No soy partidario de los homenajes con el concepto en el que se usan hoy en día. Los considero casi como el luto. ¿De qué sirve vestirse de negro, mantenerse enclaustrado, sin poner la tele durante equis días, si a la persona a la que quieres honrar no la honraste en vida? Son esos golpes de pecho que hoy muchos se dan frente a las cámaras o en la Plaza del Ayuntamiento del pueblo para que los vecinos vean cuanto la querías. No sé si me explico. Valoro positivamente que el Sánchez Pizjuán se acuerde en el minuto 16 de cada día de partido que echa de menos a Antonio Puerta, lo valoro en igual medida que Cornellá haga lo propio con Jarque en el minuto 21. Está claro que la juventud de los futbolistas impidió que los homenajes que se le tributan, que ojalá se perpetúen en el tiempo y nadie olvide que un día fueron jugadores de Sevilla y Español, respectivamente, se les hicieran en vida. No dio tiempo.
Los homenajes, los reconocimientos a una trayectoria se hacen demasiado tarde. Todos los años los vemos en los Oscars. Siempre hay actores que seguramente han merecido la estatuilla antes, pero se acuerdan ahora que son octogenarios, algunos, que sus papeles de entonces merecieron el reconocimiento y antes de que no lo puedan ver se lo dan a la trayectoria.
La semana pasada tuve tiempo de repasar la historia, una historia en concreto, y creo que ésta no es justa. Repasaba momentos importantes del club de fútbol que más lejos ha llegado y aún está en disposición de seguir escribiendo páginas. Me acordaba de aquella fase de ascenso de Segunda B a Segunda A, del 4-1 al Castilla, de la victoria en Barcelona, del triunfo en el viejo Pasarón. Me acordaba de algunos de los que marcaron goles importantes entonces, jugadores que merecieron tener algo más de relevancia en la historia de este equipo. Me acordé de Raúl, que buscó ‘fortuna’ deportiva en otros lugares; me vino a la memoria Francisco, que no tuvo la oportunidad de estar en el campo en el día más importante de la historia, el del ascenso a Primera, ganando a la Ponferradina –no disfrutó ni un minuto de ese histórico día–, y me acordé de Ortiz Bernal. Había quedado con él para tratar de recordar, sobre todo de que no murieran esos recuerdos.
El fútbol, desgraciadamente, es un rodillo que no entiende de sentimientos. Los Oscars de cada jornada sólo reconocen a los once o, como mucho, a los 14 que pueden jugar y se olvida de quienes años atrás o días no tan lejanos hicieron su ‘mejor película’. Recordaba el gol del capitán el día de la Ponferradina, aquel que sirvió para poner las tablas y hacer más fácil el triunfo. Recordé el área de la portería de Fondo Sur donde lo marcó. Me acordé del gol ante el Xerez, en el debut de Juanma Lillo; me acordé de Juan Rojas, de Raúl Sánchez, de Francisco, de los homenajes merecidos que pasaron al olvido.
Decía Gabriel García Márquez cuando anunció su despedida tras serle diagnosticado un cáncer linfático que «si yo tuviera un trozo de vida… No dejaría pasar un solo DÍA sin decirle a la gente que quiero, que la quiero». Al Estadio de los Juegos Mediterráneos vamos ahora ¿6.000, 7.000 personas? Estamos a tiempo. Le lanzo un reto a esta afición fiel, a la que va cada domingo al fútbol, más allá de que merezca jugar o no. Valoremos lo ya hecho, hagamos que el minuto 10 sea el minuto del diez, el minuto de Ortiz.


