Leí mal las bases del concurso de microrrelatos de Ideal y escribí un relato brevísimo con 200 palabras justas. Tras echar una ojeada, he decidido no concurrir y os lo inserto aquí.
Nació para triunfador, pero como no siempre es posible triunfar, desarrolló la extraña habilidad de convertir los reveses y fracasos en triunfos. Lo hizo dejándose el alma en semejante causa, perdiendo credibilidad, mintiéndose y mintiendo a todos los que lo conocíamos. Ya en la escuela primaria gritaba “¡Bieeeeén!” si la maestra lo castigaba y cuando su primera novia lo dejó, insinuó, como la zorra de las uvas, que se sentía liberado, que estaba mejor sin ella. Cuando abandonó los estudios de Arquitectura, dijo que era una carrera para cómplices del sistema y cuando su hijo dejó Arquitectura veintitantos años más tarde, para dedicarse a aporrear una guitarra en un grupo de rock que nunca llegaría a nada, dijo que las multinacionales de la música lo estropeaban todo, pero que su hijo, aquel zángano impresentable, era casi Eric Clapton. No había contrariedad que no convirtiera en ventaja, ni fracaso que él no intentara hacer pasar por una gran victoria. Nadie le había pedido nunca que fuera deslumbrante ni triunfador, pero él era así, por eso, cuando le dieron el diagnóstico, un cáncer terminal, me llamó y me dijo: “A fin de cuentas, esta vida no me llena y estoy deseando morirme”.
Rigoletto

