El escultor de almas

(Una recreación libre de la figura de José de Mora)

El alma de una persona está hecha de mil impulsos contradictorios, de mil materiales dispersos. Los mismos filósofos antiguos, desde Hipócrates a Galeno, han intentado comprender la influencia de los distintos humores corporales en el alma y han determinado que hay cuatro temperamentos, cuatro formas básicas de ser y comportarse, perfectamente distinguibles, que nunca se dan de forma pura, sino que se entremezclan en diversas proporciones, lo que hace posible la gran variedad de personas irrepetibles, únicas en su complicada manera de ser, en sus torturadas almas llenas de dudas.

Un escultor como yo, tal vez debería estar más atento a lo figurativo, que, a fin de cuentas, es el meollo de mi trabajo, pero estoy convencido de que eso que llamamos espíritu y que consideramos inmaterial, tal vez tiene forma y cada rasgo requiere una manera diferente de tratarlo en el arte de la escultura, del que pretendo ser un humilde aprendiz, siempre haciéndome preguntas sobre qué significa un rictus, un ademán, una mirada o una simple sonrisa que apenas se esboza.

Tal vez he nacido para estudiar el alma humana y después plasmarla en madera. Es algo que he ido aprendiendo desde que en la Baza de mi niñez, en el taller de mi padre y maestro, junto a Alonso Cano, Pedro de Mena y mis hermanos Raimundo y Cecilio, inicié mi formación en la técnica escultórica. Siempre atendí las sabias advertencias de mi padre, así como los agudos comentarios de mis compañeros, pero cuando volví de la lejana corte de mi señor, el pobre Rey Carlos, me fui apartando de tales enseñanzas y depurando un estilo diferente, que obedecía a mi permanente estado de observación de las almas. Desde entonces, nunca he sabido pensar en otra cosa que observar los rasgos de las personas que veo y pensar en qué significan, qué clase de hombres o mujeres son, qué contienen sus almas, qué sentimientos, qué maneras de ser, qué impulsos secretos, qué hay en sus conciencias. ¡Algunas veces he visto cosas tan inquietantes…! Cuando ya he conseguido saber qué clase de alma tengo ante mí, me he puesto a pensar cómo podría esculpirla, llevar cada elemento de esa alma a un boceto en arcilla, previo a la talla definitiva, o en decidir qué color le corresponde a cada rasgo del carácter que intuyo, qué sombra, qué gesto, qué textura o qué madera recogerían mejor las ambiciones, las pasiones y miserias contenidas en el alma de quien ante mí pasa.

Llevo toda mi vida intentando aprender ese doble camino que me lleva de la observación de la gente a la técnica de la escultura. Es mi gran desafío como escultor: aunar alma y escultura, lo inmaterial unido con la madera y la pintura. Pasar los rasgos del espíritu a la materia con que hago mis tallas. Me digo a mí mismo que es como recoger una melodía, hecha para oírse, en una partitura, hecha en cambio para verse y leerse. Es ese milagro que llamamos arte, disciplina que siempre he practicado y sobre la que me he hecho miles de preguntas, sin encontrar grandes respuestas.

Las personas somos enormemente complicadas y captar el rasgo de un alma es tan difícil como captar la esencia de un río, de una nube o de un pájaro, que son puro instante, continuo devenir, ilusión pasajera. Sólo que el alma, además de cambiar continuamente, está llena de contradicción, de inconstancia, y es tan volátil que, cuando creo haber captado su esencia, me doy cuenta de que sólo ha sido un mero atisbo de una verdad nunca conclusa, de una mentira por tanto. ¡He roto tantos ensayos de tallas! ¡Me han parecido tan falsos, tan fracasados!

En mi juventud, cuando aprendía el oficio, esta incapacidad me torturaba hasta el delirio. Pedía a Dios habilidad para penetrar en las almas, agudeza para captar lo oculto, perspicacia para llegar hasta lo inconfesable, lo que atribulaba las conciencias de mis semejantes, tal vez la misma esencia del ser humano… Era un ardor juvenil que me llevaba a querer ser un visionario, un soberbio observador de las almas y las vidas de los demás. Poco a poco percibí la verdad: cada uno de nosotros puede llegar a ser un ángel de virtud inmaculada en la misma proporción en que puede llegar a ser una fiera, un demonio. Somos ángeles expulsados de nuestro paraíso y esa condición nos puede convertir en rebeldes demonios, a imagen y semejanza de aquel maligno Luzbel de las Escrituras.

Con el paso del tiempo, el hacerme más juicioso, menos vanidoso, me ha permitido juntar en mi escultura esa doble dimensión del ser humano y he tratado de jugar con mis tallas y mezclar en ellas lo más elevado y lo más canalla de la persona; he llegado a convertir en sublimes los rasgos más ominosos de aquellos que me han servido de modelo. He convertido todos aquellos rasgos pecaminosos, diabólicos hasta la degeneración, inconfesables en grado extremo, en aparentes gestos de piedad. He tratado de encontrar un lenguaje escultórico que admire a la gente a la que engaño: mis tallas, tan admiradas y conmovedoras, están llenas de lúbricos extasis, de pecaminosos placeres y deseos, de impulsos que conducen a la más absoluta abyección… y sin embargo están en los altares de las iglesias como muestras de la más exquisita piedad. Es mi engaño, mi terrible, secreto y peligroso engaño. Mis tallas de Dolorosas, de ángeles, de Inmaculadas, de santos, recogen todo aquello pecaminoso que conseguí adivinar en las almas de los que posaron para mí.

He estado jugando peligrosamente a la ambigüedad secreta, a la doble posibilidad, a la mezcla de elementos que me han permitido burlar la verdad. ¡Y lo he hecho delante de la propia Inquisición! A fin de cuentas, el ser humano es tan petulante, que cree siempre dominar la verdad y apenas repara en lo engañoso de lo que se le presenta ante sus ojos. Si ve una de mis tallas en un altar de una iglesia, no se para a pensar qué es lo que tiene delante y se arroba ante la engañosa piedad que sus ojos contemplan.

Recuerdo al morisco que me sirvió de modelo para mi San Bruno. Alguien dijo que yo había conseguido plasmar el lamento más íntimo de un alma humana, la esencia misma del dolor de vivir. ¡Qué locura! Era la cara misma del placer, la cara que yo observaba mientras el muchacho caía en los vicios y pecados que yo mismo propiciaba. Afortunadamente, se fue de Granada y no podrá confesar nunca sobre cosas que nos llevarían a ambos a la hoguera.

Ya he olvidado si alguna de mis Dolorosas llevaba la serenidad que tenía Juana, aquella prostituta que posaba su desnudez para mis estudios sobre el cuerpo de la mujer. Cuando yacía con ella, siempre ponía un espejo que me permitiera ver su rostro, sus gestos de placer, posiblemente fingidos, pero expertos. Ahí aprendí el rictus que algunos decían ser la raíz misma del sollozo, la esencia misma de la piedad de mis vírgenes policromadas.

Tampoco recuerdo si alguno de mis crucificados reflejó la insaciable avaricia, la contumaz hipocresía de Simón, el converso que me prestó sus formas durante algún tiempo…

Siempre esa ambigüedad, esa mezcla de virtud y tentación, luchando continuamente en el interior del alma de esos seres tristes, lacerados siempre de sufrimiento y desesperanza que son los seres humanos. Siempre usé modelos que significaban lo opuesto de lo que debían, hasta el punto de que siempre guardé celosamente el secreto de sus identidades, pues nunca quise perjudicar a aquellos desgraciados que, a cambio de unas monedas, prestaban sus facciones a mis cristos y vírgenes. Siempre me rodeé de la leyenda de ser un hombre huraño, de permanecer siempre aislado de la vida mundana de esta Granada lisonjera e hipócrita. La verdad, cuando Doña Luisa, mi esposa, vivía aún, no necesité de las miserables galas de esta ciudad, ni de sus fiestas, tan contrarias a mi adusto carácter. La tenía a ella y eso bastaba para llenar mis días. Mis días y mis noches, porque las noches eran un frenesí de placeres, marcados por esa irresistible pasión insaciable que me transmitía mi dulce esposa, una mujer tímida que se transformaba en el lecho hasta ser una ardiente amante cuya alma se derramaba en procacidades sin límite, en increíbles atrevimientos, para, un momento después, al terminar la coyunda, volver a ser la recatada y dulce esposa, la compañera llena de melindres, modales adustos y suaves ademanes, tan diversa de la que acababa de yacer en mis brazos. Siempre pensé que era una extraña mezcla que no sé si me envilecía o me elevaba hasta las alturas más eminentes, pero que me resultaba irrenunciable.

Sólo sé que esa pasión fue la chispa mágica que llenó de vida varias de mis tallas más admiradas y que me dio un reconocimiento indiscutible. Tal vez, la pasión sea simplemente el elemento indispensable para que asome la vida en una simple talla de madera. Dios eligió un muñeco de barro para que sirviera de sustento a las complejidades del alma. Yo he usado la pasión para representar la vida, ese complicado oficio de ser hombre lleno de dolor y soledades.

Rigoletto


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