Pecar

Siempre me fascinó la moral católica, sus tortuosos recovecos y sus decisiones atrabiliarias sobre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo decente y lo indecoroso. Fui ferviente creyente hasta los diecinueve años, edad en que comprendí que la realidad y la moral católica eran cosas muy distintas y que el mensaje evangélico estaba totalmente bastardeado en manos de un grupo manipulador, la jerarquía eclesiástica, una cuadrilla de guardianes de las esencias cristianas, que en realidad buscaba tenernos “trincados” en cosas tan simples como los instintos más primarios, que es una forma de tenernos trincados en todo.

Cuando estudié Magisterio, tiempos del nacionalcatolicismo, era totalmente necesario dominar los entresijos teológicos del catolicismo. Estudiábamos más religión que pedagogía. Y aprendí mucho sobre los pecados (simples debilidades) y los códigos éticos.

Aprendí los pecados capitales y los veniales, su contenido y extensión, llenos de matices. Lo bueno y lo malo.

Hoy resulta que la jerarquía eclesiástica nos desubre varios pecados nuevos. Yo, pecador convencido, estoy por darme el gustazo de ir transgrediéndolos todos por probar nuevas sensaciones. Para empezar, se quejan nuestros pastores de que se está perdiendo la noción de pecado. En realidad es toda una liberación, pero nuestros jerarcas claman una vuelta a las esencias. Después enumeran algunos de los nuevos pecados, a saber: los experimentos del campo de la bioética, que pueden traer consecuencias desconocidas, si bien es verdad que también pueden suponer nuevas perspectivas para la medicina; la droga, que “debilita la psique y oscurece la inteligencia”, mismamente como la propia religión; la contaminación y las desigualdades económicas, que es por donde tenían que haber empezado desde aquello de “Ve, vende lo que tienes, entrégalo a los que sufren y sígueme”, hasta ahora tan mal llevado.

La verdad es que soltar todo el catálogo de primavera de los nuevos pecados, una especie de pret-a-porter pecaminoso, así, sin milagros ni nada sobrenatural (ni una sola plaga en Egipto) pues que desmerece mucho, especialmente desde Cecil B. De Mille.

Yo estoy planteándome transgredir algunos, pero me va a resultar casi imposible el de acumular riquezas de forma desaforada (ya quisiera yo), la droga no me cunde, no me gusta contaminar y la bioética no me va a llegar, así que me considero desfavorecido social en el tema de pecar. ¿Para cuándo montará Zapatero un ministerio del pecado? La COPE tendría tajo donde emplearse y -esta vez, sí- con fundamento.

Rigoletto

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