Hace unos meses, el traslado de una gran estatua de Ramsés II provocó una enorme e inusitada expectación en El Cairo, congregando a miles de espectadores ansiosos por ver si ocurría algo malo a la figura de, posiblemente, el faraón más mediático de la historia, en competencia con Tutankamón, el faraón adolescente.
El caso es que la mudanza de la colosal escultura desde el centro de El Cairo, donde había sido situada en 1954 para sorprender y apabullar a los viajeros que salieran de la estación central de ferrocarriles, hasta las proximidades de las Pirámides, donde se está construyendo el nuevo edificio del Museo Egipcio, fue todo un acontecimiento. Precedido por un ensayo a escala real, el traslado de la estatua (83 toneladas y 11,5 metros de altura) costó más de un millón de dólares, pero todos los cairotas quedaron encantados de que no pasara nada con su faraón, permaneciendo expectantes ante la nueva ubicación de la colosal imagen que será santo y seña de uno de los museos más anhelados del mundo, cuyas puertas se abrirán, previsiblemente, allá por el 2010.
La pregunta sería ¿Por qué este Ramsés II?

A la vista de su estatua gemela, albergada en el templo de Ptah, en Menfis, salta a la vista. Adjetivos como grandioso, colosal o impresionante se quedan cortos ante la contemplación de los vestigios de un pasado tan lejano como enigmático y fascinante. Entonces llegas a Abu Simbel y lo ves claro. Las cuatro estatuas sedentes, gigantescas y solemnes, con la efigie de Ramsés II, se han convertido en el otro gran símbolo del Egipto eterno e inmutable.

Y es que el reinado de Ramsés II ha pasado a la historia como el más largo y fructífero de la historia egipcia, en todos los órdenes: cultural, militar, económico y político, lo que contribuyó enormemente a engordar el desmedido ego de un faraón que gobernó durante nada menos que sesenta y siete años, expandiendo las fronteras del Egipto hasta límites tan desconocidos como insospechados.

Cuenta la leyenda, grabada y dibujada en piedra en tiempos del monarca, que, viéndose los egipcios incordiados por los hititas, Ramsés II decidió comandar unas tropas en acción de castigo, apenas unos cientos de hombres que darían un escarmiento a los revoltosos. Encontrándose en las cercanías de Petra, en la actual Jordania, los soldados del Nilo se percataron de su desmedida soberbia, no en vano, el enemigo había reunido a no menos de cuarenta mil soldados.
Los egipcios huyeron sin presentar combate, dado lo desigual de la contienda que se avecinaba, dejando abandonado a un Ramsés II que no se achantó y que, invocando la ayuda del dios Amón, consiguió vencer, él solo, al ejército enemigo. Así, la famosa Batalla de Kadesh le habría de coronar como un auténtico crack… aunque en realidad parece que Ramsés acabó pidiendo la clemencia del monarca hitita y casándose con una de sus hijas, en lo que constituyó el primer matrimonio de estado (o de conveniencia) de la historia.

Pero a Ramsés II no le gustaba verse obligado a hacer alardes de tal calibre y, por eso, desafiando las convenciones religiosas del momento, no tuvo empacho en convertirse en Dios antes de su fallecimiento, mandando erigir el fastuoso templo de Abu Simbel en la Nubia del sur, fuera de los dominios del imperio, para no irritar en exceso a unos sacerdotes que contemplaban, asombrados, la trasgresión del insolente faraón.
Abu Simbel, en clave geopolítica, se interpreta como un aviso a los navegantes provenientes de los desiertos sudaneses: “Cuidado con el faraón. ¡Estás entrando en los dominios de Ramsés!”. Y el faraón fue representado con los reconocibles rasgos de los africanos más negros: labios y nariz muy gruesos, ojos rasgados, piernas robustas y corpulentas, en contraste con el rostro amable y la afabilidad que mostraba su imagen en el templo de Ptah. Era una forma de identificarse con esos pueblos sometidos y, a la vez, temidos por los egipcios.
Pero además de mandar erigir enormes estatuas con su imagen, Ramsés II se apoderó de las imágenes preexistentes de sus antepasados por el simple y efectivo método de cortar y pegar cabezas, poniendo su sello en cuantas esculturas encontrara susceptibles de tan original personalización. Eso le llevaba, además, a tatuar sus propias imágenes con su nombre, que aparece repetido hasta la saciedad en brazos, torso, piernas y otras partes del cuerpo, poniendo de moda las famosas divisas del “Yo soy ése” o “Ramsés II estuvo aquí” que tanta fortuna tuvieron entre los viajeros de todas las épocas.
Así, con esa desmedida campaña de autoafirmación, no es de extrañar que los expertos tiendan a considerar a nuestro Ramsés como el Faraón de cuya cólera huyeran Moisés y los suyos, en el famoso episodio bíblico que Cecil B. DeMille nos contara en technicolor, con Yul Bryner como (im)probable monarca egipcio.
Magnífico Ramsés sedente, imperturbable Ramsés tumbado, heroico manejando un carro y disparando flechas, arrobado y enamorado de su hermosa esposa Nefertari, la favorita; loado y cantado en los jeroglíficos que decoran las paredes de los templos… su momia, alojada en el Museo Egipcio de El Cairo nos muestra a un Ramsés II frágil, débil y viejo, con mechones de pelo blanco y una dentadura muy deteriorada. Dicen los estudiosos que llegó a muy viejo y que sufrió en sus carnes los estragos de la edad, padeciendo los sinsabores de devastadoras enfermedades, no en vano llegó a cumplir casi los cien años.
Tempus fugit. Tras maravillarse con las inmensas estatuas que representan a un faraón todopoderoso que se anticipó en unos cuantos milenios al culto por la imagen que hoy nos domina, lo que de verdad conmueve es velar durante unos minutos los restos momificados de quién, habiéndolo tenido todo en sus manos -tierra, mar y cielo- no es hoy sino un puñado de carne marchita solidificada entre vendas, protegida por una urna de cristal y sepultado por la curiosa e inquisitiva mirada de unos viajeros a los que una sola frase se les hace presente ante la contemplación de los restos del todopoderoso faraón: polvo eres y en polvo te convertirás.
Jesús Lens Espinosa de los Monteros.