Llevar razón en un asunto debería ser algo consustancial con el ser humano, ya que nos consideramos animales racionales. Llevar razón, poseer la verdad, estar al margen del error, tendría que ser una necesidad lógica en un organismo dotado de capacidad para discernir y tomar decisiones libremente. Debería ser algo tan normal como respirar varias veces por minuto, como el latido de nuestro corazón, la propia condición sexual o como el paso de las estaciones. Estar en lo cierto no debería ser una condición para adquirir el aura del pretigio, del mérito, del reconocimiento social, sino una simple función biológica más.
Pero la historia de la humanidad es la historia de nuestros miles de errores, de nuestras decisones equivocadas, lesivas para otros, egoístas, ególatras, así que hay que pensar que muchas veces nos equivocamos, que no llevamos razón, que nuestra conducta no ha estado a la altura esperada y algo ha salido mal en la percepción de los hechos, en la decisión adoptada. Sencillamente: has fallado y hay que asumir el error, satisfacer los daños derivados del mismo y esperar que éste se olvide, antes o después, en función de la generosidad de la persona agraviada.
Lo malo es que ésta, en posesión de la verdad, en su prevalencia por llevar razón, caiga en el error de hacer de su verdad una bandera apisonadora, una máquina de revanchismo, y pasee su figura de víctima como un triunfo, su opción como una lección magistral, su apreciación como una marca de dogmatismo talibán. Ahí, el equivocado y el que lleva la razón se equiparan y el que llevaba razón llega a perderla. Es una situación en que la razón se convierte en fuerza. Y la fuerza bruta, en estupidez: hay que ser sabio hasta para llevar razón.
Rigoletto

