Lo había visto tantas veces en el cine, lo había leído en tantas ficciones, se había repetido tanto en telediarios de distante realidad, me sonaba tanto a deja vu, que cuando me tocó a mí, apenas pude creérmelo. Un toque en el teléfono a media tarde, la guardia civil de tráfico:
¿Es usted el dueño de un vehículo matrícula…?
-Sí, ¿Qué sucede?
-Ha sufrido un accidente y…
Increíble, pero totalmente cierto. Blanca había sufrido un accidente, al parecer en un stop… todo era muy confuso… no, no sabía exactamente el estado de mi mujer, pero todo tenía el aspecto de algo muy grave…
Después tuve que asumir que esto le puede pasar a cualquiera, que me había pasado a mí, que no era una ficción ni un mal sueño, sino la más terrible verdad. Y también tuve que reconocer el cadáver, decírselo a mis hijos, pensar miles de veces en las circunstancias de su muerte, en la forma de ocultar la verdad a toda una ciudad provinciana, aburrida y chismosa, a todo el cuartel, a la clase militar, tan imbuida del culto a la hombría, a la honra, a la violencia si hace al caso…
Porque no cabía duda de que Blanca se veía con alguien y de que, desde hacía ya tiempo, algo se rumoreaba en el bar de oficiales del cuartel, donde yo debía de ser el cornudo, objeto de mil burlas entre mis compañeros, el marido deshonrado y consentidor que les hacía acallar las risotadas y establecer penosos silencios cuando yo entraba a la cafetería. A mí, sinceramente, lo único que me interesaba entonces era recuperarla, que volviera a sentirse feliz conmigo, como lo había sido al principio. En los últimos dos años yo había ido comprobando cómo se iba alejando de mí, cada vez más, hasta llegar a sentirla como a una extraña en mi vida. Traté de averiguar adónde iba cuando salía, pero me veía a mí mismo tan indigno espiándola, que dejé de hacerlo.
Pero sí que seguí comprobando que había tantos cabos sueltos que algo oscuro había en sus salidas y entradas. Frecuentemente me decía que iba a hacer la compra a unos grandes almacenes. Blanca siempre lo pagaba todo con la tarjeta de crédito y guardaba celosamente todos los tickets, menos en estas compras. Estaba muy claro: alguien compraba por ella con anterioridad y el par de horas largas de la teórica compra lo empleaba en verse con ese mismo alguien. Pagaba en efectivo y el ticket desaparecía porque llevaba impresa la hora del pago en caja. ¿Pero quién era? No lo sabía y me torturaba pensar que fuera alguien muy próximo, alguien con quien yo pasara parte de mi tiempo, un compañero o vecino, con quien era posible que intercambiara conversaciones o saludos, cafés o cervezas, sin saber que era quien me estaba quitando a mi mujer.
A veces, Blanca me decía que iba a comprar y yo seguía en mi despacho, preparando el curso de ascenso. Cuando ella se iba, yo subía rápidamente a la terraza y esperaba ver el coche, unos dos minutos después, pararse en los semáforos de la rotonda que desembocaba en la carretera del híper, pero nunca vi su coche pasando por allí. Un rato después, Blanca aparecía con las bolsas de la compra e intercambiábamos frases banales sobre asuntos de la casa o de los niños, pero a mí me reconcomía una sensación de fracaso, de haberla perdido irremisiblemente. Era penoso no haber colmado su vida; era lamentable que tuviera un amante que ocupaba mi lugar; era una tragedia para mí no contar ya con su amor, tan necesario, tan definitivo en mi vida.
A veces pensé pegarme un tiro, pero temía que iba a ser una medida tan acusadora para ella, que era tanto como señalarla definitiva y gravísimamente. Mi disparo en la sien sería como colgarle la letra escarlata de la novela de Hawthorne. También me dolían los rumores que sabía que circulaban en mi entorno, pero eso era secundario y lo único que yo deseaba era el ascenso para cambiar de destino y de ciudad y, tal vez, cambiar nuestra situación y recuperar el amor de mi mujer. Y en esas estaba cuando me llegó el terrible anuncio de su muerte.
El entierro fue tristísimo y muy tenso. Toda la oficialidad y los jefes me acompañaron, al igual que los compañeros del bufete donde ella había estado trabajando los últimos años. Y mis hijos, muy afectados, junto a mí, rodeando el féretro… Había dos cosas que me atormentaban. La primera, que ahora sí que la había perdido definitivamente, pues la muerte es así de irreparable. La había perdido sin conseguir recuperar su amor y eso me daba una visión de fracaso global en mi vida. La otra cosa era que, entre los asistentes al entierro, muy probablemente, estaría mi rival, el que me había robado a Blanca. Trataba de recibir los pésames sin que se me notara mucho la curiosidad, el escrutinio disimulado de la concurrencia en busca de un gesto mínimo, casi inaprensible, que me diera noticias de la identidad del amante de Blanca. Me planteaba qué iba a hacer si lograba averiguarlo. Por mí le hubiera pegado dos tiros, que me daba igual lo que pudiera pasarme, pero alguien tenía que hacerse cargo de mis hijos. Después pensaba en que en unos meses iba a cambiar de destino y dejaría atrás esta penosa situación. A fin de cuentas, los tiempos de Calderón ya estaban superados, y el ejército era muy diferente de cómo era cuando entré de teniente.
Una tercera cosa me preocupó también en el entierro. Que quienquiera que fuera diera evidencias de serlo. En el cuartel se había hablado varias veces del entierro de un brigada, juerguista, mujeriego y vitalista, que consiguió reunir en su entierro a toda una cohorte de plañideras viudas e hijos bastardos que recibían pésames simultáneamente y que convirtieron el sepelio en un hilarante esperpento. Pensar que esa situación se diera en el entierro de mi mujer me producía una angustia insoportable, pero, afortunadamente, todo transcurrió con la normalidad de cualquier entierro.
Los días siguientes, recibí miles de muestras de condolencia de amigos y conocidos. Entre otras, recibí la visita de Amelia, la compañera de bufete de Blanca. Me traía dos cajas con sus cosas personales. Las abrí, palpé varias de aquellas cosas (un marco con una vieja foto familiar, una agenda, una calculadora de metacrilato que compramos en Venecia, unos CDs…). Me pareció que en cada una de aquellas cosas latía la vida de Blanca y me vine abajo. Cerré las dos cajas y las puse en mi despacho, donde estuvieron un par de semanas sin que nadie las abriera, pero hace unas noches, decidí entrar en aquel santuario de la intimidad de mi mujer. En realidad, yo era su heredero legal y me pertenecía todo lo suyo, incluidos sus secretos más inconfesables. Volví a examinar aquellos objetos y, entre la calculadora y la funda de piel, descubrí un pequeño trozo de papel, cuidadosamente doblado, que contenía el nombre de usuario y la contraseña de una cuenta de correo.
Me senté ante el ordenador y descubrí un largo intercambio de correos, todo un tratado de apasionada correspondencia amatoria en que la pareja de amantes hablaban de los mil matices de su pasión, desde las referencias a sus sentimientos, hasta el revivir de los instantes de erotismo indisimulado que habían vivido juntos.
Mi estado de ánimo pasó de la indignación inicial al victimismo, para ir cambiando a una curiosidad morbosa y pasar, finalmente, a una envidia por tanta pasión, por una locura que a mí me hubiera gustado compartir con ella, pero de la que el deterioro de nuestra relación me había excluido. Lo que más me sorprendió fue la profusión de detalles, los mil datos escabrosos que aparecían en esa correspondencia, en que se revivían, desde la lejanía, las mil escenas de amor que habían compartido, y en las que yo me llegué a sentir un intruso, un invasor no invitado a tanta felicidad. Me sentí responsable de no haberle sabido dar la felicidad que le había dado el amante, quienquiera que fuese. Esta nueva dimensión de mi tragedia, tan cercana a la culpabilidad, me dejó perplejo. Releí, durante toda la madrugada, aquellos correos y busqué alguna referencia que me permitiera identificar a aquel afortunado, pero no la encontré. Podría ser cualquier hombre de la ciudad, pues no había el más mínimo dato identificador.
Al amanecer, me duché y tras un café bien cargado, cogí el coche y fui al cementerio, pues necesitaba visitar su tumba, sentirla cerca, hacerle llegar mi presencia y mi sorpresa ante su extraña felicidad con un extraño. Cuando me acercaba a la tumba, casi absorto y perdido en mi confusión, noté en mis ojos algo brillante, como un fogonazo de colores: era un gigantesco ramo de flores que alguien había depositado sobre la losa de mi mujer. Las había de todos los colores, pero predominaban las rosas, las rosas apasionadamente rojas, como le gustaban a Blanca desde siempre. Las flores, aún frescas, se tenían que haber puesto allí la tarde antes, pues el cementerio acababa de abrirse al público. Pensé en el detalle del amante de mi mujer y sentí algo parecido a la gratitud. Busqué alguna cinta, alguna tarjeta. Algún dato. Sólo conseguí encontrar los datos de la floristería en que se había comprado el ramo, una de las que había en la entrada del propio cementerio.
Allí me dirigí y abordé a la dueña:
-Mire vengo a comprar un ramo de rosas para mi hermana, pero he visto que alguien le ha puesto, tal vez ayer tarde, un enorme ramo. Un ramo de camelias y de muchas rosas rojas. –la florista empezó un gesto como de situarse y yo seguí-. ¿Quién fue? Es que me cuesta trabajo aceptar que fuera mi cuñado, que siempre se portó como un cerdo con ella, ¿sabe usted?, que hasta le pegaba y…
La florista mordió el anzuelo y me dio una pista definitiva. El ramo lo compró un soldado, que llevaba guantes blancos y que iba vestido de traje de salida. Cuando salió con el ramo, se dirigió a un coche del ejército de donde salió un militar que tomó el ramo y…
Definitivamente, aquel dato me identificaba al amante de mi mujer. Era mi coronel, mi superior. El hombre que tenía que proponer mi ascenso, que controlaría mi traslado. El responsable máximo del acuartelamiento, encargado de dirigir el trabajo, de ocuparse del bienestar personal de sus subordinados… Era un hombre al que tendría que mirar a los ojos muchas veces aún, antes de desaparecer de su vida. ¡Qué extrañeza sentí! Me parecía imposible que aquel hombre me hubiera robado a Blanca, pero también era cierto –pensé- que había perdido a mi mujer mucho antes y que él le había dado una última felicidad, una estabilidad emocional, antes de matarse, y eso era algo que me impedía sentir ningún rencor hacia él.
Caí en la cuenta de cómo y por qué me había elegido para ser su ayudante, en detrimento de Ruiz de Lezama, del que se dijo entonces que salía por borrachín. Teniéndome cerca, el coronel sabía de mis movimientos, de mis viajes al ministerio, de los desplazamientos por maniobras o cursillos, del nivel de trabajo que yo tenía… y podía quitarme a mi mujer tranquilamente, calculando sus posibilidades, eligiendo los momentos idóneos, los estados de ánimo que tal vez escrutaba en mi rostro…
Compré otro ramo a la florista, también cargado de las rosas rojas que ella hubiera disfrutado si estuviera viva y lo puse junto al del coronel. Dos hombres, dos ramos de flores en su tumba. Dos felicidades incompletas, dos vidas. Volví al coche. En casa, me vestí el uniforme y me dirigí al cuartel. A las once tenía una reunión con el coronel. Le daría las gracias por las flores.
Rigoletto

