No soy un forofo de ningún tipo de premios. Me da la sensación de que son más un fenómeno mediático y comercial que un reconocimiento a los méritos de alguien o de algo, de ahí que todo premio y todo premiado susciten en mí una alta dosis de desconfianza, de sospecha de oportunismo. Especialmente, si el premio en cuestión puede dar lugar a ventas prodigiosas de algo, como por ejemplo los premios Planeta o Nobel, capaces de disparar las ventas de autores que, en muchos casos, son desconocidos para el gran público. O para consagrar una nueva película taquillera (los Goya o los Oscar).
Tampoco me gustan las ceremonias de entrega de dichos premios, que suelen ser auténticas hogueras de las vanidades, donde importa más la foto del Hola, el estar y aparecer, que el verdadero motivo de la aparición. Más los escotes que el cerebro. Más los canapés y el cava, que el contenido de la fiesta.
De entre todos los premios, uno de los más merecidos es el de la Comunicación de este año: Google. Sinceramente, llevo nueve años conectado a Internet, y aunque empecé con un buscador llamado Altavista (¿lo recuerda alguien?) rápidamente me recomendaron cambiar al recién aparecido Google y, tengo que confesarlo, ya no concibo mi vida sin Google. Es una imprescindible herramienta de conocimiento y ocio (hoy día van casi inseparables). Google añadió después GMail, Google Earth, Maps… y ya está el Chrome en fase experimental por si puede con el navegador más universal, el Explorer de MicroSoft.

Tanta capacidad de hacer cosas y hacerlas bien, tanta eficacia, me sorprenden. Más en un sector en que los avances se bastardean presentándolos con cuentagotas, provocando que los equipos y los programas se queden obsoletos cada seis meses. El buen hacer de Google merece el premio. Aquí no hay reservas.
Rigoletto

