Dieciséis de Diciembre, Día de la Lectura. Discusiones, foros, conferencias y expertos deciden qué es la lectura, por qué falla el lector escolar, si se aproxima el fin de la galaxia Gutemberg o si el futuro está en el libro electrónico, si nuestros escolares serán una generación que olvide definitivamente el acto de leer. Es la gran oportunidad de los teóricos. El momento de predecir la gran hecatombe o un futuro prometedor de la lectura. Se les paga para eso, para que intenten adivinar el futuro: son los teóricos, los gurus, los profetas y analistas.

Mientras tanto, a pie de obra, cada uno en su casa o en el autobús, en un parque o el metro, una legión de lectores abrimos cada día un libro, con una obsesión compulsiva, con la necesidad de aquél a quien le va la vida en ello, y vivimos las mil vicisitudes de sus personajes, lo intrincado de sus pasiones e impulsos, como si fuéramos nosotros mismos. Yo lo vengo haciendo desde hace más de cincuenta años y tengo la sensación de que el autor, clásico o contemporáneo, lo escribió pensando en mí. Que no importan las distancias espacio temporales, que en un libro quedan anuladas y no consiguen separarnos. Que yo, el lector, soy el elemento que faltaba en la cadena. Que no soy un mero sujeto pasivo, sino un elemento más del libro que leo, si no es él quien me lee a mí.

Un libro es una geografía habitable, un mundo abierto, un ámbito absorbente que excluye todo lo demás: a tu marido/mujer y a tus hijos, los problemas del trabajo, la crisis económica, la enfermedad de tu mejor amigo o el dolor primigenio de la vida: cuando abres el libro, sucumbes gozosamente al universo que bulle dentro de sus páginas. Abrir un libro es, ya lo vemos, una especie de suicidio, un rito que te aniquila por tu propia voluntad, por una decisión que has tomado, casi irresponsablemente, casi entregado al hecho de que vas a sucumbir. O tal vez la decisión la tomó el autor al escribir el libro…
Pero si eso es así, estirando el argumento ad infinitum, tal vez el autor sólo siguió un impulso que ya había decidio por él el autor del libro que él, a su vez, estaba leyendo… Tal vez el dios creador, en sus designios, creó al lector. Tal vez lo tenía decidido desde el principio de los tiempos: siempre habrá un libro. Siempre habrá un autor y un lector que vivirán permanentemente ese acto de creación que es leer.

De igual forma, somos miles de maestros, no sólo en este día, sino durante toda la escolarización de nuestro alumnado, los que intentamos introducir en sus cerebros la dependencia del libro, el fuerte poder adictivo de la lectura, la capacidad de elegir un buen libro, de leerlo y disfrutarlo. Y les preparamos para asimilar sus distintos niveles (literal, abstracto, simbólico), para discernir entre las mil ideas que contiene… Prepararlos para el supremo acto creador de la lectura. Son los catecúmenos, los neófitos del gran misterio.
En estos tiempos de escepticismo, parece que el libro aún despierta pasiones en una amplia población infantil. Frente a lo que se dice, hay lectores, lectores realmente omnívoros, apasionados por tener un libro en sus manos. Adictos. No da la sensación de que vayan a desaparecer. Nuestros niños podrán seguir disfrutando de los mil universos que se extienden al alcance de sus manos en las bibliotecas de su aula, de su colegio o barrio o, simplemente, en su dormitorio. El futuro del libro está asegurado, aunque tendrá que convivir con nuevas formas de lectura. Irán creando su opinión, serán personas capaces de fomarse un criterio, sabrán buscar otros libros y contrastar las informaciones…
El único riesgo para este impulso es la estupidez, la estrechez mental. Parece que, junto al lector, junto a ese impulso vivo y creador, también apareció su opuesto: el censor, el destructor, el husmear un libro haciendo una lectura parcial para encontrar el elemento transgresor, el peligro moral, el riesgo ideológico . Si el creador escribe para almas libres, siempre aparecerá, por simple reacción, ese espíritu destructivo que siempre tuvo la ignorancia. Basta ver lo que se ha estado haciendo con Educación para la Ciudadanía, con Salman Rushdie, con tantas mujeres escritoras en países del ámbito integrista…

Leamos. Es una forma de labrar nuestra libertad. La lectura es vida y es futuro. Sólo la ignorancia y la estupidez la cuestionan.
Rigoletto

