La noche de los misterios

 

NOTA PREVIA: Este post, que debería insertarse el próximo sábado, tiene que adelantarse porque voy a estar ausente unos días. Va dedicado a Bomarzo. El motivo es triple: es su santo, es su cumpleaños, es mi amigo.

 

-¡Esta noche es distinta a todas, Juanjo! ¡Noche de San Juan! ¡La noche de los misterios!- mi padre me lo decía con un entusiasmo impropio de su carácter reservado y hosco.

 

-Deja de decirle tonterías al niño- le espetaba mi madre ante la mirada recriminatoria de mi abuela, siempre hostil con mi padre.

 

-¡Tonterías! Parece mentira que lo digas tú…-y mi padre estallaba en una obscena carcajada que hacía que mi abuela se adelantara unos pasos, como ausentándose, en una imposible ausencia, que le permitiera no oír, no recordar.

 

Mi padre siempre me demostró a mí todos los afectos. Con mi madre y mi abuela siempre estuvo distante y falto de efusiones. Con mil esfuerzos, me había mandado interno a Granada. Quería que estudiara. Que tuviera un porvenir que a él le había sido negado por muchos motivos: la guerra, el casamiento precipitado con mi madre, la falta de trabajo…

 

De cualquier forma, aquel hombre seco se transfromaba esa noche mágica. Parecía que la fecha tenía un poder oculto sobre su espíritu. Me hablaba sin cesar mientras encendía la fogata, después de haber descargado de la camioneta, entre los dos, toda la impedimenta preparada para aquella noche: leña y maderas viejas, cervezas y refrescos, carnes, chorizos, mantas, toallas, anís…

 

Nos acompañaba mi prima Ana, que acababa de llegar de Barcelona. Su familia era el primer año que fallaba para la noche de S. Juan. Este año iba a ser una fiesta menos numerosa, menos animada.

 

El fuego estuvo pronto en todo su apogeo. Las chuletas, los chorizos chorreban una pringue que crepitaba al caer sobre las brasas. Mi padre se tomaba un vino tras otro, con el reproche implícito de mi abuela. Tras comer como salvajes, las tres mujeres se tomaron un refresco mientras mi padre empezaba con el anís.

 

 

Ya soñolientos, dieron las doce. A lo lejos, en el pueblo, se vieron los cohetes. Mi abuela -¿quién lo diría?-, mi madre y Ana se alejaron entre risas mientras mi padre adquiría un brillo distinto en aquellos ojos escrutadores. Iban a bañarse desnudas, con las mil prudencias que la situación les exigía. Mi padre se calló de pronto. Toda su alegre locuacidad desapareció hasta que las tres mujeres volvieron muertas de frío a sentarse junto a las brasas. Ana venía cubierta con un albornoz. Venían riendo con una alegría poco usual en aquella vida de reproches y, al parecer, de frustraciones.

 

 

ACLARACIÓN EDITORIAL

 

Por cesión de los derechos de explotación digital a la Editorial TransBooks me veo obligado a eliminar parte del texto de este relato, comprendido en mi libro electrónico “Cabos sueltos”. Dejo el inicio y los comentarios que en su día suscitó.

Dicha publicación está disponible en el servicio de descargas de Amazon.es y de iTunes.

 

Alberto Granados

Rigoletto

 

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