DE TAPAS (Y CHARLAS) POR SEVILLA

Arrancó la Asamblea de la Asociación Internacional de Entidades de Crédito Prendario y Social, en Sevilla. Tuvimos las primeras reuniones, visitamos las instalaciones del Monte de Piedad de Sevilla, escuchamos a María Nowak, tomamos unas tapas, escuchamos a un francés estupendo, dialogamos con Domingo, etc.

 

Mañana, Canal Sur conectará en directo con la Sala de Subastas, o sea que saldremos en la tele. ¡Ja!

 

A estas alturas estoy reventado. Horas y más horas sin parar de charlas, papeles y arreglar problemas. Así que me voy a la piltra. Dejamos unos comentarios sobre los manuscritos en el desierto.

 

¿Compraron el Qué leer? Sé que algunos buenos amigos así lo hicieron:

 

En la labor de conocimiento y difusión de los contenidos de la biblioteca de Tombuctú juega un papel muy importante Manuel Pimentel, el que fuera Ministro de Trabajo en el primer gobierno de Aznar.
 
Documentándose para su segunda novela, “Monteluz”, que trataba sobre el saqueo de las bibliotecas, Pimentel dio con un artículo en que se contaba la historia del fondo Kati, por la que se sintió irremediablemente atraído. Organizó un viaje al Malí, donde por fin conoció a Ismael, con quien viajó hasta Tombuctú, quedando atrapado por la mítica y la leyenda, no sólo de los manuscritos, sino de todo lo que implicó el éxodo de aquellos judíos y moriscos que se vieron obligados a dejar sus hogares y un legado familiar, cultural y patrimonial de cientos de años.
 
Manuel Pimentel e Ismael publicaron un libro, “Los otros españoles. Los manuscritos de Tombuctú. Andalusíes en el Níger” (Ediciones Martínez Roca), en que contaban la historia de algunos de esos artistas, músicos y poetas que, tras abandonar España, dejaron su huella todo a lo largo y ancho del África subsahariana. Una impronta que ha perdurado hasta hoy en la poesía del cordobés Al Fazzazi, en la arquitectura del granadino Es Saheli y en las crónicas viajeras de tantos y tantos exiliados.
 
Pimentel, además de escribir estas biografías históricas, quiso fabular sobre el mundo mítico de Tombuctú, las caravanas y los libros. Así, hizo que su personaje Artafi, de profesión arqueóloga y protagonista de su anterior novela de aventuras “Puerta de Indias”, se viese involucrada en una trama protagonizada por una misteriosa biblioteca, conservada con esmero durante siglos, pero en serio peligro de desaparecer devorada por las arenas del desierto y la codicia de los bandidos.
 
En “La ruta de las Caravanas. El enigma de los manuscritos de Tombuctú” (Ed. Planeta) Artafi se encontrará atravesando el Sáhara por las abandonadas rutas caravaneras de antaño, visitando las ciudades perdidas de Mauritania hasta arribar al río Níger, ese Dios indomable, Dios de agua que da la vida al África subsahariana. Durante su viaje, además, Artafi irá conociendo un poco más todo ese Al-Andalus histórico que aún está por descubrir.
 
Además, la decidida implicación de Manuel Pimentel con el Fondo Kati sigue dando sus frutos. A través de su editorial Almuzara, Pimentel ha editado, primorosamente traducido y anotado, el primer título del Fondo Kati que ve la luz, nada menos que el “Rihla de Abana”, el relato de un singular viajero del siglo XIX que bucea y profundiza en ese Al-andalus mítico de la Curva del Níger. Su autor es Mohamed Abana, uno de esos descendientes Quti, intelectual y aventurero, que tanto hicieron por preservar el patrimonio cultural trasladado desde España hasta África.
 
Abana, desde pequeño, escuchaba las historias que le contaba su abuelo acerca de los tiempos gloriosos de Al-andalus, con sus lujosos palacios y frondosos jardines. Fiel a la tradición de los Quti, además de preservar el legado recibido de su padre y abuelo en forma de biblioteca, Abana comenzó un lento peregrinar por todos los pueblos de la Curva del Níger en busca de los manuscritos y legajos dispersos desde hacía siglos.
 
A modo de bitácora, Abana anotaba en su Rihla o diario de viajes todo lo que le iba pasando en su periplo, los encuentros que tenía, lo que pagaba por cada manuscrito recuperado y, además, reseñaba el contenido de los mismos por lo que la Rihla, además de ser un libro de viajes al estilo clásico, incorpora a sus páginas referencias a cuestiones jurídicas, políticas y sociales de ese Al-Andalus soñado por Abana.
 
Quiso la fatalidad, sin embargo, que, durante el siglo XIX y ante el dominio que la etnia peul estaba imponiendo en toda el área de la Curva del Niger, un dominio basado en la estricta aplicación de la Sharia o Ley Islámica, que no veía con buenos ojos según qué libros, el fondo Kati pasase a la clandestinidad, volviendo a dispersarse entre pueblos y cabañas de pescadores. Después, con la llegada de los franceses y dado el interés que despertaban los libros antiguos entre éstos, la biblioteca siguió el la clandestinidad, hasta que, tras la descolonización, un bisnieto de Abana llamado Diadié Haidara decidiera volver a recopilar el legado de sus antepasados.

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