Cuaversos. Tres sonetos a la lengua castellana

Hoy, que es casi nochebuena, me dejo llevar por ese espíritu navideño y, en vez de torturaros con ripios propios, os ofrezco algo que Dámaso Alonso escribió hace muchos años: “Tres sonetos sobre la lengua castellana (con tres comentarios)”, publicado en 1958 por la Editorial Gredos (para los filólogos, la catredral de la sapiencia).


El viejo maestro de la generación del 27 hace un emotivo homenaje a nuestra herramienta de comunicación, la que hermana a tantos millones de hablantes a ambos lados del océano y de la historia.




1

UNA VOZ DE ESPAÑA

Desde el caos inicial, una mañana

desperté. Los colores rebullían.

Mas tiernos monstruos ruidos me decían:

«mamá», «tata», «guauguau», «Carlitos», «Ana».

Todo —«vivir», «amar»— frente a mi gana,

como un orden que vínculos prendían.

Y hombre fui. ¿Dios? Las cosas me servían;

yo hice el mundo en mi lengua castellana.

Crear, hablar, pensar, todo es un mismo

mundo anhelado, en el que, una a una,

fluctúan las palabras como olas.

Cae la tarde, y vislumbro ya el abismo.

Adiós, mundo, palabras de mi cuna;

adiós, mis dulces voces españolas.


2

NUESTRA HEREDAD

Juan de la Cruz prurito de Dios siente,

furia estética a Góngora agiganta,

Lope chorrea vida y vida canta:

tres frenesís de nuestra sangre ardiente.

Quevedo prensa pensamiento hirviente;

Calderón en sistema lo atiranta;

León, herido, al cielo se levanta;

Juan Ruiz, ¡qué cráter de hombredad bullente!

Teresa es pueblo, y habla como un oro;

Garcilaso, un fluir, melancolía;

Cervantes, toda la Naturaleza.

Hermanos en mi lengua, qué tesoro

nuestra heredad —oh amor, oh poesía—,

esta lengua que hablamos —oh belleza—.


y 3

HERMANOS

Hermanos, los que estáis en lejanía

tras las aguas inmensas, los cercanos

de mi España natal, todos hermanos

porque habláis esta lengua que es la mía:

yo digo «amor», yo digo «madre mía»,

y atravesando mares, sierras, llanos,

—oh gozo— con sonidos castellanos,

os llega un dulce efluvio de poesía.

Yo exclamo «amigo», y en el Nuevo Mundo,

«amigo» dice el eco, desde donde

cruza todo el Pacífico, y aún suena.


Yo digo «Dios», y hay un clamor profundo;

y «Dios», en español, todo responde,

y «Dios», sólo «Dios», «Dios», el mundo llena.

La voz emocionada de un viejo maestro. No creo que os haya dejado indiferentes.

Rigoletto


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