Tras poner la cena a sus cuatro hijos y hacerles las convenientes advertencias, Amelia se arregla, duda si debe maquillarse, decide que no, se mira un par de veces más en el espejo y baja al salón, donde la espera Pablo. Ambos, cogidos del brazo, van al mortorio de su amigo Antonio, el médico, que ha muerto

