Hoy, día en que se celebra la festividad de San Cecilio, yo tendría que ir subiendo las cuestas del Sacromonte, pero una medio gripe, medio faringitis, junto al mal día que hace, hacen desaconsejable que asista al evento. Otro año será. Si es que queda abadía para dentro de una temporada, pues la última vez que estuve allí, en una boda durante el corpus, vi que la indolencia y la falta de iniciativa van a permitir que tan venerable tesoro se venga abajo.

Tengo que aclarar que estuve interno un año en el “Real, Insigne y Pontificio Colegio del Sacromonte, Seminario de Juristas y Teólogos”. Fue durante el curso 1967/68, cuando yo tenía 17 años y cursaba “Preu”: el preuniversitario, equivalente al COU que la mayoría habéis conocido, sólo que bastante más elitista, un curso de acceso a una universidad aún minoritaria, sin masificar y destinada a una clase social privilegiada. Más que privilegiada, destinada a ser continuista con el franquismo. Sólo que no sospechaban lo que esa primavera iba a pasar en Francia, donde los parisinos adoquines del bulevar St Michel escondían un mar tan poético como deseado, tan utópico como profético. Y lo mismo que sucedió con los estudiantes de la Sorbona, sucedió en otros puntos, a veces regados con sangre: Mejico D. F., Praga, la Complutense… Ya nada volvió a se como hasta entonces.

Era toda una empresa aprobar el preu. El curso estaba lleno de actividades paralelas y se nos hacía asistir a conferencias cada dos por tres. Estaríamos de ver, adolescentes bien hormonados, llenos de granos, de traje y corbata, hablándanos de usted en público y con un aire de pueblerinos irredentos que debía tirar para atrás. Los fines de semana comíamos con los de la residencia de universitarios, supongo que para ver si se nos pegaba algo e íbamos perdiendo el pelo de la dehesa.

El internado no se parecía a nada de lo visto en las películas y series televisivas. No había las míticas perversiones cinematográficas, sino un tedio bestial y una comida deleznable (la especialidad: filetes de gabardina, una carne impensable que devorábamos matados de hambre). Dos duchas colectivas a la semana, vigilados por los “superiores” para que no hubiera tocamientos impuros (no había tiempo, pues cortaban el agua caliente en un momento), misa los domingos y magnífica música para despertar los sábados y domingos: “West Side Story”, Elvis Presley, las misas criolla y luba, Los Brincos, Adamo…
En los cursos altos, teníamos camaretas individuales, con cama, armario, un lavabo y un pupitre lleno de cajones (ya querría ahora disponer de un mueble como aquel). Teníamos también unos “plomos” en cada cuarto, de manera que nos acostábamos a leer y cuando te ibas a dormir, para evitar levantarte a apagar la luz (el frío era horroroso), tirabas de una cuerda y sacabas el fusible de pedernal. Lo malo era que a la mañana siguiente tenías que volver a meterlo a oscuras.
Lo de la corriente eléctrica era de circo: todos teníamos un hornillo eléctrico y asábamos chorizos o lo que pillábamos de nuestras casas, en medio de nubes de humo y olor a cocina de bar que nadie ventilaba por el frío. También nos hacíamos cafés solubles. El método era casi suicida: guardábamos la espiral de un block gastado y la enchufábamos por sus extremos a un cable que conectábamos al enchufe. Inmediatamente se veía el burbujeo y el agua se calentaba. Esto también lo hacíamos para calentar el agua para lavarnos por las mañanas. Lo malo eran los calambrazos que se podía llevar el de al lado si en ese momento tocaba el lavabo. Se decía que alguno había pillado un estimulante calambrazo en semejante parte, pues ante el frío que hacía por aquellas crujías, nos meábamos en el lavabo, aun a riesgo de elctrocutarnos “por do más pecado había”.
Lo mejor era cuando llovía: te meabas directamente en el patio sin necesidad de salir ni de usar el lavabo: abrías una rendija de tu balcón… y ¡uf, qué alivio!

Y el curso terminó y volví a mi casa donde comprendí que mi sueño de ser periodista se rompía en mil pedazos: mi padre tenía un cáncer, iba a durar unos meses y decidí no ser una carga para mi madre. También decidí hacer magisterio, carrera de tres años que yo hice en dos sin ninguna ayuda. De momento era una solución provisional. Tan provisional que llevo 39 años, pues descubrí que la enseñanza me encanta. Que una clase de las que sale bien y conectas con los niños es un premio; que el agradecimiento de algunos niños, que ni siquiera saben expresar, pero que intuyes en su complicidad, es un estímulo; que… tantas alegrías y tantos enfados…
Y finalmente, como esta vida tiene mucho de cíclico, redescubrí mi vieja vocación de periodista en este blog, desde el que ya va a hacer dos años, os cuento mis cosillas, mis más recónditos secretos inconfesables. Bueno, con vosotros, que sois así de majos, hago una constante excepción. ¡Anda que no!
Rigoletto

