Víctimas

 

Durante casi cuarenta años, los que ETA lleva matando, cada uno de nostros ha sentido en carne propia, en carne viva propia, cada uno de los muertos, de los heridos, de los mutilados por la barbarie. Lo hemos sentido así porque eran “nuestras víctimas” y este hecho ha propiciado una imparable corriente de simpatía (en el sentido etimológico: sentir o padecer a la vez), de solidaridad hacia las víctimas, hacia sus familias.

 

Nadie podrá olvidar nunca las imágenes de Irene Villa, por entonces una niña, herida en la acera ya sin piernas para toda su vida. Nadie podrá olvidar el horror de la muerte, aquí en Granada, del Fiscal Luis Portero, ni la contumacia con que nos movilizamos pidiendo la liberación de Miguel Ángel Blanco o la de Ortega Lara. Son vivencias indelebles y forman parte del inconsciente colectivo de la ciudadanía.

 

Llegamos a vivir cada liberación como un triunfo y cada muerte como un duelo personal. Las víctimas, nuestras víctimas, se merecían el respeto, la solidaridad y la simpatía de todos y nadie se cuestionó nunca su ideología, su militancia o su opción política.

 

 

Pero una temporada antes de que Rodríguez Zapatero ganara las elecciones, la AVT empezó a mover fichas, en una especie de desconcertante partida de ajedrez que nos dejaba a una buena parte de la sociedad fuera del juego. Se nombra a Aznar presidente de honor de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (los que no somos de Aznar recibimos con ello una fuerte coz en las entrañas). La mencionada Irene Villa, el señor Ortega Lara y alguna víctima más empiezan a formar parte de las candidaturas del PP (nos dolió a los que no queremos al PP y nos sentimos traicionados).

 

Y tras la victoria electoral del Presidente Rodríguez Zapatero, la demencia se instala definitivamente en la trayectoria de la AVT, de la mano de Alcaraz, su inexplicable líder, conviertiéndose en una especie de quinta columna del PP, torpedeando la política del Gobierno, lanzando al viento la absurda teoría de la conspiración (sólo faltan unos días para conocer los resultandos de la sentencia: veremos las reacciones de muchos abogados) y llegando a ser una auténtica pesadilla para los votantes del PSOE y de otras opciones políticas que no aceptan la deslegitimación del resultado de las elecciones de 2004. 

 

 

A partir de ese momento, las víctimas dejan de ser “nuestras víctimas” para ser las del  PP, se rompe el hechizo y todo el flujo de empatía hacia el colectivo se vuelve rencor por su inexplicable alineamiento político. A partir de ahí, en la sociedad española hay “víctimas del PP” (las capitaneadas por Alcaraz) y las del 11M, que vienen a ser las del PSOE. Estéril, absurda división: todos son (y deberían seguir siéndolo) nuestras víctimas.

 

Alcaraz, un personaje con aspecto inquietante por su inanidad, se convierte en aliado del discurso del “se rompe España”, del “Zapatero ha vendido a las víctimas”, “ha negociado Navarra” y otras necedades parecidas. Soslaya, curiosamente, que Aznar también intentó la negociación y que entonces nadie de la AVT movió un solo músculo (tampoco lo movió la entonces oposición socialista: lo dejó hacer).

 

 

Dos raseros tan distintos hacen que una buena parte de la sociedad se sienta incomodada por esta actitud partidista. Nos suena a un nauseabundo comercio con el dolor de sus propios asociados, a pucherazo sentimental, a impresentable.

 

Alcaraz ha llegado a decir que Rodríguez Zapatero es “embajador de ETA” y otras estupideces similares y ha estado a la vanguardia (triste vanguardia) de todas las manifestaciones contra el Gobierno. Ahora, que tiene que comparecer ante la justicia por decir barbaridades, relanza su ofensiva antigubernamental, y convoca una movilización para el 24 de noviembre, coincidiendo con la precampaña de las generales de marzo. ¿Resulta sospechoso? Obviamente: sí. Parece un favor a Rajoy.

 

Y mientras tanto, lo realmente importante, las víctimas, han perdido el respeto, el apoyo, la empatía generales que antes recibían de la sociedad, por eso mismo: porque eran, y deberían seguir siendo,  ”nuestras víctimas”, las de todos.

 

Rigoletto

 

 

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