Acabo de volver de Valencia, donde hemos pasado varios días con mi hermano, su mujer y sus hijas. Han sido unos días entrañables, una ocasión de disfrutar de mi familia levantina y también de volver a visitar esa bellísima ciudad, donde no ponía un pie hacía mucho tiempo.
Cuando estaba preparando mi viaje, le decía bromeando a mi hermano que iba en peregrinación para ver los trajes de Camps y los bolsos de Rita, pero la verdad es que ha sido un reencuentro con una ciudad totalmente renovada en los años de la democracia. Desde el aprovechamiento del cauce del Turia para hacer una extensísima zona de paseo, jardines y deportes, hasta el Palau de la Música, todo suena a una ciudad totalmente renovada, al menos en su aspecto externo, que en otras cosas sigue siendo muy observante con sus tradiciones (mundo fallero, Tribunal de las Aguas, etc.).
Me resulta curioso que una ciudad sea capaz de aglutinar impulsos tan contradictorios: la tradición en estado puro frente a la modernidad más absoluta, que se refleja en sus edificios futuristas, con la Ciudad de las Ciencias y las Artes a la cabeza.



He visitado este deslumbrante y faraónico conjunto, que da la medida exacta del espíritu neocon, con los cuatro edificios de una sorprendente belleza futurista que yo, inevitablemente, he asociado a esa elegancia de Camps y sus trajes sin factura. Me dicen que el edificio de Calatrava hay que verlo desde fuera, especialmente si se procede de una ciudad como la nuestra, con un Parque de las Ciencias tan repleto de calidad que deja muy malparado a su homónimo valenciano. En cambio me dejo disfrutar como un crío en el Oceanografic, con sus “pescaditos” y su exquisita muestra de los más diversos ámbitos marinos.
¿Qué decir de la ciudad tradicional, tan rica en monumentos de una innegable calidad estética? Hemos paseado por los aledaños del modernismo y sus deslumbrantes fachadas, o por el gótico, renacimiento, el rococó…




Al ser las fechas navideñas, no hemos tenido oportunidad de ir al IVAM ni de visitar la exposición de Sorolla. En tres días no se puede hacer nada más, pues prima el deseo de disfrutar de la familia que nunca ves, de la cena navideña, de otro tipo de experiencias.
Y la emoción ante el hotel que sirvió de refugio a la legión de intelectuales en los últimos meses de la guerra, cuando hubo que evacuar Madrid. Un hotel que supuso la puerta del exilio definitivo para muchos, entre otros, Antonio Machado…

Para colmo, alguien que sabe que acabo de llegar de allí me manda el enlace de este vídeo, lleno de vida y alegría operística.
Definitivamente, hoy estoy un poco más valenciano que de costumbre. ¡Algo teníamos que tener en común Zaplana o Camps y yo!
Rigoletto

