“El viajero del siglo”

Hace unos días he terminado la lectura de una compleja y apasionante novela de Andrés Neuman, “El viajero del siglo”, Premio Alfaguara de novela en 2009. Frente a otras obras, cuya lectura sólo me ha supuesto un entretenimiento más o menos gozoso, “El viajero…” ha supuesto todo un revulsivo en mi espíritu lector. Es un territorio mágico, lleno de claves tan actuales, tan vigentes, que parece hablar de nuestra cotidianeidad granadina. Sus más de 400 páginas nos transportan a un ámbito mágico que trata de ubicarse en unas coordenadas espacio-temporales concretas: la ciudad de Wandernburgo, localizada geográficamente entre Prusia y Sajonia, ciudad que parece no ser de ningún sitio (ha sido prusiana o sajona, católica o protestante, siempre según los azares de la historia) y desde el punto de vista cronológico la acción transcurre en la primera mitad del siglo XIX, con frecuentes alusiones al descalabro europeo de Napoleón y al período español entre la invasión napoleónica y el reinado de Fernando VII.

Resumir el argumento es bien simple: Hans llega un atardecer a Wandernburgo, dispuesto a pasar una noche en la mísera posada donde lo ha dejado el cochero. Inexplicablemente, empieza a conocer a la ciudad, a sus personajes, a Sophie… y lo que iba a ser una noche se convierte en una larga sucesión de noches, de relaciones humanas, de vivencias. Se convierte en “toda una vida”. Hacer este simplísimo resumen es fácil, pero el viaje interior de Hans es complejísimo: está lleno de matices, personajes, contradicciones, pulsiones, instintos, ambiciones… y amor, un amour fou que convulsiona su existencia, un amor lleno de sensualidades (en esto, Neuman me ha parecido todo un maestro que despliega mil trucos llenos de un refinamiento diabólicamente sensual: el pasaje en que Hans trata de interpretar qué pasa por la cabeza de Sophie a través del lenguaje del abanico me parece magistral).

La novela es la historia de un “viaje global”, es decir, un viaje humano que aglutina el conocimiento de personajes aristocráticos junto a otros marginales, que mantiene situaciones argumentales ubicadas, ya en un lujoso salón literario (del tipo que dio lugar en Francia a las “preciosas”, pero también del tipo de los salones literarios argentinos, que Neuman debió estudiar en su país), ya en una cueva o en una mísera pensión, en un recorrido diverso y amplio como la propia existencia.

He encontrado una serie de referencias a la novela en webs dedicadas a la literatura (lecturalia, El País, . Renuncio a seguir las pautas canónicas en materia crítica. Prefiero hacer esta reseña desde un punto de vista mucho más localista y actual. Un viajero llega a una ciudad y, como nos ha pasado a todos, inicia un nuevo tramo de su vida, todo un desafío que puede traer elementos felices, pero también dolor. Tal vez sea el propio Neuman de su aterrizaje en Granada. El viajero se asienta, conoce a gentes diversas y entabla todo un abanico de relaciones humanas, llenas de afecto, apasionadas, impuestas, convencionales, antagónicas…

A lo largo de la novela, Hans se mueve en tres ámbitos: la sordidez de la pensión (una ciudad como Granada, llena de pensiones y pisos de estudiantes reproduce miles de veces el ambiente de la novela), la cueva del organillero (donde se muestra un ambiente que podría ser el de cualquier indigente músico, cualquier rumano que toca en las esquinas, cualquiera de nuestras placetas pobladas de indigentes que beben sin parar y hablan de su mundo) y el salón literario de la familia Gottliebb (¿tal vez la propia UGR donde trabaja Neuman?), lleno de debate, de contraste antagónico entre conservadurismo y progresismo, de guiños y miradas a la galería, de futilidades.

Y de fondo, las calles, plazas, la iglesia y la torre de la ciudad, que parecen cambiar de ubicación cada día y que despistan la percepción del viajero. Y toda una galería de personajes, casi arquetípicos. El cura, que lleva un diario de almas. Y el alcalde, que no quiere ver a Hans con el birrete jacobino (¿no os recuerda la ordenanza sobre convivencia que el pepetorrismo pondrá en vigor dentro de unos días?). Por cierto, el alcalde se llama Ratztrinker, una mezcla de Ratzinger y de “trincar”. Y hay hasta un acosador que tiene acobardadas a las familias. El neocon Rudi, un preciosista pijo, siempre bien vestido, que consume rapé (¿o es coca?) y muestra su más absoluta indiferencia ante el debate cultural y humanístico, pues está forrado de pasta (¿os suena este nuevo rico patán en nuestra ciudad?). El profesor y periodista respetado, de ideas anticuadas, pero convertido en gurú incuestionable (de estos hay muchísimos en Granada). Los Levin, el matrimonio judío, en el que la mujer es totalmente insegura de todo, pero especialmente, del propio marido. El Sr. Gottliebb, padre de Sophie, padre preocupado por la virtud de su hija y que ve venir la historia de amor que acabará con sus alcohólicos planes. Álvaro, el exiliado español, un afrancesado que es el elemento inmigrante, a veces acosado en sus relaciones comerciales sólo por ser foráneo. El organillero, un vagabundo músico, cargado de una reflexiva percepción humana de la vida, que acaba siendo una especie de padre para Hans… Lisa, la adolescente enamorada de Hans, dispuesta siempre a entregársele. Y Sophie, una mujer de la época. Digo de la época actual. Obligada a obedecer al padre, se plantea la existencia con un pragmatismo propio de la mujer de hoy, dispuesta compatibilizar su propia felicidad y sus obligaciones, a no sacrificar su vida a las convenciones y designios de su padre y su prometido. Una mujer que se salta la moralidad y lleva a Hans a la locura amatoria… Y, en el centro de todo este universo, Hans, el traductor (¡no podía tener otra ocupación!), el exiliado de todas partes que nos traduce la realidad desde cualquier idioma del alma, aunque a veces necesita usar idiomas-puente. Él nos descubrirá que también la sexualidad es traducir un cuerpo, mientras nos introduce de lleno en el mundo de la crítica literaria, de la labor del antólogo, de la selección de matices que es el acto de leer (como el de amar).

Y la ciudad, que ata, que obliga a echar raíces. Si los viajeros románticos eran itinerantes, Hans, el viajero protagonista tiende a lo estático, a la permanencia, a echar unas injustificables raíces en la ciudad donde un cochero lo ha dejado un atardecer para pasar una sola noche y donde queda anclado, en el concepto de Alberti del “peligro para caminantes”.

El siglo, la ciudad, la vida, son territorios para ser hollados, visitados, contrastados. Vividos. No es nueva la alegoría de la vida como un viaje, incluso como un viaje interior. Neuman, sin embargo le confiere un aura de magia, de misterio gótico, de irrealidad, que hacen de la novela un delicioso sueño, un viaje a la fantasía más realista que pueda soñarse.

Rigoletto

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