas tablas, huyen sin pensárselo dos veces.
El feto, instrucciones de uso
El feto es un artilugio eficacísimo de supervivencia. Forma parte de los millones de procesos, exuberantes, que multiplican la vida. Como todos ellos, individualmente, superfluos, pero imprescindibles en su instinto universal y certero de perpetuarse. Si el feto fuese una persona, se sabría. Habría dado muestras de debilidad y habría caído en alguna de las trampas de la vida en común. Se habría enamorado, estaría imputado en algún caso de corrupción, habría cometido una falta de ortografía, alguna Ley de educación lo habría condenado a la ignorancia y al fracaso. Competiría, no se habría podido negar a dar una charla sobre Lorca, trasladaría, en Semana Santa, pesados muebles de un sitio a otro.Ya lo habrían llevado a Canal Sur a hacer de repelente niño Vicente. Pero el feto da la espalda a esas contingencias. Incrustado en el vientre de una mujer, crece y crece, como las yerbas, aparentemente inútiles, de los campos incultos, para que la vida, pese a las personas, tenga otra oportunidad.
El privilegio de robar
A veces, son los periodistas los que ponen una pizca de exageración ridícula en la retórica de la insignificancia de muchas acciones de los miembros de la Casa Real que, en su opinión, deben comportarse, como todo el mundo: un periódico titulaba el 16 de setiembre de 1987, “El Príncipe volará sin privilegios”, al dar la noticia del primer vuelo de instrucción que realizó don Felipe a bordo de un aviónT-34 mentor, en la Academia General del Aire de San Javier, en Murcia. Las leyes de la física de entonces no encontraron inconveniente en que, para volar, el heredero prescindiese de sus privilegios. Y todo el mundo estuvo de acuerdo en que el Príncipe de Asturias podría volar, como cualquier ser humano: con dificultades, con miedo, en vuelo rasante, en vuelo picado, acrobáticamente, henchido de felicidad e, incluso, sin privilegios. Lo que no hubiera podido hacer de ninguna manera, ni él ni nadie, es volar sin alas. De la misma manera que los príncipes de Asturias, hoy en día, se pueden besar de muchas maneras, como cualquier pareja de enamorados, pero si lo hacen en público, jamás lo harán “con total naturalidad”. Seguirán un protocolo publicitario del que estarán excluidos la pasión y el arrebato, porque los herederos cuando besan en los conciertos, nunca besan de verdad, y a todos interesa besar con teatralidad. Les va en ello el interesante puesto de trabajo que la fortuna les ha regalado de por vida. De lo que estoy seguro, por lo que hemos ido sabiendo en los últimos años de muchos políticos y de gente bien situada, es que para volar, volar, si lo que se quiere es volar, quizá haya que atenerse a las leyes, de la física, pero para robar, robar, si lo que se quiere es robar, ha sido más fácil, hacerlo con privilegios: basta con repasar la última jurisprudencia.


