Dedicado a cualquier mujer que haya sufrido alguna forma de violencia machista.
Yo no me habría dado cuenta de quién era, si ella no me hubiera llamado:
-Oye, perdona, tú… tú eres Pablo, ¿verdad?, Pablo… Pablo… Lo siento, ahora no recuerdo el apellido, pero eres Pablo…
-¡Marta!, ¡Marta Hermosillo! Hace ya… por lo menos dieciocho años que no nos vemos, ¿verdad? ¡Qué alegría!
Marta seguía siendo una mujer bellísima, como lo era ya cuando estábamos en el instituto, pero ahora tenía, junto al tipazo y la deliciosa sonrisa de siempre, un halo de belleza madura y resultaba irresistible. Estaba preciosa y se lo dije. Parecía contenta de haberme visto. Se cogió de mi brazo y me llevó a tomar un café.
Me pareció mentira tener junto a mí a aquella chica, por la que hubiera hecho cualquier cosa a los diecisiete años… aunque no hice nada más que dejar que desapareciera de mi vida…
Hablamos apresuradamente de nuestras vidas. Yo le conté mi fracaso con Ana. Ella me dijo que estaba casada. Adiviné una sombra. Me pareció que su sonrisa y su felicidad por nuestro reencuentro se ensombrecían un instante al mencionar la circunstancia de que estaba casada, pero se recompuso enseguida y, tras el café, nos separamos. Me dio su teléfono y yo le di una tarjeta de mi consulta, con los teléfonos y una dirección electrónica:
Pablo Pérez Torres
Psiquiatra
Modificación de conducta
Trastornos alimentarios
Psiquiatría infantil
Pocas semanas después me telefoneó. Necesitaba que me ocupara de su marido. Me lo dijo en un tono grave, preocupante. Le pregunté qué pasaba y me dijo que no quería hablarme de eso por teléfono, que prefería verme.
Vino a la consulta a esa hora en que la enfermera se marcha y yo preparo el trabajo del día siguiente.
Empezó (“Esteban, mi marido, me quiere, pero…”) y capté una gran tensión que inmediatamente me hizo pensar en malos tratos. Le pedí que se quitara el pañuelo que cubría su cuello, innecesario a todas luces, pues hacía mucho calor en la consulta. Me miró, bajó los hombros, con un gesto de rendición y me dejó ver las manchas cárdenas alrededor de su cuello, mientras rodaban por sus mejillas dos espesos lagrimones. Se levantó el jersey y pude ver otros terribles cardenales por debajo de su sujetador, en toda la zona costal. Lloraba, ahora de una forma inconsolable.
No debo implicarme en las vidas de mis pacientes, pero sentí renacer el enamoramiento juvenil por aquella mujer, entonces inalcanzable. La abracé como si fuera un amigo de siempre, pero sabiendo que la deseaba, que llevaba deseándola toda la vida. Me contuve, aquello no tenía sentido y, además, era la esposa de alguien a punto de convertirse en uno de mis pacientes… Todas mis alarmas éticas saltaron, así que cuando se calmó, hablamos un rato y le di cita para el marido. La tarde siguiente reapareció en mi consulta, acompañada de aquel desgraciado:
-Tienes un problema muy grave.- empecé a decirle, cuando, tras los saludos, entramos en materia. Él daba muestras de sentirse mal, de desear desaparecer, de no cuadrarle nada en el mundo-. Lo primero que hay que cambiar en tu mente –continué yo- es la manera de valorar a Marta. Consideras a tu mujer una cosa, sin vida propia, sin sentimientos, sin…
-Yo la quiero –me interrumpió a la defensiva-. La quiero mucho. Pero ella me lo pone todo muy difícil. Parece que no se da cuenta, que no lo hace adrede, pero… He accedido a venir porque un día me voy a pasar demasiado y la voy a matar…-Marta sollozaba en silencio, sentada junto a él y le tomaba la mano, como se le toma la mano a un niño enfermo. De cuando en cuando, a través de las lágrimas, me miraba como tratando de leer en mis ojos una señal de esperanza, una expectativa a la que aferrarse, un futuro.
-Ya te has pasado demasiado- le dije gravemente.- Mira, yo puedo ayudaros, pero te va a costar mucho trabajo. Tenemos que empezar por… – me pareció que acataba todas mis indicaciones con una docilidad en la que no creí ni por un momento, aunque Marta me miraba agradecida, como si yo fuera un dios.

Cuando se fueron, empecé a tomar notas y a decidir qué terapia necesitaba ese hombre, un verdadero enfermo, muy peligroso, una auténtica amenaza para su mujer. Pensé en las enormes paradojas de la vida. Marta nos tenía enamorados a todos los del curso, nos parecía una diosa inaccesible y ahora… Ahora era la criatura más desvalida del mundo. Nunca se fijó en mí y ahora yo era su tabla de salvación, su única posibilidad. ¡Cuántos misteriosos recovecos tiene la vida!
Esteban vino a tres sesiones más y parecía que la terapia estaba funcionando. Ahora se controlaba, valoraba más a su mujer, los arrebatos se apagaban apenas empezaban… pero estaban ahí. Yo los intuía agazapados como una fiera depredadora y destructiva.
Marta me enviaba constantes correos en que se le notaba una especie de esperanzada euforia ante la vida, como si todo estuviera arreglado, como si le estuviera agradecida a aquel imbécil por no agredirla. Me contaba incluso que su vida sexual era ahora más gratificante que nunca, cosa que me hacía daño.
Una noche, cuando estaba a punto de cerrar mi consulta, sonó el timbre. Era Esteban, muy agitado. Con pupilas de loco, y mirando alrededor, me dijo:
-¿Está aquí Marta? Dime la verdad, tiene que estar aquí…
-Tranquilízate, por favor. No he visto a Marta desde que estuvisteis aquí la semana pasada. ¿Qué ha sucedido?
-He fracasado. He vuelto a pegarle, he vuelto a golpearla y esta vez ha sido con una saña desmedida. Me he vuelto loco, más irracionalque nunca, como un salvaje… No sé lo que me ha pasado… parecía que ya…
Sólo un rato después conseguí que se fuera y telefoneé a Marta.
-Ayúdame, por favor –me dijo entre unos sollozos que me dejaron la sangre helada.- Estoy en la estación de autobuses. Me quiero ir de aquí, no sé adonde, pero… Ayúdame. Eres lo único que tengo…

Fui a recogerla, y la traje a casa. Estaba muy mal y, de nuevo, llena de moratones que no había tenido tiempo de maquillar. Hablamos durante un rato, hasta que se fue calmando, después le di un sedante y se quedó dormida. Telefoneé a Esteban y le prohibí que viniera. Lo cité en la consulta para el día siguiente y vino, muy agresivo, acusándome de que su mujer me gustaba a mí más de la cuenta (me quedé blanco, porque suponía que no se me notaba), que de ahí venía mi interés por ella, que me iba a matar, que posiblemente estábamos liados desde hacía tiempo, que le habíamos fallado, igual que todo el mundo… Estaba enajenado, pero decía verdades enormes: la deseaba desde siempre, había soñado que la terapia la estaba acercando a mí, que tal vez un día… Y me sentía muy mal porque era una mujer casada con un paciente, a la que no habría tenido ningún acceso si no fuera porque confiaba en mí como médico… Y yo la quería, al margen de toda consideración…
Mientras pensaba en todo esto, me llegó la primera bofetada, que me tiró al suelo. Esteban se abalanzó sobre mí, pero yo estoy en forma y conseguí echarlo de la consulta, con ayuda de la enfermera y de otro paciente que estaba en la sala de espera (¡qué cara puso el pobre hombre!).
Desde ese día, Marta no volvió a mandarme correos ni a llamarme hasta hace un rato. Me llamaba desde el baño de su casa, donde se había atrincherado, y de fondo se oía a su marido vociferando como un poseso mientras golpeaba la puerta, como si estuviera loco. Ella, aterrada, me decía a través del móvil:
-¡Me va a matar, Pablo! ¡Me va a matar, ven por favor… Avisa a la policía y ven rápido, por favor…! ¡Me va a matar!
Avisé a la policía y cogí el coche. Conduje como un niñato hasta el otro extremo de la ciudad. Era la hora en que todo el mundo vuelve a casa y el tráfico era muy denso, así que me pasé más de un semáforo en rojo, sorteé a más de un peatón en mitad de un paso cebra, hice locuras que nunca hago al volante, pero sabía que podía encontrarla muerta y eso me resultaba insufrible. Tal vez la quería con locura, más incluso de lo que yo creía. Me parecía que llevaba días al volante, aunque la angustiada llamada de Marta era de sólo cuarenta eternos minutos antes.
Al llegar a la calle donde vivían empecé a ver destellos azules y anaranjados de coches de emergencias. Me acerqué, completamente aterrado por lo que pudiera haber sucedido y, en la puerta de la casa, vi dos coches de la policía, una ambulancia y muchos curiosos. Estaban metiendo a alguien en la ambulancia, alguien entubado, que no pude distinguir si era Marta o Esteban. Al lado, otra camilla a la que nadie prestaba atención, soportaba el peso de un cadáver metido en una bolsa completamente cerrada. Por mi mente pasaron todas las posibilidades en una mínima fracción de segundo. Marta podía estar muerta, dentro de la bolsa: era una posibilidad que me angustiaba y me dejaba paralizado. También podía ser que el muerto fuera Esteban, ya se sabe que hay muchos de estos cabrones que se suicidan cuando comprenden lo dañinos que son o también hubiera podido ser que que Marta se hubiera defendido y hubiera matado al agresor, o tal vez la policía lo había matado en el último instante… En estas últimas hipótesis, Marta podría haber quedado definitivamente liberada de su esposo maltratador. Si la situación era esa, esta vez no iba a dejar pasar la segunda oportunidad… Marta se merecía un poco de felicidad. Esta vez, la terapia no iba a fallar.
Me bajé del coche, sintiendo una angustia descontrolada, impensable en un psiquiatra, y notando en las sienes el palpitar acelerado de mi corazón, me dirigí a preguntarle a uno de los agentes de la policía…
Rigoletto
NOTA: Las imágenes son los dos carteles editados por el IES “Santa Catalina de Siena”, de Córdoba, e incluyen poemas de Miguel Cobo, quien me ha autorizado a difundirlas en el blog.

