El pasado miércoles, muy temprano, decidí dar un aire distinto a mi jubilación, que ya me estaba encerrando demasiado en casa, y a las ocho de la mañana ya estaba empezando a subir la cuesta Gomérez. Empecé la cuesta como se tiene que empezar una cuesta pronunciada: “como un viejo, para terminarla como un joven”, según se dice en el ambientillo de los senderistas. Mientras cruzaba la ciudad, me resultó muy curioso el contraste entre mi prisa por llegar con los primeros rayos del día y la prisa afanosa de los que iban al trabajo. También me resultó sorprendente que, al pasar por Plaza Nueva era prácticamente de día, mientras que al adentrarme en los bosques de la Alhambra, había una oscuridad que parecía de otro momento del amanecer. Fui tomando fotos, que iré subiendo a Facebook. Me encantó estar en la Alhambra tan temprano, cuando sólo había unos primeros rayos de sol, unos primeros japoneses (¿duerme esta gente?) y los servicios de limpieza del monumento.
Desayuné allí mismo, junto a unos italianos:
-¿Quelcosa per mangiare?
El camarero les recita las existencias: Tostadas, magdalenas, bocatas, mientras les enseña el género para que sepan lo que es.
-¿Caldo?
-No, a estas horas no hacemos caldo- contesta uno de los camareros, que no sabe que “caldo” significa “caliente”.
La ciudad va amaneciendo a mis pies. El Albayzín, enfrente, despliega sus campanarios y sus cipreses y yo, todo hay que decirlo, me siento importante por poder disfrutar de esa magia, como el privilegiado que soy. Es un momento perfecto.

Al dar las nueve, entro al palacio de Carlos V y veo la exposición “150W.I.”, dedicada al autor de los Cuentos de la Alhambra. Es una exposición básicamente documental: manuscritos, apuntes, dibujos, ediciones de sus obras… complementada con una serie de cuadros costumbristas de otros románticos.

Tras esta exposición, subí a la primera planta del palacio y entré al Museo de Bellas Artes. Ya lo he visto más de una vez, así que fui directo a la sala X (no seáis mal pensados: no es una sala porno, sino la número 10), donde se aloja una exposición temporal, “Creadoras del siglo XX”, que es lo que me interesa. Antes, me detengo en la sala VIII, donde está López Mezquita, que me gusta mucho. La exposición de las mujeres me decepciona: esperaba más trabajos, pero sólo hay treinta y seis piezas, muy diversas, y me desconcierta ver a Ouka Lele junto a María Blanchard. Con todo, la mayor parte de las piezas (pinturas básicamente, pero también escultura y un par de fotografías), son bastante buenas.


Por último, seguí mi paseo por los bosques que rodean el recinto y, ¡oh, sorpresa!: descubrí una tercera exposición de la que no conocía casi nada y que me dejó entusiasmado: “Aire”, una muestra formada por unos setenta paneles al aire libre, en que se muestran fotografías relacionadas con el aire, considerado éste en todos sus aspectos: agente geológico, soporte para el vuelo, música, elemento contaminado y contaminante… Son unas fotos impresionantes, con un mínimo pie escrito, así que resulta deslumbrante y nada aburrido.
Al regresar por Plaza Nueva, un café y a casa. Eran algo más de las once y sentí que había sido una de las mejores mañanas de mi vida. Que por cierto, voy a repetir. Empezaré por dejar un día para estas actividades y planificaré mis escapadas de turista jubilado. La próxima será el Museo de la Memoria. Intentaré, de paso, que Jesús me invite a un café y me firme su libro. Es que hay que disfrutar del tiempo libre. Os lo recomiendo.
Rigoletto

