Frágil poder

 

Sucedió en una difusa época en que los hechos no se regían por las leyes de la física, sino por las del corazón y el mundo se explicaba desde la magia en vez de hacerlo desde la historia.

 

Los cronicones cuentan que hubo un rey que poseía el mayor poder que se pudiera pensar. Mandaba en los sembrados y el ganado, ejercía su poder sobre el cauce de los ríos y el curso de los astros. Los vientos le obedecían y la lluvia y el trueno actuaban siempre siguiendo sus más escondidos deseos. Todo en el universo seguía los dictados del buen rey, que jamás se apartó del camino de la justicia.

 

Pero el joven rey pasaba las noches sumido en la tristeza. Se oían sus alaridos de dolor y sus ministros iban y venían a la regia cámara deseosos de encontrar un remedio para tanta tristeza, para tan inmerecida congoja.

 

-¿Qué te pasa, mi Señor?- preguntaba uno de los ministros.

 

_¿Qué podemos hacer por ti, mi rey?- preguntaba otro.

 

-¿Cuál es la fuente de tanta infelicidad, señor?- inquiría un tercero.

 

Nunca hubo una respuesta, una explicación, una luz que permitiera averiguar el origen de su desgracia. Sólo un gesto adusto, sombrío, impotente y resignado.

 

Una de aquellas noches de dolor, mandó llamar a la vieja nodriza, casi una momia que esperaba la muerte, olvidada de todos, en una de las cámaras de los criados. Se dejó caer entre los brazos de aquella mujer, sintió sus gastados pechos, su olor inconfundible. Y sólo a ella le confesó:

 

-Tengo todo el poder que se pueda imaginar, que se pueda desear, pero hasta ahora he sido incapaz de encontrar el amor.

 

Los ministros mandaron a todos los cortesanos en busca de las mujeres más bellas y jóvenes, las más deseadas, las más elegantes, las más hermosas y deseables. Fueron muchas las que vinieron de todos los rincones del reino, pero sólo una, mísera, sucia, llorosa, logró atraer al rey.

 

La vistieron de sedas y finas telas, la llenaron de joyas, la perfumaron y se la ofrecieron, ausutada y llorosa. ¡Era bellísima!

 

El rey le preguntó por qué lloraba y ella, mansamente, le dijo que echaba de menos los campos, los ganados, su gente, sus humildes vestidos, su vida, en definiva. El rey notó como su corazón se veía invadido por el amor siempre soñado y le pidió que fuera su reina, su compañera, el consuelo de su soledad.

 

Ella accedió y la felicidad se instaló en el palacio. Acabaron los llantos y alaridos y todo su pueblo vivió una época de dorada dicha. Pero… ahora la tristeza anidaba en el corazón de la mujer, la nueva reina, que añoraba su antigua forma de vida. El rey la autorizó a visitar cuando quisiera a su gente, su aldea y sus campos, y ella partía cada vez que la pena la anegaba y regresaba renovada y feliz y le daba todo su amor a su esposo.

 

Sin embargo, poco a poco, sus regresos se retrasaban más, su alegría disminuía y el rey se daba cuenta de que la estaba perdiendo.

 

Una de la sveces en que la reina estaba junto a los suyos, convocó a las brujas y hechiceros de la corte. En la superficie de un caldero de agua, el rey vio nítidamente a la reina amándose con otro hombre, un pastor de su aldea. Pudo sentir el calor encendido de su cuerpo. Pudo percibir en su reina una pasión que nunca había sentido con él.

 

La furia se apoderó del rey. Mandó a su más eficaz hechicero que pronunciara el hechizo más salvaje, más cruel, más dañino para aquella reina que lo había destrozado cuando más feliz era.

 

El hechicero salmodió unas palabras y la reina dejó de sentir el fuego que la abrasaba y vio como se oscurecía todo a su alrededor. Sólo se vio en el vórtice de un gigantesco torbellino que la tragaba, que la separaba de su amante, que la despedazaba. Después sintió el frío del agua, de una torrencial masa de agua que la helaba. Miró hacia ariba y vio los ojos aterrorizados de su amante y, por encima, una estrella de su tierra. Comprendió que la única posibilidad de no verse aniquilada del todo era aquella estrella, aquella mirada y, medio sumida por las profundidades, consiguió dejar un agujero mínimo, casi imperceptible, por el que se colaba un mínimo rayo de luz de su estrella, un último aliento de su amante, una útltima esperanza.

 

Y cuentan los cronicones que aquella misma noche el rey empezó de nuevo con sus enloquecedores alaridos de soledad, de fracaso, de desamor. Como enloquecido, gritaba sin cesar:

 

-¡Cuánta mentira! ¡Qué engaño! ¡Qué frágil es mi poder!

Rigoletto

 

 

 

 

 

 

 

 

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